Dennis F. Arias Mora*

La novela histórica como abordaje reflexivo de los grandes problemas de la Historia en América Central:
Un comentario a Manosanta (1996), de Rafael Ruiloba

dennariaalz@yahoo.es

Notas*Bibliografía

Con la novela Manosanta, del escritor panameño Rafael Ruiloba, el lector tiene la oportunidad de acercarse a un libro cuyas dimensiones literarias lo ubican en eso que se ha denominado nueva novela histórica; pero, además, lleva asimismo a asumir, entre el pasar agradable, ameno y no menos divertido de las páginas, una serie de reflexiones de enorme trascendencia histórica no únicamente para el curso de la Historia de Panamá, sino también para la de América Central o de América Latina inclusive.

Aquí, en este comentario, se pretende inicialmente y de forma bastante breve, hacer una descripción básica del relato. Después de esto, se busca extraer de la novela un conjunto de elementos literarios característicos de lo que varios autores han catalogado como nueva novela histórica (Aínsa, 1991 y 1997; Acevedo, 1998; Spang, 1995). Por último, y a la luz de las aportaciones teóricas recientes en torno a ese subgénero, se intenta articular un análisis más a fondo de la importancia de Manosanta en relación con la literatura-ficción y con lo histórico, los enlaces de ambas dimensiones, y los elementos argumentales de la construcción narrativa, que permiten abordar una reflexión histórica cuyos alcances no escatiman en posicionarse frente a los grandes problemas de la historia centroamericana o latinoamericana.

Manosanta (Ruiloba, 1997) obra escrita para 1996, se caracteriza por su complejidad en la construcción argumental. Se trata de tres historias que transcurren por separado en la mayor parte de la trama, y que se unen casi al llegar el final. Una primer historia, trata sobre la llegada del padre Nicolás Buenaventura, Manosanta, a un pequeño pueblo de Panamá llamado San Pablo Viejo, lugar supersticioso y tradicionalista donde ocurren posesiones diabólicas y exorcismos de parte del padre; este relato se mantiene en un nivel antropológico/local. La segunda cursa sobre las luchas entre conservadores y liberales, la cual trae a colación la problemática de la independencia panameña de Colombia; el relato, pues, es histórico/nacional. Por último, la tercer historia corresponde a los debates políticos y las maniobras diplomáticas para la construcción del canal interoceánico por parte de Estados Unidos, donde el relato es histórico/global.

Dentro de las caracterizaciones atribuidas recientemente a la novela histórica en América Central, el texto es abundante en recursos o figuras literarias, entre ellas se destacan las hipérboles, la sátira o parodia, y las metáforas. Hiperbólicos resultan muchos elementos dentro de las historias narradas, el solo hecho de la presencia diabólica en Panamá es ya un indicador; por otra parte, la larga agonía del liberal Avelino Rosas pareciera exageradamente extensa, pues ronda los márgenes de la inmortalidad cuando el cáncer que lo consume no puede acabar con él, y sólo muere después de informar a sus copartidarios del lugar donde se encontraban las armas para combatir a los conservadores, sugiriendo esto que la causa liberal en el momento representaba la vida misma de sus seguidores. En Avelino casi todo resulta sobredimensionado; en un pasaje, mucho antes de que muriera, le ocurre que:

“con vehemencia le pidió a Dios que lo dejara morir. Su hijo lo sacó, a tomar el sol, al patio. Al rato se escuchó un gran trueno. Tras un momento de consternación sus familiares fueron a ver. Avelino fue alcanzado por un rayo que lo dejó inconsciente. Cuando volvió en sí había recuperado el movimiento de sus miembros y podía cerrar el párpado, sin embargo, maldecía y se quejaba porque el trueno lo había dejado sordo.” (99)

Manosanta se nutre constantemente de la exageración; si el lector asume de modo literal la parte del relato en que el padre muere, y aparece reclamando a gritos en su propia procesión fúnebre que no lo está, esto no es otra cosa más que una hipérbole. No obstante, si se asume que no era Manosanta el muerto, y que no era su mano a la que le rendían culto, se trata pues de una paradoja, como el mismo personaje lo indica, sirviéndole esto al narrador para abordar una reflexión metafórica de la muerte de la identidad del religioso y de la de Panamá, aspecto vertebral para el problema central que trata la novela, la identidad pues, de lo cual se hablará aquí más adelante. El pasaje hiperbólico, metafórico o paradójico, se concentra en una conversación de Manosanta:

“Hay muchas formas de muerte y a usted le ha tocado una de sus variantes más extrañas. La muerte de la identidad. Nicolás Buenaventura ha muerto. Está enterrado y su mano anda en una urna de cristal sanando enfermos. Se ha cumplido la maldición del diablo. Por el contrario, el padre Restrepo está más vivo que nunca en alguna parroquia del interior de colombia [sic.]

-Es una paradoja.

-Sí. ¿Acaso ésta no es la esencia de la realidad?” (219)

En cuanto a los momentos en que se satiriza o se hace parodia de personajes o circunstancias, puede notarse en la novela que estos recursos cumplen diferentes propósitos. En unas ocasiones se hace sátira del alcalde, figura autoritaria, corrupta y violenta de San Pablo Viejo, con la clara intención de hacer crítica o burla (o ambas) de la condición del poder. En otros trazos, la sátira apunta a aspectos históricos que invitan a pensar en las preocupaciones del narrador/escritor, aunque conviene advertir que los dardos satíricos no se dirigen la mayor parte de las veces a los referentes históricos, los cuales se caracterizan por una sobriedad narrativa, sino hacia personajes o situaciones ficticias. En los siguientes ejemplos, puede verse la manera en que se satiriza lo histórico: en un caso, la independencia panameña que es parte esencial del mensaje de la obra en su totalidad; en el otro, una divertida parodia del país hermano de la frontera norte de Panamá, Costa Rica, del cual parece estar el escritor muy informado acerca de su frágil y casi risible situación militar al inicio del siglo XX (debe considerarse que el autor Rafael Ruiloba cursó estudios literarios en Costa Rica):

“Un gobernador auto preso, un tendero chino y un burro muerto fue el balance militar de la Independencia de Panamá.” (229)

“Extrañamente los mismos soldados liberales que se tomaron el pueblo de San Pablo Viejo se encontraron otra vez bajo el mando del general Manuel Quintero Villareal desarmados, defendiendo el territorio nacional en la guerra de Coto, contra Costa Rica. Villareal imaginó un nuevo ardid. Pintó cañones falsos en las orillas del río que demarcaba la frontera y las tropas extranjeras se replegaron temerosas del poderío bélico de los panameños.” (231)

Ahora bien, una de las figuras literarias centrales de Manosanta es el recurso simbólico, principalmente cuando se habla de la presencia diabólica en San Pablo Viejo y de los malos olores que transmite el alcalde Nepomuceno Ritter y toda su familia. Respecto a la figura del diablo, ésta tiene en la novela distintas connotaciones; en una de ellas, lo diabólico está relacionado con las percepciones tradicionalistas que puede tener un pueblo pequeño y supersticioso como San Pablo Viejo, perspectiva la cual le sirve igualmente al narrador/escritor para relacionar lo diabólico con la condición colonial inicial del territorio panameño:

“Al amanecer cayó exhausta frente a la iglesia, tirando espumarajos por la boca y gritando que el diablo seduciría a los hombres.” (40)

“Se especuló que la causa de los prodigios se debía a una vieja culpa del pueblo, que estaba lleno de augurios ominosos desde que era un caserío de frontera (...) En aquellos tiempos bizarros, en la plaza se capaban a los negros y a los indios que no aceptaban vivir en los campos de concentración, llamados reducciones. Se les dejaba morir de inanición atados a un cepo. Para colmo los brujos y chamanes aseguraban que San Pablo Viejo fue construido sobre un cementerio indígena y que tarde o temprano iba a ser devorado por el fuego.” (43)

Lo diabólico sirve también como estratagema política para que el alcalde conservador desprestigie sin mayor fundamento político a los liberales: “El alcalde (...) pensó que la presencia del diablo se debía a que en el pueblo habían muchos liberales.” (62)

Sin embargo, pareciera que la presencia diabólica en San Pablo Viejo tiene más que ver con la corrupción de las autoridades civiles y eclesiásticas que con cualquier otra cosa. Por una parte, por lo que había hecho el anterior sacerdote, el padre Restrepo, de tener aventuras con tres mujeres del pueblo, embarazar a una de ellas y envenenar a otra; el alcalde lo había encubierto, de hecho en el epílogo de la novela se advierte que al padre Restrepo lo habían trasladado al interior de Colombia y le habían facilitado $100 mil, con lo cual se había evitado la trascendencia de un escándalo que hubiera perjudicado la alianza entre conservadores e Iglesia, en favor de los liberales. Por otra parte, algunos pasajes sugieren que el diablo está representado en la figura del alcalde mismo; debe recordarse que en la pelea de gallos promovida por él, le apostaba a muerte al gallo “Diablo” en contra del gallo “Dios”. Véanse los siguientes extractos en que se relaciona al diablo con el alcalde:

“-¿Es el diablo? – preguntó Manosanta interesándose en el ojo de la mujer del alcalde.

-No. Es Nepomuceno.” (86)

“Ahora estaba seguro que éste [el envenenamiento de Ernestina por parte del padre Restrepo] era el pecado sacrílego que había retirado la protección del Señor y desatado las furias diabólicas sobre San Pablo Viejo.” (106)

“Las posesiones y otras manifestaciones de la histeria colectiva cesaron el día en que murió Heliodoro Nepomuceno Ritter (...).” (230)

A pesar de los claros tintes polisémicos de la presencia diabólica en San Pablo Viejo, es inevitable establecer la relación entre la llegada del Diablo a ese pequeño pueblo, con la cada vez más cercana posibilidad, entonces, de la construcción del canal en Panamá. En ese caso, conviene al menos plantear la pregunta: ¿es la presencia diabólica una metáfora de la construcción del canal, donde el imperialismo estadounidense es el diablo, y por lo tanto la situación histórica de Panamá en el siglo XX una maldición producto de aquél? No hay un pasaje reconocible en la novela que establezca directamente esta conexión, pero el lector tiene en sus manos los elementos implícitos para realizarla; para una referencia más exacta habría que poner mayor atención en la secuencia de los hechos (inicios de las posesiones diabólicas/ inicios de los planes de intervención y negociación del canal por parte de Estados Unidos), tarea nada sencilla dada la complejidad arquitectónica de la trama de la novela.

Una simbolización de suma importancia en la novela, es la asociación entre los malos olores y la suciedad que sufre San Pablo Viejo, con la corrupción, el autoritarismo y la violencia del alcalde y, en realidad, con el origen de su familia inclusive. El recurso simbólico en este caso, sirve para hacer una crítica y una parodia a la situación del poder, a la corrupción dentro de él y a la condición dinástica que lo caracteriza, pues debe recordarse que el padre del alcalde había sido además de hacendado, un militar. El escritor/narrador se coloca en este caso desde una perspectiva del realismo grotesco bajtiniano, en el cual se alude a la exposición cruda del cuerpo y de sus características degradantes y vulgares representadas a través de la hediondez, de las necesidades fisiológicas, de los órganos genitales y de su sexualidad; es decir, el cuerpo no como disfrute sino como vergüenza (Bajtin, 1998: 23-29), y todo ello con el objetivo (por parte del escritor/narrador de Manosanta) no sólo de humanizar a las personas detrás del poder, sino también de ridiculizar y parodiar la situación de este. He aquí un extracto del capítulo 19, dedicado en su totalidad a la fetidez de los Ritter, y en donde es clara la interconexión entre el poder/el mal/la hediondez:

“Pero desde que llegaron los Ritter el pueblo no olía, sino que apestaba todo el año a un repugnante olor a podrido. (...) Era el olor del mal que todo lo traspasaba con su espada infinita. (...) El olor de la desgracia (...) [el alcalde] se echa pedos de repollo viejo que sólo se disipan si enciende la lámpara de parafina.” (88, 93)

En cuanto a las técnicas narrativas utilizadas en la narración de la novela, se destaca el uso del intertexto. Las referencias a nombres, documentos o lugares tienen la particularidad de que se hayan resaltados en negrita, y cuando se transcribe un documento en su totalidad, el cual puede ser ficcional o extraído de algún periódico de la época o de una cita bíblica, se hace destacándolo la mayoría de las veces con otro tipo de letra.

Uno de los textos “transcritos”, el cual se le hace imposible al lector determinar en lo inmediato si es real, es una declaración judicial en la que el papá de Ernestina cuenta como su hija sufrió el envenenamiento del padre Restrepo; el documento posiblemente sea una invención del escritor, difícilmente se trate de un referente histórico pues el pasaje pertenece al ámbito localista del pueblo San Pablo Viejo, cuyas historias de posesiones diabólicas y exorcismos bien podrían tratarse de construcciones ficcionales con miras a retratar literariamente las dimensiones antropológicas de una pequeña localidad panameña; dice parte del “expediente”:

“Me dijo: me acerqué a comulgar con el padre Restrepo y me dio varias hostias muy amargas. A fuerza las tragué. Me dieron ganas de trasbocar y me puse tiesa de todo el cuerpo. Me estoy muriendo, Papá. La dejé con mi madre (...)” (105)

Hay otros casos en los que las referencias son igualmente “textuales”, como la descripción forense del cuerpo de la fallecida Ernestina, o las citas bíblicas que son parafraseadas por el narrador pero cuyo contenido es legítimo. Inclusive, los referentes textuales contienen un alto grado de verosimilitud cuando se trata de la temática en torno al canal de Panamá; de hecho, como podrá verse más adelante, el referente histórico en Manosanta es bastante textual, tanto cuando se recurre a documentos de la época debidamente transcritos, como cuando es el narrador el que se ocupa de contar el episodio canalero. Uno de los textos transcritos, el cual posiblemente se trate de un documento legítimo, consta de una noticia del periódico World de Nueva York, que informa sobre la situación del canal y de los intereses de los estadounidenses. Parte de él dice así:

“Washington. Junio 14 de 1903.

El presidente Roosevelt está determinado a obtener la ruta del canal de Panamá. (...) Se dice que este proyecto es de fácil ejecución dado que no más de 100 soldados colombianos son los que se encuentran destacados en el Estado de Panamá.” (149)

En otros casos, la intertextualidad no es tan clara, y queda a cargo de la malicia o del bagaje del lector el detectarla, pues resulta que Manosanta tiene una continua referencia tácita y una influencia de la novela Cien años de soledad (1967) del escritor colombiano Gabriel García Márquez. La influencia se nota en múltiples aspectos: Ruiloba, por ejemplo, trata en su novela aspectos como la lucha entre conservadores y liberales; escribe sobre la historia (o las historias) de un pequeño pueblo, San Pablo Viejo, cuyo ambiente denso, caluroso y cargado de hechos premonitorios (posesiones diabólicas, exorcismos, epidemias) que anuncian la llegada de una maldición (¿el canal?), no hace más que pensar en la continuidad del efecto de Macondo en la narrativa latinoamericana, sin olvidar la carga hiperbólica que poseen ambas obras. En un pasaje de Manosanta se hace referencia, incluso, a un coronel liberal de apellido Buendía: “Díaz Asmuelles y Ramón Buendía dieron orden de combate. Dos escuadras del batallón Patria abrieron fuego sobre la lejana tropa conservadora.” (221)

La historicidad, como poco antes se señalaba, tiene la peculiaridad en Manosanta de ser bastante textual o apegada al discurso historiográfico. En muy pocas ocasiones se parodia la temática histórica; las más de las veces no se presentan alteraciones en los acontecimientos, como tampoco hay la presencia de anacronismos, la cual es una de las características de la nueva novela histórica (Aínsa, 1991: 20-22) que, en este caso, no se presenta.

El siguiente cuadro comparativo resulta útil para comprender lo antes dicho. La manera en que el narrador/escritor aborda los problemas históricos en la novela, específicamente los que tratan sobre la construcción del canal, la independencia de Panamá y la intervención de los Estados Unidos en ambos procesos, son absolutamente coincidentes con el discurso narrativo aplicado en obras historiográficas o académicas en general. Los temas tratados en la novela, que han sido incorporados en este cuadro para su comparación, son: la condición ístmica panameña desde tiempos del imperio español; la quiebra de la Compañía Francesa del Canal; el interés de los Estados Unidos en la ruta canalera; la independencia panameña; la intervención norteamericana e, inclusive, la visita del pintor francés impresionista Paul Gauguin a Panamá.

Cuadro comparativo sobre la historicidad en la novela Manosanta
En el narrador
En la historiografía
¿Sobre la condición ístmica de Panamá bajo la sombra de un imperio?

“Eiseric imaginó al presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt como el capitán Gil Gonzales desarmando el acorazado para subirlo en las espaldas de los nativos subyugados; atravesar la selva inexpugnable; luchar a brazo partido con los indios levantiscos (...) Llegar a la playa (...) rearmar el acorazado, hacerse a la mar (...) llegar a Cuba; ganar la guerra y posesionarse de las islas Filipinas, Guam y Hawai.” (74).
“El eje del sistema transístmico fue la ciudad de Panamá, con su mirada puesta sobre el mar del sur (...) y las riquezas que extraía la economía europea de los vastos territorios americanos. / En 1534, bajo la presión del creciente comercio interoceánico, la corona española ordenó la realización de un estudio para construir una vía acuática que abriera el istmo panameño (...)” (VVAA, 1998: 9)
Sobre la quiebra de La Compañía Francesa del Canal y el interés de los EE.UU.:

“(...) cuando todos los ingenieros estaban dispuestos a (...) que la única forma de salvar la empresa era cambiando el proyecto a un canal por esclusas, como decía Bunau Varilla, el terco de Ferdinand de Lesseps insistía en un canal a nivel. (...) Sobrevino la quiebra.

(...)—¡Ves!, -vociferaba Varilla-. Estados Unidos, mientras guerreaba con España, envió el acorazado Oregón, anclado en la bahía de San Francisco, para que reforzara sus tropas en el Caribe. ¿Y qué pasó? ¡Tuvo que darle la vuelta al mundo! (...) ¿Cuánto tiempo fue?, ¿66 días?, ¿Tres meses? (...)” (72-74)
“Cuando en 1878 Fernando de Lesseps (...) anunció la construcción (...) en Panamá, fue advertido por el Presidente Hayes de que los Estados Unidos no aceptarían un canal que no estuviese bajo su control. El proyecto se inició, pero algunos errores de planeamiento y la muerte de más de 2.000 trabajadores, así como la ruina económica, hicieron desistir a Lesseps en 1889. / Los norteamericanos, tras la anexión de Hawai, Filipinas y la apertura de mercados en Asia, reavivaron su interés por la construcción del canal. Lo reclamaban también necesidades militares comprobadas en la guerra del 98, en la que el buque de guerra Oregón tardó sesenta y ocho días de la costa occidental a Cuba, navegando vía estrecho de Magallanes.” (González, 1997: 64)
Sobre la independencia panameña, el canal, la presidencia y la intervención EE.UU.:

“Llegaron a la oficina del telégrafo y transmitieron sin dificultad el sí del senador José Domingo de Obaldía a José Gabriel Duque en el Panamá Star Herald. Duque telegrafió al cuarto 1162 del Hotel Waldorf Astoria. Buanu Varilla le telegrafió al subsecretario de Estado Francis B. Lomé, éste a su vez le telegrafió al pueblo de Oster Bay al presidente Theodore Roorevelt. Y John Hay le telegrafió al presidente Marroquín en Colombia. El presidente Roosevelt le telegrafió al secretario de Marina y éste al almirante Grass. Grass al almirante Glass, y al almirante Coghaln y el almirante Coghaln al almirante Walker. Walker al Mayor William Black. Black al teniente Marck Brooke, quien partió con sus tropas para Colón y Yaviza, en la frontera con Colombia (...) los acorazados, Nashville, Dixie y Atlanta enfilaban su rumbo hacia la bahía de Colón, en tanto que el Boston, el Concord, el Wyoming y el Marblehead, lo hacían hacia la bahía de Panamá.” (202-203)

“En la madrugada del 3 de noviembre de 1903 el crucero Cartagena en las barbas del acorazado Nashville desembarcó 500 soldados del batallón Tiradores. Eran soldados de élite; aguerridos y fogueados en la guerra civil.” (228)

“Phillipe Bunau Varilla fue nombrado embajador plenipotenciario de la nueva República ante el gobierno de los Estados Unidos. Redactó y firmó el tratado del canal de 1903.” (229)
“Bunan Varilla, ciudadano francés que había representado los intereses de la compañía francesa en el asunto, asociado con el político panameño Manuel Amador, fomentó la insurrección, que condujo, a fines de año, a la independencia de Panamá. Y, con el reconocimiento del presidente Roosevelt, planeó el derrocamiento de las autoridades colombianas en Panamá. / Al comenzar el levantamiento, los barcos de guerra norteamericanos evitaron que las tropas colombianas cruzaran el istmo de Colón a Panamá. Washington reconoció inmediatamente al nuevo gobierno, negociando en dos semanas un tratado para la construcción del canal, compró la concesión francesa y obtuvo para los Estados Unidos el control de una franja de 16 kilómetros de ancha. (González, 1997: 66)

“Lamentablemente la democracia en Panamá fue lograda, en buena parte por la intervención norteamericana más que por la participación y maduración ciudadana.” (VVAA, 1998: 25)

“El rechazo del Senado colombiano al Tratado Herrán-Hay, firmado con los Estados Unidos para la construcción de un canal por el istmo de Panamá creó gran incertidumbre entre los panameños, generando reacciones en contra de esta decisión. Esta situación provocó que Panamá concertara un acuerdo con Estados Unidos, mediante el cual le permitía a éste la construcción de un canal a través del istmo, recibiendo a cambio la garantía de la separación del istmo panameño de Colombia y una compensación económica.”(VVAA: 74)
La visita del pintor Paul Gauguin:

“(...) le pidieron ser la traductora en el alegato de defensa de un prisionero francés, que estaba a punto de ser fusilado por orinarse en la calle. Se llamaba Paul Gauguin y era un pintorzuelo desconocido. (...) se enteró que Gauguin vino a Panamá porque acá tenía una hermana que estaba casada con un comerciante de apellido Uribe. (...) se enroló en las huestes de los trabajadores del canal. Vivió en barracas con los chinos hasta que rentó una habitación en la isla de Taboga (...) / Esto era lo que buscaba en la isla (...): la esencia de la naturaleza. / (...) En cierta forma, él también se suicidó cuando renunció a todo: al trabajo, a la cultura y a la familia, para salvarse de la idiotez de la vida.” (116-118)
“Era corredor de la bolsa de valores hasta que un buen día decidió dedicarse a la pintura. Casado con una danesa, tuvo cinco hijos a los que abandonó persiguiendo la luz de los trópicos, que lo traería a las costas panameñas. / (...) En 1887, Paul Gauguin (...) arribó al istmo de Panamá. (...) su destino fue la isla de Taboga (...) [de la que decía en una carta]está casi deshabitada y muy fértil. Yo llevo mis colores y mis pinceles y yo me empaparé de ellos lejos de todos los seres humanos(...). (...) La siguiente carta que escribió a su esposa – ya desde Panamá, donde su cuñado (esposo de su hermana Marié) le había invitado con promesas de trabajo estable – no fue tan elocuente sobre el entorno panameño. (...) En su siguiente misiva le cuenta su desventura ocurrida en el barrio de San Felipe, donde fue tomado preso por la policía, ya que se orinó en una de sus calles.” (Sagel, 2003: 90-94)

Debe recordarse, asimismo, que gran parte del hilo de los acontecimientos en torno al canal, a la independencia panameña y a la intervención estadounidense, se halla desplegado en la trascripción de la noticia del World de Nueva York y en las cartas escritas por Philippe Bunau Varilla, representante de los intereses canaleros estadounidenses y posterior embajador de Estados Unidos en Panamá. Sin embargo, la historicidad en Manosanta no se limita a hacer eco de las referencias documentales; también utiliza el recurso de ficcionalizar el futuro histórico de lo que se ignora pudo haber ocurrido con ciertos personajes, como es el caso del mismo Bunau Varilla:

“Su odisea fue ejemplar. Sobrevivió a la fiebre amarilla, cambió la decisión del Congreso de hacer un canal por Nicaragua; concibió la idea de hacer un canal a nivel y se vio involucrado en la conspiración de la independencia, donde se invirtieron más de 120 millones de dólares. Fue repudiado por un decreto del gobierno panameño y condenado a la execración y el vituperio. Volvió a Francia donde inventó un proceso para desalinizar el agua del mar. Perdió un pierna en la batalla de Verdum. Y hasta 1940 lo vieron trotar con su pata de palo cerca de los Campos Elíseos.” (229-230)

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Dentro de la perspectiva teórica de la nueva novela histórica latinoamericana, la cual tiene tantas interpretaciones como intérpretes, Manosanta contiene muchas de las características que representa tal subgénero (Aínsa, 1991 y 1997; Acevedo, 1998; Spang, 1995). Una característica muy representativa, es que se presentan en la novela diversos puntos de vista no solamente de un acontecimiento histórico, sino también de la sociedad panameña en el cambio de siglo. En el primer caso, el acontecimiento histórico central es la construcción del canal y, paralelo a este, la independencia de Panamá. El relato, en ese sentido, presenta la visión geoestratégica que el canal tiene para Estados Unidos, en momentos en que desarrollaba su consolidación hemisférica y hacía del Caribe el eje de ese dominio (Halperin Donghi, 1998: 283-295; La Feber, 1984: 31-39; Quesada Monge, 2001: 17-31). Queda explícita la reticencia del gobierno colombiano hacia el proyecto canalero, como también se presenta el oportunismo de algunos políticos de conseguir la independencia a costa del apoyo (nada gratuito) de los estadounidenses, al igual que se muestra la lucha de los liberales por la independencia panameña como un elemento de tradición histórica propia, no dependiente de las aspiraciones imperiales sobre el canal. Por último, también puede apreciarse la noción pragmática de los negociantes franceses del canal, que luego de ver quebrar a la compañía francesa, se alinean con la estrategia imperialista de Estados Unidos.

En el segundo caso, la sociedad panameña es expuesta, como se vio al comienzo de este escrito, desde tres ámbitos, en primer lugar el local, donde se viven los tradicionalismos y la religiosidad (o el paganismo) de un pequeño pueblo como San Pablo Viejo; en segundo lugar, el nacional, donde se presenta la dicotomía de una Panamá como parte de la nación colombiana y otra Panamá como parte de un proyecto de nación propio, reflejado todo esto en el conflicto entre conservadores y liberales; en tercer lugar, el global o internacional, en el cual se aprecia cuál es el lugar de Panamá en el mundo y cómo las fuerzas o potencias en este le determinan el destino histórico.

Se hace en Manosanta, igualmente, una parodia de la historia, desde las autoridades políticas, como es el caso del alcalde de San Pablo Viejo, hasta del proceso de independencia de Panamá (Véase el ejemplo de la página 4 de este escrito, o la 229 de la novela). No obstante, uno de los ejes históricos centrales de la novela, como es el de la situación del canal, se expone – como antes se señalaba– con bastante sobriedad. Tanto la forma en que cuenta la historia el narrador, como el recurso a la historicidad documental, tienen una fuerte coincidencia con el discurso historiográfico o académico.

La narración, por su parte, no es lineal. Franz Galich ha apuntado que Manosanta se caracteriza por su complejidad arquitectónica (Galich, s.a.: s.p.), donde tres tramas se conducen de forma segmentada para articularse, no sin confusiones, muy cerca del final, en el cual el narrador le resuelve los acertijos al lector pero sin brindarle la sensación de certidumbre en cuanto al desenlace. Al final de la lectura, al espectador le quedan – quizá con mayor fuerza – las preguntas que surgieron en el transcurso del relato: ¿muere o no el padre Manosanta?, ¿Quién encendió la vela que hizo explotar la pólvora en la parroquia?, ¿No estaba Manosanta vestido del senador José Domingo de Obaldía? Sin embargo, tales cuestiones circunstanciales pierden importancia ante la prioridad que remarca la novela sobre la problemática histórica panameña, en la cual muchas veces los vericuetos de las vidas de los personajes son su metáfora, sobre todo en la correlación entre la pérdida de identidad de Manosanta y la de Panamá, o en la inversión del “bien” y del “mal”, donde el destino, vuelto al revés, premia a los “malos” (Restrepo/la corrupción/el poder) y condena a los “buenos” (Manosanta/la búsqueda de la verdad).

El mismo Galich apunta que la temporalidad en Manosanta se inscribe dentro de una visión circular, es decir, que la historia es un eterno retorno; esto por cuanto el primer capítulo es una continuación del último, los cuales encuentran al padre Manosanta meditabundo y confundido. Esa circularidad del tiempo contiene una fuerte carga de reflexión histórica, pues alude a la historia de América Latina en la cual, lejos de resolverse los problemas sociales, económicos y políticos, parecieran eternizarse o repetirse en sus más crudas expresiones durante los continuos presentes. En Manosanta no se descubre la verdad de los vejámenes eclesiásticos y la complicidad de las autoridades políticas; San Pablo Viejo se autoengaña con el silencio y se refugia en su tradicional superstición con la mano del padre Buenaventura; y la llegada de los liberales y el triunfo en su alzamiento no se traduce en un proyecto nacional, indicando estos tres elementos que la historia seguirá igual. En Panamá, la independencia significa hipotecar la soberanía a los intereses del imperialismo estadounidense, al cual solamente le interesa el control del canal; la condición de sujeción, antes al imperio español, posteriormente a la esfera británica, luego a la nación colombiana, y finalmente a Estados Unidos, atestiguan una especie de historia maldita en su eterno retorno: la permanente presencia militar norteamericana en el pequeño país ístmico a lo largo del siglo que entonces iniciaba (1903), el control del sistema político y de la economía panameña por parte del nuevo imperio, y todavía una invasión militar estadounidense en 1989, así lo sugieren.

Manosanta trae consigo la puesta en escena de personajes que, en una percepción tradicionalista y “positivista” de la historia, o en una novela histórica de herencia decimonónica, no tienen cabida. La presencia de “personajes marginales” es palpable cuando la novela aborda el ámbito local y el nacional de la trama: allí están la curandera del pueblo, las mujeres poseídas por el diablo, como también está el liberal que no le alcanza la vida para vivir el “triunfo” de la causa progresista y nacionalista. Sin embargo, no hay por parte del escritor/narrador una visión apologética de la marginalidad, es decir, no se detecta una visión heroica, martirizante e iconográfica de lo marginal; no se percibe el deseo de crear identidades alternativas basadas en supuestos mitológicos, tal como ocurre en algunas novelas históricas recientes en América Latina; más bien el recurso a la marginalidad en Manosanta cumple el objetivo de diversificar el panorama histórico de la sociedad panameña en el cambio de siglo y al momento de su independencia, además de servir al propósito de explicitar el sitio histórico e ideológico en el cual se coloca el escritor mismo; como dice María Cristina Pons, la

“recuperación del pasado de y desde los márgenes, no debería leerse como una cuestión de “última moda” que dicta centralizar la periferia y lo marginal; mucho menos habría que entenderse como una apología de la marginalidad y del exilio como si fueran virtudes o algo de lo que se está orgulloso. Se trata más bien de destacar la posicionalidad, en términos espacio-temporales e ideológicos, desde donde se produce el discurso y la (re)escritura de la Historia.” (Pons, 1996: 264; Mackenbach, 2001: 7)

Hablando de la reescritura de la historia por parte de la nueva novela histórica, tal como la promulga Fernando Aínsa (1991: 13-31), aquí se cree que en Manosanta no se trata de una reescritura sino más bien de una relectura de la historia. Un neófito sediento de información sobre la historia panameña y en particular sobre la del canal, difícilmente pueda acceder a una novela histórica como esta en sus primeros rastreos informativos; ello le podría provocar toda una serie de confusiones por el entramado argumental utilizado por Ruiloba. No podría ser una reescritura de la historia porque lo fundamental del pasado en Panamá ya tiene nombre, y bien se sabe de sus maldiciones; además, como antes se observaba, el discurso histórico del narrador es bastante apegado al discurso historiográfico, por lo tanto no hay un afán intrínseco de parte del escritor de la novela por superarlo o criticarlo siquiera.

Si bien no se trata de rescribir la historia, ello no le impide al escritor el provocar, a través de su novela, una seria reflexión sobre los grandes problemas históricos de la sociedad panameña, principalmente los concernientes a la independencia, la modernidad y, el problema fundamental, la identidad, todos los cuales están polarizados por la situación del canal. La independencia ocupa un lugar central en el mensaje de la obra Manosanta, de hecho es uno de los pocos referentes históricos en los cuales la voz del narrador hace parodia, como aquél pasaje en el cual decía “Un gobernador auto preso un tendero chino y un burro muerto fue el balance militar de la Independencia de Panamá.” (229) Probablemente dicha reflexión se trate de una metaficción del escritor, en la cual éste incorpora su pensamiento al discurrir de la novela; pero lo importante de ese breve pasaje, es que se hace a la altura del epílogo de la trama recién después de hablar de las embarcaciones militares estadounidenses que aseguraron la independencia de Panamá, lo cual hace que la reflexión aluda a la absorción que hace el imperialismo norteamericano de la lucha centenaria de los liberales por la causa independentista, quedando esta sujeta a los intereses en el proyecto del canal.

Si se tiene en cuenta que, a partir del proyecto del canal, se consigue la independencia en Panamá y la nueva República pasa a basar su economía en el dólar estadounidense, en la inversión también yanqui (en obras públicas por ejemplo) y en la dinámica canalera administrada por la potencia del norte, además de pasar a ser la ruta ístmica uno de los ejes fundamentales del comercio y del desarrollo marítimo mundiales (González Loscertales, 1997: 66; Moreno Garrido, 1998: 73-76), puede decirse entonces que con el canal, Panamá entra a la modernidad. Esta, precisamente, es el blanco de las críticas y de las decepciones del pintor Paul Gauguin en Manosanta, las cuales expresa en una conversación a Monique Clement, siendo el recurso por el cual la novela hace de la crítica a la modernidad uno de los aspectos a no olvidar para pensar en el momento histórico en que Panamá ingresa al mundo moderno contemporáneo. Decía Gauguin en Manosanta:

“Nuestra civilización no es un lugar seguro. El ahorcado cometió un error. Se destruyó a sí mismo cuando debió destruir en sí, en su conciencia, la cultura que le arruinó la vida. Sólo en la marginalidad o en la locura está lo auténtico. Son formas distintas de encontrar y expresar la autenticidad humana. En la marginalidad porque hay que reconstruirse sin patrones, y en la locura ya no es necesario. Sólo así volvemos a encontrar la riqueza fabulosa de la vida. (...) Esta terrible sociedad que permite el triunfo de los mediocres a costa de los grandes y que no obstante tenemos que tolerar, ese es nuestro calvario. Una sociedad que desprecia la cultura será pasto de la guerra. Por eso abandoné la “civilización” y me fui en busca de nuevos mundos donde el hombre no estuviese tan alejado de la inocencia inicial.” (119-120, 124)

El problema de la identidad tratado en Manosanta, por otra parte, bien puede dividirse en dos sentidos: el primero, el de la multiplicidad de las identidades panameñas en las interrelaciones entre lo local, lo nacional y lo internacional; el segundo, en el cuestionamiento precisamente de lo que pueda denominarse “nacional” en la condición histórica panameña. En el primer caso, debe recordarse que el argumento de la novela de Ruiloba comprende una conjunción de los ámbitos local, nacional y global; en ese sentido, puede señalarse que Manosanta condensa las preocupaciones de la sociedad panameña en una época en vísperas de sufrir un cambio trascendental para el rumbo histórico del istmo: la entrega del Canal de parte de Estados Unidos a Panamá, el 31 de enero de 1999. Nótese que Rafael Ruiloba publica su novela en el año de 1996, tres antes de la entrega del Canal y uno antes de los encuentros académicos que discutían el asunto. Los tres ámbitos que maneja el autor en la escritura de su novela, son precisamente aquellos que más preocupan a algunos de los expositores del Encuentro Académico Internacional sobre el Canal de Panamá, realizado en ese país en septiembre de 1997. Decía allí, por ejemplo, Xabier Gorostiaga, hablando de la necesaria recuperación democrática del Canal en medio de un urgente proceso de democratización de la globalización:

“(...) permitiría lo que hemos llamado la estrategia gloncal (global, nacional y local) aplicada a la recuperación del Canal. No puede haber una democratización de la globalización si ésta no nace de las experiencias democráticas locales, insertas en un proyecto nacional, que se articulan a través de alianzas de valores comunes, de intereses comunes, frente a amenazas comunes con otros países y ciudadanos de esta aldea global de fin de milenio.” (Gorostiaga, 1998: 29)

En el segundo caso, la novela revela un profundo cuestionamiento al tema de la identidad nacional; recuérdese en ese sentido la metáfora entre la “muerte de la identidad” de Manosanta (219) y la de Panamá; “se ha cumplido la maldición del diablo” decía Nicandra Jované, que conversaba con el padre. ¿La maldición del diablo será, entonces, la muerte de la identidad de Manosanta junto a la muerte de un proyecto nacional para la independencia de Panamá? He ahí el gran problema para la historia panameña, porque si la nueva novela histórica latinoamericana se caracteriza por plantear una crítica al mito del “gran acontecimiento nacional”, según lo apunta Fernando Aínsa (1991: 20), para Ruiloba y su novela Manosanta resulta que los grandes acontecimientos de Panamá con dificultad merecen la categoría de “nacionales”: la independencia, la guerra civil entre liberales y conservadores y toda causa nacionalista fueron engullidas por el proyecto imperialista estadounidense en ciernes, que tuvo en el control del Canal de Panamá uno de sus instrumentos económicos y geopolíticos más importantes. Lo que tenían de “nacional” la independencia, la guerra civil y eventualmente un proyecto canalero propio, no pasaría más allá de 1903, momento en el cual queda hipotecado bajo la sombra de la hegemonía estadounidense todo intento de soberanía panameña. ¿En esas condiciones, cómo hablar de gran acontecimiento y de identidad nacionales? El problema es que no hay tales, o al menos no son “nacionales” con todo lo que implica el término.

Finalmente, puede verse en el recurso literario de Ruiloba de mantener las tres tramas de su novela por separado en la mayor parte del relato, un mecanismo de posicionamiento histórico de parte del escritor, quien con ello pareciera sugerir que Panamá tiene tanto una historia de sus gentes, como una historia de trazos propios; es decir, Panamá tiene historias, y no es solamente la del canal. Para Estados Unidos, Panamá en el siglo XX fue un canal y no un país (Quesada Monge, 1998: 430), y cada uno de los panameños debió pagar muy cara esa prepotencia que no es otra más que la del imperio. Un panameño como Ruiloba parece tener plena conciencia de ello, y para ello ha escrito una novela histórica que se inscribe en un modo reciente de concebir ese subgénero literario en tierras latinoamericanas. ¿Será Manosanta una especie de testimonio de una época que recién arma los pedazos de su(s) identidad(es) después de sacudirse de la “maldición del diablo”? Responder a tal pregunta implica estar al tanto de apreciar hasta donde llega la reconstitución identitaria panameña y hasta donde llega la sacudida de la “maldición” en estos días en que recién pasan las conmemoraciones de los 100 años de “su” “independencia”. Lo cierto del caso es que Manosanta podría ser más irreverente de lo que pareciera, según su posicionamiento histórico y según las implicaciones políticas que quiera el lector asignarle.

En ese sentido, recuérdese que la nueva novela histórica es una “construcción perspectivista estéticamente ordenada de situaciones documentables a caballo entre la ficción y la referencialidad, construcción dirigida por un determinado autor a un determinado público en un determinado momento”, tal como lo señala Harro Müller (Spang, 1995: 82).

© Dennis F. Arias Mora


Notas

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vuelve * Bachiller en Historia por la Universidad Nacional, Costa Rica. Estudiante de la Maestría Centroamericana en Historia de la Universidad de Costa Rica.


Bibliografía

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