Gregorio Bello-Suazo C.

Desastres e identidades alteradas

Instituto de Estudios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos

Universidad de El Salvador

bellosuazo@hotmail.com

 

Notas*Bibliografía

Esta ponencia tiene como propósito socializar una experiencia de investigación que se realizó en 14 comunidades que fueron afectadas por los terremotos del 13 de enero y del 13 de febrero de 2001 en El Salvador. Los datos expuestos son parte de una investigación más amplia, en el marco de un proceso que se ha denominado “Etnografía del desastre”, que trata de hacer una descripción de los acontecimientos y su relación con las identidades de los pobladores afectados por los sismos.

Los cambios causados por los terremotos en las diferentes comunidades provocaron un cambio conductual y un cambio del diseño. En otras palabras, con el cambio de las características definitorias del territorio cambió también la conducta que ocurre dentro de éste y, a la inversa, los cambios de conducta ocasionaron cambios en el territorio. Este estudio trata de aportar elementos para realizar un diagnóstico sobre el comportamiento de la población que fue afectada por la destrucción de sus viviendas.

Por el hecho de estar asentado en una zona sísmica, los terremotos en nuestro país han acompañado la historia de nuestros pueblos y ciudades. Al igual que muchos terremotos sucedidos en los últimos 500 años, los terremotos del año 2001 destruyeron numerosas poblaciones, colapsando las viviendas construidas con tierra, especialmente las de adobe y bahareque, pues en El Salvador la construcción con tierra tiene una larga tradición, incluso desde antes de la llegada de los europeos a nuestro continente... Se cayeron casas de buen porte, así como humildes viviendas de campesinos. Algunas casas tenían más de cien años de haberse construido y en algunos casos, apenas un año.

Los terremotos

El día sábado 13 de enero de 2001 a las 11:33 de la mañana, El Salvador se estremeció en proporciones espectaculares por un sismo de 7.6 grados en la escala de Richter y con una duración de 45 segundos con localización a 100 kilómetros al suroeste de San Miguel (zona de subducción), provocando la destrucción generalizada en 172 de los 262 municipios del país.

Aunque la destrucción fue más evidente en casas y edificios públicos construidos de adobe o bahareque, la mayor mortandad se centró en la zona residencial Las Colinas, construida al sur de la ciudad de Nueva San Salvador o Santa Tecla, donde un alud cayó sobre cientos de casas y soterró a casi medio millar de personas.

Un mes después de esa tragedia, a las 08: 22 del martes 13 de febrero, un terremoto de 6,6 grados Richter dejó sentir, durante 20 segundos, su fuerza destructora en los departamentos de Cuscatlán, San Vicente y La Paz, que fueron declarados como zona de emergencia por las autoridades nacionales. El epicentro se localizó en las fallas de San Pedro Nonualco, a 55 kilómetros de San Salvador, a una profundidad focal de entre 8,2 y 13 kilómetros.

Los terremotos del año 2001 pueden contarse, sin duda, entre los más poderosos del presente siglo, no sólo por la energía liberada y sus efectos sobre los conglomerados humanos, sino también porque que han sacudido la zona más extensa del país en tiempos históricos. Los daños pueden contarse desde el extremo occidental salvadoreño (Ahuachapán) hasta el oriental (La Unión). La población que fue afectada ascendió a un total 1,412,938, lo que representa el 22% de la población del país, con 967 muertos y desaparecidos, 8,122 heridos y 87,500 personas alojadas en albergues temporales.

Factores de vulnerabilidad

Si bien la magnitud al nivel nacional es elevada, no revela la verdadera dimensión de la tragedia. El desastre afectó a los sectores y servicios sociales, a los pequeños y medianos productores y a estratos poblacionales de bajos ingresos. Dicho de otra manera, los terremotos vinieron a cambiar los mapas sobre pobreza, ya que los departamentos que estaban con desarrollo relativo intermedio probablemente se ubican ahora en los de menor desarrollo relativo.

Pero una cosa es el fenómeno en sí mismo (en este caso el terremoto) y otra es el desastre, es decir, el impacto de aquél sobre los conglomerados humanos. Un terremoto por sí mismo no es un desastre, tal como algunos funcionarios públicos trataron de hacer creer; sólo se convierte en tal cuando afecta grupos humanos que no pueden resistirse ni recuperarse tan fácilmente de sus efectos. Así pues, debe decirse que los inmensos daños sufridos por la sociedad salvadoreña no son un desastre "natural", pues han sido resultado de la acumulación de distintos factores de vulnerabilidad (física, económica, ambiental y social) más que de un mero fenómeno o amenaza natural como lo son los terremotos.

Los factores de vulnerabilidad física han venido acumulándose prácticamente desde la conquista y colonización, cuando los principales asentamientos humanos fueron erigiéndose en zonas de elevada actividad sísmica, primero con la fundación de San Salvador (1526) en una zona sísmica y luego con la fundación de otras importantes ciudades en la cadena volcánica central, como por ejemplo Ahuachapán, Atiquizaya, Juayua, San Vicente, Berlín, Jucuapa, Chinameca y Santiago de María. Mayor vulnerabilidad se generaría también con la introducción de materiales de construcción como el adobe y el bahareque que, aunque en sus primeros años es relativamente resistente, posteriormente pierde consistencia y se convierte en un material sumamente sensible a los sismos. De hecho, la mayor parte de viviendas colapsadas a lo largo del país son de bahareque, de gran antigüedad además de que anteriormente ya habían sido afectadas por la recurrente actividad sísmica local.

Los factores de vulnerabilidad ambiental, por otra parte, se relacionan con formas de utilización insostenible de los recursos naturales que provocan una desregulación de procesos ecológicos vitales, como por ejemplo: la propensión de las cuencas hidrográficas para prevenir inundaciones y sequías o, en algunos casos, la estabilidad de los suelos de montañas y volcanes. Estos factores de vulnerabilidad explican por qué fenómenos como inundaciones, sequías, derrumbes y deslizamientos, pueden ser en realidad provocados por actividades de los seres humanos como la erosión, deforestación, construcción de infraestructura o extracción de material pétreo.

El último grupo de factores es el más numerosos, pues se relaciona con la vulnerabilidad social y, por tanto, con aspectos de tipo organizacional, educativo, político, institucional e ideológico-cultural. En resumidas cuentas, estos factores tienen que ver con las visiones, percepciones y formas organizativas que privan entre el Estado y la sociedad civil, las cuales no favorecen la prevención y mitigación de los desastres y, además, restan efectividad a las acciones para la atención ante su desencadenamiento. Por ejemplo, si aceptamos el planteamiento de que los desastres son "naturales" prácticamente estamos aceptando de antemano que no es posible prevenirlos ni mitigarlos y que, por tanto, las únicas acciones razonables deberían orientarse hacia la preparación para la atención de la emergencia, la atención de la emergencia misma.

De esta vulnerabilidad ideológica (visiones naturalistas de las causas de los desastres), se derivan muchas actitudes y lineamientos políticos que inviabilizan la prevención y mitigación. Esto resulta claro si consideramos que muchas actividades que generan vulnerabilidad física y ambiental son vistas como actividades externas, o hasta diferentes a la protección contra desastres, cuando en realidad están íntimamente relacionadas.

Por ejemplo, el Ministerio de Educación se vinculó a través de la facilitación de centros escolares para la atención de damnificados y evaluación de daños en la infraestructura, pero no incorpora en sus programas educativos temas como las amenazas sísmicas y de inundaciones o los diferentes factores de vulnerabilidad que pueden llegar a ocasionar desastres en El Salvador. Consecuentemente, tampoco se transmiten estrategias para reducir el impacto y frecuencia de los desastres.

Por otra parte, los terremotos revirtieron los pequeños avances que se habían logrado en equipamiento y sistemas destinados a fortalecer la administración municipal. Un elevado porcentaje de las sedes municipales fue afectado seriamente o destruido totalmente. Varias operaron en casas temporales, y perdieron su capacidad de administrar actividades básicas como el registro de personas, recolección de impuestos, catastro, etc.

La vivienda, el corazón del desastre

El impacto causado en el país y en sus municipios tiene un carácter estratégico por la extensión y alcance de la destrucción, que afectó especialmente a las familias de los municipios rurales con pueblos pequeños y pobres.

La vivienda es la expresión física más desgarradora de lo que pasó, está en el corazón del desastre. Las viviendas destruidas representan el 15% del stock habitacional total, constituyendo el área de mayor impacto relativo de los terremotos. Ambos terremotos afectaron 334,866 viviendas en grado diverso (185,338 viviendas dañadas y 149,528 unidades destruidas), cerca del 24% del total. El daño se sumó al déficit predesastre que se tenía de 555,600 viviendas (un 90% de lo cual era del tipo cualitativo).

Las casas afectadas fueron tanto las que estaban construidas de concreto, como las de bahareque, adobe y las hechas con otros tipos de materiales. Esto quiere decir que existe una combinación de diversos factores que influyeron en el daño a las viviendas, entre éstos están el diseño de construcción, la calidad de los materiales, la naturaleza de suelo y la ubicación de la vivienda.

Las cifras y los indicadores expuestos arriba dan una idea de la magnitud del desastre. Pero el panorama completo sólo se alcanza a dimensionar cuando se consideran los cambios dramáticos en la vida de las familias afectadas.

El Salvador recibió un golpe estratégico de grandes dimensiones, son 130 municipios -la mitad de los 262- que tuvieron entre el 100% y el 5% de destrucción en relación con el total de sus viviendas y otras infraestructuras públicas y privadas. En estos municipios se concentra, aproximadamente, la mitad de la población nacional. Tres de cada cuatro de estos municipios tienen menos de 20 mil habitantes, los menores de 10 mil representan el 41% del total. Son en su mayoría municipios con características predominantemente rurales. Los treinta municipios más afectados vieron desaparecer en cuestión de segundos más del 80% de las edificaciones urbanas y más del 90% de las edificaciones rurales; en algunos la destrucción alcanzó prácticamente el 100%.

En los poblados urbanos fueron destruidas y dañadas numerosas viviendas de dueños e inquilinos. Las familias que poseen un terreno en propiedad legal podrán reconstruir en el sitio con esquemas especiales de financiamiento y subsidio, si el lugar no presenta problemas de riesgo debido a la vulnerabilidad, pero muchas otras deberán reubicarse. Según cálculos iniciales, unas 30,000 familias deberán trasladarse por estar en zonas de alto riesgo o porque las viviendas y cuartos que habitaban colapsaron. Ahora, decenas de miles de familias carecen de techo. Se estima que al menos se deben reubicar y organizar unos 200 asentamientos comunitarios.

Esta situación incide en el desarrollo de los individuos, pues al habitar una porción de espacio dada, necesariamente se identifican con ella; independientemente de a quién le pertenece el mobiliario. El individuo termina por considerar que la porción de espacio que rodea es completamente "suya". Simboliza el hecho y el grado de esta posesión por el número de efectos personales, por la naturaleza detallada de la imagen que tiene de ese espacio y por la actitud que adopta, mientras lo está ocupando, hacia los visitantes.

Cuando el individuo abandona su unidad territorial, con su comportamiento se manifiestan otras dos características conductuales muy importantes del espacio. La primera de ellas es el espacio personal, que se define como un pequeño círculo dentro del espacio físico, con el individuo en el centro del círculo; la longitud del radio de éste es determinada culturalmente. La segunda característica consiste en el conglomerado territorial, que abarca a las personas con las que se interrelaciona frecuentemente, así como a las vías tomadas para tal fin. Puede suponerse que el individuo posee también un mapa mental o imagen ambiental del espacio representado por el conglomerado. Es decir, los individuos acumulan recuerdos de las vivencias de calles, plazas, eventos y lugares. Y de allí nace la posibilidad del presentimiento, que también hace parte de la ciudad vivida, que va más allá de la silueta construida de la ciudad, de las formas de las colinas y los montes, los territorios, las actividades, y las otras ciudades con las que se comunica y comercia.

Los cambios abruptos en las diferentes comunidades provocaron un cambio conductual y un cambio del ambiente. En otras palabras, con el cambio de las características definitorias del territorio cambiará también la conducta que ocurre dentro de éste y, a la inversa, los cambios de conducta ocasionarán cambios en el territorio.

Los terremotos obligaron a cientos de miles de personas a reconstruir totalmente sus vidas, con mayores carencias y vulnerabilidades. No sólo fueron privadas de un techo seguro, sino también del trabajo, de la vida cultural y de los ámbitos y espacios en donde gran parte de la población afectada desarrollaba una intensa vida religiosa y comunitaria. En otras palabras, afectó el funcionamiento de las nacientes instituciones en que se recrean la cultura y las identidades.

Los terremotos y la memoria

Lo anterior nos lleva a la siguiente reflexión: nuestro medio ambiente tiene nuestras huellas y las de otros, es decir, las imágenes habituales del mundo exterior son inseparables de nuestra propia historia. Los pasados terremotos provocaron la ruptura con esas imágenes, con las cosas concretas: la familia, los amigos, las viviendas, las iglesias, las casas comunales, etc., eliminando, en muchísimos casos, los puntos de referencia conocidos, que recuerdan también la vida propia. Don José Gonzalo García, de San Miguel Tepezontes, nos cuenta al respecto:

La destrucción es muy grande, muchos perdimos nuestras casas y algunos a sus seres queridos. Esta casa la construí hace 46 años, es de adobe y de horcones. Empecé a construirla un año después de casado, usted sabe, uno tiene sus ilusiones, estaba recién casado y quería darle un hogar a mi esposa. Además vienen los hijos. Todo lo que he hecho me costó mucho. Me iba a las cinco de la mañana a trabajar al campo, y después de la jornada me iba a pescar al lago de Ilopango, tuve que aprender a pescar. Pescaba en la noche y llegaba a mi casa hasta el día siguiente en la mañana, y no dormía, sino que solo me cambiaba y me iba a trabajar otra vez al campo. Algunas veces, después de trabajar, ya en la tarde, me quedaba en el lugar para esperar la hora de ir a pescar, mis amigos me decían, vamonos a la casa, no te matés tanto, pero yo me quedaba, pues tenía la idea de terminar mi casa, y los hijos ya estaban creciendo.1

Igualmente se expresa una pobladora de Verapaz:

El temblor del 13 de enero destruyó muchas casas, algunas quedaron de pie, pero con el terremoto del 13 de febrero se vinieron abajo. Algunas casas se ven bien pero sólo es la fachada, por dentro están destruidas. Yo voy a tener que botar la mía por que se rajaron las paredes y el techo se cayó, aunque le voy a dejar el portal, para que me quede como recuerdo, pero la voy a reconstruir más pequeña, la voy a construir de ladrillo, el adobe no me gusta ya. Vivir aquí será más diferente.

Las cosas, las imágenes, son parte de la sociedad y también “circulan” dentro del grupo; son motivos de evaluaciones y comparaciones, revelan nuevas tendencias en la moda y los gustos y hacen recordar viejas costumbres y distinciones sociales.

Yo no quiero botar mi casa, -dice un poblador de San Juan Nonualco- pues como ve está parada y no está desnivelada, es mi casa, me ha costado y tengo esposa e hijos y tengo que velar por mis abuelos. Me da tristeza botar mi casa, tengo que ver como la reparo, yo creo que se ha de poder. La madera está bien y las tejas. Fíjese que le puse coronas de concreto, aunque quizás pesan mucho, también la repellé con cemento. Uno se va haciendo su lugar y lo va arreglando como le gusta.

Cada objeto, propiamente colocado en el conjunto, recuerda una manera de vida común a muchos individuos. Aunque no hablan, los entendemos porque tienen un significado. Y sólo están inmóviles en apariencia, pues las preferencias y los hábitos cambian.

El grupo no sólo transforma el espacio en el cual ha sido insertado, sino que también cede y se adapta a su medio físico, y acaba encerrado en el espacio que él mismo ha construido. La imagen que el grupo tiene del ambiente que lo rodea y de su relación con ese ambiente, es fundamental para la idea que el grupo se forma de sí mismo y penetra cada elemento de su conciencia, moderando y gobernando su evolución, es decir, va conformando su identidad.

La razón para que los miembros de un grupo permanezcan unidos, aún después de la destrucción y dispersión, y de no encontrar en su medio ambiente físico nada o muy poco que les recuerde el hogar que han dejado, es que piensan en el viejo hogar, o sea, activan su memoria histórica.

Mi casa - dice un poblador de San Cayetano Istepeque- la fui haciendo poco a poco, apenas tenía once meses de haberla terminado. La había construido con dos cuartos y le puse puerta de metal. La madera del techo es de “volador”. La iba a repellar con cemento por que se ven bien bonitas. Está casa aguantó el primer terremoto, y yo me sentí confiado y contento, pero el terremoto del 13 de febrero si la afectó. La pared del cuarto de adentro se cayó, aquí mi esposa se sentaba en la máquina de coser, por suerte pudo salir por la puerta y la pared se fue para atrás.

De esta manera entendemos por qué las imágenes que nos formamos de nuestro espacio son tan importantes para la memoria colectiva. El lugar físico que un grupo ocupa no es como un pizarrón al que no le importa lo que estuvo escrito en él, y se le puede agregar cualquier cosa con libertad.

El lugar y el grupo, cada uno ha recibido huella del otro. Por lo tanto, cada etapa del desarrollo del grupo puede traducirse a términos espaciales, y el lugar de residencia del grupo no es más que el punto donde coinciden todas esas fases. Cada aspecto, cada detalle del lugar, tiene un significado inteligible solamente a los miembros del grupo, puesto que cada porción de su espacio corresponde a varios y diferentes aspectos de su vida, por lo menos de lo que es más estable en ella. Los terremotos ocasionaron en el grupo una conciencia más aguda de su pasado y su presente, y porque los lazos que lo unen al lugar físico ganan mayor claridad en el momento mismo de su destrucción. Pero un suceso realmente importante siempre produce alteración en la relación del grupo con su lugar. A partir de ahí, ni el grupo ni la memoria colectiva permanecen igual, como tampoco ha permanecido igual el ambiente físico.

En el caso de Santa María Ostuma, en el departamento de La Paz, la gente perdió con sus viviendas mucho más que adobes y paredes. Perdió parte de su historia. Esta generación vio derrumbarse en minutos el patrimonio de varias generaciones precedentes. Un proyecto de vivienda que se centre en la construcción de viviendas sin establecer los vínculos con este trauma no servirá porque no estará tocando los nervios de la comunidad. Por supuesto, es una ayuda que los organismos apoyen con proyectos de construcción. Así contribuyen a restituir una parte de la vida. ¿Y las otras? No son restituibles, pero al menos deben saber que lo más valioso de lo perdido queda fuera de cualquier propuesta. Así lo explica una vecina:

No es fácil ver caer las casas de un solo. Y no es nada fácil decir con palabras que mi casa se ha caído. Para mí esa casa que está tirada ahí, es como ver mi propia vida tirada, y es como ver tirada la vida de mis padres y de mis abuelos. Yo nací en esa casa, cuando mi papá murió me dejó de herencia esa casa que él mismo la heredó de su papá, de mi abuelo. Esa casa que hoy usted ve tirada ahí, es para mí como ver tiradas las paredes de mi vida. Porque esa casa tenía 120 años de estar levantada.

Yo nunca salí de esa casa. Desde que nací hasta que me casé. Ahí vi nacer a mis tres hijos. Ahí vi morir a mi esposo. Ahí estaba todo. Ahí hay algo más que paredes y tejas tiradas. Un poco de mi vida, ya se quedó en escombros. Tal vez mis nietos, que comienzan a crecer, rehagan su vida a la sombra de la nueva casa que se levante. Y quizás con la nueva casa, algo de mi vida y de mi historia familiar se levante. Pueda ser que una parte de mi vida se quede debajo de la casa nueva, como escombro, ojalá que como semilla que se enterró. Y que con la nueva casa que ojalá se levante, algo de la vieja casa, algo de mi vida y de la vida de mis padres y abuelos, también se levanten. Ojalá nazca algo nuevo y distinto. Pero guardando algo de la historia, algo del espíritu de esos 120 años que se me derrumbaron.

Sí, el dolor ha sido muy grande, pero la gente va a seguir adelante porque se cayeron las casas, pero no la vida:

Mi casa tenía doscientos años. Porque en este pueblo toda la gente es vieja de vivir. Las gentes que vivíamos en las casas que se derrumbaron las heredamos desde muy atrás. Pero qué le vamos a hacer, ya se cayeron nuestras casas. El pueblo entero se cayó. Se cayeron las casas pero la gente quedó de pie. Y aunque sea una champita levantaremos para seguir levantando la vida de nuestras familias, especialmente las de los niños que hoy están naciendo y creciendo. Ojalá que tengamos una casa todos y que alcance para todos y que, primero Dios, toda la gente en El Salvador tenga la misma suerte.

Sin trabajo, ¿qué vamos a hacer?

Tras las cifras e indicadores escalofriantes que resumen los impactos macroeconómicos y sociales de los terremotos, también emerge una tragedia en el ámbito productivo con implicaciones culturales.

Los terremotos vinieron a agravar la situación de las empresas familiares, ya que en muchos casos la perspectiva de restablecer pronto su fuente de ingresos depende de que logren reconstruir sus condiciones. Asimismo, empresas de mayor tamaño sufrieron una disminución en sus ingresos, repercutiendo directamente en inestabilidad laboral.

Los que trabajaban en las fincas de café, en las tareas de siembra, cuidados y recolección del café, comentan que toda su vida han sobrevivido con este tipo de empleo, y con mucha frustración un informante expresa: “Ahora las tierras han quedado agrietadas…. no se sabe cuando venga el invierno”, refiriéndose a lo dañado que han quedado los terrenos de los cafetales, “no hay trabajo, no se haya que hacer... estamos, en la espera de una idea, que nos digan que vamos a seguir… como sigue el futuro”. Esta y otras expresiones, denotan la incertidumbre con la que se encontró la gente.

Agregan, que en el lugar no pueden sembrar milpas, porque el clima es muy fresco. Años atrás, tenían la posibilidad de sembrar en las partes bajas pero ahora todo está sembrado de café, así que su situación aún se vuelve más crítica. Algunas mujeres han salido a trabajar como domésticas a los centros urbanos, los hombres tienen menos perspectivas, pues siempre han vivido en las fincas de café y no están capacitados para realizar otras tareas productivas. Respecto a lo perjudicado que ha quedado este lugar de la Cordillera, un periódico registra el testimonio siguiente: “Aquí nadie tiene trabajo, antes trabajábamos cortando café, pero ahora que se ha perdido estamos en la mano de Jehová”, expresa Felicita Beltrán de 64 años, quien junto a su familia ha sobrevivido cortando café en la finca del cantón El Pinal, en Jayaque. Muy pocos habitantes han logrado trabajos esporádicos como jornaleros, ganando de 20 a 30 colones diarios, pero la mayoría viven de la asistencia que organismos de ayuda humanitaria les han brindado.

Estos pobladores poseían vivienda en terrenos que no eran de su propiedad, ya que se encontraban acollonados en la finca y otros las tenían construidas en un terreno nacional. Estaban construidas en su mayoría de adobe y bahareque, en total habían 56 viviendas, de las cuales solo tres quedaron en pie. Los terrenos donde estaban ubicadas se dañaron severamente.

Un pastor evangélico les ofreció terrenos en Ateos, en pequeños lotes que ellos tenían que comprar y que harían talleres de capacitación para poder insertarse como maquileros en las diferentes fábricas que se encuentran cercanas a este lugar. Consideraban que esta oferta no era viable para ellos, pues la mayoría carecía de recursos económicos para poder adquirir un lote y pagarlo a plazos, ni siquiera para alquilar. Aunque el pastor ha tratado de convencerlos advirtiéndoles que deben olvidarse del café y buscar nuevos horizontes, ya que los que se queden en el Pinal, les aseguró, correrán muchos riesgos, pues los terrenos están muy dañados, y el invierno podría provocar otros desastres, ya que en ellos hay grietas grandes y profundas.

La mayoría expresó que se quedaría pues por el momento no tenían otra alternativa. Están conscientes que también el trabajo disminuiría, ya que los propietarios de las fincas de café no quieren invertir en mano de obra, por la situación del precio internacional del café.

Ante la carencia de servicios básicos y falta de oportunidades de empleo visualizan la posibilidad de capacitarse para trabajos en las maquilas o el aprendizaje de oficios como la sastrería y la carpintería, que les permitiese insertarse en el campo laboral, siempre y cuando pudieran estar viviendo en un lugar seguro, la siguiente narración, nos da cuenta del sentir de esta población: “desearíamos ir a un lugar seguro, sabedores de un lugar donde vamos a construir, conocedores de un oficio, para saber como defendernos, porque irnos así, también sería aventurado. Por lo menos ir con una idea de que vamos ir a hacer allá”.

La fe y la religiosidad popular

Los terremotos provocaron variadas interpretaciones de líderes religiosos de diversas iglesias. El reverendo Martín Barahona, de la Iglesia Episcopal de El Salvador, manifestó: "Creemos que estas señales naturales deben servirnos para reflexionar que no hemos cuidado la naturaleza. Específicamente, en El Salvador, necesitamos destruir muchas cosas de nosotros mismos, como el odio y egoísmo, para ser personas mejores."

Por su parte, el pastor de la Iglesia Elim, Jorge Galindo, expresó que "la lectura de la tragedia es parte de las manifestaciones de la venida de Cristo. En San Mateo 24 se habla de las señales antes del fin, dice que habrá terremotos; esto es muestra de la pronta venida del Hijo de Dios”.

Mientras tanto, la Conferencia Episcopal explicó que, “a la luz del evangelio de Jesús y la doctrina de la iglesia, vemos que al terremoto físico se une algo todavía más grave: el terremoto moral que se hace visible en una visión materialista de la vida y el afán desmedido de lucro; en la plaga del secuestro, el robo y otras formas de violencia; en la indiferencia ante el dolor ajeno”.

Por su parte, la religiosidad popular adquirió una sobresaliente dimensión, especialmente ante una situación que estremece, aflige y que descontrola, se presenta la oportunidad para retomar los valores tradicionales propios de las comunidades.

En Santa María Ostuma, los pobladores son devotos de la Virgen de la Candelaria, que llegan aquí en romería cada 2 de febrero para celebrar una de las fiestas patronales más antiguas del país, en un templo construido en 1701, que cumplía este año tres siglos exactos de vida. Cuentan los vecinos que ese templo se erigió para que la Virgen de la Candelaria espantara al "mulús", un monstruo de mal agüero que se refugiaba en una cueva formada en una enorme ceiba que crecía en el sitio en donde muchos siglos después se levantó el templo. Tan famosa edificación se hizo polvo y escombros con el terremoto del 13 de febrero.

"Lo primero que debe construir el pueblo es un nuevo templo, antes de que reaparezca el "mulús" y ocupe el lugar de nuestros santos", comenta la niña Carmencita, octogenaria nativa del lugar, para quien el derrumbe del templo no es más que una advertencia celestial para que los vecinos de Ostuma cambien sus prácticas injustas por "obras que sean una luz en todos estos cerros, como la luz brillante de la Candelaria".

La devoción de la gente de Ostuma a la Virgen de la Candelaria es llamativa, debido a las tradiciones que rodean esta devoción:

Cuentan que la Virgen se iba a bañar al mar, y cuando ella salía al mar, nadie podía, por mucho que luchara, entrar al templo. Luego la encontraban en el mismo lugar del templo, pero con arena de mar en todo su cuerpo y vestido. En una ocasión se la llevaron a Cojutepeque para ponerla en el templo principal. Pero a los pocos días ella misma se regresó aquí, a su templo. Y todas las veces que lo intentaron sucedió lo mismo. Hoy todo se cayó el templo, pero a la Virgen no le pasó nada, quedó intacta, así como la mira usted.

Añade un vecino:

La comunidad tiene un chorro de agua camino abajo. Todas las fuentes se secan en verano, porque esta zona, es seca, pero ese chorro nunca se seca. Siempre tiene agua. Y es así porque la Virgen desde muy antiguo se va a bañar a sus aguas. En las noches de luna llena, especialmente cuando se acerca la madrugada, se la ve bajar hasta el chorro. Y todos en este pueblo, por el respeto que ella se merece, la dejamos sola, porque sabemos que nadie que se atreva a mirarla mientras se baña queda vivo para contarlo.

Comenta otra vecina:

La Virgen nos ha hecho tantos milagros... Todos en el pueblo recordamos o nos han contado de la joven ciega que vino a arrodillarse a los pies de la Virgen y cuando abrió los ojos pudo verla radiante a ella y todo lo que había a su alrededor. También sabemos de una señora que en tiempos de grandes aguaceros, fue arrastrada por el río Jiboa con toda la fuerza de su corriente. Cuando ya nada ni nadie la podía salvar, la señora clamó a la Virgen, y de pronto la corriente la lanzó con vida hacia la orilla.

De igual manera, en las fiestas patronales de Jayaque en el departamento de La Libertad, durante el mes de julio, se observó un gran fervor religioso y según opiniones de algunos participantes, éste había aumentado, la gente había acudido a las actividades religiosas con más fe. Continúa vigorizada la organización de la Cofradía, como también la costumbre tradicional del encuentro de Los Cumpas y el baile de los Historiantes. Así también aumentaron las manifestaciones de gratitud al santo patrono San Cristóbal y al visitante San Lucas por haberles guardado la vida, y de no perder las esperanzas de mejorar sus condiciones, y no faltaron también las expresiones de minuto de silencio por las personas fallecidas en los sismos.

Actitudes de la población

Durante el proceso de emergencia y reconstrucción, se manifestaron situaciones que impidieron lograr los objetivos para satisfacer las necesidades inmediatas de los damnificados. Por ejemplo, muchas mujeres campesinas, jefas de familias, marginadas en la repartición, terminaron destruyendo sus casas con la ilusión de poder por fin lucir una casa de concreto, porque sino no serían contemplados para la reconstrucción. La corrupción se manifestó en todos los espacios, mucha gente obtuvo hasta tres veces alimentos y dijo aun no haber recibido nada; muchos de los financiamientos de organismos internacionales desaparecieron en bolsillos de intermediarios, ayudas que fueron asignadas a los que más tienen. Los cruces entre instituciones, alcaldías para los proyectos de viviendas, se aprovecharon para satisfacer a sus correligionarios políticos o para imposibilitar un trabajo equitativo de las alcaldías en manos de partidos opositores, el ofrecimiento de viviendas de todo tipo cuyos precios según el postor oscilan entre 1800 a 3000 dólares prestados. Unos construyen con éxito aportando su mano de obra, otros reciben alimento y hasta salarios diarios pero se niegan en recoger las tablas que quedaron buenas de la casa anterior. Aparece entonces el síndrome del damnificado que paraliza la organización de la gente y su capacidad de actuar: el que recibe ayuda es porque no puede hacer nada.

Algunas alcaldías asumieron la tragedia como propia, tratando de cumplir al pie de la letra la misión de Estado Benefactor, sin contar con los medios y mucho menos con la voluntad política de los de arriba, sus promotores fueron acusados de ladrones y aprovechadores, a pesar de haberse desvelado quebrándose la cabeza para ver como ser justo ante tanta necesidad y con tan pocos recursos. Hubo peleas que incluso terminaron con muertos. Un miembro del Comité de Apoyo, manifestó:

Aparecieron las desigualdades como si nunca nadie hubiera luchado ni ofrecido su sangre para que estas desaparecieran... y volvemos a convencernos entonces que sin una profunda acción política juntos con los excluidos, los marginados, los desigualados, para seguir apostándole a transformaciones radicales, solo lograremos ponerle un nuevo maquillaje a nuestras grietas mientras esperamos el próximo desastre. Nos convencemos que no es el terremoto el que causa desastres sino las profundas inequidades sociales, que logramos invisibilizar a fuerza de buenas u malas voluntades.

Las situaciones descritas arriba contrastan con las de otros pobladores que fueron afectados de igual manera. Los valores solidarios surgieron espontáneamente en la etapa de emergencia, tanto en el nivel familiar como de la sociedad civil.

Por ejemplo, muchos pobladores de la comunidad El Pinal, en Jayaque, se organizaron para estar vigilantes durante las noches siguientes del terremoto, por las frecuentes réplicas que hubo, para avisar y tranquilizar a la comunidad en alguna emergencia y cuidarse mutuamente. La actitud con la que reaccionó la comunidad, muestra la solidaridad colectiva y el autocuido que se brindaron durante la etapa de la emergencia. Comentan que la misma necesidad los puso activos, pues aunque ya existía una directiva antes del terremoto, no funcionaba. En este sentido, la iniciativa de organización beneficia al grupo, ha logrado hacer un poco de conciencia, y permite que como sociedad civil sea un ente activo, que podría aprovecharse para impulsar planes de desarrollo local que eleven la calidad de vida de esta comunidad.

Asimismo, los terremotos propiciaron un acercamiento de aquellos parientes que estaban lejos, manifestando preocupación por sus seres queridos. Como es usual, en los momentos de crisis y sobrevivencia, la familia tiende a unirse y brindarse solidaridad, hasta donde sus posibilidades les permitieron.

Por otro lado, en Santa María Ostuma, muy golpeado pero no abatido, la generosidad y el altruísmo, y la desconfianza hacia el extraño, son rasgos que lo caracterizan, aunque tienen capacidad de asumir lo nuevo cuando perciben que no hay voluntad de manipularlos.

Los rasgos de generosidad y de entrega quedaron patentes con el terremoto. Un vecino contó esta historia:

Cuando el terremoto yo dije: aquí me voy a morir. Luego miré un muro y pensé en tirarme desde arriba. De repente vi que se abría el muro, y más abajo la tierra que estaba bajo mis pies también se abría. Yo dije entonces: si este es mi fin, apiádate de mí, Señor. Esto fue el 13 de enero. Qué iba yo a pensar que venía otro terremoto más. Porque si en el primero por poco me muero, el segundo me dejó con el corazón partido. Cruzado de brazos me dejó. Sólo recuerdo que en medio de los grandes retumbos, vi a una anciana atrapada entre el montón de tierra y la gran polvareda. Dejé entonces de cruzarme de brazos, y salí corriendo y junto a otros brazos que no supe yo de quiénes eran sacamos a la viejita como pudimos. (...) En ese momento yo no pensaba por qué lo hacía. Ahora yo pienso que había una fuerza que me alentaba como diciéndome: si vos estás vivo poné tu vida para salvar a otros. Eso es lo que ahora pienso. (...) Y ahora sigo en el comité de emergencia, removiendo escombros y buscando apoyos para levantar a este pueblo. No para levantar a unos pocos, como hemos estado siempre en El Salvador. Para levantar a toda la gente. Con sus casas y con su dignidad bien firmes.

Muchas ofertas llegaron a los pueblos traumatizados por los temblores, y con una experiencia organizativa muy débil y dependiente, acostumbrado al estilo vertical y al cacicazgo. Sin embargo, la mayoría de los organismos de ayuda humanitaria partieron del supuesto de la participación de la gente. Y dirigieron sus energías a figurar y a asegurar que sus ideas se impusieran sobre las de los demás organismos de ayudan. La realidad es que muchos actores externos habían cocinado una sopa de ofertas ante una contraparte -el municipio- que en la práctica no tenía capacidad de dialogar ni sabía como negociar. Propiamente, no existía como contraparte.

¿A qué conduce este escenario? A una reconstrucción entendida fundamentalmente como construcción de viviendas, acompañada de algunos programas productivos y de empleo, que recibiría una población relacionada con los donantes con las mismas debilidades y verticalismos de antes de los terremotos, que podría ver profundizados estos vicios y podría desarrollar una mayor dependencia y una mentalidad limosnera. Los organismos externos compartieron todos los conceptos habidos y por haber sobre la participación y sobre la gestión locales, pero no acabaron de aterrizar estas terminologías en la vida cotidiana de la gente que sería beneficiaria. Los conceptos de ciudadanía, gestión, participación, comunidad, acabarán siendo entelequias mientras los organismos presenten propuestas desencarnadas de la realidad y de la historia de la población.

La tierra para construir viviendas

Un desastre de la magnitud como la afrontada por El Salvador, abre paso a la reflexión de cómo se debe preservar el tejido urbano y social de un país que constantemente es mutilado por la naturaleza.

Actualmente, la arquitectura de tierra ha experimentado una suerte muy diversa, según la evolución económica y demográfica de las regiones. En los países subdesarrollados, se sigue utilizando espontáneamente donde tradicionalmente se la empleaba, puesto que el mundo de la pobreza no tiene ninguna alternativa económica tan realista y eficaz y a su alcance. Como manifiesta E. Martínez: "la gente mientras construye vive y vive mientras construye."

Las poblaciones rurales son aun mayoritarias y la considerable expansión de la cantidad de habitantes impone recurrir fundamentalmente a la autoconstrucción con los materiales locales disponibles. Es posible estimar estadísticamente que, globalmente, en el Tercer Mundo, la práctica de la construcción en tierra pareciera mantenerse estable.

Un análisis de los testimonios existentes en todo el mundo suele probar que la arquitectura en tierra es creíble y viable. Más aún, tiene propiedades relevantes para el porvenir. Los progresos científicos y técnicos modernos han permitido implementar procedimientos eficaces de protección destinados sobre todo a utilizar una tierra estabilizada que mejoran considerablemente la resistencia e impermeabilidad del material. Por otra parte, existe maquinaria muy simple de tipo mecánica o hidráulica que permite producir pequeñas o grandes cantidades de ladrillos de tierra, mucho más sólidos que aquellos armados antiguamente a mano con un molde simple, permitiendo mejorar la higiene sanitaria, al eliminar los posibles refugios de insectos y microbios. De esta forma se tiende a asociar de la mejor forma las virtudes de los principios tradicionales y las técnicas modernas.

La construcción de tierra permite involucrar a las personas o grupos interesados, permite una producción directa y mucha mayor independencia respecto a los centralismos burocráticos e industriales. La tierra es un material natural disponible en abundancia. Como tal, casi nunca requiere compras, ni transportes caros, ni desperdicio o transformaciones de carácter industrial. Permite en consecuencia eludir los obstáculos de un mercado o de un monopolio comercial, sin eliminar por ello la posibilidad de una producción no contaminante en serie descentralizada. El uso de la tierra no recurre ni a una economía dominada ni a una economía dominante, su uso garantiza la conservación de los equilibrios ecológicos y el respeto por el medio ambiente.

Su aplicación puede contribuir a la ampliación de la dimensión democrática de las iniciativas locales o regionales y la reducción de las desigualdades sociales. La utilización de la tierra refuerza la autonomía de las personas, a nivel de grupo, puesto que permite expresar una independencia tecnológica y cultural, económica y energética.

Las cualidades de la arquitectura de tierra cruda se hacen evidentes también en ahorros energéticos, en el proceso global de construcción. Esta es una cualidad de gran relevancia, puesto que las energías utilizadas en el sector de la construcción de obras públicas y de vivienda pueden representar en un país hasta el 20% o 25% del consumo nacional. En las fases iniciales, la fabricación de ladrillos de tierra cruda utiliza una cantidad ínfima o ninguna energía, en relación a los demás materiales, ya que no son cocidos y como se producen in situ o localmente, prácticamente no existen gastos de transporte. Al respecto, un poblador de San Juan Tepezontes expresa los siguiente: “(La casa) me la construyó un señor de aquí mismo. La tierra la trajimos de aquí nomás, está cerca, porque la (tierra) de aquí, de este terreno, no es buena para el ladrillo. No gasté en transporte, sólo para traer la lámina, pues en lugar de teja le puse lámina de asbesto.”

Además de los ahorros energéticos relacionados con la producción, las construcciones en tierra permiten ahorros relacionados con el uso, por la calefacción y climatización: de hecho la naturaleza específica de los muros de tierra, bien explotada, puede implicar a la vez una reducción de las pérdidas calóricas y una sensación de verdadero "bienestar térmico". Esta apreciación no cuantificable, sino psicológica, demuestra el carácter cultural del proceso mental que lleva a unos a amar la tierra por sus características de bienestar y calidez, de seguridad, de pureza y ecología. Sin embargo, hay otros que dirán que es un arcaísmo y lo perciben como un obstáculo a sus aspiraciones sociales de consumo y de hacer alarde de imágenes más materiales del progreso moderno. Al respecto Jorge Ventura de San Juan Tepezontes, manifiesta lo siguiente: “Fíjese que después de ponerle el repello, la casa es caliente en la noche, aquí no se siente frío, y por el día es muy fresca, da gusto estar dentro de la casa.”

Aparte de sus atributos en términos políticos y económicos, sociales, técnicos y ecológicos, el material "tierra" tiene un interés cultural y arquitectónico. La diversidad de arquitecturas de tierra y sus modos de construcción posibles es una protección contra la homogenización cultural de la globalización. El recurso de la arquitectura de tierra podría facilitar una reinserción vital de la arquitectura en las diversas tradiciones culturales y populares propias de las comunidades y reconciliarnos con el sentido y la aplicación de la sabiduría popular, recreando al mismo tiempo una coherencia dinámica y un lazo continuo entre el pasado, la actualidad y el porvenir.

Soy originaria de este lugar, dice una pobladora de Nuevo Tepetitán, en San Vicente, esta casa la construyó mi abuelo y mi padre hace más de cien años. Muchas casas fueron construidas por los mismos dueños hace ya varios años. Eran casas grandes, de adobe. Tenían su portal con columnas de madera y techos de tejas.

La arquitectura de tierra es parte de la identidad de los pueblos, fortalece las diversas tradiciones culturales y populares propias de las comunidades y beneficia su desarrollo.

Reflexiones finales

La reconstrucción debería orientarse a la recuperación de la esperanza, la confianza y, en definitiva, a la dignidad de las personas. Por esa razón, la vivienda es un eje prioritario de este enfoque.

La vivienda rural requiere de una política especial, porque presenta características especiales: se construye con adobe, distante una de otra y, en general, en zonas que carecen de servicios básicos. Tampoco se puede pasar por alto los diferentes estilos de vida. La vivienda rural forma parte de un hábitat específico y una particular cosmovisión. En El Salvador, sea cual sea la modalidad de desarrollo que se considere, debe romperse la marginación tradicional de las zonas rurales. Es necesario construir viviendas que dignifiquen la vida de las familias, reconstruir a partir de la memoria, y confrontar ese modelo interno con posibles explicaciones. Y preguntarse qué tanto logran responder a las inquietudes de sus moradores.

En El Salvador, la idea de una construcción colectiva está por completo ausente. Así como no hay interés por proveer espacios para el encuentro, tampoco lo hay por una construcción que dialogue con su entorno. Cada iniciativa de edificar ignora a las otras como si no existieran. De allí el desorden y el caos que predominan por todas partes.

Aquí estamos ya, pues, ante la propuesta de una ciudad interpretada. La interpretación da cuenta de las causas, de las razones de lo que vivimos. Alcanzar la ciudad interpretada requiere reconocimiento de sí mismo y del otro, en tiempo, espacio y persona; en historia, geografía y etnia. Requiere capacidad de diálogo. Y para ello, lo fundamental es el reconocimiento del otro como interlocutor.

La ciudad deseada tiene también un aspecto propio en la relación con su entorno. No es sólo un manejo económico de su metabolismo, para minimizar los efectos negativos sobre el ambiente, construyendo con parsimonia, y localizándose con respeto y discreción en el paisaje. Es también un deseo de mantenerse dentro de los límites de lo que su entorno le ofrece, prefiriendo, llegado el caso, promover el crecimiento de otras ciudades de la región para mantener, en conjunto, una relación armoniosa con los recursos del ambiente.

Si logramos constituirnos como colectividad, y como tal sentimos, interpretamos, imaginamos la ciudad, entonces si podemos concertarnos en torno a una ciudad deseada, entonces parecería viable su construcción. La ciudad deseada se construye bordando con paciencia, premeditación y sentido de la oportunidad, sobre el tapiz de la ciudad heredada. Esto implica una valoración de la herencia. Otros también soñaron antes con una ciudad deseada, y las huellas de su esfuerzo, podrán en el futuro seguir inspirando, junto con las nuestras, a otros que vendrán.

Hoy es el momento en que los pueblos deben mantener viva la tradición y saber elegir lo que se debe conservar, adaptar y transmitir con el propósito de resguardar su memoria colectiva. Una imagen aún no construida, pero deseada por la colectividad, surge con una fuerza capaz de concertar esfuerzos, materiales, de organizaciones, de comunidades y tiempo. Y a medida que las nuevas formas aparecen, los ciudadanos las comprenderán como el más reciente de sus logros, y se identificarán con ellas de inmediato..

 

© Gregorio Bello-Suazo C.

 


Notas

arriba

vuelve 1. Nota aclaratoria: En adelante, algunos de los testimonios citados han sido tomados de los periódicos salvadoreños El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica. Otras de las transcripciones corresponden a entrevistas realizadas por el autor a los pobladores de diversas zonas del desastre.


Bibliografía

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