Patricia Vega JimŽnez1
Aproxim‡ndose a la historia de la lectura en Costa Rica
(1900-1930)
Universidad de Costa Rica
No hay una sola lectura, los mŽtodos, las formas y las interpretaciones de los textos dependen de quien se aventure en la experiencia, por ello la historia de la lectura es la historia de cada una de las personas que leen. No se trata de una historia ajustable a una sucesi—n coherente de hechos que permitan obtener una explicaci—n sobre un fen—meno determinado. ÒLeerÉes un proceso de reconstrucci—n desconcertante, laber’ntico, comœn a todos los lectores y al mismo tiempo personalÉ [por ello] su complejidad puede ser tan grande como el acto mismo de pensar [pues] el proceso de leer, como el de pensar, depende de nuestra habilidad para descifrar y hacer uso del lenguaje, del tejido de palabras que forma texto e ideaÓ.2 Dadas estas particularidades, su estudio es un reto dif’cil que algunos han asumido, no siempre con Žxito.
El historiador Robert Darnton aconseja aproximarse al complejo espacio de la historia de la lectura a travŽs de cinco v’as: estudiando las representaciones de la lectura en la literatura contempor‡nea: autobiograf’as, cartas, pinturas y otros gŽneros impresos a fin de descubrir algunas nociones sobre lo que la gente comœn cre’a y dej— registro de lo que suced’a al leer. En segundo tŽrmino, es posible un acercamiento considerando los modos en que se aprende a leer; tercero, repasar las autobiograf’as cŽlebres y considerar cuidadosamente las anotaciones con las que expresaron su simpat’a o antipat’a con el texto que los ocupa; cuarto, considerar y articular la investigaci—n hist—rica con las teor’as literarias revelando los artificios ret—ricos que dan direcci—n a la lectura sin predeterminarla y finalmente, recurrir a la bibliograf’a anal’tica indagando la confecci—n tipogr‡fica de las obras que tambiŽn afecta el acto de leer.3
No se trata de privilegiar una proximidad metodol—gica sobre otra, lo ideal es combinar las cinco formas a efecto de acercarse, sin pretender esclarecer cabalmente, el acto de leer. Aunque hay ejemplos exitosos de explicaciones hist—ricas respecto a la lectura en determinados sectores sociales y en Žpocas espec’ficas, no resulta una tarea f‡cil ni un problema resuelto. Intentar estudiar c—mo leyeron las personas hace m‡s de un siglo significa entender como pensaban y como entend’an el mundo4. La apropiaci—n de lo le’do depende de la condici—n socio-econ—mica, del entorno, de la cultura, del nivel educativo y de los intereses individuales. Esto complica la posibilidad de establecer explicaciones generales respecto a la historia de la lectura en las primeras tres dŽcadas del siglo XX en Costa Rica, que es el interŽs de esta entrega.
Esta variedad no obstante, conduce a plantear la existencia de “comunidades de interpretaci—n”5, esto es un grupo de personas donde cada uno de ellos comparte, en relaci—n con lo escrito, un mismo conjunto de competencias, usos, c—digos e intereses que les permite construir el sentido de lo le’do. Adem‡s, las pr‡cticas de la lectura var’an segœn el gŽnero, la adhesi—n religiosa, las solidaridades comunitarias, la generaci—n a la que se pertenece, las tradiciones educativas o corporativas, el nivel socio econ—mico y en particular las preocupaciones individuales y colectivas que a su vez dependen de su concepci—n de mundo, de la forma como lo entienden, principios de diferenciaci—n que pueden dar raz—n a las diversidades culturales.
Ya Calvallo y Chartier han advertido que el abismo entre lectores cultos y analfabetos, no agota las diferencias en la relaci—n con lo escrito. Todos quienes pueden leer los textos no lo hacen de la misma manera. Var’a, segœn la Žpoca y los est’mulos que tiene el lector. Existen tambiŽn contrastes entre unas normas y unas convenciones de lectura que, en cada comunidad de lectores, definen unos usos leg’timos del libro, unos modos de leer y unos instrumentos y unos procedimientos de interpretaci—n. Hay diferencia adem‡s entre las esperanzas y los intereses tan diversos que los distintos grupos de lectores ponen en la pr‡ctica de leer.6
Esta complejidad hace que una aproximaci—n hist—rica de la lectura sea una tarea complicada y un desaf’o para el historiador. El reto consiste en determinar no solo el quŽ, el quiŽn, el cu‡ndo y el d—nde de la lectura, que no muestra mayor dificultad si se recurre a las fuentes y a la interpretaci—n adecuada, sino y sobre todo al por quŽ y al c—mo. El quŽ, esto es identificar los textos que se ofrecen, se puede dilucidar recurriendo a las listas de las bibliotecas pœblicas y privadas, a los registros de inventarios de bienes de mortuales y testamentos, a las publicaciones de las librer’as y/o imprentas en los medios de comunicaci—n impresos. Es posible acercarse al quiŽn, determinando las listas de suscriptores a peri—dicos o a bibliotecas, los due–os fallecidos de los libros inventariados, los que escriben sus apreciaciones sobre una o varias obras. Aun as’, una buena cantidad de lectores que no dejan registro, deben obviarse por falta de evidencia. Igualmente, es posible considerar que el ser due–o de obras no implica que fueron le’das. Es m‡s viable suponer que no todo lo que se adquiere se lee y no todas las obras se leen de la misma manera, algunas se interiorizan, se vuelve sobre ellas una y otra vez y otras son solo consultadas parcialmente y algunas ni siquiera son abiertas en el transcurso de la vida. La aproximaci—n al quiŽn por tanto, solo puede ser parcial.
El d—nde y el cu‡ndo consiguen responderse conociendo los sitios y el momento de lectura: los clubes, los cafŽs, las bibliotecas, los centros de ense–anza, los talleres y el refugio domŽstico. Estas preguntas tampoco logran comprobarse ’ntegramente pues dependen de los escasos registros que proporcionen los lectores o los encargados de centros de posible lectura y las referencias adicionales, siempre exiguas. Pero acercarse al por quŽ y al c—mo constituye el reto mayœsculo. Es entonces cuando se hace necesario contar con registros que permitan conocer las razones que conducen a unos a buscar un texto y a interpretarlo de una forma determinada. Las generalizaciones en estas respuestas no son posibles, dependen de cada individuo, de modo tal que solo es permisible se–alar por quŽ y c—mo ley— una o varias personas que, para fortuna del historiador, dejaron alguna evidencia al respecto y se trata, obviamente, de una minor’a en extremo escasa.
Dadas las condiciones expuestas, el interŽs de este ensayo es aproximarse a la forma como leyeron los costarricenses los diversos textos: libros, folletos, peri—dicos, volantes, cartas, telegramas, recurriendo a los pocos registros que se logran rescatar. Los peri—dicos de la Žpoca resultan œtiles en tanto publicaron algunas referencias al c—mo se leyeron algunos de los art’culos difundidos o ciertos libros que sirven de apoyo para las argumentaciones. Las listas de libros que publicitan las imprentas y librer’as, algunos mostrando los precios, son importantes para conocer lo que se ofrece al pœblico. Las pocas rese–as de viajeros colaboran para descubrir ciertas pr‡cticas, los censos de poblaci—n que brindan informaci—n de primera mano sobre la cantidad de personas que saben leer, pero fundamentalmente las fuentes m‡s importantes las constituyen las obras literarias, especialmente autobiogr‡ficas que dibujan con impresionante exactitud, “el sentimiento” que produce a los consumidores de letras, su pr‡ctica.
1. LA OFERTA DE LECTURAS
La oferta de lecturas tiene una tendencia creciente y diversificada conforme avanzan las primeras tres dŽcadas del siglo XX7. Los demandantes cuentan con peri—dicos nacionales y extranjeros, textos literarios y especializados en distintas materias, almanaques con informaci—n alimenticia, agr’cola, algunos introducen secciones dedicadas exclusivamente al entretenimiento, tambiŽn circulan volantes y hojas sueltas adem‡s de libros escolares. La cantidad de lectores costarricenses en ese momento no es despreciable, solo en las ciudades principales de las siete provincias supera el 85% en 1927, el 66% en las Villas y el 59% en el campo; la alfabetizaci—n8 aumenta gracias a las pol’ticas gubernamentales puestas en pr‡ctica hac’a entonces m‡s de medio siglo mientras el interŽs por el conocimiento de diversos temas se convierte en una necesidad entre un sector importante de la poblaci—n, en particular de los obreros y artesanos que lo requieren para su acci—n sindical y organizacional.
Los lectores tienen tres opciones para acceder a los textos: la compra, el prŽstamo –privado o en bibliotecas o clubes- y la lectura colectiva. Los peri—dicos son a su vez espacios para enterarse de los acontecimientos actuales, y escritos con la finalidad de que sean consumidos por un pœblico amplio, disperso y heterogŽneo y adem‡s, sitios donde en ocasiones, se reproducen obras diversas, por entregas diarias o semanales, permitiendo al lector comœn tener acceso directo a algunos textos filos—ficos o literarios que de otra manera no podr’a adquirir por la erogaci—n que le significar’a.
La primera opci—n, la compra, significa una inversi—n econ—mica, escasa si se trata de novelas de bolsillo y onerosa si se pretende asirse de materiales especializados y de consulta permanente para los profesionales. Por ejemplo, en 1902, un Diccionario de la Real Academia Espa–ola, cuesta 16 colones, en la Librer’a y papeler’a de Padr—n y Pujol, el mismo precio que tiene el Diccionario Razonado de Legislatura y Jurisprudencia y el Atlas Geogr‡fico Universal. Solo un a–o antes, la Librer’a Espa–ola, propiedad de Mar’a Viuda de Lines, incluye en su oferta, dos calendarios: Òel Almanaque Sudamericano con fin’simos grabados y buena literatura dirigida por Casimiro Pietro ValdezÓ a 1,50 colones y por el mismo precio se promociona el ÒDietario Hispano-Americano — agenda de Bufete para 1901Ó, dirigido particularmente a las damas que gustan del arte culinario y que adem‡s tienen la posibilidad de adquirir los ingredientes en los almacenes josefinos. A un costo de 0,50 cŽntimos menos, los interesados pod’an comprar el ÒAlmanaque Baillo Bailliere, o sea peque–a enciclopedia de la vida pr‡ctica, un tomo con pastaÓ.9 El hecho de que sea empastado y con grabados, determina el costo del texto. La pasta significa que se trata de un bien que puede ser almacenado sin temor a un deterioro pr—ximo o exhibido, segœn se prefiera, como un objeto m‡s en el conjunto de piezas que se tienen en casa y que adem‡s se convierte en un s’mbolo de distinci—n y/o estatus. Como se colige de los avisos del siglo XVIII en Francia, segœn refiere Darnton, los editores dan por sentado que sus clientes toman muy en cuenta la calidad en la confecci—n y los acabados de los libros. Compradores y vendedores comparten por igual una conciencia tipogr‡fica10. Las cualidades del papel y de la pasta, al iniciar el siglo XX en Costa Rica, tambiŽn justifican el precio de los libros, amen del contenido de los mismos.
Los lectores pueden obtener en el mercado una cuantiosa gama de novelas por un costo ’nfimo, 0.20 cŽntimos el tomo en 1916: piezas de caballer’a, de amor, de aventuras compuestos la mayor’a por autores poco conocidos. Para los avisados en diversas materias, se ofrecen libros selectos de Juan Ruskin11 con precios que oscilan entre 1,50 y 0,60 cŽntimos, de Enrique G—mez Carrillo12, con pasta, a 2 colones. Los libros de Jacinto Benavente13 de Waldo Trine14 se consiguen a 1.75 cŽntimos y tambiŽn con pasta; se pod’a adquirir Armon’a con el infinito a 2 colones, la Ley de la vida y Vida Nueva a 1,50 y a 0,75 El credo del caminante, El respeto a todo ser viviente y La mejor ganancia. Destacan tambiŽn las obras del fil—sofo francŽs M. Guyau15 en 3 colones, El mirador pr—spero de Enrique Rod—16 en 5 colones. Adem‡s, estaban a la venta obras sociol—gicas y pol’ticas de Engels17, Goethe18, a 0,60 cŽntimos y 1,25 respectivamente, al lado de textos de autores costarricenses como Jard’n para ni–os de JosŽ Mar’a Zeled—n ofrecido a 0,75 cŽntimos19. Pero destacan adem‡s otras obras de algunos de estos autores a una tercera parte de los precios referidos. En 1916, la imprenta y Librer’a Falc— & BorrasŽ, ten’a Òcuadernos de 64 a 96 p‡ginas de un solo autor a 30 cŽntimos ejemplarÓ, de modo que los amantes de la lectura, con escasos recursos, pod’an adquirir Desde Europa, de JosŽ Enrique Rod—, P‡ginas selectas de Jacinto Benavente, El pr’ncipe Feliz, de Oscar Wilde20 y recomendaban, como extraordinario La repœblica de los soviets, de Luis Araquistain21, pero por el monto de un col—n la obra.
El 80% de los libros que promocionan esas librer’as pertenecen a la categor’a de literatura ligera y menos del 1% puede ser catalogado como textos religiosos. Aunque no es posible con solo esta fuente aseverarlo, se podr’a suponer que el auge de la novela compens— el declive de la literatura religiosa. Parece perfilarse una nueva sensibilidad literaria, la sed de lectura se nutre con populibros, hojas sueltas, avisos y cartas personales, adem‡s de peri—dicos nacionales y extranjeros y un nœmero importante de revistas. Solo en 1922, circulan 18 peri—dicos en Costa Rica22 y uno de ellos, La Nueva Prensa, tiene una venta a preg—n diaria que supera los 1500 ejemplares23, amŽn del nœmero no contabilizado que se vende por suscripci—n.
Las obras de autores nacionales son promocionadas en menor porcentaje que las extranjeras. En 1907, el viajero alem‡n Walter Lehmann, consigue en el mercado, por un monto de cincuenta y cinco cŽntimos, el libro Historia de Costa Rica de Joaqu’n Bernardo Calvo y por cinco cŽntimos menos, la recolecci—n de datos lingŸ’sticos elaborada por Genaro Moya24. Ambos est‡n ausentes en la divulgaci—n que hacen las librer’as en los peri—dicos. Sin embargo, los textos literarios si reciben atenci—n, por ejemplo, el libro Las fantas’as de Juan Silvestre cuya autora es Carmen Lira, es divulgado con asiduidad previo a su impresi—n25 e incluso trabajos que no tiene autor reconocido, como A–oranzas, que Òes el t’tulo de un libro que se est‡ imprimiendo y que es editado por el Instituto de Alajuela, conmemorativo a las fiestas centenarias de la fundaci—n de la Casa San Miguel, que al correr de los a–os ha venido a convertirse en el Instituto de Alajuela,Ó26merece una nota period’stica alabando su contenido e invitando a los lectores a adquirirlo.
Cuadro 1
T’tulos y precio de libros infantiles anunciados en los peri—dicos
por la Librer’a Falc— & BorrasŽ 1916
T’tulo |
Precio |
T’tulo |
Precio |
Cuentos de una buena madre |
¢ 1,75 |
El Conde Lucamor |
¢ 1,25 |
Leyendas de Flandes |
¢ 1,75 |
Hern‡n CortŽs |
¢ 1,25 |
Viajes y Aventuras |
¢ 1,75 |
Platero y yo |
¢ 1,25 |
Cuentos de la Alambra |
¢ 1,75 |
El Califa CigŸe–a |
¢ 1,25 |
Cuentos de la Isla Dorada |
¢ 1,75 |
El hurto sabroso |
¢ 0,75 |
Zoolog’a pintoresca |
¢ 1,50 |
La voz de las campanas, Carlos Dickens |
¢ 0,75 |
Mart’n Tonelero |
¢ 1,50 |
ÁDios salve a la Reina!, Allen Upwar |
¢ 0,75 |
Cuentos de Andersen |
¢ 1,50 |
Minnie, A. Lichtenberger |
¢ 0,75 |
Cuentos cortos de los hermanos Grimm |
¢ 1,50 |
Casa por alquiler, Carlos Dickens |
¢ 0,75 |
Flores y arboledas |
¢ 1,50 |
Nerto, Federico Mistral |
¢ 0,75 |
F‡bulas de Iriarte y Samarriego |
¢ 1,25 |
El secreto del ahorcado, Carlos Dickens |
¢ 0,75 |
El Kreutzer |
¢ 1,25 |
Manazana de an’s, Francis Jammes |
¢ 0,75 |
Jard’n para Ni–os, JosŽ Mar’a Zeled—n |
¢ 0,75 |
JacobŽ, Joaqu’n Ruyra |
¢ 0,75 |
F‡bulas de Iriarte |
¢ 1,25 |
Tom Sawyer, detective, Mark Tuain |
¢ 0,75 |
La vida es sue–o |
¢ 1,25 |
Fuente: Actualidades. 14-12-1916, p.7
Los libreros apelan a diversos pœblicos (vŽase foto 1) pero en particular hay un interŽs por promover la literatura infantil. Se trata de obras de escaso costo y adem‡s escritas por autores nacionales y extranjeros (vŽase el Cuadro 1). Los cl‡sicos cuentos de los hermanos Grimm, por ejemplo, tiene un valor de 1,50 mientras los textos de Dickens se consiguen a la mitad de ese precio. Son cuentos que comunican un Òethos particular y una visi—n de mundoÓ distinta; la recopilaci—n de cuentos de los hermanos Grimm espec’ficamente, son expresiones de la experiencia en un orden social que se desarrolla en la Žpoca del Antiguo RŽgimen francŽs, entre el Renacimiento y la Revoluci—n27. Estos libros est‡n al alcance de los bolsillos de una buena parte de la poblaci—n. Para 1920, algunos operarios de talleres de ebanister’a y carpinter’a ganan cuatro colones diarios promedio28 mientras los peones empleados en obras pœblicas reciben 1,50 por d’a29. En otros tŽrminos, un libro para los hijos de estos œltimos correspond’a al salario de un d’a de trabajo o al costo de tres cuartillos de papas o de ma’z en el mercado o a cinco panelas de dulce y a dos libras de lomo.30Paralelamente, la imprenta y librer’a Falc— & BorrasŽ ofrece la Colecci—n Eos, una revista quincenal dirigida por El’as JimŽnez Rojas. Se trata de una publicaci—n que ÒÉense–a y deleita al mismo tiempo: 32 p‡ginas de selecta lectura 10 cŽntimosÓ.31
Estas referencias ponen en evidencia que existe un pœblico diferenciado de lectores, con intereses y perspectivas diversas pero tambiŽn indica que hay un grupo importante de personas con una nueva sensibilidad literaria que incluye tanto los cl‡sicos como los autores contempor‡neos. La oferta es cuantiosa y novedosa segœn los anuncios de la Librer’a Espa–ola en 1901, propiedad de la se–ora Lines, pues recibe semanalmente primicias europeas y estadounidenses en incluso importa estos art’culos con tal frecuencia que llegan cargas en todos los vapores32. En 1926, esa Librer’a que entonces ocupa un edificio de dos pisos en el coraz—n capitalino –avenida central Este33- mantiene un Ògran surtido de obras cl‡sicas, cient’ficas y teatralesÓ y adem‡s obtiene semanalmente, igual como lo hace un cuarto de siglo atr‡s, Ònovedades literarias espa–olasÓ, ya no solo de otras naciones europeas ni de Estados Unidos, de modo que, a juzgar por tal aseveraci—n, ha establecido un contacto directo con casas editoriales o distribuidoras europeas34. De hecho, para entonces, Brenes y Co., quienes se anuncian como agentes comisionistas, tienen el monopolio de importaci—n de libros impresos provenientes de Londres35. Considerando el ingreso del fisco por importaci—n de libros, la mayor cantidad de volœmenes proceden de Estados Unidos, seguidos lejanamente por Reino Unido y Espa–a. Aunque en el mercado se venden libros en diversos idiomas, los textos en espa–ol son los m‡s promocionados, lo que podr’a indicar que en Estados Unidos hay empresas que actœan como distribuidoras para AmŽrica Latina de obras espa–olas y latinoamericanas (vŽase el Gr‡fico 1).
Este indicador se–ala que se est‡ en presencia del advenimiento de un nuevo pœblico lector y ante la posible extinci—n de la cultura cristiana tradicional. Los avances en el transporte y las comunicaciones con Europa y Estados Unidos, permiten un aluvi—n de nuevos textos que ampl’an las opciones de los consumidores y a su vez les facilita el tr‡nsito de una lectura intensiva a una lectura extensiva, y simult‡neamente favorece el crecimiento de un pœblico lector. El aumento en el nœmero de negocios de venta de libros, es un indicio de este fen—meno. En 1915, el casco capitalino es sede de 9 librer’as, Cartago lo es de dos, una propiedad de Alejandro Bonilla y otra de Vicente Lines, Žsta œltima es una sucursal de la Librer’a de su madre, Mar’a Viuda de Lines, quiŽn tambiŽn tiene otra dependencia en Lim—n, donde compite con la del inglŽs Federico Gordon. De las librer’as capitalistas, cuatro son administradas por costarricenses: Luis Castro, Luis Calvo, Joaqu’n Montero y los hermanos Trejos; tres por espa–oles: Mar’a V. de Lines, JosŽ Montero Terren y Ricardo Falc—, Žste œltimo tambiŽn due–o del peri—dico La Prensa. Sauter —y su socio Antonio Lehmann— y Murria, alem‡n y estadounidense respectivamente, tambiŽn tienen librer’as con ventas importantes a juzgar por la cantidad de impuestos que pagan al fisco.36 Algunas de estas librer’as son tambiŽn imprentas y casas editoriales ÒÉen donde se hacen trabajos de igual calidad que los europeos.Ó37 Aunque todos diversifican su negocio al atender no solo el despacho de libros y materiales escolares sino tambiŽn trabajos de imprenta y litograf’a, los socios Federico Sauter y Antonio Lehmann, son unos de los m‡s pr—speros. Su empresa es m‡s que una venta de libros —Òde todos los idiomas, adem‡s las œltimas publicaciones de importancia en las ciencias, las artes y la literatura as’ como cuantos libros y materiales se requieran para ense–anza en Escuelas y colegiosÓ— tambiŽn es papeler’a, venta de objetos para el culto cat—lico —campanas, ornamentos, —rganos, vino para consagrar- de arte y adem‡s es una imprenta, un taller de encuadernaci—n, una f‡brica de sellos de hule y de marcos para cuadros y adicionalmente funciona como la mejor y m‡s grande agencia de peri—dicos y revistas provenientes de todo el mundo38. Para 1925, se une al negocio de las librer’as, JosŽ Montero, Eladio Prado y C’a, Jaime Tormo y GŸell R. Hno, una referencia de que los lectores podr’an ir en aumento conforme la poblaci—n crece y se alfabetiza.
Paralelamente, las imprentas que funcionan en el pa’s en 1914, por ejemplo, tienen escasa producci—n libresca como se expone en el Cuadro 2. En su mayor’a los textos que reproducen son memorias de diversas dependencias gubernamentales, documentos oficiales y reglamentos. Los libros religiosos, son editados casi en su totalidad por la imprenta de Mar’a v. de Lines. Los peri—dicos son impresos en todas los negocios de reproducci—n de textos: Imprenta Nacional, Imprenta Alsina, Imprenta Lehmann, Imprenta de Mar’a v. de Lines, la imprenta Moderna de Clare y JimŽnez, Imprenta Trejos Hermanos y la imprenta Alfredo Gre–as. En ese momento, se editan Egoismo, Novela de Claudio Gonz‡lez Rucavado, Martelo sili—, Novela de Ricardo Jinesta, El Esp’ritu del R’o de Juana F. Ferraz v. de Salazar, Una polŽmica memorable de Dieguez y V‡squez y Vista Moreno de Ford de JosŽ Astœ Aguilar, las dos primeras en la imprenta Alsina y las dos œltimas en la imprenta Moderna.
Cuadro 2
Distribuci—n de los textos de las imprentas josefinas 1914.
Categor’a |
Nœmero |
Categor’a |
Nœmero |
Categor’a |
Nœmero |
Almanaque |
1 |
Libro Derecho |
3 |
Memoria |
12 |
Anuario |
1 |
Libro did‡ctico |
7 |
Memoria official |
8 |
Directorio |
2 |
Libro econom’a |
1 |
Peri—dicos |
18 |
Doc. Oficial |
18 |
Libro geograf’a |
2 |
Reglamento |
11 |
Informaci—n espec’fica |
3 |
Libro masoner’a |
1 |
Reglamento gubernamental |
10 |
Informe |
2 |
Libro religioso |
6 |
Revista |
9 |
Informe Oficial |
2 |
Libro turismo |
1 |
Otros |
3 |
Libro an‡lisis situaci—n |
3 |
Literatura |
7 |
||
Libro Cocina |
1 |
Manual |
1 |
||
Libro bailes |
1 |
Manual oficial |
3 |
Fuente: DGEC. Anuario Estad’stico, 1914, pp. 136-139.
El prŽstamo, que es la otra
forma de acceder a los textos, se logra en las bibliotecas pœblicas, algunas
ubicadas en los cantones principales; incluso hay un interŽs evidente de los
legisladores por promover la creaci—n de este tipo de espacios pœblicos en
diversas ‡reas del pa’s. En junio de 1922, los congresistas acogen un proyecto
presentado a la C‡mara de Diputados que tiene como fin ÒÉla creaci—n de una
Biblioteca pœblica en cada una de las cabeceras cantonales de la provincia de
GuanacasteÉÓ que estar’a a cargo
de una Junta compuesta por tres miembros y cuyo sostŽn econ—mico se lograr’a a
travŽs de la fijaci—n de ÒÉuna renta de dos colones por cada puesto de licores
y veinticinco cŽntimos por cada boleta de destace, en los respectivos
cantones.Ó39 El proyecto
finalmente no se concreta, pero la Biblioteca Nacional hac’a paralelamente un
importante esfuerzo por aumentar ÒÉlas obras œltimamente editadas y que hacen
mucha falta, ya que generalmente las personas que a ese lugar concurren son
quienes con deseo de estar al tanto de los œltimos adelantos en las ciencias y
de los libros de literatura, no pueden darse el lujo de comprarlos.Ó40 En 1914 cuando el estudiante estadounidense Dana Garner visita con frecuencia
la Biblioteca Nacional, le resulta un lugar escasamente adecuado. En su opini—n,
la colecci—n de libros carece de un criterio de selecci—n formal y en su lugar,
est‡ compuesta de ÒÉbibliotecas privadas que hab’an donado al gobierno en
diferentes Žpocas sus existenciasÓ. Observa adem‡s que aunque es un recinto
capaz de albergar unos 20 lectores Òraramente hab’a m‡s de uno o dos a mi lado;
en cambio hab’a cinco o seis empleados que pasaban el
tiempo fumando cigarrillos,
escupiendo en el piso y habl‡ndose en vos altaÓ y lo que termina haciendo del
local un lugar inapropiado, es la abundancia de moscas que revolotean en
cantidad, alterando la concentraci—n de los
usuarios41.
La apreciaci—n de Garner no hace justicia al esfuerzo que se realiza 5 a–os antes y que culmina con la construcci—n de un edificio de dos plantas (vŽase foto 2), especialmente dise–ado para conservar debidamente las colecciones y adem‡s dar servicio al pœblico de 12 medio d’a a las 9 de la noche, de lunes a viernes, aparte de contar con salones de lectura y salas exclusivas para las publicaciones period’sticas nacionales y extranjeras e incluso asignar al cubano Adolfo Blen la tarea de organizar y formar cat‡logos de modo que permitiese una bœsqueda m‡s expedita y un ordenamiento adecuado42. De hecho el crecimiento en el nœmero de volœmenes aumenta r‡pidamente: en 1905 tiene 30.000 ejemplares43, once a–os despuŽs cuenta con 42.00044 y en 1922 hay 80.000 volœmenes para ofrecer al pœblico, lo que podr’a indicar un crecimiento en la cuant’a de usuarios o un incremento en las donaciones o bien, un interŽs de los encargados por mejorar el servicio.
Los educadores entre tanto, tienen su propia biblioteca, denominada ÒBiblioteca Pedag—gica con su museo respectivo para uso especial del personal docenteÓ45, paralelamente funcionan las bibliotecas de la Escuela de Derecho y la Episcopal; Žsta œltima cuenta en 1915 ÒÉcon toda clase de obras de cultura general y muy especialmente escol‡sticasÓ y est‡ abierta al pœblico, a diferencia de la Biblioteca de la Escuela de Derecho; all’ ten’an un selecto cœmulo de Òobras y publicaciones cient’ficas, filos—ficas, jur’dicas, etc., [pero exclusivamente] para consulta y estudio de los estudiantes de Derecho.Ó46
Los maestros y otros acadŽmicos o asiduos lectores, se convierten en fuentes de prŽstamos de libros a sus estudiantes, por eso no ser’a de extra–ar la referencia de Carlos Luis Fallas en su novela Mi madrina, al rememorar que durante sus primeros a–os de escuela, el director, de nombre don Rafael, a quien complac’a la desmedida afici—n por la lectura de Juan Ram—n –el protagonista- no solo le prestara libros sencillos de cuentos y de aventuras sino que tambiŽn ÒÉ procuraba ordenar [sus] lecturas para que fueran provechosasÓ.47
Los clubes de lectura, las cafeter’as, las asociaciones de trabajadores e incluso las casas de particulares, en especial de intelectuales de la Žpoca, son sitios donde es posible adquirir, leer o escuchar referencias sobre el contenido de diversos libros, revistas y peri—dicos. En 1890 el Club Internacional tiene, a disposici—n de sus asociados, buena cantidad de literatura, entre ellos peri—dicos nacionales y extranjeros que pueden revisarse acompa–ados de una taza de cafŽ. En ese a–o, segœn informa John Schroeder, en un folleto que publica con el objetivo de atraer inmigrantes al pa’s, existen en San JosŽ por lo menos tres clubes exclusivos para Òlos se–ores principalesÓ; el m‡s destacado es El Club Internacional, Òasociaci—n que comprende la mayor parte de la sociedad costarricense, es el establecimiento recreativo m‡s respetable del pa’s. Ocupa un local espacioso y bien distribuido, tiene muy buenos salones de recibo y de lectura. En Žl se encuentran peri—dicos en distintos idiomas y una biblioteca con 5000 volœmenes escogidos entre las mejores obras literarias y cient’ficas, escritas en alem‡n, inglŽs, francŽs, italiano y espa–ol.Ó48 Las cafeter’as, se convierten, conforme avanza el siglo XX, en espacios por excelencia para las tertulias, la lectura de diversos textos pero en particular para la lectura, discusi—n y escritura de peri—dicos.49 Las cafeter’as Roy y La Floralia, lo mismo que en El Pato Cojo, propiedad del tres veces Presidente de la Repœblica, Ricardo JimŽnez Oreamuno, son sitios donde, al caer la tarde, se reœnen poetas, periodistas –Joaqu’n Vargas Coto, JosŽ Mar’a Pinaud, Otilio Ulate, entre otros- dramaturgos como Juli‡n Marchena, Rafael Cardona, Francisco Soler, Miguel Obreg—n y Camilo Santos. All’ se leen, discuten y analizan los acontecimientos que divulgan los peri—dicos nacionales y extranjeros, se comenta la literatura de moda e incluso, los escritores de peri—dicos, aprovechan las tertulias como fuentes para alimentar las notas que divulgan al siguiente d’a en los diarios50.
Los sectores obreros y artesanos, por su parte, poseen Òsalones de cultura donde pod’a leer un libro, el peri—dico o escuchar lecturas en voz alta, ocasionalmente ped’an a sus compa–eros en el taller que les leyera las noticias o un art’culoÓ51. La importancia de estas salas es tal que en el Primer Congreso Centroamericano celebrado en 1911 en El Salvador, se plantea como una de las metas prioritarias, el establecimiento de este tipo de espacios en los lugares de trabajo52. En esos salones de lectura, los sectores obreros y artesanales, nutren su conciencia gremial a travŽs de la novel’stica social de la Žpoca: Sue53, V’ctor Hugo54, Dumas55, Flammarion56, Balzac57, Scout58, Le—n Tolstoi59 y Fredor Dostoievski60 entre otros. En particular Žstos œltimos, tienen una influencia significativa en el movimiento obrero-artesanal costarricense, Òde ellos se desprende la corriente antiautoritaria y pacifistaÉ[todos los escritores referidos] favorecieron y ayudaron en mucho a la cr’tica de las instituciones sociales y la injusticia socialÓ.61
Las veladas en casas de particulares, frecuentes desde la primera mitad del siglo XIX en Costa Rica, son espacios donde se mezcla mœsica, lectura, discusi—n de temas diversos y representaciones escŽnicas –veladas l’rico-dram‡ticas-62 son tambiŽn ambientes para compartir la lectura o escuchar las poes’as, memorizadas por las damas, en su mayor’a, para el deleite de los asistentes. La sala destinada a la biblioteca particular del Licenciado Mauro Fern‡ndez, fue al finalizar el siglo XIX, un lugar de encuentro diario de al menos una decena de personas, j—venes y adultos; all’ Òse formaban discusiones sobre temas de la Žpoca: pol’tica, finanzas, agricultura, ganader’a, ense–anzaÉ cuando no hab’a fiesta ni tertulia, nos reun’amos en el comedor a contar cuentosÓ.63
Lo que resulta sin discusi—n es que se lee de manera distinta entre diversos grupos sociales y en diferentes Žpocas. Hombres y mujeres han le’do para salvar su alma, para educar sus modales y maneras, para reparar m‡quinas, para cortejar a un ser querido, para enterarse de los sucesos de actualidad y tambiŽn por pura diversi—n.
2. LECTURA SILENCIOSA
En 1889, el escritor nacional, Leonidas Pacheco remite un art’culo a la revista literaria Costa Rica Ilustrada con el prop—sito de hacer una cr’tica de la obra “La Dama de las Camelias” que se presenta en el teatro VariŽtŽs de Par’s en ese a–o. Para iniciar su intervenci—n rememora el efecto que le causa la lectura de esta novela de Alejandro Dumas en sus a–os adolescentes.
“Tendr’a yo diez y siete a–os cuando cay— en mis manos el libro ‘La Dama de las Camelias’. Vi que su autor era Dumas, nombre que sublevaba mis temores religiosos pues se me hab’a dicho que la Iglesia prohib’a la lectura de sus obras pero que tentaba fuertemente mi curiosidad por el atractivo de lo prohibido”.64
La tentaci—n vence a la negativa de sus maestros y se intern— en la lectura. En ella, Dumas relata con excepcional encanto, el romance entre un ÒnobleÓ francŽs y una prostituta parisina, de nombre Margarita, quien al final, por intervenci—n de su suegro, ella rechaza a su amado y muere de tuberculosis en un tabuco escondido. Leonidas Pacheco se apropia del texto de la manera como un joven suele hacerlo.
Yo no pod’a tomar de aquella obra m‡s que el encantador veneno de su sentimental historia: yo no pod’a ver en ella m‡s que la idealizaci—n del amor mundano: la conversi—n del barro en estatua de oro.65
La lectura para Pacheco fue m‡s que un acto de entretenimiento, Žl interioriza lo le’do, lo vive, lo sue–a, lo practica. Solo as’ es posible explicarse la bœsqueda presurosa de su Margarita en las calles josefinas.
...por la excitaci—n terrible que cay— mi alma y agitado el fuego juvenil que mi vida de Colegio me hab’a provisto, me fui a buscar all‡ en San JosŽ una nueva Margarita. Mis ojos no vieron m‡s en nuestras muchachas galantes que las hijas del amor, capaces de redimirse por el amor. BorrŽ de mi memoria los duros nombres con que se las se–ala y las llamŽ desgraciadas. Todas ellas en mi concepto, deb’an tener un diario de vida y morir t’sicas.66
El hallazgo se concreta, solo que a diferencia de la protagonista de Dumas, esta “cortesana” es madre de 7 ni–os. Aun as’ Pacheco mantiene una relaci—n amorosa, hasta que el idilio se trunca sin mayores tropiezos ni sacrificios ni muertes por amor.
Habr’a creado el mismo efecto la lectura si se hubiese realizado siete a–os despuŽs? La lectura var’a segœn la edad y el nivel educativo. Cuando Pacheco recuerda los efectos que Dumas produce en su vida adolescente lo hace reflexionando la calidad de la obra, desde otro ‡mbito, desde el espacio del lector experto, del estudioso. )Es un caso t’pico de la Costa Rica de finales del siglo decimon—nico? Probablemente no, pero si es coincidente con la forma en que el escritor Carlos Gagini lo hace.
Gagini lee en soledad, en privado, para lograr una interiorizaci—n del texto con el yo, y as’ lo atestigua su alusi—n a la lectura de la novela El Voyage de William Willoughby escrita por el Doctor Gustavo Michaud67: ÒYa en mi cuarto y mientras abr’a las hojas del tomo con la plegadera, no pude menos que admirar nuevamente la excesiva modestia del autor...Ó68
“El libro es devorado de una sola vez, sin detenerse para no perder el hilo de la trama: A...una vez que se comienza el libro no es posible dejarle de la mano. Yo lo le’ de una tirada...”69
En el ocaso de su vida, el Licenciado Mauro Fern‡ndez acrecienta su pr‡ctica diaria por la lectura. Igual que los referidos, lo hace en soledad, en su ÒSancta SanctorumÓ como Žl llama a su biblioteca dentro de casa. ÒPermanec’a en este aposento durante muchas horas rodeado de sus estantes de librosÉ muy pocas personan entraban all’É En los œltimos diez a–os don Mauro hab’a adquirido una nueva costumbre: despuŽs de la comida, invariablemente se acostaba [tres horas despuŽs se presentaba en la sala, compart’a poco con los presentes y] a las 10 se iba a su cuarto de estudio [por dos o tres horas, donde] le’a revistas y libros sobre educaci—n, filosof’a y derecho. TambiŽn escrib’aÉ el silencio de la noche le atra’a para la lectura y el estudioÓ.70
A diferencia de Gagini y de Fern‡ndez, el novelista Carlos Luis Fallas, crece en el seno de una familia econ—micamente despose’da en los linderos de la provincia de Alajuela a principios del siglo XX. A pesar de su extracci—n social y a su escasa preparaci—n en el sistema educativo formal, se convierte en un insigne lector, pues segœn confiesa, “m‡s que afici—n a la lectura, yo adquir’ por ese tiempo el vicio de la lectura.”71 Recuerda entonces que terminando tan solo el tercer grado escolar, se encontraba pasando sus vacaciones en casa de sus abuelos, en El Llano de Alajuela, cuando
Òcay— all’ en mis manos una novelucha sentimental que resum’a la vida y los amores de una tal condesa Blanca, muy bella e infiel, atormentada y perseguida por su marido, el terrible y celoso conde Le—n. Una tarde, mis t’os y un amigo de ellos, reunidos en el corredor que daba al patio, hac’an gemir en las cuerdas del viol’n, de la bandurria y la guitarra un viejo y melanc—lico pasillo. Y recuerdo que yo, encerrado en el cuarto, le’a y lloraba amargamente, conmovido por aquella mœsica y por la angustiosa desesperaci—n de la condesa Blanca, a quien el terrible conde Le—n acababa de encerrar en un oscuro s—tano, precisamente cuando la pobre, temblando de felicidad, iba a salir en busca de consuelo que de tanto en tanto le brindaba el regazo cari–oso de su œltimo querido.Ó72
Fallas lee, igual que Mauro Fern‡ndez y Gagini, preferiblemente en soledad, en su dormitorio, por las noches hasta que el alba le arrebataba el encanto de su concentraci—n pero tambiŽn, Òle’a en la mesa, a la hora de comer, busc‡ndome la boca a tientas con la cuchara; le’a en el excusado, largas horas, hasta que mi madre interven’a furiosa; y la costumbre hizo que pudiera leer perfectamente y caminar al mismo tiempo, sin tropezar con nadie, por las calles m‡s concurridas de la capital.Ó73
Es evidente que no se trata de un lector comœn, sino de un ciudadano excepcional cuya afici—n por la lectura lo conduce a visitar con frecuencia la Biblioteca Nacional y a consumir una literatura diversa, contenidos que eran considerados por Fallas como verdades absolutas e irrefutables aunque, m‡s tarde segœn confiesa, Òtendr’a que ver hacerse polvo muchas de las “verdades absolutas” que aprend’ en aquellos libros.Ó74
C—mo surge esta pasi—n en un joven de tan reducida escolaridad y proveniente de un hogar campesino rural? ÒÉentiendo que la heredŽ de mi madre. Ella, que apenas cursara el primer grado, le’a muy bien y con mucha frecuencia; y siempre encontraba tiempo para hacerlo, a pesar de sus muchas ocupaciones. Recuerdo que a m’, desde muy peque–o me gustaba mucho o’rla leer en alta voz.Ó75
Cu‡ntas mujeres siguen este ejemplo? desafortunadamente las fuentes no proporcionan datos suficientes para hacer generalizaciones certeras. Quiz‡ la mayor’a de las mujeres no se interesan por leer pues sus mœltiples ocupaciones domŽsticas consumen m‡s all‡ de su tiempo disponible y es probable que la apreciaci—n del Dr. Moritz Wagner en 1853 sea veraz al observar que a los maridos no les agrada que su esposa Òse ocupe de otra cosa m‡s que de los oficios domŽsticos o el cuidado de los ni–os, no quiere que lea novelas o peri—dicos o que trate con algœn extranjero cultoÓ.76
Sin embargo, en el ocaso del siglo XIX, Elena JimŽnez, esposa del novelista Jenaro Cardona y madre de los poetas Rafael y Alfredo, disfruta en demas’a las novelas del siglo de oro espa–ol y los cl‡sicos ingleses. Admite no obstante, que su marido result— ser un estupendo lazarillo en su primera aproximaci—n al Quijote, Òpues muchas palabras y locuciones me obligaban a solicitarle ayuda a Jenaro. La reelectura fue un placer enormeÓ77.
Admira las p‡ginas de Bernal D’az del Castillo78 y las del Inca Garcilaso de la Vega79, Ò...quŽ hero’smo me exig’a yo para abandonar Los comentarios Reales.Ó80 Con igual emoci—n devora los escritos de, Shakespeare81, Whitman82, Sarmiento83, Mart’84, Dar’o85, etc.
Si para 1854 al decir del alem‡n Moritz Wagner Òla lectura de los cl‡sicos espa–oles parece en toda CentroamŽrica, fuera de moda y ni siquiera las traducciones de Sue y Dumas atraen en San JosŽ y la lectura de peri—dicos no despierta tampoco el m‡s m’nimo interŽsÓ86, evidentemente medio siglo despuŽs las cosas han variado de manera radical, por lo menos en un c’rculo reducido de intelectuales sedientos de textos que deleitan su esp’ritu.
Este apetito encuentra su asidero en el desarrollo educativo; no cabe duda de que el surgimiento de nuevos centros de aprendizaje multiplica la demanda de libros y un uso distinto de los mismos. Esto explica el interŽs que despierta la lectura en la joven estudiante de La Escuela Normal, Luisa Gonz‡lez en 1913. Para entonces, intelectuales como Omar Dengo, Joaqu’n Garc’a Monge y Mar’a Isabel Carvajal, introducen una inyecci—n importante de literatura latinoamericana que alimenta las mentes de los j—venes que tienen la oportunidad de acercarse a las aulas de la secundaria y de la Escuela Normal. De esta manera, Luisa Gonz‡lez evoca que Omar Dengo Òpuso en mis manos la Edad de Oro de Mart’, cuyos relatos hist—ricos sobre el padre Las Casas, Bol’var y el Cura Hidalgo, enardec’an hasta el frenes’, mi coraz—n de muchacha apasionada que iniciaba sus fervores por las luchas que han librado todos los pueblos del mundo por conquistar su independencia y liberaci—n.Ó87
Ella pertenece a una familia de artesanos: costureras, zapateros, cocineras. Ninguno tiene m‡s escolaridad que la experiencia de vida lo que la conduce a convertirse en la vocera de las lecturas que llegan a sus manos. La familia aprovecha el reposo nocturno para escuchar la lectura liviana que Luisa elige, en la que participan grandes y chicos, as’ los cuentos Los Zapatitos de Rosa y Los dos pr’ncipes eran escuchados Ò...con respeto y admiraci—n por los ni–os y por mi t’a Chana y el t’o DanielÓ.88 Las leyendas de ÒEl Pr’ncipe FelizÓ y el ÒCumplea–os de la InfantaÓ del literato Oscar Wilde, afloraba la emoci—n de los presente, pues, segœn Luisa Gonz‡lez Ò... yo le’a con infalible dramatismo a mis hermanillos y primos hasta hacerlos llorar, acurrucados en un cam—n duro y desvencijadoÓ.89
La lectura que realiza Luisa Gonz‡lez es compartida pero tambiŽn disfruta de ella en soledad. Igual que Fallas, su dormitorio es el refugio ideal para interiorizar los pensamientos que emanan de los autores que ocupan entonces la atenci—n de los estudiosos costarricenses: ÒTolstoi, Emerson90, Carlyle91, Tagore92, Ruskin, Dickens93, Dar’o, Wilde, Mistral94, Rod—, Fray Luis de Le—n95....Ó96 De la mano de estos escritores, el alma de Luisa Gonz‡lez Òse despej— para siempre, al conjuro de aquellos versos inmortales que fueron desde entonces mi nuevo evangelio, seguido con pasi—n y candor inefables.Ó97
Cierto es que distinto a Carlos Luis Fallas, a Gagini o a Leonidas Pacheco, su lectura es dirigida por sus maestros de la Escuela Normal, discutida y analizada en grupo. A travŽs de esa pr‡ctica las apreciaciones se formaron y nuevas y distintas condiciones simb—licas se crean en su mente y contribuyen a forjar su pensamiento.
Las condiciones econ—micas de la familia le impiden hacerse de una biblioteca, pero ella logra tener contacto con una literatura diversa gracias a que Òlibritos diminutos, en ediciones fin’simas, de los grandes autores universales, cl‡sicos y modernos, ca’an en mis manos cuando algœn profesor o compa–ero amigo me los prestaba. Yo deseaba ardientemente tener dinero para comprar al menos Platero y Yo, de Juan Ram—n JimŽnez, cuya lectura en las lecciones de castellano, me llenaban de ternura y de amor por el burrito inmortalÓ.98
Por otro lado, la lectura no siempre es completa. Dependiendo de la obra se hace selectiva, se elige dentro del texto aquello que alimenta el deseo de vivir el desenlace o los puntos que interesan particularmente al consumidor del texto. Esta afirmaci—n la constata la alusi—n de Gagini sobre la lectura que Žl hace, de la novela La Isla Misteriosa. Al respecto advierte:
ÒEl autor de la Isla Misteriosa, en efecto, no siempre consigue su objeto: en algunas de sus obras consagra cap’tulos enteros ‡ determinados puntos cient’ficos, cuya ense–anza es el fin principal de la obra; de suerte que el lector, impaciente por reanudar el hilo de la acci—n, salta estas disertaciones puramente did‡cticas y defrauda as’ los designios del novelista.Ó99
Las referencias previas evidencian que la asociaci—n de los libros con sus lectores es a todas luces distinta de la que pueden establecer los usuarios con otros objetos: herramientas, muebles, ropa, etc. Estas œltimas tienen una funci—n simb—lica, Òpero los libros imponen a sus lectores un simbolismo mucho m‡s complejo que el de un simple utensilio. La mera posesi—n de libros implica una determinada categor’a social y cierta riqueza intelectualÓ.100
La lectura de textos en las primeras tres dŽcadas del siglo XX es intercalada por la presencia de dos nuevos medios de comunicaci—n: el cine y la radio. En la dŽcada de 1890, la aparici—n del cine colabora con el cambio en el ÒcomoÓ de la lectura. El proyect—metro de Edison no permite la emisi—n de pel’culas sonoras, los espectadores deben seguir el hilo de la trama a travŽs de varios lenguajes: visual, escrito y musical. El sŽtimo arte, que surge estrechamente ligado al teatro, cambia la estructura urbana al convertirse en muy corto tiempo, en el espacio de entretenimiento por excelencia. Al finalizar el primer decenio del siglo XX, ya el cine se ha convertido en un medio complementario a los peri—dicos de la Žpoca., como ocurrir‡ con la radio en la dŽcada de 1920 y con la televisi—n, cuarenta a–os despuŽs. En1909, Amando CŽspedes, el primer fot—grafo profesional en el pa’s y quien adem‡s se convertir‡ en el pionero de la radiodifusi—n, es contratado en el teatro Variedades para hacer un noticiero semanal (ÒPathŽ-JournalÓ), cuya fuente b‡sica de datos son los peri—dicos nacionales que circulan en ese momento.101
3. LA LECTURA DE PERIîDICOS
Los peri—dicos tienen un interŽs informativo, su objetivo es exponer la actualidad que los periodistas detectan, la fracci—n de la realidad que ellos consideran destacable. Por tanto, quienes se aproximan a los peri—dicos lo hacen con el interŽs de enterarse de su entorno inmediato, nacional o internacional, o para entretenerse o bien, para mantener la fidelidad con un credo pol’tico o religioso, como lo hace don Gregorio L—pez, en el cuento ÒEl estrenoÓ de Ricardo Fern‡ndez Guardia; su objetivo al comprar œnicamente el peri—dico La Uni—n Cat—lica, es sentirse buen cat—lico y devoto a su Iglesia. Se trata de un juez, con formaci—n en materia de Derecho, por tanto, no es un individuo del comœn. Para disponerse a leer el peri—dico La Uni—n Cat—lica, ÒÉœnico que penetraba en su casaÓ, don Gregorio ÒÉse instala con toda comodidad en una mecedoraÓ desde donde disfruta de una vista hacia la calle principal, en el coraz—n de San JosŽ. Igual como ocurre con los lectores de peri—dicos, elige una de las notas para consumirla con lentitud, se trata de ÒÉun art’culo del padre Birot contra los protestantes empe–ados en conquistar almas con biblias baratas y c‡nticos inarm—nicos.Ó102 Don Gregorio es un conservador solapado que utiliza el peri—dico para acrecentar su ira contra los liberales, actitud que, por prudencia o por temor, no muestra abiertamente en sociedad.
El peri—dico se compra y se lee para estar enterado del acontecer, para colaborar con un credo o posici—n pol’tica y calmar la conciencia, o para responder, tambiŽn por escrito, en caso de que el lector considere necesaria su intervenci—n. El dialogismo resulta m‡s espor‡dico de lo que se podr’a esperar; son pocos los que acuden a la prensa para externar sus opiniones, esta minor’a que lo hace, tiene como objetivo aclarar o exponer puntos de vista distintos a los publicados en nœmeros anteriores. En abril de 1922, una nota rubricada por Alejandro Aguilar advierte que ha ÒÉle’do con mucho gusto y con el interŽs que todo lo suyo refiriŽndose al editorial del peri—dico La Naci—n me despierta, la brillante carta que a usted dirige con fecha de ayer, el se–or Lic. Don Ernesto Mart’n, sobre la evoluci—n pol’tica del 2 de septiembre de 1922.Ó A rengl—n seguido se–ala, Òdebo no obstante, hacer algunas rectificaciones a la citada carta ya que ello se impone para restablecer la absoluta verdad de los hechos a fin de ejemplarizar a las generaciones del futuroÉÓ y de inmediato detalla pormenores del asunto.103
Los peri—dicos tambiŽn se convierten en espacios para la divulgaci—n de interpretaciones sobre diversas obras literarias. Con la rœbrica de ÒReclusÓ, un admirador del escritor salvadore–o Alberto Mansferrer, sale al encuentro de un clŽrigo, cuyo nombre no revela, que public— en el diario La Prensa, una cr’tica destructiva de la obra ÒLa salud de CristoÓ del autor mencionado. Advierte ÒReclusÓ que impugna
ÒÉel excesivo celo religioso del apreciable sacerdote, porqueÉ no encontramos en los espirituales conceptos de Masferrer la herej’a que alude el se–or presb’tero. Si es por la franca y l—gica alusi—n que el ameno escritor hace al referirse a la hechura del cuerpo f’sico de Jesœs, que Òfue un brote feliz de un hombre y una mujer sanos; limpios y puros; equilibrados, vigorosos y alegresÓ como tan propiamente lo dice Masferrer, el asunto desde luego, resulta imp’o para muchos; pero espont‡neo y natural para el que contemple el caso a la luz de la Ciencia, o lo coloque bajo el generoso y sabio equilibrio de la Ley. .. todas las ense–anzas de este devoto de la Filosof’a traen aroma de s‡ndalo, traen luz y consuelo, porque es un analizador profundo; que sabe guiar y dirigir su mundo interno; y hace ver con claridad los hechos. As’, pues, no hay por quŽ extra–arse que el maestro Masferrer se explique el nacimiento de Jesœs sencilla y llanamente, y que luego se extas’e cantando la salud f’sica y espiritual del mismoÉÓ104
La lectura de Vicente Alberto Masferrer M—nico que efectœa Eliseo Reclus es evidentemente profana; consider‡ndose que Reclus es un importante inspirador del sindicalismo y de la organizaci—n obrera costarricense en 1913,105 toma del pensador salvadore–o, los elementos b‡sicos de Žste, su lucha por una verdadera democracia social, econ—mica y pol’tica en El Salvador. Ciertamente las ideas reformistas Masferrer, su tono mesi‡nico y su participaci—n en la pol’tica, han desatado encontradas pasiones. Su pensamiento se sintetiza en un concepto: el "vitalismo". Significa que cada individuo tiene el derecho a un "m’nimum vital" en lo que respecta a vivienda, alimentaci—n, trabajo y educaci—n.106 Es claro que las ideas de Masferrer, no eran coincidentes con las tradicionales formas de pensar de la Iglesia Cat—lica. Las siguientes palabras definen su idealismo: "luchar contra todas las injusticias; declarar la guerra a la miseria y a la ignorancia; meter el hombro a las clases desheredadas sin humillar a las desfavorecidas; consagrar todo nuestro esfuerzo al triunfo de la verdad y de la virtud; es noble consigna que debemos cumplir cuando deseamos el mejoramiento de la humanidad. Considerado de esta manera, el socialismo es la m‡s santa de las doctrinas: es el cristianismo en sus m‡s avanzadas consecuencias. En este sentido, nuestra literatura debe ser socialistaÓ.107
Adem‡s de defender o condenar tesis de pensadores extranjeros, los peri—dicos tambiŽn resultan œtiles para expresar las opiniones en torno a textos elaborados por intelectuales nacionales. En febrero de 1913, el Licenciado Alejandro Aguilar Machado le env’a a su colega Hern‡n Zamora Elizondo un folleto de su autor’a titulado ÒLa Conferencia Internacional Americana y Renovaci—n PœblicaÓ, a efecto de recibir las impresiones del escrito. La respuesta la remite el Lic. Zamora a travŽs de una Òcarta abiertaÓ en el peri—dico La Nueva Prensa. Adem‡s de considerar que se trata de un escrito con Òun l—gico desarrollo y amen’sima presentaci—n literariaÓ discrepa en asuntos de fondo, por ejemplo advierte que ÒÉestoy contigo en que la mejor defensa de un pueblo esta en su prestigio internacional, pero no en que el œnico recurso de los pueblos dŽbiles sean los principios y pr‡cticas internacionales, los cuales los considero de gran eficacia como medios de propaganda pero nunca como causas inmediatas del desarrollo y prosperidad de un puebloÓ. La lectura de la segunda parte del folleto es tan minuciosa como la primera. En esta se–ala su discrepancia respecto a los medios para lograr la renovaci—n pœblica, en su juicio, y siguiendo las frases de Abraham Lincoln, refiere su convicci—n de que Òla juventud debe trabajar por el pa’s y para el pa’s y as’ obtener prestigio por su eficiencia, y no tratar de obtener previo prestigio para luego servir al pa’sÓ. Haciendo referencia a sus lecturas de El Quijote, concluye de seguido: Òlo primero es alzarse sobre los propios pies en suelo firme, lo segundo es cabalgar en rocinante de cart—n sobre arenas movedizas.Ó108
Ciertamente no es un lector comœn de peri—dicos, se trata de un profesional con lectura previa lo que le permite analizar, concluir y proponer alternativas al escrito presentado.
De igual manera, es frecuente que la direcci—n de los peri—dicos reaccione ante argumentaciones impresas en su diario o en otro. Por ejemplo, en setiembre de 1922, el Director de La Nueva Prensa alaba la intervenci—n de El’as JimŽnez Rojas en La Tribuna con un art’culo denominado ÒEl absurdo oficialÓ. Se trata de un ensayo respecto a la verdad, la filosof’a y la inteligencia que debe aplicarse para solucionar los problemas sociales, econ—micos y pol’ticos de los pueblos. De modo que el editorialista propone entender la verdad como ÒÉla de querer el hombre ordenar su vida, la de aspirar a una sociedad mejor organizada, la de vivir la libertad, no en menos principios, sino en hechosÓ de esa manera exhorta al Presidente de la Repœblica, aplicando las palabras de JimŽnez, para que busque el sentido de verdad ÒÉen la humilde aspiraci—n del obrero por tener hogar propio y sano y busque igual sentido de verdad, en el pueblo que desea un camino para transportar los productos de su trabajo, y bœsquelo en el maestro que se afana por encontrar una f—rmula fecunda de educar hombres, y bœsquelo en el hombre de trabajo que anda ansioso de hallar est’mulos para su acci—nÓ. En este punto recurre al fil—sofo griego S—crates se–alando que este pensador Òque pasa por el creador de un sistema, sac— sus mejores lecciones de las necesidades de las gentes humildes de Atenas, cuyos hogares o talleres visitaba, porque, indudablemente, para un hombre que ten’a a la verdad no como negocio sobrenatural, sino como negocio profundamente humano, la verdad la impone la vida misma y es m‡s real en el modesto taller de un zapatero, de un labriego, de un maestro, de escuela, que en la cabeza jupiterina de un PresidenteÓ.109 Es evidente una discrepancia pol’tica con la acci—n gubernamental del Presidente de entonces, no obstante, llama la atenci—n la bœsqueda de autoridades acadŽmicas, como S—crates, para reforzar sus argumentos.
Lo que parece desprenderse de estos ejemplos es que al iniciarse el siglo XX, los peri—dicos son le’dos con frecuencia por los acadŽmicos y profesionales y en particular por los pol’ticos en tanto son los protagonistas de la mayor’a de las informaciones. El Licenciado Mauro Fern‡ndez, por ejemplo, manten’a en el corredor de su casa un rinc—n dedicado a los peri—dicos y revistas que permanecen en una mesa para volver sobre ellos cuando lo considera necesario. La hora ideal para leer los peri—dicos es la ma–ana, despuŽs del ba–o, antes de iniciar su d’a.
Sin embargo, los peri—dicos son consumidos con asiduidad por los sectores obreros y artesanales de la poblaci—n. Por lo menos en los talleres de zapater’a, que agrupaban por lo general una decena de individuos, la mayor’a Òcompraban el peri—dico todas las ma–anas, camino del taller, para leerlo de cabo a rabo, en voz alta muchas veces, antes de comenzar a trabajar. Y luego, mientras mojaban los av’os para iniciar la labor, iniciaban tambiŽn los comentarios sobre esta o aquella noticia, o sobre tal y cual art’culo le’do; e inmediatamente surg’an las discusiones, con frecuencia muy interesantes. Siempre discut’an apasionadamente, ya se tratara de cuestiones art’sticas o de problemas cient’ficos que ninguno pod’a digerir del todo; ya de pol’tica internacional o de candentes problemas de car‡cter nacional. En ese sentido, el taller resultaba una escuela para todos.Ó110
No solo en el c’rculo de los zapateros las informaciones period’sticas suscitan exaltaci—n. Las notas pol’tico-partidistas o de vapuleo a la gesti—n gubernamental, segœn observa el estadounidense Dana Garner cuando visita el pa’s en 1914, provocan Òacaloradas discusiones pol’ticas en las principales esquinas de la calle central de la capitalÓ111, aunque no deja evidencia, las informaciones period’sticas posiblemente se leen en colectivo. Llama tambiŽn su atenci—n el hecho de que Òlos peri—dicos son le’dos y la gente por lo general est‡ bien informada sobre los temas de actualidadÓ, a pesar de que los impresos abusan en sus cr’ticas difamatorias. La cuant’a de lectores se la atribuye al alto nivel de alfabetizaci—n de los habitantes, lo que tambiŽn explica, a su juicio ÒÉla amplia circulaci—n de peri—dicos en las distintas zonas del pa’sÓ112.
Igual como ocurre con los libros, las cualidades tipogr‡ficas de un peri—dico tambiŽn son importantes para los oferentes. La Nueva Prensa en junio de 1924, informa en una columna, dirigida Òa sus favorecedoresÓ, refiriŽndose tanto a los lectores como a sus anunciantes, que realizaron una serie de mejoras con el fin de Òdar m‡s amplio y eficaz servicio al pœblicoÓ. Entre los progresos destaca ÒÉla cantidad de lectura (seis columnas por plana,) la buena selecci—n del material, la esmerada presentaci—n tipogr‡fica, la variedad de noticias e informes ver’dicos que se proporcionan, la extensa circulaci—n del peri—dico y las m—dicas tarifas de suscrici—n sic, anuncios y publicidadÉÓ113 De modo que a m‡s de la cantidad cualitativa de informaciones, el formato mismo es un requisito importante para vender el peri—dico.
4. La lectura en voz alta
Es m‡s frecuente la lectura en voz alta al finalizar el siglo XIX y al principiar el XX, que la lectura silenciosa de libros, peri—dicos y otros textos? Probablemente lo es, por lo menos en el caso de los libros, Luisa Gonz‡lez lo documenta, pero en los peri—dicos no existe evidencia clara de esta pr‡ctica. El Heraldo, es un diario editado entre 1892 y 1901 y considerado el m‡s importante de su Žpoca. Su lectura se realiza en tertulias frecuentes donde los participantes discuten y analizan lo escuchado.
En estas reuniones nace una identificaci—n entre los miembros del grupo, comparten el interŽs por lo que se expone y crean entre ellos lazos de relaci—n que van m‡s all‡ del contenido del peri—dico mismo. Se congregan casi a diario, se convierte en costumbre y necesidad, donde los presentes empiezan a ensayar experiencias, ideas, actitudes, hasta constituir una comunidad de interpretaci—n.
En las memorias de Mario Sancho, se expone con detalle lo descrito:
ÒLa tertulia que se origin— de esta costumbre lleg— a ser tan nutrida que don Valerio dispuso para ella un cuarto, especie de sancta sanctorum a que no ten’an acceso sino los tertœlianos. Todas las noches se conversaba all’ de los m‡s variados t—picos: de la cosecha de cafŽ, de los negocios transados el œltimo jueves en la plaza de ganado, de la pol’tica local y nacional, y hasta de las cosas que ocurr’an en el resto del mundo, o al menos de aquellas de que informaba ÔEl HeraldoÕ.Ó114
Se deduce de tal descripci—n que no se trata de una instituci—n abierta a todo pœblico sino por el contrario, es un sitio selecto donde participan œnicamente los escogidos y aceptados por la colectividad.
QuiŽn o quiŽnes ejecutan la tarea de exponer en voz alta el texto? Probablemente el privilegio lo tiene don Valerio, due–o del establecimiento o quiz‡ cada uno de los presentes participa en distintos momentos.
La librer’a propiedad de Ricardo Falc—, con el sugerente nombre de ÒLa lectura barataÓ, reœne, a la intelectualidad josefina del primer decenio del siglo XX, donde, a pesar del reducido espacio del local, los asistentes, por turnos, ÒÉ pod’an conversar a sus anchas acerca de los nuevos libros que llegaban y cambiar impresionesÓ.115
Como los clubes y las librer’as, otros centros de tertulia y posiblemente de lectura y discusi—n colectiva son los polifacŽticos negocios de las barber’as y posiblemente los talleres de imprenta. En estos œltimos en particular, a diferencia de otros oficios, los operarios tienen como requisito obligatorio para laborar, el saber leer y escribir y adem‡s, est‡n en contacto directo con los escritos, aun antes de que sean publicados, de modo que tales lecturas podr’an haber generado opiniones dispares y discusiones que no est‡n documentadas.
Ya avanzado el siglo XX, la lectura colectiva sigue siendo una pr‡ctica constante. El escritor Carlos Luis Fallas recuerda como previo a la huelga de 1934116 de los zapateros, los boletines, manifiestos y peri—dicos son le’dos en voz alta en el taller, se discuten en grupo y se toman decisiones en conjunto. Un ejemplo de tal acci—n se recoge en el siguiente p‡rrafo:
ÒEfectivamente, en horas de la tarde lleg— al taller un manifiesto que enviaban de la capital. Habr’a manifestaci—n. Los obreros desafiaban la prohibici—n del Gobierno. Cachamba, sentado all‡ en su banco de trabajo, escochaba embelesado la lectura del manifiesto y cuando Mons—n termin— de leerlo, Žl coment— alegremente, frot‡ndose las manos: —ÁSer‡ una cosa hermosa...! ÁNo importa que nos apalŽn!Ó117
La lectura en voz alta en los talleres y f‡bricas no es una pr‡ctica nueva en AmŽrica Latina. La experiencia se inicia en Cuba en la sexta dŽcada del siglo XIX. El gestor de esta pr‡ctica es Saturnino Mart’nez, cigarrero y poeta quiŽn, buscando saldar el obst‡culo del analfabetismo que afecta decididamente la difusi—n de su peri—dico obrero ÒLa AuroraÓ, emprende la tarea de buscar lectores en los centros de trabajo. La labor consiste en leer en voz alta durante horas mientras los obreros efectœan sus tareas. El lector recib’a una paga adicional que sale de los bolsillos de los mismos trabajadores. El material de lectura pronto rebas— ÒLa AuroraÓ, Òabarcaba desde opœsculos pol’ticos y libros de historia a novelas y colecciones de poes’a tanto modernas como cl‡sicasÓ,118 y trascendi— hasta m‡s all‡ del siglo XXI.
En 1965, Elena JimŽnez, entonces de 72 a–os, expoliando su memoria, describe la angustia que produce en ella y en sus amigas, un art’culo publicado en uno de los diarios de finales de siglo referente al delicado y espinoso tema del anticristo Òyo me acuerdo haberme espeluznado y haber visto l‡grimas y temblores en mis amigas.Ó119
ÀSe trata de una lectura colectiva? Posiblemente lo es, pero lo cierto es que pœblica o privada, el contenido de los peri—dicos es la materia prima de las conversaciones. La se–ora JimŽnez recuerda que La Estrella de Panam‡ llega al pa’s cada mes y que a m‡s de servir de fuente de informaciones extranjeras para los peri—dicos nacionales Òtodo el mundo la sorb’a para los comentarios en el hogar, en la calle o en cualquier otro sitio pœblico.Ó120
No cabe duda de que la lectura en voz alta puede inducir al oyente a distintas interpretaciones del texto segœn la forma en que el mismo es le’do y de la discusi—n que genere. Una ayuda segura para exhortar un significado al texto es sin duda la articulaci—n voc‡lica del lector: la sucesi—n de las palabras, los altos y bajos segœn su intencionalidad, las pausas... Para finales del siglo XIX, por lo menos en la mayor’a de los escritos period’sticos no hay una diferencia clara entre la palabra escrita y la oralidad. Se escribe como se habla y los signos de puntuaci—n son antojadizos. Un ejemplo de tal afirmaci—n se encuentra en las cr—nicas que cada semana publica El Preludio, semanario que circula durante los a–os de 1878 y 1879; la cronista de Puntarenas AngŽlica Baus empieza su intervenci—n publicada en febrero de 1879, de la siguiente forma:
ÒV‡ mi segunda cr—nica. Ahora que los quehaceres del hogar me permiten una peque–a huelga, paso con gusto a referir a Ud. lo que aqu’ pasa.
Esta misi—n de cronista es respetable y tiene sus pelillos; porque ‡ veces se toman sus narraciones como referencias personales; pero yo digo como un cŽlebre: Ahago pinturas y no retratosÓ.121
Esta caracter’stica conduce con mayor posibilidad a que el hablante seleccione a travŽs de la forma en que se expresa, la manera como desea que el oyente comprenda y asimile las palabras. Adem‡s, los signos ortogr‡ficos o de puntuaci—n son funcionales no tanto para la interpretaci—n l—gica sino m‡s bien para la estructuraci—n ret—rica de lo escrito y tienen como objeto se–alar pausas de respiraci—n y de ritmo para la lectura en voz alta. Al no usarlos sistem‡ticamente y carecer de valor invariable como en la actualidad, la entonaci—n y el Žnfasis quedan a criterio del lector/conductor del proceso de comprensi—n y apropiaci—n del texto.
En s’ntesis, leer en voz alta implica compartir la lectura, deliberadamente o no, definitivamente no es un acto privado. Un pasaje dif’cil del autor puede aumentar las preguntas en la mente del escucha atento y el lector se ve preciso a explicar el significado o argumentar alguno de los puntos obtusos. Pero, en la lectura silenciosa, el lector establece una relaci—n irrestricta entre el texto y su mente. No requiere de tiempo para pronunciar las palabras, Žstas existen en un espacio interior. En su pensamiento el lector las inspecciona sin prisa, dibujando y creando nuevas nociones de ellas, concediendo comparaciones de memoria o de otros textos en una lectura simult‡nea. El texto llega a ser una posesi—n del lector, para su conocimiento ’ntimo, sin intrusos.122
Conclusi—n
La pr‡ctica de la lectura en Costa Rica durante los primeros tres decenios del siglo XX, est‡ relacionada con diversas evoluciones hist—ricas: la alfabetizaci—n, la apertura religiosa, los ritmos de proletarizaci—n de la poblaci—n y con ello el surgimiento y consolidaci—n de la organizaci—n gremial, el surgimiento de nuevos espacios de entretenimiento y de medios de comunicaci—n, los reg’menes de censura, la actividad editorial, el comercio librero y el mercado del libro, los avances tŽcnicos en materia de impresi—n y con ello, la reproducci—n de textos de bajo costo que pone a disposici—n de una masa importante de lectores, un cœmulo nada despreciable de opciones de textos de diversas calidades y tem‡ticas.
El incremento general de la alfabetizaci—n y el contacto cada vez m‡s ‡gil con epicentros de modernizaci—n, permite el ingreso a la cultura impresa de nuevos grupos de lectores –mujeres, ni–os, obreros, artesanos- y la diversificaci—n de las opciones de lectura, conoce una gran dispersi—n de modelos de lectura. Las normas escolares que tienden a definir un ideal œnico, controlado y codificado de la lectura leg’tima, contrasta con la extrema diversidad de pr‡cticas propias de cada comunidad de lectores. Los obreros y artesanos recurren la lectura y al comentario colectivo de temas que ata–en a su situaci—n laboral y gremial; los acadŽmicos, se esfuerzan por analizar textos que alimentan sus aspiraciones y preocupaciones y lo hacen en silencio, en su intimidad, viviendo cada frase y disfrutando a cada autor. Los ni–os, vuelan su imaginaci—n hacia tiempos y lugares lejanos de reyes, madrastras, intrigas y hambrunas.
A Costa Rica ingresan textos diversos en demas’a y circulan casi simult‡neamente cuando lo hacen en los epicentros de la modernidad. La oferta es cuantiosa cuantitativa y cualitativamente. Se lee en los centros de ense–anza, en la casa, en el taller, en el parque, en las cafeter’as, en los clubes, en las barber’as, en las iglesias, a travŽs del sacerdote o del pastor. Las ma–anas son particularmente apropiadas para la lectura de peri—dicos, igual que el final de la tarde, pero para la lectura de textos literarios se prefiere la soledad de la noche.
ÀC—mo y por quŽ se lee? Las distintas comunidades de interpretaci—n tienen una respuesta distinta. Se recurre a la lectura para aprender, a travŽs de la gu’a de maestros y eruditos, para conocimiento de Dios y para la salvaci—n del alma y para entretenerse. Los acadŽmicos y profesionales en general, lo hacen para ampliar su conocimiento, para argumentar sus tesis o posiciones, para estar enterados del acontecer inmediato. Los ni–os para entretenerse, los obreros y artesanos para alimentar su organizaci—n gremial y para buscar mejoras en sus condiciones de vida. Se lee en colectivo, en voz alta, comentando cada trozo, discutiendo y aprendiendo de los otros, discrepando y form‡ndose opini—n en funci—n del colectivo. La lectura en voz alta tiene una doble funci—n: comunicar lo escrito a quienes no pueden descifrarlo y fomentar formas de sociabilidad en la intimidad familiar, la convivencia mundana y entre cultos. La comunidad de lectores expertos, lee en silencio, en soledad. La lectura silenciosa, deudora de la escol‡stica –rapidez, inteligibilidad123- de la cuant’a de textos disponibles, parece ser el fruto de una innovaci—n cualitativa en la actitud respecto de lo escrito. Cada texto se interioriza, se medita, se vive, se practica. La lectura es una pr‡ctica y una vivencia.
1 Doctora en Historia y Licenciada en Ciencias de la Comunicaci—n Colectiva. Docente e investigadora de la Escuela de Ciencias de la Comunicaci—n Colectiva de la Universidad de Costa Rica. Catedr‡tica. Autora de diversos libros y art’culos sobre la historia de la comunicaci—n social y el consumo en Costa Rica. Destaca su œltimo libro ÒCon sabor a tertulia. Historia del consumo del cafŽ en Costa Rica 1840-1940Ó.
2. Manguel, Alberto. Una historia de la lectura. Madrid: Alianza Editorial, 2005, p. 65.
3. Darnton, Robert. ÒEl lector como misterioÓ. http://www.fractal.com.mx/F2darn.html
4. Darnton, Robert. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. MŽxico: Fondo de Cultura Econ—mica, 1986, p. 217.
5. Este tŽrmino se le debe a Cavallo Guglielmo y Chartier, Roger. Historia de la lectura en el mundo occidental. En: http://www.lander.es/÷lmisa./histlect.html
6. Cavallo, Gublielmo y Chartier, Roger. Historia de la lectura en el mundo occidental. Espa–a: Santillana, S.A.Taurus, 1998, p. 13.
7. Para un an‡lisis detallado de la oferta libresca en Costa Rica durante el siglo XIX y principios del XX, vŽase, Molina, Iv‡n. El que quiera divertirse. Libros y sociedad en Costa Rica (1750-1914). San JosŽ: EUNA, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1995.
8. El porcentaje de alfabetas urbanos en Costa Rica en 1927era superior al de los rurales. Para ampliar sobre la evoluci—n del proceso de alfabetizaci—n en Costa Rica, vŽase: Molina, Iv‡n y Palmer, Steven. Educando a Costa Rica. Alfabetizaci—n popular, formaci—n docente y gŽnero (1880-1950). San JosŽ: EUNED, 2003, p. 15.
9. El Pa’s. 01-02-1901, p.2.
10. Darnton, 1995, op., cit.
11. El escritor inglŽs John Ruskin fue uno de los primeros en observar cr’ticamente las consecuencias sociales de la industrializaci—n inglesa en el siglo XIX sobre la poblaci—n obrera y que Žl pretend’a mejorar mediante reformas sociales y renunciando al trabajo con m‡quina. Ampl’e detalles en: http://www.monografiass.com/Historia/more2.shtml
12. Novelista y ensayista guatemalteco. Mezcla en sus obras lo religioso y lo heroico. Para ampliar detalles, vŽase: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1770
13. Poeta cr’tico y dramaturgo espa–ol, obtuvo el Premio Novel de Literatura en 1922. Para ampliar vŽase: http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761563629/Jacinto_Benavente.html
14. Ralph Waldo Trine, fil—sofo, m’stico y autor de numerosos libros de auto superaci—n, naci— en 1866 en Illinois, USA. Public— En armon’a con el infinito en 1887, alcanzando pronto unas ventas superiores a los 2 millones de ejemplares. Para ampliar detalles, vŽase: http://www.agapea.com/EN-ARMONiA-CON-EL-INFINITO-n168766i.htm
15. Fil—sofo anarquista francŽs Jean-Marie Guyau (1854-1888). Para ampliar, http://www.inventati.org/ingobernables/textos/anarcorigen.htm
16. Escritor uruguayo, maestro de la prosa modernista Latinoamericana. http://www.uruguaytotal.com/03_cultura/jose_enrique_rodo.htm
17. Fil—sofo, pol’tico y
economista alem‡n (Barmen, 1820- Londres 5 de agosto 1895),
fundador de las bases del pensamiento socialista te—rico.
www.artehistoria.com/historia/personajes/6528.htm
18. Johann Wolfgang Von Goethe. Poeta, novelista, dramaturgo y cient’fico alem‡n. La poes’a de Goethe expresa una nueva concepci—n de las relaciones de la humanidad con la naturaleza, la historia y la sociedad; sus dramas y sus novelas reflejan un profundo conocimiento de la individualidad humana. En: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1765.
19. La Linterna. 12-08-1916, p. 4.
20. Poeta, dramaturgo, novelista, cr’tico literario y ensayista irlandŽs. Es uno de los escritores m‡s brillantes de la Žpoca victoriana y de la literatura universal. http://www.booksfactory.com/writers/wilde_es.htm
21. Pol’tico y fil—sofo espa–ol. Militante del Partido Socialista Espa–ol. www.upo.es/depa/webdhuma/ areas/filosofia/FILOSOFIAYEXILIO.doc
22. Vega, Patricia. ÒLa prensa costarricense en momentos de cambio 1900-1930Ó. En: Revista de Ciencias Sociales. San JosŽ (Costa Rica). En Prensa.
23. La Nueva Prensa. 12-06-1922, p.2.
24. Quesada Pacheco, Miguel Angel. Entre silladas y rejoyas. Viajeros por Costa Rica de 1850 a 1950. San JosŽ: Editorial Tecnol—gica de Costa Rica, 2001, p. 484.
25. La Linterna. 19-08-1916, p.1.
26 . La Nueva Prensa. 29-09-1922, p.1.
27 . Para un an‡lisis del surgimiento y desarrollo de los cuentos y sus v’nculos con la cultura, vŽase: Darnton, Robert. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. Op., cit., 1987.
28 . Diario de Costa Rica. 27-01-1920, Acu–a, V’ctor Hugo. Los or’genes de la clase obrera en Costa Rica. Las Huelgas de 1020 por la jornada de ocho horas. San JosŽ: CENAP CEPAS, 1986, P.40.
29 . Ibid,. P.46.
30 . La Nueva Prensa. 14-07-1922, p.3.
31 . La Linterna. 12-08-1916, p.3.
32 . El Amigo del Pueblo. 15-09-1908, p.1. El Pa’s, 01-02-1901, p.3.
33 . Peralta, Genaro. Gu’a directorio de la ciudad de San JosŽ. San JosŽ: Imprenta y Librer’a de Antonio Lehmann, 1905, p. 88.
34 . De Hoyos, Luis. Costa Rica en la mano. San JosŽ, spi., 1926, p. 147.
35 . Ibid, p.36.
36 . Direcci—n General de Estad’stica y Censos. Anuario Estad’stico de Costa Rica. 1915, p. 264.
37 . De Hoyos, Luis, op., cit., p. 160.
38 . Costa Rica Costa Rica. Libro azul de Costa Rica. San JosŽ: Imprenta Alsina, 1916, p. 158.
39 . La Nueva Prensa. 02-06-1922, p.3.
40 . La Nueva Prensa. 12-01-1923, p.3.
41 . Quesada, op., cit., p. 633.
42 . Costa Rica. Libro azul de Costa Rica., op., cit., pp. 97-98.
43 . Peralta, Genaro, op., cit., p.35.
44 . Costa Rica, Libro azul de Costa Rica, op., cit., p. 633.
45 . De Hoyos, Luis, op., cit., , p. 159.
46 . Ibid., p. 166.
47 . Fallas, Carlos Luis. Mi madrina. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1972, p. 88.
48. Schroeder, John. Directorio de la ciudad de San JosŽ. Un folleto sobre inmigraci—n. San JosŽ, Imprenta Nacional, 1890, p.13.
49 . Vega JimŽnez, Patricia. Con sabor a tertulia. Historia del consumo del cafŽ en Costa Rica, 1840-1940. San JosŽ: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2004.
50 . Sobre este t—pico, vŽase, Vega, op., cit. Bonilla, Abelardo. Historia de la literatura costarricense. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1967, p. 188.
51 . Oliva, Mario. Artesanos y obreros costarricenses 1880-1914. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1985, p. 146.
52 . Ibid., p. 167.
53. Sue, Eug�ne. (Marie-Joseph Sue, Par’s, 1804-Annecy, 1857) Escritor francŽs. Entre sus obras m‡s cŽlebres destaca De Žstas la m‡s cŽlebre fue el "Juif errant"(Jud’o errante) de Eug�ne Sue (1844), que pronto se convirti— en el libro anti-jesuita m‡s popular jam‡s impreso. www.biografiasyvidas.com/biografia/s/sue.htm
54. Escritor francŽs 1802-1885. Demostrar‡ siempre en sus novelas sus sentimientos y sus tendencias pol’ticas desde "La prŽface de Cromwell".en 1830, la doble victoria pol’tica de la revoluci—n de Julio y literaria por su Žxito con "Hernani", se har‡n notar en sus tres objetivos buscados y obtenidos en sus novelas: el car‡cter pol’tico, el car‡cter sociohist—rico y el car‡cter literario. http://www.ricochet-jeunes.org/es/biblio/base9/hugo.html
55. Suponemos que se refiere a Alejandro Dumas hijo, Dramaturgo y novelista francŽs. Naci— en Par’s, hijo natural del escritor Alejandro Dumas. ƒste œltimo fue un escritor muy prol’fico, a pesar de su vida irregular y caprichosa, produjo doscientos cincuenta y siete tomos de novelas, memorias y otros relatos, y veinticinco volœmenes de piezas teatrales.
56. Camilla Flammarion fue un cient’fico, espiritista y astr—nomo francŽs del siglo XIX. Su postura es polŽmica: el espiritismo no es una religi—n sino una ciencia, una ciencia de la que conocemos apenas el ABC. La Naturaleza abraza a lo Humano; y Dios mismo no puede ser considerado m‡s que como un esp’ritu de la Naturaleza. http://www.espiritismo.cc/modules.php?name=News&file=article&sid=178
57 . HonorŽ de Balzac, escritor francŽs, el conjunto de sus obras abarca todos los aspectos cotidianos de la vida en la ciudad, en el campo, el ‡mbito militar, pol’tico, etc. Gracias a este proyecto es posible descubrir una visi—n global de la sociedad francesa en el periodo de la Restauraci—n. http://www.artehistoria.com/frames.htm?http://www.artehistoria.com/historia/personajes/6504.htm
58 . Walter Scott naci— en Edimburgo en 1771. Se dedic—, a recorrer los m‡s remotos rincones de Escocia y recoger baladas del folklore local, que reflej— en sus obras Autor con una extensa obra muri— en Abboostford en 1832. http://www.albaeditorial.es/listacoleccion.asp?idCol=1&idSubCol=1
59.Le—n Tolstoi (1828-1910): Fue un gran novelista ruso, profundo pensador social y moral, y uno de los m‡s grandes autores del realismo de todos los tiempos. http://www.angelfire.com/ok3/fermiV04/mipag3.html
60 . En toda su obra mostr— Dostoievski un inmenso interŽs por el hombre de su tiempo. Por ello sus obras no abordan temas hist—ricos sino actuales. ÒEl hombre en la superficie de la tierra no tiene derecho a dar la espalda y a ignorar lo que sucede en el mundo, y para ello existen causas morales supremas", dec’a. Y su realismo no se detuvo ante las facetas m‡s oscuras del esp’ritu humano. http://www.luventicus.org/articulos/03V001/dostoievski.html
61 . Loc., cit., p. 158.
62 . Vargas Cullel, Mar’a Clara. De las fanfarrias a las salas de conciertos. Mœsica en Costa Rica 1840-1940. San JosŽ: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2004, p.87.
63 . Trist‡n, Trist‡n, Fidel. Baratijas de anta–o. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1966, p. 67.
64. Costa Rica Ilustrada. No. 2, 20-7-1890, p. 19.
65. Loc., cit.
66. Loc., cit.
67 . El profesor Gustavo Michaud es un cient’fico suizo que lleg— a Costa Rica en 1887 y tuvo gran influencia en el desarrollo de la educaci—n. El 10 de junio de 1916, el Profesor Gustavo Michaud - antiguo Jefe de la Oficina TŽcnica de Consultas Agr’colas del Departamento de Agricultura - realiz— exitosamente la primera comunicaci—n inal‡mbrica en el Valle Central, entre la Escuela Normal ( Heredia ) y el Colegio Superior de Se–oritas ( San JosŽ ). Para ampliar vŽase: Naranjo GutiŽrrez, Carlos. ÒLa ense–anza agr’cola en Costa Rica. 1885-1840Ó. En: Di‡logos: http://historia.fcs.ucr.ac.cr/articulos/ensagra-na.htm
68. Costa Rica Ilustrada. No. 2. 10-8-1890, p. 25.
69. Ibid., p. 26.
70 . Trist‡n, Fidel., op., cit., p. 63.
71.. Fallas, Carlos Luis. Marcos Ram’rez. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1995, p. 137.
72. Ibid., p. 138.
73. Loc., cit.
74. Ibid., p. 139.
75. Loc., cit.
76. Wagner, Moritz y Scherzer, Carl. La Repœblica de Costa Rica en Centro AmŽrica. San JosŽ: imprenta Lehmann, 1944, p.128.
77. Ramos, Lilia. Jœbilo y pena del recuerdo. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1965, p. 126.
78. Cronista espa–ol quien viaj— a AmŽrica acompa–ado de Pedrarias D‡vila y tom— parte de las expediciones de Francisco Hern‡ndez de C—rdoba y Juan de Grijalva. Particip— con Hern‡n CortŽs en la conquista de Nueva Espa–a, Yucat‡n, Guatemala y Honduras. http://www.uweb.ucsb.edu/~jce2/bernal.htm
79. Naci— en Toledo en
1501 y muri— en Niza en 1536. DespuŽs de una vida de perfecto
"cortesano" del Renacimiento, combati— con las tropas del emperador
Carlos V, fue herido en Frejus y muri— en Niza. Su obra se compone de Sonetos,
Canciones, Eleg’as y sobre todo tres admirables ƒglogas, de inspiraci—n
virgiliana y de factura perfecta.
http://rehue.csociales.uchile.cl/rehuehome/facultad/publicaciones/autores/garcilaso/garci0.htm
80. Ramos, Lilia, op., cit., p. 127.
81 . Dramaturgo, poeta y actor ingles. http://www.booksfactory.com/writers/shakespeare_es.htm
82 Poeta estadounidense cuya obra afirma claramente la importancia y la unicidad de todos los seres humanos. Su valiente ruptura con la poŽtica tradicional, tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo, marc— un camino que siguieron posteriores generaciones de poetas de su pa’s. http://perso.wanadoo.es/josemarg/page40.html
83.Domingo Faustino
Sarmiento es un ilustre pr—cer que lleg— a ser, desde su multifacŽtica obra, un
gran luchador y una de las figuras m‡s importantes de la historia
latinoamericana: fue maestro, subteniente de milicias, escritor, periodista,
senador, ministro, director general de escuelas, soci—logo, diplom‡tico,
gobernador, hasta convertirse en presidente de la Argentina.
http://www.me.gov.ar/efeme/sarmiento/biografia.html
84.JosŽ Mart’. Pensador cubano cuyas ideas sociales y pol’ticas muestran sus profŽticas advertencias sobre las nefastas consecuencias de un dominio imperialista de los Estados Unidos de NorteamŽrica sobre Cuba y la AmŽrica hispana en general, con sus repetidas condenaciones de toda suerte de sistema dictatorial y militarista, con su negaci—n incondicional del racismo y de las desmedidas desigualdades sociales, con su rigor y purismo moral y con su constante afirmaci—n de los valores aut—ctonos de esa AmŽrica que Žl entra–ablemente llamaba "Nuestra AmŽrica", contiene todo un programa de liberaci—n pol’tica y cultural de sorprendente actualidad para los pueblos oprimidos del subcontinente americano y del tercer mundo en general. http://www.ensayistas.org/filosofos/cuba/marti/marti2.htm
85.RubŽn Dar’o, poeta nicaragŸense, se transform— en el centro de gravitaci—n del modernismo hispanoamericano. http://www.ibw.com.ni/~ivanp/dario.html#datosdario
86. Wagner, op., cit., p. 123.
87.Gonz‡lez, Luisa. A ras del suelo. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1994, p. 80.
88.Ibid., p. 80.
89.Ibid., p. 86.
90.Ralph Wlado Emerson, Ensayista y poeta estadounidense, primer autor angloamericano que influy— en el pensamiento europeo. Su libro Naturaleza es su obra m‡s original e importante, en la que brinda la esencia de su poŽtica del transcendentalismo, que es una s’ntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo rom‡ntico. http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2418
91.Thomas Carlyle, Ensayista e historiador escocŽs, adem‡s de influyente cr’tico social, muy preocupado por las condiciones de vida de los trabajadores brit‡nicos. http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1550
92.Rabindranath Tagore, fue poeta y fil—sofo indio que se esmer— por lograr una mejor interpretaci—n entre las civilizaciones occidental e hindœ, pues entend’a que el este y el oeste no son enemigos y que pueden entenderse. http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaAsiatica/Tagore/index.asp
93. Charles Dickens es un famoso novelista inglŽs y uno de los m‡s conocidos de la literatura universal, quien supo manejar con maestr’a el gŽnero narrativo, el humor, el sentimiento tr‡gico de la vida, la iron’a, con una aguda y ‡lgida cr’tica social as’ como las descripciones de gentes y lugares, tanto reales como imaginarios. http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/OtrosAutoresdelaLiteraturaUniversal/dickens/index.asp
94.Lucila Godoy, llamada Gabriela Mistral (conocida mejor como Gabriela Mistral), escritora chilena. http://www.los-poetas.com/e/biomist.htm
95.Fray Luis de Le—n, humanista, maestro y poeta espa–ol del siglo XVI. http://www.google.co.cr/search?hl=es&safe=vss&domains=www.racsa.co.cr&q=Fray+Luis+de+Le%C3%B3n&btnG=B%C3%BAsqueda&sitesearch=&meta=lr%3Dlang_es
96.Gonz‡lez, Luisa. A ras del suelo. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1994, p. 85.
97.Ibid., p. 87.
98.Ibid., p. 81.
99.Wagner, op., cit., p. 123.
100 . Manguel, op., cit., p. 299.
101. CortŽs, Mar’a Lourdes. El espejo imposible. Un siglo de cine en Costa Rica. San JosŽ: Ediciones Farben, 2002, pp.21-67.
102. Fern‡ndez Guardia, Ricardo. ÒEl Estreno.Ó En: Cuentos Ticos. San JosŽ: UNED, 2004, pp. 7 y 8.
103. La Nueva Prensa. 25-04-1922, p.6.
104. La Nueva Prensa. 05-02-1923, p. 4.
105. Oliva, op., cit., p. 180.
107. http://www.crefal.edu.mx/biblioteca_digital/enlaces/educadores_latinoamericanos/elsalvador/masferrer.htm
108 . La Nueva Prensa. 28-02-1923, p.2.
109 . La Nueva Prensa. 17-09-1922, p.1.
110 . Fallas, Carlos Luis. Tres cuentos. San JosŽ: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1973, p. 64.
111. Gardner Munro, Dana. Las cinco repœblicas de CentroamŽrica. Desarrollo pol’tico econ—mico y relaciones con Estados Unidos. San JosŽ: Editorial de la Universidad de Costa Rica, Plumscock Mesoamerican Studies, 2003, p.186.
112 . Ibid., 196.
113 . La Nueva Prensa. 17-06-1924, p.3.
114. Sancho, Mario. Memorias. San JosŽ: Editorial Costa Rica, 1961, p. 46-47.
115 . Ovares, Flora. Literatura de kiosco. Revistas literarias de Costa Rica 1890-1930. San JosŽ: EUNA, 1995, p.221.
116.Acu–a, V’ctor Hugo y Molina, Iv‡n. Historia econ—mica y social de Costa Rica (1750-1950). San JosŽ: Editorial Porvenir, 1991, p. 186.
117. Fallas, Carlos Luis. Tres Cuentos, op., cit., pp. 112-113. Sobre la lectura en grupo vŽase: Olivas, op., cit., p. 137. Se–ala textualmente. La lectura en voz alta en los talleres, es una de las luchas an—nimas del naciente proletariado...
118 . Manguel, op., cit., p. 165.
119. Ramos, Lilia., op., cit., p. 126.
120. Loc. ,cit.
121. El Preludio. No. 7. 7-2-1879, p. 28.
122. Manguel, Alberto. A History of Reading. New York: Viking, 1996. http://www.stanford.edu/class/history34q/readings/Manguel/Silent_Readers.html, p. 30.
123. ÒLa escol‡stica demostr— ser un mŽtodo œtil para conciliar los preceptos de la fe religiosa con los argumentos de la raz—n, dando como resultado una Concordia discordantium o Òarmon’a entre distintas opinionesÓ que pod’a despuŽs utilizarse como punto de argumentaci—nÉ Esencialmente, el mŽtodo escol‡stico consist’a en poco m‡s que en adiestrar a los estudiantes a considerar un texto de acuerdo con ciertos criterios preestablecidos y oficialmente aprobados, que se les inculcaban cuidadosamente y con gran esfuerzoÓ. Manguel, op., citl, p. 112.