Alfredo Castillero Calvo

Reflexión sobre el centenario y Panamá la Vieja
como Patrimonio Mundial de UNESCO
Discurso en la Catedral de Panamá la Vieja,
15 de agosto de 2003

 


Un tema recurrente de los intelectuales panameños es el de la identidad nacional. Mas ¿sobre qué se sustenta la identidad de los pueblos sino es sobre la conciencia de su pasado? Mientras más fuerte es esa identidad más sólido es el sentido de historicidad, de pertenencia a un pasado común. Pero esa acumulación de experiencias colectivas a lo largo de los siglos sólo adquiere significado y trascendencia cuando se convierte en memoria escrita, ya que es así como la memoria se hace permanente y durable.

Todos los países avanzados lo comprenden así, y de ahí la enorme importancia que le conceden a su historia. Es decir, a la labor de sus historiadores, a la publicación de obras especializadas y de textos, y a la promoción de los valores nacionales basados en el conocimiento del pasado. Incluso algunos países han reconocido que el conocimiento de su historia es asunto de Estado.

En Panamá no ha sucedido así, y la gran oportunidad que nos ha deparado el primer centenario como república independiente la estamos perdiendo. El Estado no ha asumido con la necesaria seriedad promover el conocimiento y la divulgación de nuestra historia. Y la historia que circula en la boca de algunos historiadores y en la mayor parte de los textos, sólo refleja una fracción de nuestro rico pasado.

Como resultado, la mayoría de los panameños comparte una visión de la historia dominada por lugares comunes, falsificaciones, ambigüedades, omisiones y mitos. A esa visión subyace una concepción de la historia profundamente tradicionalista, conservadora y hasta cierto punto estática. Tradicionalista porque prefiere la anécdota al análisis y confunde historia con meras cronologías. Conservadora, porque rehuye los posibles enfoques revisionistas que cuestionen los supuestos de una alegada identidad nacional en la que no hay sombras ni dudas. Estática, porque pareciera que el pasado se nos da como un hecho acabado, que no puede descubrirnos nada nuevo.

Por otra parte, pareciera que la celebración del centenario nos impusiera la discusión de sólo lo que ha ocurrido en los últimos cien años, como si 1903 hubiese nacido de la nada, como si el pueblo que hizo la independencia no tuviese que ver con el proceso que lo condujo a donde estaba. Ya para entonces habían transcurrido 400 años desde el día en que cruzamos los umbrales de la historia occidental. Pero nos referimos a 1903 como si esos cuatro siglos, tan llenos de tensiones internas, con muchas sacudidas y amenazas de adentro y de afuera, no hubiesen significado nada en la acumulación de nuestras experiencias colectivas, en el proceso del mestizaje, en la formación de nuestra sociedad, con sus prejuicios, sus ideologías, sus mentalidades, su religión, sus hábitos alimenticios, sus miedos y sus ilusiones. Y olvidando que fue durante esos 400 años previos, que se fraguaron nuestras estructuras económicas, con un Interior dominado por la ganadería, y un istmo central consagrado al transitismo.

Todo esto ya existía en 1903, y todos esos factores siguen teniendo vigencia, porque la formación de las sociedades y sus bases materiales son el resultado de un proceso de larga duración, de acumulación de capas, con muchos momentos sincopados o lentos, donde lo material y lo espiritual se confunden a veces caóticamente, en una pulsión que empuja a las sociedades sin que estas tengan a veces ningún control, o cuyo curso apenas pueden anticipar y corregir.

Creo por eso, que una de las principales responsabilidades que tiene el historiador es enseñar a pensar históricamente. Debe enseñar que en el proceso de formación de una sociedad un año casi no cuenta y que un siglo es apenas un parpadeo, que el pasado es muchas veces presente, y que el hoy está más cerca del ayer que del porvenir. Ello es así porque la realidad histórica acaba imponiéndose, pase lo que pase, sobre las realidades del presente, empujándonos irreversiblemente hacia un destino que difícilmente podemos dirigir o controlar. Después de todo, nuestra posición geográfica jalonó la historia desde el comienzo y la sigue jalonando, y presa de esta circunstancia se derivaron desde nuestra endémica "dependencia externa", hasta muchos otros rasgos del "carácter nacional". De esa acumulación de experiencias históricas Panamá no puede escapar, porque se hacen presentes cada día. Es una historia de larga duración que ya ha cumplido medio milenio.

Sin embargo, estas enseñanzas permanecen desconocidas para la gran mayoría, que sigue prefiriendo la historia anecdótica y linear. Se acostumbra citar, de manera incompleta y fuera de contexto, al filósofo Santayana, que escribió: "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". Pero lo cierto es que, por mucho que se diga lo contrario, si algo se aprende de la historia es que nadie jamás aprende nada de ella, porque si aprendiésemos las lecciones de la historia, el mundo sería hoy muy distinto. Sin embargo no podemos ignorar el pasado, porque él no se olvida de nosotros, aunque para poder comprenderlo y sacar provecho de sus enseñanzas debamos pensar históricamente. Tal vez así evitemos el riesgo de caer en la trampa de la que nos prevenía Santayana.

En todos mis escritos he tratado de habituar a los lectores a un tipo de historia diferente a la tradicional, a descubrir que hay maneras de hacer historia distintas a las que conocen, y que el pasado panameño es de una extraordinaria riqueza, mucho mayor de lo que se cree. Que ningún historiador tiene la última palabra, porque la historia se enriquece constantemente con nuevos conocimientos. Que toda historia escrita es también una construcción cultural que refleja su propia época, lo que significa que cada generación reivindica parcelas de pasado que antes se desconocían, y que enfoca las historias ya conocidas de manera distinta a como se había hecho antes, y con arreglo a sus propios valores, intereses y motivaciones. Por lo tanto la que hoy escribimos será reescrita por la próxima generación, porque la historia escrita es como la propia historia de la que se ocupa, cambiante y dinámica, a la vez que lastrada de permanencias de épocas lejanas. Y he tratado de descubrirle a mis lectores que los hombres y mujeres de épocas pasadas pensaban y se comportaban de manera muy distinta a nosotros, pero que también lo hacían a menudo como lo hacemos hoy.

Mi experiencia reciente al escribir la historia de Panamá la Vieja me ha permitido confirmar todo lo dicho hasta aquí.

*

Cada año conmemoramos la fundación de Panamá el 15 de agosto de 1519. Pero nos olvidamos de sus difíciles comienzos, de la resistencia que encontró Pedrarias entre los colonos de Santa María la Antigua, que se oponían al traslado de la capital de Castilla del Oro a Panamá. Nos olvidamos de que originalmente Panamá se fundó por Coco del Mar. Y que Pedrarias demostró con esta fundación una extraordinaria visión del potencial geográfico del Istmo. Fundó primero a Panamá, el año siguiente fundó a Nombre de Dios y dos años después a Natá, las dos primeras como terminales portuarias para enlazar con España y el mundo por descubrir en el Pacífico, y Natá, como granero del reino de Tierra Firme. La interoceanidad del Istmo quedó de esa manera establecida con carácter permanente. Nombre de Dios y Panamá serían desde entonces las ciudades de los tránsitos, y el Istmo central, la ruta imperial americana por excelencia.

La figura creada por esta organización espacial era la de una cruz axial formada por el eje norte-sur, este-oeste. Esta cruz flexionaba el territorio panameño orientándolo hacia una economía de mercado a grandes distancias, con un extremo en las ricas minas de plata del Alto Perú, y el otro en España. Se establecían así parámetros geográficos nunca antes conocidos en el Istmo y quedaba para siempre desarticulada la lógica espacial que había prevalecido durante siglos con los pueblos precolombinos. En su lugar se implantaba una nueva racionalidad geográfica que todavía guarda plena vigencia. La organización espacial indígena, basada en la explotación de los recursos por "pisos ecológicos" cuyo principal objetivo era la subsistencia, cede ante esta nueva organización territorial. La geografía se "moderniza", queda al servicio del naciente capitalismo comercial, prefigura la cartela del escudo de la República que pregona Pro Mundi Beneficio. A partir de entonces, el Istmo nunca más sería el de antes, y es que la fundación de Panamá provocó una auténtica revolución geográfica.

Hasta hace muy poco la historia de Panamá la Vieja se resumía a un puñado de datos aislados y anécdotas entretenidas, acompañados de una aburrida lista de obispos y gobernantes. Era contada rápidamente, desde su fecha fundacional hasta el ataque de Morgan, y se apoyaba en muy poca documentación. Nos conformábamos con eso, como si no hubiera nada más que saber. No se sabía casi nada sobre su sociedad, sobre sus bases económicas, las mentalidades y la vida cotidiana de sus habitantes, su cultura, su dieta o cómo eran sus casas. Incluso se confundían algunos edificios públicos, como El Taller, que servía de depósito de granos y cuyas ruinas se creía hasta ahora que eran parte de las Casas Reales. Se confundían las casas Terrín con el Cabildo. No se ignoraba qué orden religiosa ocupaba cada uno de los conventos, pero nada se sabía de la vida que discurría en ellos. Tampoco se comprendía por qué la torre de la catedral estaba detrás, junto al ábside, en lugar de situarse al frente. Parecen cosas elementales, pero las destaco para enfatizar lo poco que se sabía.

Sin embargo, en años recientes, se ha dado un gran salto hacia adelante en el conocimiento de ese pasado, tanto cualitativa como cuantitativamente. Ahora sabemos que ya entre 1530 y 1560 se habían formado los primeros grupos de poder, y que Panamá fue la primera ciudad americana donde los comerciantes controlaron el Cabildo. Pero también sabemos que no fue hasta fines del siglo XVI y principios del XVII cuando empezó a fraguarse una verdadera aristocracia local. Para entonces, Panamá era una sociedad estable, su élite ya había echado raíces, y estaba fuertemente consolidada política, social y económicamente. Era una élite rica, y algunos de sus miembros acumularon impresionantes fortunas. Esa misma élite había creado a fines del siglo XVI un modelo arquetípico para su vivienda, cuya distribución espacial y características formales constituían símbolos de su poder y su riqueza, y ese modelo prevaleció hasta fines del período colonial.

En el siglo XVII Panamá la Vieja no tenía más de 7,000 habitantes pero ya era una sociedad rigurosamente jerarquizada, con una nutrida población de altos funcionarios. Tenía un obispo y un Cabildo catedralicio, donde casi todos sus miembros procedían de la élite. Tenía un presidente, gobernador y capitán general, a menudo con título nobiliario de conde o marqués. Tenía Audiencia, con cuatro oidores y un fiscal, muchos de ellos formados en Salamanca o Alcalá. Tenía un cuerpo de funcionarios de Hacienda. Y un cuartel con 200 soldados, con un sargento mayor y numerosos oficiales de distintos rangos. Existía un Cabildo secular compuesto por individuos de la élite local. Y tanto las oficinas del gobierno central, como la Iglesia, el Cabildo o como la gran factoría esclavista de los genoveses, creada en 1663, contaban con numerosos funcionarios, muchos de ellos miembros encumbrados de la sociedad local que habían comprado sus oficios a precios exorbitantes.

Además, en la ciudad estaban representadas casi todas las órdenes religiosas que llegaron a América: había conventos de franciscanos, mercedarios, dominicos, josefinos, jesuitas, un convento-hospital para pobres de San Juan de Dios, y uno de monjas de la Concepción, que cobijaba a las mujeres de la élite, cada uno con su iglesia y su capilla. En muchas casas de la élite, en las oficinas públicas y en las cárceles existían además oratorios, porque la religión lo invadía todo. Y cada iglesia, cada capilla, y cada oratorio tenía su retablo, y sus ornamentos litúrgicos de oro o plata, ricamente enjoyados, que a veces eran producidos en los talleres locales.

En 1637 la ciudad contaba con 12 poetas. Y se tiene noticia de varios tratados de jurisprudencia que se escribieron aquí. Con cualquier pretexto se representaban obras teatrales y celebraban corridas de toros en esta plaza mayor que tenemos en frente. Muchos funcionarios y vecinos tenían surtidas bibliotecas, algunos con varios cientos de libros. Por las calles circulaban sillas de mano y calesas, y había decenas de coches con sus mulas y sus esclavos. Las casas se adornaban con decenas de pinturas y había vecinos con más de 50 cuadros. Se importaban muebles lujosos de todas partes y no faltaban los instrumentos musicales, como virginales, órganos, arpas, guitarras, laúdes y violines.

Para que una ciudad así funcionara, era preciso que existiera un complejo aparato de servicios, que debía descansar sobre una gran masa de profesionistas, trabajadores manuales, criados y esclavos. Por eso no faltaban cuatro o cinco médicos y cirujanos, media docena de abogados, siete talleres de plateros, y decenas de talleres de sastres, herreros y carpinteros. Es decir que tenía de todo lo que necesitaba para funcionar como capital primada del reino. Para cada oficio había demanda, y cada profesionista encontraba en qué ocuparse.

Todo esto lo sabemos ahora y su conocimiento debe integrarse a nuestra historicidad, pues el árbol de nuestra identidad creció con la savia que iba nutriéndolo desde aquellos tiempos.

*

No es casual que en el año del centenario la UNESCO haya declarado Patrimonio Mundial a Panamá la Vieja. El mensaje es claro, porque nos recuerda que su pasado nos sigue acompañando y que es también parte de nuestro presente, como lo será de nuestro futuro. Por eso la conmemoración del centenario de la república no puede quedarse en esparcimientos frívolos, o en el apremio por romper record Guinness con sancochos descomunales, es decir, en actos efímeros como las escenografías barrocas que se quemaban y desaparecían convertidas en pavesas una vez pasaba la fiesta. Al hacerlo así, se despoja a la efeméride de todo significado y revela que no se ha comprendido lo que representa.

Todavía estamos a tiempo para rectificar el camino y convertir el año del centenario —que no termina hasta el 3 de noviembre del 2004—, en un esfuerzo colectivo para reflexionar sobre nuestro pasado, y dejar obras permanentes en las que se valore el legado de los próceres, pero también el de todos nuestros ancestros. Somos herederos de ese rico patrimonio y tenemos la responsabilidad de atesorarlo, para a la vez transmitirlo a las generaciones futuras. Pero para ello hay que conocerlo, y sólo conociéndolo sabremos lo que somos y lo que deseamos ser. Ignorarlo nos hará presa de las pulsiones de corto vuelo, privándonos del conocimiento de nuestra propia identidad y de conquistar el destino a que aspiramos.


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