Carlos Cortés

 

Vida y muerte de Roberto Castillo.

El hondureño que se hizo querer de todos

 

Escritor costarricense

carloscortes@racsa.co.cr


El escritor hondureño Roberto Castillo murió antes de cumplir los 57 años, en la cúspide de su talento, sin alcanzar el lugar que merecía su narrativa en el contexto centroamericano y siendo casi desconocido en Costa Rica, a pesar de que algunos de sus mejores títulos fueron publicados en el país.

Murió el pasado 2 de enero, como si no quisiera irse del todo del 2007, sin advertir que enero (januarius) es el mes de Jano, el dios bifronte que ve al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante, y que también es la deidad de las puertas y del tránsito de un mundo a otro. A pesar de su posición relativamente marginal, si la comparamos con Nicaragua o Guatemala, la literatura hondureña dio en el siglo XX dos cuentistas excepcionales: Julio Escoto (La balada del pájaro herido o la novela Rey del albor Madrugada) y, por supuesto, Roberto Castillo.

En 1996, la Editorial de la Universidad de Costa Rica (EUCR) publicó su mejor tomo de relatos, Traficante de ángeles, “vidas, opiniones y sentencias de genios provisionales”, como él mismo lo llamó, culminación del bestiario personalísimo que inició en 1980 con Subida al cielo y otros cuentos y, en especial, de la notable colección Figuras de agradable demencia (1985), en el que incluye las narraciones por las que obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuento Plural, en México.

En 1981, se hizo famoso en Honduras con una novela breve, El corneta, su libro más reeditado y traducido al inglés. Una parodia exquisita del mal hondureño por excelencia: el ejército y su vinculación tentacular con la sociedad civil. En 1995, concluyó su segunda novela y su obra narrativa más importante, La guerra mortal de los sentidos. Por avatares editoriales en España, que no vale la pena recordar, tardó siete años en publicarse y no obtuvo la resonancia que él esperaba y que un texto de esa magnitud demandaba, al menos en Centroamérica.

En el 2005, la EUCR recopiló sus mejores ensayos filosóficos, artículos literarios y crónicas bajo el título Del siglo que se fue, y la Editorial Costa Rica publicó el año pasado un libro de cuentos que apenas está circulando, La tinta del olvido, y que va de lo real maravilloso a la ciencia ficción apocalíptica. Dos títulos premonitorios que, a la postre, terminaron siendo sus últimas obras publicadas en vida.

 

El otoño en París

Conocí a Roberto hace diez años, en París, en días más felices. Desde ese momento me sorprendió su personalidad austera y volcada hacia el interior de sí mismo, características que parecían hacerlo el reverso del escritor centroamericano. Como otros hondureños distantes del Caribe, revelaba el aire formal, un poco español, de un jesuita o del reconcentrado profesor de filosofía que supo ser durante años.

Su afabilidad desconcertante y su carácter amable y pausado, que lo volvían sospechoso de pecados inconfesables para un escritor, parecían incompatibles con la buena literatura. Pero no, no lo era. Como él mismo decía, nunca pudo despojarse del todo de sus años de infancia y juventud en la ciudad colonial de Erandique, perdida no sólo en el sudoeste hondureño sino en el tiempo, y que le concedió para siempre una pátina de vetusta severidad.

Estos rasgos, un tanto retraídos y si se quiere adustos, contrastan con una narrativa pletórica de ironía, sátira social, exploraciones literarias y juegos temporales, al corriente tanto de la evolución del relato contemporáneo y de la novela latinoamericana como del lenguaje coloquial y la esencia de lo que significa ser hondureño.

El argentino Daniel Mordzinski, el famoso fotógrafo de escritores, lo retrató en París tal y como yo lo recuerdo: con saco y corbata, chaleco y un impermeable contra la descarnada certeza del otoño. Posa en una estación de metro delante de un tren que no se sabe si llega o si se marcha, con un bosquejo de sonrisa apenas vislumbrada, sin permitirse un dejo de burla, pero tampoco de empatía, más bien contenido, como la única presencia definitiva en un cuadro evanescente.

Roberto se inventó a sí mismo a partir de la literatura clásica de la biblioteca de su abuelo y de la filosofía que cursó en la década de 1970 en la Universidad de Costa Rica. Provenía de la Honduras profunda, en que el tiempo circular de los rituales anacrónicos y la violencia más despiadada se dan la mano en formas retorcidas.

 

Historias de apocalipsis

El escritor francés Patrick Deville le dedica varios capítulos de su novela Pura vida. Vida & muerte de William Walker (2004), y completa el retrato: “Fina barba negra de marino, pelo negro y rostro sonriente, severas gafas de cura, Roberto Castillo manipula con precisión y calma de letrado, filósofo en la universidad de Tegucigalpa y erudito narrador, un enorme Mitsubishi equipado con brújula y altímetro, y un indicador de inclinación del vehículo cuya aguja observamos por las serpenteantes callejuelas del barrio de El Bosque al norte de la ciudad”.

Roberto no fue un escritor de cuentos aislados sino de libros de cuentos de largo aliento; desde su primer libro adquirió el tono apocalíptico y el hálito profético que destila su mejor narrativa. Su primer libro, Subida al cielo, contiene su relato más famoso y antologado, “Anita, la cazadora de insectos”, que en el 2002 llevó al cine, sin fortuna, su compatriota Hispano Durón.

En el 2004 nos vimos en Madrid con su esposa, Leslie Jiménez, una mujer extraordinaria como son casi todas las mujeres de los escritores, y desde entonces nos “emiliamos” con frecuencia y compartimos un asiento virtual en el consejo de redacción de una revista también virtual.

La noticia de su muerte, y el tardío antecedente de un tumor cerebral incurable, y la nostalgia, me llegaron de golpe el 2 de enero. Sigo viéndolo bajo la luz indecisa del otoño en París, en un metro que se va para siempre, sin decir adiós.

 

© Carlos Cortés


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