Ricardo Roque Baldovinos (editor)

 

Un antecedente centroamericano de la literatura testimonial de finales del siglo XIX: El sargento Hernández de Miguel P. Peña

 

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA-El Salvador)

roque@comper.uca.edu.sv

Notas


Esta crónica publicada en 1890, en el periódico La Unión,1 que circuló en El Salvador en los últimos meses de la administración del General Francisco Menéndez (1885-1890) bajo la dirección del célebre poeta nicaragüense Rubén Darío, reconstruye recuerdos de las gestas bélicas de Gerardo Barrios, pero desde la perspectiva de un combatiente de bajo rango. Redactado por Miguel Plácido Peña (1862-1896), una figura más bien oscura de la generación “modernista”, puede verse como un antecedente remoto de la literatura testimonial que habría de gozar de gran visibilidad a finales del siglo XX. Los paralelos son visibles pues es el caso de un intelectual letrado que reconstruye una voz subalterna en el espacio de la literatura, para legitimar cierta causa política, aunque en este caso sea la de cierta facción liberal que se consideraba la legítima heredera del caudillo Barrios.

 

El sargento Hérnandez

(A los jóvenes artilleros Benito Carranza y Francisco Sáenz)

 

Por Miguel P[lácido] Peña

Abril 2, 1890

Olvidado, sí, olvidado, como centenares de héroes oscuros que ni la Patria conoce ni la Historia glorifica, vive el sargento Hernández en su pobrísima casucha del valle del Carrizal.

Hernández fue, en sus mocedades, un gallardo mancebo de no muy elevada estatura, de ojos pardos y relucientes, boca movible y graciosa, el andar deliberado, un tanto tímido al principio, apostura marcial y francos ademanes, tan francos como lo eran sus palabras.

Ahora, el sargento es un hombre avejentado y canoso, con el cuerpo hecho una criba en fuerza de las heridas y balazos, los ojos hundidos y opacos, la boca siempre movible y graciosa, el andar fatigoso y lento; y, en cuanto a la apostura marcial y los francos ademanes, todavía se cuadra como un buen militar y se lleva la derecha a la cabeza, como tocándose el kepi para saludar, cuando alguno aunque sea un chiquillo, traspasa los umbrales de su vivienda.

Su padre, que también fue militar, sin pasar de sargento de la Guardia de Honor del General don Gerardo Barrios, fue avanzado y fusilado en seguida, en la batalla de Cojutepeque, cuando la victoria aún no se había decidido por aquellos ni por los salvadoreños que allí les opusieron firme resistencia y, al fin, les hicieron una completa derrota.

Su madre, su “Santa Marta” como Hernández llama a la que le dio el ser, quedó, pues, viuda, triste, inconsolable y pobre, aunque, respecto a esto último, no tanto como otras que quedan sin padres, sin esposas, sin hijos tal vez, por la ambición maldita de los que, a todo trance, quieren empuñar las riendas del Gobierno para tiranizarnos y dejarnos en la bancarrota, después de robarnos el trabajo de toda una generación y de pasar por todo y sobre todo, sin saciarse nunca, sin darse por bien servidos jamás!…  porque Marta, la madre de Hernández contaba con algunos ahorros que su marido había ido haciendo en tiempo de paz, como presintiendo la desgracia que, en su muerte, se cernía sobre sus deudas más amadas.

Hernández, que era ya soldado cuando su padre murió, aunque no tenía más que diecisiete años de edad, dominado por una profunda tristeza que de milagro no se convirtió en idiotismo, parecía como anonadado con el desastre que le agobiaba; mucho más cuando veía a su pobre madre llorar la pérdida irreparable de su esposo. Pero después, poco a poco sucedió a su penar una rabia sorda, concentrada, una resolución fría y profunda: llegó a encontrarse bajo el imperio poderoso de una idea tenaz, fija, irresistible, cual era hacer el sacrificio de su vida; pero matar, matar más, ¡matar siempre y sin misericordia el mayor número de enemigos! “Vengaré a mi padre –se decía a sí mismo el intrépido mancebo– ¡Oh sí! lo vengaré aunque me cueste la vida! ¡Pues qué! Haber fusilado al autor de mís días esos canallas! ¡un pobre viejo!”…

Y cumplió su palabra al pie de la letra.

Oigámosle; y oyéndole, admirémosle.

He aquí el relato que él me ha hecho, y que yo transcribo a mis benévolos lectores.

***

–“Mi madre murió nueves meses después que aquellos miseralbles fusilaron a mi padre; y desde entonces, yo no pensé sino en tomar el fusil, adiestrarme en su manejo y ascender algo, ser sargento, a lo más, como mi padre, o, cuando menos cabo…; sino por poder mandar a otros, buscar entre ellos unos buenos camaradas, y hacer de las mías llegado el caso.

Al año y medio de estar de alta, era yo todo un sargento con su pantalón colorado con franja negra, mi casaca con botones dorados, y mis charreteras, coloradas también como mi pantalón. Durante este tiempo aprendí a leer bien, retuve en la memoria algo de lo que la táctica y la ordenanza enseñan, y me hice querer de mis jefes, así como de mis subalternos, con mis buenos modales, mi exactitud en el servicio y mi subordinación a prueba de cañonazos.

Cuando supe que el General Cerna había llegado a Chalatenango, en seguida a Suchitoto, más tarde a Cojutepeque, y después a Tonacatepeque, y que en breve llegaría a poner sitio a San Salvador, yo no cupe en mis calzones. Mi fusil quedó, a la primera limpio como una patena; mi cuchillo afilado en el moyejón quedó con más filo que una navaja de afeitar y capaz de cortar un pelo en el aire. Alisté mis muchachos unos cuantos soldados muy sumisos y muy bravos y dije para mis adentros: “¡Sargento Hernández! El día de la venganza se acerca! ¡Sargento Hernández ha hecho usted un pacto consigo mismo: vengar a su padre! Y este es un voto sagrado que usted ha de cumplir aunque se vea expuesto a innúmeros peligros! ¡Ea! ¡A matar enemigos!”…

Llegó Cerna a San Salvador y se situó en San Jacinto: comenzó el sitio y comenzó también la pelea.

Es verdad que no solo fueron guatemaltecos los que pusieron sitio a San Salvador, para derrocar al General don Gerardo Barrios y acabar con nosotros: la mayor parte de los sitiadores fueron salvadoreños y muy legítimos guanacos; pero yo… Dios es testigo que no maté ni herí a uno siquiera de nuestros paisanos; pero de los otros… durante los primeros días del sitio, maté por mi mano un considerable de ellos, llevé a la plaza los despojos de la mayor parte.

Tenía permiso de mis jefes para entrar y salir por donde quisiera; y no perdí coyuntura para poner en práctica mis planes.

Un día, oculto tras unos guayabos, y con medio cuerpo dentro de un charco, agradable y pacífico, morada de sesenta y cinco ranas, pasé cinco horas sin moverme, hasta que hallando la ocasión, me arrojé sobre un centinela y… ¡pash! Le di una palmada en la boca, y un puntapié en la espinilla y… lo hice prisionero.

La audacia unida a la paciencia hacen, más en muchos casos, de lo que puede uno imaginarse.

Otro día, acompañado de uno de los míos, un calvareño rechoncho y amigo de destripar prójimos por nada y nada, me aproximé a quince pasos de otro centinela, le maté, y maté, además, a otros dos que acudieron a mi socorro. Este hecho, con todo con mi compañero, me valió un ascenso, que yo no acepté porque no llevaba en mira ascender del sopapo, como muchos tanatones que han llegado hasta ser Generales en el término de un año, como los que hacía el des-gobierno que derrocó la Revolución de mayo. Entre paréntesis: ya algunos de estos milindos han comenzado a conocerse como unos cobijones rematados, y a fe que el sargento Hernández tiene más vergüenza que muchos de estos fustanudos!…

***

“La noche, la reina del silencio y del reposo para los que no son militares, que no lo es para los que viven alerta y dando el “¡quién vive!” al que se asoma, me sirvió, en esta ocasión para desplegar mayor actividad en la consecusión de mis peregrinos fines.

Un noche de tantas hice una expedición por el lado de la Vega, donde sabía estaba, en una casuca algo desvencijada, una escolta compuesta como de veinte soldados y un Subteniente. Tomé ocho de los míos, muchachos todos más astutos que una zorra y más listos que una ardilla, y me fui con ellos sin meter ruido, sin respirar casi hasta ceca de la casuca predicha. La niebla que se levantaba del Acelhuate no dejaba de ser densa, así es que mis hombres y yo avanzamos como fantasmas, fusil en mano, cuchillo en boca, parados aquí, a gatas acullá, hasta llegar a las paredes del galerón. ¡Llegar yo, cogerle el rifle al centinela, dar éste un grito agudo, tirarle yo de un pata y darle contra el suelo, todo fue uno!…

Evito decir lo que pasó después: los míos no dispararon ni un tiro: los otros tampoco: a solo cuchillo nos tomamos el galerón: hicimos nueve muertos, y llevamos prisioneros a los restantes; salvo el Subteniente, que fue el primero en poner pies en polvorosa al oir el grito del centinela y el solemne porrazo que le hice dar contra el suelo.

La acción del Subteniente, ya casi no es muy chocante: fruta de toda estación se ha vuelto el tomar ciertos jefes, antes que ninguno las de Villadiego, y dejar a sus soldados comprometidos; unos por hacer traición, y otros, la mayor parte, por aquello de que “el miedo solo Dios lo quita! … ¡Si no se castiga a estos menguados, no sé en qué iremos a parar!… El ejemplo es la base de la subordinación; y, si los jefes se escurren, dando al traste su vergüenza y sus charreteras, los subalternos los seguirán, sin remedio, y, entonces, ¡adiós mis flores! ¡adiós carrera de las armas! ¡adiós  gobiernos legalmente constituidos! ¡adiós Patria!…

Otra noche, con solo cinco de mis zorros, hice una trinchera más allá de la iglesia de Candelaria: cubrí a los míos hasta la cabeza y sólo dejándoles claraboyas para sacar los trabucos; me fui a gatas hasta a unos sauces de la margen del río, puse el oído en tierra, y percibí que un pelotón avanzaba en dirección a nosotros: volví a mi trinchera, siempre en cuatro pies como un cuadrúpedo: los míos y yo tiramos a un tiempo y… no hubo ¡tu tía! los del pelotón se dispersaron y nos dejaron dos muertos y tres heridos.

Al amanecer, la trinchera había desaparecido: en lugar de ella, los míos y yo habíamos hecho una zanja: en ella, como enterrados vivos, pasamos todo el dá, asomando la cabeza;… ¡eso sí: el que asomaba al otro lado del río, era hombre menos!

Para ya no cansaros: en todas mis correrías logré matar veinte enemigos, herir cinco y hacer prisioneros seis. Por supuesto, los últimos fueron pasados por las armas; los heridos se murieron a la postre: por todos, pues, ¡sólo fueron treinta y uno los de mi cosecha!

Estoy satisfecho: mi padre ha de haber visto desde el cielo que, si más se me hubieran puesto a tiro, me los soplo sin remordimientos para vengar cumplidamente la muerte que le dieron a él, al pobre viejo, ¡que ya a penas podía con la fe de bautismo!…

***

“Cuando el General Barrios se vio forzado a salir de San Salvador, yo salí con él. Al llegar a San José Arrazola, me llamó, me dio un abrazo y me obsequió cinco pesos diciéndome: –“No deje usted la carrera de las armas, sargento Hernández; usted puede hacer algo y ascender”. El general quería mucho y trataba mejor a sus soldados. Y yo le dije: “Mi General, yo no quiero seguir en esta vida: si llegara a ascender, (lo que es más bien obra de la fortuna que no de los méritos del militar), tal vez me acobardaría. No, señor: lo que yo quiero es mi libertad, mi fusil y que se me deje ir en paz a morir en mi casuca de “El Carrizal.”

Seguimos caminando: llegamos a Guayabal: las tropas de los sitiantes nos seguían la pista como unos galgos, con sus verdes divisas; al llegar ellas cerca de nosotros, les hicimos unas cuantas descargas desde las lomas; y, acto continuo, seguimos nuestra marcha sin que nadie nos lo estorbara.

Después de pasar el río de “Guaza”, que queda a la salida del Guayabal y camino de Suchitoto, mi General me volvió a decir: “Sargento, ya van a terminar nuestras fatigas; ya nos vamos a separar: es usted todo un valiente: acuérdese de su General; y, cuando sepa mi muerte, diga usted para usted mismo: ¡muerto el General Barrios, está enterrado el sargento Hernández!

¡Ah!… ¡a mi general lo asesinaron como a mi padre! ¡Pero a mi padre hubo quien le vengara; a mi General ninguno le vengó!…¡ Ah, mi General! “¡muerto el General Barrios, enterrado está el sargento Hernández!”… Se cumplieron aquellas proféticas palabras! Muerto mi General, nadie se ha vuelto a acordar de mí! ¡Así pagará siempre la Patria a sus buenos servidores!”…

***

Aquí terminó el ya anciano sargento su relato. Su pregunta: ¿Así pagará la Patria a sus buenos servidores, cómo puede contestarse? Hoy por hoy, triste es confesarlo, sí. ¡Con el olvido pagamos el heroísmo de los mártires del deber y de la Patria!… Pero vosotros, jóvenes amigos a quienes dedico este mal pergeñado artículo; vosotros y vuestros jóvenes compañeros, y cuantos están llamados a figurar en la nobilísima carrera de las armas, siendo pundonorosos y valientes; vosotros, repito, a medida que os instruyáis y os elevéis, sois los llamados a hacer que los oscuros defensores de la libertad y del derecho, reciban siquiera, en prueba a su heroísmo, el aplauso de sus conciudadanos, dando a conocer a todos, con imparcilalidad, el mérito de sus acciones; para que, así en lo adelante, no haya otro sargento Hernánez que pregunte, al ver el olvido que le circunda y al contemplar sus cicatrices como únicos laureles: “¡Así paga la Patria a sus buenos servidores?”…

La Unión (periódico), No. 124, lunes 14 de abril de 1890: 2-3

 

© Ricardo Roque Baldovinos


Notas

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vuelve 1. El ejemplar consultado se encuentra en la Sección de Colecciones Especiales de la Biblioteca Florentino Idoate, s. j., de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador.


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