Verónica Ríos Quesada

 

¿Qué significa para los historiadores hablar de fronteras entre la Historia y la Literatura?1

Acerca del folleto Historia: ¿Ciencia, disciplina social o práctica literaria?2

Escuela de Ciencias del Lenguaje (ITCR)/ CIICLA (Universidad de Costa Rica)

vrios@itcr.ac.cr

Notas


Examinemos la pregunta que plantea el título: “Historia: ¿ciencia, disciplina social o práctica literaria?”. La primera opción, es decir, ciencia, en realidad, no es una verdadera opción, basta señalar la evolución de la disciplina que paulatinamente ha desplazado al cientificismo propio del siglo XIX. Revisemos, entonces, si tajantemente algún colaborador objeta considerar la Historia como disciplina social: el único que no enmarca la Historia como tal es Pérez Brignoli, aunque muestra su anuencia a utilizar esta denominación si esto significa cumplir una función sociocultural. El debate, por tanto, se resume al último de los términos de la pregunta y Patricia Alvarenga, responsable de uno de los seis textos del folleto, abre el suyo con una pregunta más representativa: “¿Son los textos históricos simples textos literarios o conserva la Historia así como el resto de las llamadas ciencias sociales, su carácter distintivo de la literatura?” (23)3 Parte, entonces, esta reseña de esa pregunta y sus dos partes. En un primer apartado, se comentan las respuestas ofrecidas por los colaboradores en cuanto a la ficcionalidad del relato histórico; y, en el segundo, su noción de especificidad con respecto a la literatura y a su estudio.

1. Texto histórico / ficción

¿Son los relatos históricos enteramente ficcionales? Significaría que, muy a su pesar o, tal vez no tanto, la comunidad de historiadores resulta ser nada menos que una comunidad paralela de escritores. Cabrera Infante solía definir literatura como todo lo que se lea como tal. En otras palabras, ¿existe el lector que lea una obra histórica como una literaria, que confunda los términos del contrato de lectura de ambas? En principio, el contrato de lectura de textos ficcionales implica verosimilitud, el uso de mecanismos de manipulación textual para que los enunciados sean aceptados por el lector como si fueran reales. Incluso cuando el lector está conciente de su ficcionalidad los acepta como posibles en la realidad. El contrato de lectura de relatos históricos, a diferencia del literario, no señala verosimilitud, sino intento de acercarse a una verdad en relación con el mundo.

En breve, el público general no está confundido. Una obra histórica pierde actualidad a partir de su publicación; puede ser reemplazada y superada, no así la obra literaria. Ahora bien, en el folleto, Iván Molina es el único en profundizar sobre una posible semejanza entre narrativa histórica y literaria. Y la niega categóricamente. Afirma la existencia de un linde claramente establecido. Señala, retomando a Paul Ricoeur y la respuesta de éste ante los planteamientos de Hayden White, la importancia de definir “el momento referencial a partir del cual la Historia se diferencia de la ficción” (4) y pasa a marcar justamente esa diferencia señalando que mientras la narrativa literaria parte de un principio dramático, del convencimiento del lector y la construcción de personajes; la narrativa histórica se orienta hacia un principio analítico, un marco referencial, una representación cronológica.

Molina expone su punto de vista, pero no retoma los planteamientos y las categorías de análisis que propone White para refutarlos, probablemente porque hacerlo supondría, como mínimo, contrastar el análisis de White de una obra histórica específica y esto ya supera las expectativas del folleto reseñado. Por otra parte, ningún autor se refiere a la aplicación concreta de estos, no es el objetivo de esta convocatoria. Sin embargo, y aprovechando este espacio para hacer un paréntesis, dadas las múltiples referencias a los trabajos de White y que los estudiantes de primeros niveles son el público meta de este folleto; su lectura en clase necesita definitivamente complementarse con la exposición de sus planteamientos.

Retomando el debate acerca de la ficción en el relato histórico. Los colaboradores asumen cierto grado de ficción, o más claramente enunciado, imaginación en la forma en que se da el proceso de interpretar los materiales de investigación o de redactar. David Díaz indica: “en cierta medida [la Historia] se convierte en narrativa pero no en ficción cuando logra traspasar los muros del lenguaje academicista y volver hacia si la mirada de los no especialistas” (41).  Es decir, sí existe cierto paralelismo. Patricia Fumero afirma, parafraseando a Hayden White, que la función del historiador es transferir los eventos, hechos, problemáticas o procesos a un marco narrativo (15). Se trata únicamente de un marco y, como señala Pérez Brignoli, “este aspecto de práctica literaria [del texto histórico] no significa que la historia sea ficción y en este sentido, parecida al cuento o a la novela.” (2)

A partir de la lectura de los textos incluidos en el folleto, resulta evidente que los seis colaboradores comprenden el ejercicio de la historia como un trabajo de reconstrucción, tal y como lo presenta muy literariamente David Díaz en la introducción de su texto. Se reconstruyen procesos/ estructuras ya inexistentes y es necesario usar la imaginación; sin embargo, la evidencia constriñe el ejercicio imaginativo, la semiosis no es ilimitada. Se trata de una ficción razonada sometida a paradigmas, y marco el plural de la palabra paradigmas, de ahí que Patricia Alvarenga afirme que: “siempre quede abierta la posibilidad de ofrecer versiones alternativas fundamentadas en las mismas fuentes”. (26)

En suma, con respecto a la especificidad del texto histórico, resulta claro que los colaboradores no la objetan. Probablemente hay matices que el folleto no deja entrever, pero el planteamiento básico sí lo comparten. Por lo ya resuelto, pareciera, una vez más, que los verdaderos términos del corazón del debate se reducen. En el fondo, se trata de una discusión acerca de la especificidad de la disciplina.

2. Especificidad del trabajo histórico, de su quehacer

2.1. Literatura como fuente histórica

Todos concuerdan con una reconstrucción del pasado que implica “la selección y planteamiento de un objeto de estudio, la elección de un marco teórico-metodológico o conceptual y la subsiguiente búsqueda e identificación de fuentes-texto” (Fumero, 16).  Ahora bien, sabemos que el conocimiento histórico se basa en fuentes y, aunque afirma Pérez Brignoli que “los procedimientos básicos de la crítica de documentos fueron establecidos en el siglo XVI y alimentaron ya la historiografía producida bajo la Ilustración” (1), el giro lingüístico y su impacto, a los cuales los colaboradores del folleto se refieren copiosamente, suponen –como señala Patricia Fumero- que a la hora de analizar los documentos, “el sujeto narrado, la forma y el lenguaje y el estilo narrativo” deben ser tomados en cuenta.

A su vez, esto significaría, dado que se pueden analizar las fuentes históricas como los textos literarios, que estos últimos también califican como fuentes históricas. Sin embargo, la relación que establece esta analogía no resulta lógica para todos. Una debe ser la metodología para la Historia y otra para los estudios literarios, parece subyacer.

“La literatura definitivamente puede sobrescribir la Historia” señala Albino Chacón, citado por Alvarenga (27), y cuando no hay historias más críticas, la literatura muchas veces se ha convertido en un vehículo indispensable para conocer la realidad de un país. Ahora bien, Molina señala que Costa Rica ya no necesita a la literatura en ese sentido porque existen obras históricas muy críticas del país y Centroamérica. El investigador restringe su análisis a la novela histórica como género y descarta su uso como fuente dado que su valor literario no depende de investigación histórica; por el anacronismo intrínseco de dichas obras y finalmente porque procesos/ estructura/ fuerzas sociales son sólo parte del telón. Según Molina, la novela histórica no nos acerca al pasado.

¿Se puede afirmar lo mismo de otros géneros literarios? La pregunta de fondo cuestiona, por tanto, si la validez de la literatura como fuente depende de la inexistencia de otro tipo de fuentes; si el arte y la literatura –como defiende la filósofa española María Teresa de la Vieja- poseen un valor cognitivo. Además, también implica compartir un concepto particular tanto de texto como de género literario.

La pregunta, así planteada, sin mayor contextualización resulta oscura, esencialista. Se trata, más bien, de explorar ese valor como fuente según un paradigma, un objetivo de investigación. Por ejemplo, en su texto, Patricia Alvarenga señala la importancia de literatura como fuente para el estudio de las subjetividades / identidades sociales dado que: “La literatura nos revela cómo en el proceso de construcción de la nación se activan los dispositivos del deseo estableciendo estrechos vínculos entre el amor y la sexualidad, y los proyectos identitarios en boga” (29). Como ejemplo de esta afirmación, citemos el uso que le da   Patricia Fumero a las crónicas: “permite estudiar la forma en que el poder se teatraliza, se representa y se celebra con el objetivo de reafirmar y legitimarse”. (18)

Ultimadamente, si ningún otro colaborador discute este punto tal vez se deba a que no los atañe en su quehacer histórico. Tal vez, a diferencia de Fumero y Alvarenga, quienes explícitamente señalan como campo de investigación la dimensión simbólica y la construcción de subjetividades, la frustración por las limitaciones de los marcos teóricos y conceptuales en el ámbito de las ciencias sociales no los empuja hacia el estudio de la literatura, sino hacia otros modelos y otras disciplinas.

2.2. Sobre acercamiento hacia otras disciplinas

Finalmente, la verdadera discusión aborda la dispersión del objeto histórico y, por otra parte, el grado de validez otorgada a las múltiples ramificaciones del quehacer histórico, así como los marcos metodológicos que estas utilicen.

Acerca de paradigmas, Héctor Pérez señala claramente cuáles carecen de validez: “Las filosofías de la historia han sido hasta hoy, esquemas interpretativos relativamente simples, generalmente poco aceptados y considerados insatisfactorios, fuera del mundo de los filósofos”. (2) ¿Y Hayden White, historiador y filósofo de la Historia del cual tantas menciones encontramos en el folleto? Sin ir más  lejos, Ronny Viales, señala que White “integra elementos de discusión importante”, sin embargo, “la descripción final obtenida es, asimismo, un discurso, sobre otros probables” (47). Molina, por su parte, enuncia muy tajantemente el por qué de su reticencia: “aceptar que lo que el historiador produce no es más que otra forma de ficción, implicaría descartar no solo la posibilidad de la historia como disciplina social, sino impugnar la pertinencia de las ciencias sociales mismas.” (4) Eso sí, vale la pena destacar que los colaboradores del folleto rescatan la importancia de las críticas de White en contra de la concepción de una Historia con ínfulas de verdad absoluta.

Definitivamente la tela es mucho más fina de cortar que lo planteado en la pregunta del folleto. Dadas la exploración acerca de la consideración , por parte de los historiadores participantes, ficcional del texto histórico y la respuesta negativa -ni siquiera quienes citan a White de manera positiva lo afirman- ¿qué significan, entonces, estos cuestionamientos a su obra y, por tanto, a quiénes la manejan como referencia para sus trabajos de investigación? Reitero que, en el folleto, no se exponen claramente los planteamientos de White y resulta difícil, a partir de estos textos, señalar dónde está el punto de discordia.

En todo caso, ¿la discusión acerca del alcance de la relación entre literatura e historia y quienes la analizan a nivel metodológico, por ejemplo, debe dirimirse en función de la Historia con hache mayúscula o de historias en plural? El desacuerdo, a mi entender que no es el de una historiadora, se da debido a la diferencia de objetivos últimos de la Historia que proponen los colaboradores según sus prácticas históricas específicas. Según Alvarenga, por ejemplo, ese objetivo final consiste en explicar los procesos por medio de los cuales se construye la subjetividad. ¿Estarían de acuerdo los demás autores con la siguiente afirmación: “la Historia y la Literatura pueden construir múltiples puentes de convergencia, gracias a que la historia privilegia el estudio de los sujetos, tema central del discurso literario” (30)?

En breve, a pesar de las multiplicidad de interrogantes generadas, sí se puede concluir que la discusión en torno a la literatura y a los estudios literarios son producto de un anhelo por no perder de vista la especificidad de la disciplina y se trata de una discusión que la comunidad de historiadores no debe dejar de plantearse una y otra vez.

3. Conclusión

Por otra parte, veamos más allá de las diferencias. La mayoría de los colaboradores del folleto expresa su deseo de que su labor como historiadores se entronque con la esperanza de una transformación social, pues señalan justamente la concentración de su trabajo en función del análisis de la sociedad (cf. Alvarenga, Díaz, Viales). Posiblemente, ninguno de los que no evidencia esto tan claramente, estaría en desacuerdo.

Asimismo, resulta claro que “la evaluación del material producido en una comunidad de historiadores es en cierta forma una garantía de que el producto tendrá validez en sus afirmaciones” (Díaz, 40). Esto significa que más allá del debate sobre el uso de fuentes literarias y la especificidad del trabajo histórico, como señala el historiador español Santos Juliá: “únicamente el tiempo y la roedora acción de la crítica podrá establecer lo que vale y lo que no vale del trabajo de cada generación” (Juliá, 1994, 3/3).4 Haciendo eco de estas palabras señala Ronny Viales: “Lo importante es tomar una posición histórica y estar claros sobre sus alcances y límites, así como sobre la posibilidad de vinculación entre este y otros enfoques.” (50) Llegar a esa claridad tomando en cuenta la dispersión del objeto histórico es actualmente un imposible, pues el escenario cambia constantemente; sin embargo, no por eso debe dejar de ser el norte del debate, de la construcción del campo histórico. Si bien es cierto existen puntos de desencuentro, son más los de encuentro; eso es lo que permite la discusión.

Finalmente, en términos de recepción, si la intención de la comunidad de historiadores es afirmar la especificidad del quehacer histórico, difundir entre el público y la comunidad académica, su naturaleza, su metodología, hacer llegar sus preocupaciones como disciplina resulta vital.

Para concluir, sólo resta señalar que el objetivo de este folleto, es decir, introducir a los estudiantes a la discusión sobre las tendencias recientes sobre la construcción del conocimiento histórico, tal y como lo señala Ana Paulina Malavassi, en el prólogo, sí se cumplirá. Se trata de un librito de tan sólo 54 páginas; sin embargo, se presta para múltiples lecturas y, como se deduce de esta reseña, muchas preguntas.

 

© Verónica Ríos Quesada


Notas

vuelve 1. Publicada anteriormente en Diálogos. Revista Electrónica de Historia, vol. 8, no. 2, 2007-2008, http://historia.fcs.ucr.ac.cr/dialogos.htm.

vuelve 2. Ana  Paulina Malavassi, comp. Historia: ¿ciencia, disciplina social o práctica literaria? 1 Cuadernos teoría y metodología de la Historia. San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2006.

vuelve 3. Los números entre paréntesis corresponden a las páginas del folleto reseñado.

vuelve 4. Santos Juliá, “¿La historia en crisis?”, en: Suplemento “Ideas”,  La Época (4 de diciembre 1994), 2 Oct. 2005. Instituto de Ciencias, Artes y Literatura Alejandro Lipschütz. Consultado1 de abril de 2007 en el sitio web del Instituto de Ciencias, Artes y Literatura Alejandro Lipschütz. <http://www.icalquinta.cl/modules.php?name=Content&pa=showpage&pid=717>


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