Horacio Castellanos Moya

 

Tres novelas centroamericanas: Política, humor y ruptura*

hcmoya@yahoo.com

Nota


Mi relación con la novela centroamericana ha sido contradictoria. Por un lado, siempre me lamento de la flaca tradición, sostenida en grandes excepcionalidades más que en una producción vasta y variada, con un acerbo de obras muchas de las cuales ahora me dejan impasible y a las que apenas vuelvo ya; por otro lado, no puedo negar que mi formación como escritor se nutrió en buena medida en esa tradición narrativa, que me hice, o me hicieron —como se quiera entender—, en el seno de la literatura salvadoreña y centroamericana. Me referiré, entonces, a las novelas que me dieron un primer sentido de pertenencia, gracias a las cuales me asumí como parte de la tradición que es objeto de estudio en este evento.

La primera novela centroamericana que recuerdo haber leído con la pasión del escritor en ciernes fue Hombres contra la muerte, del salvadoreño Miguel Angel Espino. Yo tenía 20 años de edad, escribía poemas y editaba, con un grupo de amigos, una revista artesanal cuyo nombre era El Papo-Cosa Poética. La novela de Espino me deslumbró y me llevó a escribir el que sería mi primer ensayo sobre una ficción. Repito que yo era un mal poeta imberbe, buscaba probarme como ensayista y no sabía que terminaría escribiendo novelas. Hombres contra la muerte sucede en una plantación chiclera de Belice, a mediados de la década de los 30, y tiene como principales protagonistas a un nicaragüense excombatiente del ejército del general Sandino y a un maestro salvadoreño; ambos mantienen a lo largo del libro un debate intenso, mientras conspiran contra los blancos extranjeros dueños de la plantación, sobre el mejor camino a seguir para poner fin a la explotación que padecen: si la insurrección armada o la lucha pacífica. A mediados de la década de los 70, cuando yo leía el libro, ese mismo debate era candente en los cenáculos literarios y, por supuesto, en el seno del movimiento popular que se manifestaba en las calles de San Salvador. Miguel Angel Espino publicó su obra en la Ciudad de México, en la editorial Costa Amic, en 1947; era su segunda novela, muy ambiciosa, y presagiaba a un potente novelista, pero entonces sucumbió a la tentación de la política, se convirtió en ministro de un general y en los avatares de un golpe de Estado en 1948 sufrió un derrame cerebral que lo postró el resto de su vida. Más de una vez me he preguntado si el destino de Espino no simboliza la historia de la mayoría de escritores en El Salvador, quienes luego de un amorío intenso con la literatura, la abandonan para quedarse con la vieja gorda política. Cuando terminé mi primera novela, La diáspora, decidí enviarla a un certamen convocado por la universidad jesuita de San Salvador; exigían un seudónimo: sin ninguna duda me puse “Miguel Ángel Espino”. No deja de ser significativo que haya sido en esa misma editorial mexicana Costa Amic, donde Miguel Ángel Asturias publicara un año antes que Espino, en 1946, la primera edición de El Señor Presidente, que pasó sin pena ni gloria hasta que la retomó Losada una década después en Buenos Aires; también resulta ilustrativo que Asturias, desde una tradición vecina, sea la antípoda de Espino en lo que respecta a la plena realización de su vocación literaria.

La novela de Espino, aunque emparentada con Doña Bárbara y otras obras regionalistas que la precedieron, era esencialmente política, de debate de ideas sobre la mejor forma de cambiar la realidad social. También lo fue la segunda novela salvadoreña que me marcó --si aún le puedo creer a mi memoria--: Pobrecito poeta que era yo fue publicada en 1976, un año después del asesinato de su autor, Roque Dalton. Mucha tinta ha corrido sobre este crimen como para que yo vuelva sobre ello. Sólo diré que su novela marcó profundamente a la generación de escritores salvadoreños a la que pertenezco. Dalton no era estrictamente un novelista, sino un poeta excepcional, y por ello a esta obra se le pueden achacar sus debilidades, sus costuras, su carácter de collage en el que a veces el testimonio logra apenas ser barnizado con una manita de ficción. No obstante, Dalton evidencia una riqueza de recursos narrativos que van desde el diario íntimo, pasando por el diálogo polifónico, hasta el clásico relatos de aventuras. Las historias contadas, que no se plantean como una trama cerrada, refieren las vidas de un grupo de jóvenes poetas rebeldes en el San Salvador de lo 50’s, sus peripecias bohemias, sus dudas existenciales, su sed de vida, sus coqueteos con la conspiración subversiva. (No puedo dejar de mencionar al paso, que un tema parecido, sin el barniz político y manejado con una consumada maestría novelística, es el de Losdetectives salvajes de Roberto Bolaño.) Pero más allá de sus virtudes y limitaciones, Pobrecito poeta que era yo contenía una crítica descarnada, irreverente, de la sociedad salvadoreña de su tiempo, expresaba una voluntad de ruptura que era la encarnación literaria del espíritu libertario y revolucionario que animaba a Roque Dalton como hombre y escritor. Y lo principal: era una obra permeada por el humor, por el desenfado, por la sátira. Y el humor no solamente como un recurso literario, sino como una actitud de vida del escritor; Dalton lo expresó de la manera más condensada al decir que el gran problema de su vida había sido que nunca pudo contener la risa, una risa que seguramente le costó la vida.

La primera vez que leí Pobrecito poeta que era yo creí que el humor de Dalton era una excepcionalidad en la literatura salvadoreña, que procedía más bien de su identificación con los grandes iconoclastas franceses, como Rabelais y Villón, y que su irrevencia era más cercana a Henry Miller de los trópicos que a la tradición centroamericana, como el mismo Dalton hace explícito en esa novela. Pero pronto comprendí que no, que el humor era una vertiente importante en la narrativa salvadoreña escrita en la primera mitad del siglo XX, un humor descendiente de la picaresca española. Menciono dos novelas que me parecen representativas de ello: La muerte de la tórtola de T.P. Mechín y Andanzas y malandanzas de Alberto Rivas Bonilla. T.P. Mechín es el seudónimo del general e ingeniero José María Peralta Lagos, quien, además de escribir relatos y comedias, tuvo el dudoso honor de haber sido el fundador de la Guardia Nacional en El Salvador, basado en el modelo de la Guardia Civil española. La muerte de la tórtola, publicada en 1932, unos meses después de la insurrección comunista, relata las aventuras de un atarantado corresponsal de prensa en la provincia salvadoreña durante esa época de convulsión política; Andanzas y malandanzas, publicada en 1936, cuenta las correrías de un habriento perro de finca de nombre Nerón y de su misérrimo amo campesino, un tema que nos es familiar desde Cervantes.

A finales de 1981, leí una tercera novela centroamericana que ahora considero fundamental en mi formación. Yo vivía entonces en la Ciudad de México, estaba a punto de publicar mi primer libro de relatos y trabajaba como periodista para una agencia de prensa propiedad de una organización de la izquierda radical salvadoreña; era la época en que la revolución sandinista y las guerras civiles en El Salvador y Guatemala estaban en su apogeo. Bajo el título de Los compañeros, la novela del guatemalteco Marco Antonio Flores, publicada en 1976, relata las aventuras de un grupo de jóvenes militantes de una organización guerrillera; la acción tiene lugar en México, Cuba y Guatemala. Con un desenfado mucho más amargo que el de Dalton y un afinado manejo del género, Flores retrata la corrupción no sólo de los jóvenes militantes, sino de la estructura de la guerrilla y de sus padrinos cubanos. Lo que en Dalton era ruptura con la visión dominante del conservadurismo político, en Flores se convierte en una crítica radical y descarnada a la visión idílica de los paladines de la revolución y la lucha armada. Para mí, en ese entonces promesa de narrador y con mi pluma periodística al servicio de la causa revolucionaria, la novela de Flores fue como la cachetada que se le pega al zombi para que despierte: no sólo en Europa central novelistas como Milan Kundera podían abordar con sarcasmo el mundo de los comisarios políticos y los adalides revolucionarios, sino que también era posible hacerlo en Centroamérica; la novela revelaba, como hubiera dicho Juan Carlos Onetti, y perdonarán ustedes la crudeza, que “los hijos de puta están en todos los bandos”. No es casual, pues, que cuando cinco años más tarde me encerré a escribir mi primera novela, cuya temática es la crisis producida por las pugnas y crímenes al interior de la izquierda armada salvadoreña, me moviera con la soltura de quien avanza por una ruta que ya ha sido abierta, sin los padecimientos del precursor. Alguna vez me he dicho que, guardando las distancias del caso, Los compañeros era para la literatura centroamericana lo que Los endemoniados fue para la literatura rusa del siglo XIX.

Que yo recuerde no hubo una cuarta novela centroamericana cuya lectura haya sido determinante en mi formación como escritor. Aclaro: las obras que influyen en un escritor no son necesariamente las mejores de la tradición a la que pertenece, sino aquellas que por timing y temperamento lo golpean en el momento preciso. Ni Hombres contra la muerte ni Los compañeros resisten ahora una relectura de mi parte, y de Pobrecito poeta que era yo puedo prescindir de capítulos enteros sin que me tiemble el pulso, pero las leí en el momento en que las necesitaba para intuir lo que sería mi mundo narrativo y los recursos con que contaba. Es lógico que hayan sido tres novelas con un sustrato político las que me influyeran como escritor en ciernes: mi timing era la explosión de un conflicto político y social que se convertía en atroz guerra civil; mi realidad era aquella donde la violencia y el terror lo permeaban todo. Lo otro, el humor, la burla, la jodedera, las ganas de divertirse a costillas del prójimo, es el temperamento, y en cuestiones de temperamento lo natural es que uno busque a sus semejantes, de ahí mi empatía con esas obras de Dalton y Flores. Ahora, mientras menciono el temperamento, me pregunto por qué la única y estupenda novela de Augusto Monterroso, Lo demás es silencio, no fue decisiva en mi formación como novelista, cuando él es el más fino humorista en la literatura centroamericana y quizá latinoamericana. Y me respondo que precisamente por eso, por su “fineza” que lo lleva más bien hacia la ironía, hacia un delicado clasicismo, en tanto que en lo mío hay otra contorsión que me conduce hacia el sarcasmo y la sátira.

Por supuesto que hay más novelas centroamericanas que he disfrutado como lector, aunque de algunas de ellas sólo me quede la sensación de placer y no pueda reconstruir su trama. Adiós, hermano de Joaquín Gutiérrez es una de ellas; El valle de las hamacas de Manlio Argueta es otra; Sombras nada más de Segio Ramírez es una más. Pero no me dedicaré a un aburrido name droping, ni haré juicios sobre las novelas de la generación de escritores centroamericanos a la que pertenezco (que esa es la función de ustedes, críticos y académicos). En cambio sí insistiré en que desde Rubén Darío los escritores centroamericanos asumimos que nuestra tradición literaria es la de la lengua castellana, que el hecho de nacer en países pequeños y medio tarados siempre nos ha planteado el reto de romper las estrechas fronteras físicas y mentales que nos constriñen, que nuestra condición marginal o periférica despierta una sed de universalidad que nos lleva a abrevar en las más diversas corrientes, que abrirnos a las más variadas literaturas para nosotros es cuestión de vida o muerte, dado el páramo del que procedemos.

© Horacio Castellanos Moya


Nota

Arriba

vuelve * Conferencia presentada en la primera Jornada de literatura centroamericana contemporánea «Y así me nació la conciencia » Centroamérica en su narrativa desde los años 40 hasta la actualidad en el Centro de Estudios Latinoamericanos CRLA-Archivos, Universidad de Poitiers, martes 10 de abril de 2007.

 


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