Martín Ramos Díaz

 

Escuelas, mentores y libros europeos en el sureste de la Nueva España, siglo XVI

 

Universidad de Quintana Roo, México

ramoss@correo.uqroo.mx

 

Notas*Bibliografía


Las escuelas

Fray Alfonso de Castro dejó testimonio de las disquisiciones que ocuparon el pensamiento de prominente teólogos españoles alrededor  de la educación de los indios en el siglo XVI.  Al escribir su respuesta a la consulta de la Corona sobre la enseñanza de las artes liberales y la teología a los naturales del Nuevo Mundo, Castro señala los prejuicios de sus contemporáneos cuya intención era marginar a los indios de la ilustración. Su parecer era que a los naturales no se les debía apartar de los conocimientos divinos ni humanos: “Demostrado ya, con la ayuda de Dios, que se debe enseñar teología a los indios, síguese que se les deben manifestar también las restantes disciplinas seculares”.1 Su punto de vista fue apoyado por notorios pensadores de la Universidad de Alcalá \como Francisco de Vitoria\, entonces la de mayor prestigio en el mundo hispano.  No tuvo Yucatán discípulos de tan eruditos teólogos como los tendrían Michoacán o la capital de la Nueva España. Ningún Alfonso de la Vera Cruz egresado de Alcalá y discípulo de Francisco de Vitoria llegó a Mérida a fundar colegios y a impulsar la vida intelectual; pero sí  hubo entre los mayas modestos religiosos como Luis de Villalpando que hicieron todo lo que estuvo en sus manos para educar a los indios de Yucatán.

Para fray Luis de Villalpando fue vital persuadir a los caciques mayas que enviaran a sus vástagos a las escuelas de los franciscanos. Con la doctrina “memoritiada”, como decían en aquella época, y con los fundamentos de la lectura y escritura, los jóvenes mayas serían muy útiles en otras comunidades donde multiplicaran lo mismo que habían aprendido con los religiosos. Villalpando se empeñó tanto en convencer a los principales de las aldeas que, dice Lizana, el maestro de escuela Juan de Herrera recibió más de mil muchachos (Lizana, 1988, 150).

Landa conoció de cerca las escuelas de indios fundadas en los conventos, sabía de la escuela de Maní dirigida por Juan de Herrera, de la de Valladolid a cargo de Hernando de Guevara, él mismo tenía su escuela en el convento de Izamal.  Sin embargo, Landa omite los detalles de la vida escolar; preocupado por el asunto general de la evangelización se concreta a decir que “la manera que se tuvo para adoctrinar a los indios fue recoger a los hijos pequeños de los señores y gente muy principal, poniéndolos en torno de los monasterios” (Landa, 1959, 31). Ponce en cambio precisa que se enseñaba a “leer, escribir y contar, con mucho cuidado y con gran curiosidad” (Ponce, 1873, 425, t 2), no sólo en los pueblos importantes de Yucatán donde había conventos, sino  también en los pueblos de visita por pequeños que fueran “porque en todos hay escuela y maestro de escuela y cantores para oficiar las misas, los cuales rezan de comunidad el oficio de nuestra Señora y aprenden a leer y escribir y cantar canto llano y canto de órgano, y tañer flautas, chirimías, sacabuches y trompetas” (Ponce, 1873, 425, t 2). Igual facilidad para el aprendizaje concedió Landa a los niños mayas, “aprovecharon tanto los mozos en las escuelas y la otra gente en la doctrina, que era cosa admirable” (Landa, 1959, 32).

Mendieta asegura que en todos los monasterios de la Nueva España había frente a la iglesia un atrio amplio. En el atrio se reunían los vecinos para escuchar misa. Y dentro de aquel espacio se acostumbraba edificar una escuela. Y en la escuela, regularmente una pieza grande, “se enseñan a leer y escribir los niños hijos de la gente más principal, después que han sabido la doctrina cristiana”. (Mendieta, 1945, 71, t 3).

Alrededor de 1560, Francisco Toral dejó escritas algunas disposiciones generales para la instrucción religiosa en Yucatán: se incluía la versión en latín de las oraciones, la manera de examinar a los indígenas, el orden en que estas oraciones debían enseñarse, los procedimientos de bautizo, extremaunción y celebración de misa. Sus reglas incluían la educación no religiosa: “Todos los niños y niñas se pongan en matrícula y júntense en el patio de la iglesia cada día una hora y allí aprendan la doctrina (...) Y después que supieren la doctrina pondrán los que quisieren aprender  a leer, cantar o tañer”.2

De las escuelas elementales se pasó a la fundación de un estudio de gramática para indios. Una carta de fray Lorenzo de Bienvenida da cuenta de ese proyecto: “me hizo limosna vuestra alteza de quarenta pesos para comprar libros para el estudio que está començando en Yucatán, y anse de lleuar de acá [de Sevilla] porque valen más barato, que allá no los ai, ni caros ni baratos”.3 En efecto, después de que Herrera organizara la escuela en Maní,  Bienvenida impulsó un “estudio de gramática”. Ya no era la enseñanza estrictamente religiosa acompañada de las nociones básicas de leer, escribir y contar de las escuelas en los conventos; era el siguiente paso en la educación de los jóvenes mayas que ya leían con fluidez los diálogos cristianos, la doctrina, los sermones y las disposiciones eclesiásticas dadas por los religiosos.

Se trataba de una réplica de las escuelas superiores que los evangelizadores ya habían fundado en la Nueva España. Además, la rapidez con la que aprendían muchos mayas en las escuelas de los conventos creaba la necesidad de encausarlos a la siguiente etapa de estudios. Había gente mayor, como don Francisco Euan, cacique maya de más de cincuenta años, quien a esa edad aprendió a leer y escribir en castellano (Lizana, 150, 1988); jóvenes como Pablo Pech, del rumbo de Acalán; o como Gaspar Antonio Xiu, de Maní, que era cuatrilingüe, músico y cantor. La cédula con que el rey español respondió la petición de Bienvenida corrobora la existencia del estudio de gramática: “me ha sido hecha relación que en dicha provincia de Yucatán en la ciudad de Mérida tienen comenzado un estudio de gramática donde son enseñados los naturales de aquella tierra”.4

La más temprana petición del Cabildo de Mérida sobre la apertura de una escuela superior para españoles es de 1576, en ella se pide ayuda económica al rey para contratar una persona calificada que funde una escuela en la que los hijos de los conquistadores y colonos puedan aprender latín (Adams, 1945, 22-23). El último intento conocido en el siglo XVI de un colegio superior para los criollos e indios es el del obispo Izquierdo, quien en 1596 escribió: “para satisfacer a vuestra alteza con la verdad en casa es necesario advertir que de nueve años a esta parte puse aquí [Mérida] un estudio de gramática, trayendo un preceptor de la ciudad de México llamado Melchor Téllez”.5

No tenemos a la mano más documentos que permitan abundar sobre el estudio de gramática para indios que Bienvenida impulsó. Hay en cambio, en los expedientes de procesos por idolatría encabezados por Landa, numerosas referencias a las escuelas de indios en los pueblos de Yucatán durante el primer lustro de la década de 1560. Está además el testimonio de los alumnos de los franciscanos: como los Pech que dejaron escrito las crónicas de sus pueblos y de sus linajes, por sus manuscritos sabemos de dónde venían sus antepasados (de Cozumel, por cierto), cuáles fueron sus cacicazgos, sus aliados, sus guerras y enemigos.6 Como Xiu, quien también escribió por encargo y cuya testimonio figura en las Relaciones histórico-geográficas de Yucatán en donde habla del pasado de su gente, de sus costumbres y de los nuevos tiempos. Así que estos mayas instruidos son los frutos del impulso inicial de la educación franciscana en Yucatán.  Son a la vez el antecedente de la escuela superior que los jesuitas abrieron en la región Yucatán-Guatemala  a principios del siguiente siglo.

 

Enseñanza de castellano

Las leyes de Burgos o las ordenanzas para el tratamiento de los indios (1513), asentaban  en su ley novena que por cada 50 indios el encomendero debía instruir a uno de ellos en la lectura y escritura de la fe católica, “hacer mostrar un muchacho, el que más hábil de ellos les pareciere, a leer y a escribir las cosas de nuestra fe para que aquellos muestren después a los dichos indios”.7 El argumento de aquella primera disposición real era que los naturales tomarían mejor lo que les dijera un vecino y poblador que otro español. A quienes empleaban muchachos indios como pajes, se estipulaba “que tal persona que se sirviere de indio por paje, sea obligado de le mostrar leer y escribir” (Colección, 1951, 45, t1).

Siguiendo el ejemplo de lo realizado en otras partes de la tierra conquistada por los españoles, fray Luis de Villalpando pidió a Montejo el mozo  que reuniera a todos los caciques de Yucatán, “todos luego obedecieron, y se juntaron en la ciudad de Mérida” (Lizana, 1995, 156). Aquella reunión fue para pedir a los principales que enviaran a sus hijos al convento, “y que allí les enseñaría la doctrina christiana, y a leer, y escriuir en los castellanos caracteres” (Lizana, 1995, 156). Las indicaciones explícitas sobre la enseñanza de castellano a los indios se encuentran en los documentos de las primeras instrucciones de algunas congregaciones religiosas. Un documento de 1516 de la orden de San Jerónimo, por ejemplo, instruye a sus miembros para que en los pueblos de indios un sacristán muestre a  los niños a “leer y escribir hasta que son de edad de nueve años, especialmente a los hijos de los caciques y de los otros principales del pueblo, y asimismo les muestren a hablar romance castellano”.8  A mediados del XVI cuando Lorenzo de Bienvenida organizaba las misiones franciscanas en Yucatán, el celo por la enseñanza del castellano a los indios estaba en un momento de auge. Ya no sólo la Orden de San Jerónimo, sino las ordenes de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín tenían la instrucción precisa de procurar “por todas las vías que pudieren de enseñar a los dichos indios la dicha nuestra lengua castellana”.9  El real decreto reflexionaba sobre la enseñanza de la lengua como base para la evangelización e insistía para que a los indios “se les enseñe nuestra lengua castellana, porque sabida ésta, con más facilidad podrían ser doctrinados en las cosas del Santo Evangelio y conseguir todo lo demás que les conviene para su manera de vivir” (Colección, 1951, 272, t 1).

Fray Hernando de Sopuerta redactó en 1580 una memoria de los franciscanos que trabajaban en Yucatán y enunció al menos una docena de religiosos que dominaban la lengua maya. En esa lista lo mismo se ponía el nombre de hábiles traductores, cuyo interés en el idioma rebasaba el mero propósito de evangelización, y de religiosos nuevos en Yucatán pero con la suficiente experiencia en el entendimiento de la lengua de la región; incluyó también a criollos ilustrados que desde su infancia crecieron entre los dos idiomas, el castellano de sus padres y la lengua maya de la región. Aparte de Sopuerta, que era el provincial, el Memorial consignaba a doce franciscanos que eran lenguas y guardianes de distintos conventos, entre ellos fray Gaspar González de Nájera, “una de las principales lenguas de los naturales de esta tierra”10, guardián del convento de Mérida a donde estaban adscritos once pueblos de indios con aproximadamente dos mil mayas casados. De los guardianes bilingües en los conventos sabemos que dos de ellos nacieron en Yucatán, uno es el mencionado González de Nájera y otro el propio provincial, “Fray Hernando de Sopuerta nacido en esta tierra, hijo de conquistador, que al presente es provincial, muy buena lengua”.11  Había también otra media docena de sacerdotes, sin cargo en los conventos, que apenas aprendían maya; usaban un cartapacio, con preguntas en maya, para confesar a los naturales. Mezclados con ellos había al menos una docena más de sacerdotes que sin estar adscritos a guardianía alguna hablaban con soltura la lengua de Yucatán y viajaban a predicar por los pueblos.12 Sumados los religiosos bilingües, según los datos que da Sopuerta, tenemos la cifra de veinticinco traductores para las décadas finales del siglo XVI. Sin duda entre los legos había otro número importante de hablantes bilingües, pero por ahora ese dato se nos escapa.         

El nombre más conocido del listado de Sopuerta es el de Antonio de Ciudad Real quien vino a Yucatán con fray Diego de Landa; Bernardo de Lizana lo trató en Yucatán y no dudó en llamarlo el “Antonio Lebrija” de la lengua maya (Lizana, 1995, 243). Y es que el propio Ciudad Real confió a Lizana los desvelos en la composición de su gigantesco vocabulario: todo el tiempo pensaba en cómo organizar tantas voces y darles coherencia, lo hacía durante sus viajes, en Yucatán, en México o en España; las oraciones religiosas y los verbos de la lengua de los indígenas ocuparon su pensamiento,  “Y no sólo se contentó con hazer bocabularios, sino que hizo Calepino tan grande, que son sus bolúmenes de a dozientos pliegos cada uno, los dos de su letra sacados en limpio y los borradores llenauan dos costales” (Lizana, 1995, 242). Predicó en maya, escribió sermones en esa lengua y fue maestro de ella entre los novicios que llegaban al obispado de Yucatán.

De tan singular esfuerzo consagrado a una lengua nativa y de tan visible resultado, Lizana deduce sin titubeos lo que los compiladores de voces mayas a lo largo de la Colonia corroboran: “Y es de aduertir que, si bien es lengua de indios, es tan copiosa, y elegante como la que más. Y llámanla bárbara los bárbaros que no la entienden; que, los que la saben, se admiran de su profundidad y elegancia” (Lizana, 1995, 242).

En ese temprano grupo de estudiosos de la lengua de los naturales está fray Francisco de la Torre a quien se le atribuye el llamado Vocabulario de Viena; Juan Coronel (de principios del siglo XVII) que escribió un esbozo gramatical de la lengua de los naturales de Yucatán y que se titula Arte en lengua de Maya; Alonso de Solana, probable autor de otro vocabulario. Y, por supuesto, en el grupo de religiosos del siglo XVI que conocieron profundamente la lengua maya y que escribieron y reflexionaron sobre el asunto, no podía faltar fray Luis Villalpando, “el proto-lingüista Maya” (Carrillo y Ancona, 1937, 40), quien ya había muerto cuando Ciudad Real escribía su copioso Calepino.

Villalpando trajo al educador Juan de Herrera a Yucatán, también fundó conventos y fue el primero en intentar una sistematización de la lengua maya. El mismo Landa recibió los elementos básicos de esa lengua del franciscano precursor: “El que más supo fue fray Luis de Villalpando, que comenzó a saberla por señas y pedrezuelas y la redujo a una manera de arte y escribió una doctrina cristiana en aquella lengua” (Landa, 1959, 30); al testimonio de Landa, Lizana agrega: “Tomó, pues, muchos términos de la lengua de memoria, con sus significados, buscando a los verbos su conjugación y a los nombres su variación” (Lizana, 1995, 150). Es decir, intentó una gramática del maya. Sus notas sobre la lengua de los naturales, el vocabulario compilado durante sus travesías por la región Yucatán-Guatemala, y una doctrina cristiana traducida al maya no han sido encontradas. De ese grupo de documentos el que mejor suerte tuvo fue la doctrina  porque es la que mandó imprimir Landa, pero aun así a nuestros días no ha llegado un solo ejemplar de ese texto en maya. Diego de Landa, en una carta dirigida a los inquisidores de Nueva España, hace saber, entre otras cosas,  que hizo imprimir una Doctrina cristiana en lengua maya (Landa, 1959, 169-170). Se trata de uno de los primeros textos impresos destinado a la instrucción de indios de Yucatán y es acaso el traducido por Villalpando (Gropp, 1934, 54-56).

Éstos son algunos de los recolectores de vocablos en Yucatán. Conocemos con alguna amplitud los trabajos de Ciudad Real y Coronel. Ambos tuvieron en sus discípulos o contemporáneos a prominentes historiadores de la región que fueron los apologistas y divulgadores de su obra. Queda sin embargo en el archivo un desconocido número de religiosos que fueron hábiles traductores y que probablemente dejaron obra escrita, pero a falta de datos nada se puede confirmar. En este sentido el caso notorio es fray Alonso de Solana, un español que desde su mocedad fue escribano y discípulo de tratadistas españoles. A insistencia de Landa vino a Yucatán en compañía de fray Lorenzo de Bienvenida; sus antecedentes intelectuales lo inclinaron por el aprendizaje del maya y la enseñanza. El historiador Lizana recibió la información sobre Solana de otro religioso compañero de aquél, así que el franciscano escribió con información de primera mano: Solana “fue maestro de la lengua de esta Prouincia, y escriuió en ella mucha doctrina y sermonarios y vocabularios...” (Lizana, 1995, 228). La aprendió nada menos que de Francisco de la Torre. Lector de Esopo como muchos letrados de su tiempo, Solana ganó reputación de narrador de historias. Era buen predicador y maestro, “Y todo (él) era no querer tener otra ocupación que administrar y escriuir en la lengua...” (Lizana, 1995, 228). En el presente poco tenemos de Solana, a no ser la suposición de que es el autor de un manuscrito, Bocabulario en lengua maya (1580) que está en la biblioteca de la Hispanic Society of New York (manuscrito B2005) y la contundente afirmación de su temprano biógrafo: Solana “Escriuió bocabulario excelente en esta lengua maya, muchos sermones, y sermonarios con grande propiedad, como si fuera indio mesmo” (Lizana, 1995, 228). Queda también la certeza de que su práctica en la escritura desde niño  le hizo ser disciplinado y hábil para que en la madurez, en Yucatán, hiciera diversas anotaciones sobre sagradas escrituras, escribiera historias como las que narraba en sus predicaciones y averiguara mucho de las antigüedades de los indios. Nada de eso llegó a nosotros. Solana murió en el convento de Mérida “dexando opinión de santo, docto y, en particular, de la lengua yucateca o maya...” (Lizana, 1995, 229-230).

Con los españoles nacidos en Yucatán dedicados al estudio de la lengua local sucede igual, prácticamente nada sabemos de ellos, excepto algunos nombres: Fray Juan Velásquez, nacido en Yucatán, buen traductor y ministro, “era excelente lengua yucateca por ser criollo y hauer trabajado con los maestros de la lengua que de España vienen, que la han puesto en arte y perfección, y escrito muchos sermonarios y vocabularios...” (Lizana, 1995, 223). Murió en Motul en 1594 y lo enterraron en la capilla mayor del convento de aquel lugar donde evangelizaba; de fray Jerónimo de Arriaga  todo lo que sabemos es que nació en Yucatán y que “fue gran lengua de estos indios” (Lizana, 1995, 230); de fray Juan de Tordezillas, también nacido en Yucatán, nos llega la noticia de que “fue la mejor lengua que huuo en su tiempo, y la hablaua con más propiedad que la castellana” (Lizana, 1995, 230), murió en Tinum siendo guardián de aquel convento. La lista no es pequeña, y sin obra que tengamos de ellos para analizar, ni mayores datos, recogemos aquí sus nombres para investigación futura.

 

Colegio superior

Los informes del Colegio de Mérida en los primeros años dicen que esa casa de estudios atendió a colegiales de la región. En 1622, lo jesuitas comunicaron: se “lee gramática a 70 estudiantes que de esta provincia, de la de Tabasco y de la Habana se han recogido para gozar de la doctrina de la Compañía”.13 En realidad para entonces se leían dos cátedras, la de gramática y la de teología moral. Y, según el informe del año siguiente, debido a la lejanía de la Universidad de México, “a los estudios de gramática se han añadido los estudios mayores”;14 el mismo argumento permitió al colegio de Mérida otorgar grados mayores y menores pues el rey había dado ese privilegio a los colegios de la Compañía de Jesús que distaran 200 millas de alguna universidad.

El grupo de religiosos que se estableció en Mérida a partir de la fundación formal del Colegio estaba dirigido por Tomás Domínguez, con presencia en Yucatán desde 1616. Domínguez era un criollo nacido en la Villa de los Lagos, buen conocedor de la lengua mexicana, familiarizado con la evangelización de indios en la ciudad de México y curtido en los peligros de las misiones jesuitas del norte de la Nueva España; a Mérida llegó con el inquietante recuerdo de haber estado a punto de morir entre los chichimecas, “que si no fuera por la fidelidad de un indio llamado Alonso Mata, no estuviera ya con vida”.15 Fue el primer rector del Colegio y permaneció en Mérida hasta que lo relevó Diego de Acevedo en 1624. Cuatro miembros más se establecieron con el primer rector en el Colegio de Mérida. El primero, Francisco Contreras, un poblano que también era buen conocedor de la lengua mexicana y veterano de las misiones del norte de México. Domínguez trajo a Contreras porque fue su compañero de evangelización en el norte de México y además porque era buen predicador. Los muchos años de Contreras como sacerdote en Veracruz le habían afinado la oratoria a tal grado que cuando uno de los frecuentes huracanes del Caribe azotó Mérida, lloviendo días y días, ahogando muchos animales y anegando las milpas, algunos de los vecinos de la ciudad supusieron que era el cumplimiento de las fatídicas profecías que Contreras solía anunciar dramáticamente desde el púlpito (Calero, 1856, 764). El segundo religioso se llamó Melchor Maldonado (Melchor Márquez Maldonado es el nombre completo), un joven maestro de Gramática a punto de ordenarse sacerdote, nacido en México y de padres sevillanos; no está claro cuántos años permaneció en Mérida, pero para 1626 ya estaba enseñando en el Colegio de Puebla (Zambrano, 1969, 179-183, t 9). Pedro Menan o Mena fue el tercer acompañante, éste se quedó en Mérida hasta su muerte y, por la anónima nota necrológica de su deceso, sabemos que fue muy apreciado entre los meridanos (Zambrano, 1969, 349-353, t 9). Del cuarto acompañante se ignora el nombre, todo lo que se sabe es que era un estudiante de la Compañía de Jesús con la obligación de aprender la lengua maya (Alegre, 1958, 310, t 2).

Cuando los jesuitas abrieron Colegio en Yucatán, los franciscanos tenían más de medio siglo de hacerse cargo de la evangelización y educación de los mayas. Su balance regional en los años de la apertura del Colegio señala la importancia geográfica del lugar en relación al Caribe: “assia el norte está la isla de Cuba y ciudad de la Habana donde llegan las flotas que de todas las Indias ban a España”.16 En Campeche encontraron trasiego de comerciantes de Cuba, de Jamaica, “isla muy fértil y poblada de españoles, muy necesitados, como lo colegí por el trato que tube con la gente que muy ordinario trata y contrata en Campeche” (Alegre, 1958, 558, t 2); de Santo Domingo y Puerto Rico “sercanas a Yucatán” (Alegre, 1958, 558, t 2);  y de la Florida: “Ultimamente, está muy cerca de Campeche” (Alegre, 1958, 558, t 2).

Varios criollos de Yucatán se educaron en ese colegio. La fundación de esa escuela permitió el tránsito de humanistas y educadores por Yucatán que de otra forma nunca se hubieran acercado a la región. Con ellos viajaban también las corrientes de pensamiento en boga, las novedades bibliográficas y una fluida comunicación que permitía comparar y compartir las experiencias educativas de otras regiones de México. Quizá el más conocido erudito de la Compañía de Jesús que impartió cátedra en Mérida en la época colonial  fue Francisco Javier Alegre, contemporáneo, amigo y compañero de exilio en Bolonia del no menos ilustre Francisco Xavier Clavijero. Los predecesores de Alegre en el siglo XVII son menos conocidos y un par de ejemplos dan idea del nuevo perfil de habitantes que temporalmente arribaron a Yucatán después de la instalación del colegio: Diego de Acevedo, oaxaqueño, fue rector en 1624 del colegio de Mérida; antes ya había ocupado ese mismo cargo en San Ildefonso, donde además se encargaba de la educación de los indios y en donde había escrito y publicado un breve libro, El Cortesano Estudiante, un compendio de “reglas de buena crianza” que se leía en los colegios de la Compañía todas las noches poco antes de las lecturas espirituales; vino pues Acevedo con su manual de buenas costumbres para los colegiales de Yucatán y a escribir un informe: Estado de la Universidad de Mérida (Zambrano, 1968, 40, t 3). Otro ejemplo: Eugenio López, de complexión “colérico-melancólica”, según la descripción de sus superiores (Zambrano, 1968, 717, t 8), enseñó gramática y filosofía en Mérida, después fue rector de los colegios de Veracruz, Pátzcuaro, Durango y Guatemala; en su vejez escribió una Biografía del P. Diego Molina, un teólogo que también impartió cátedra algún tiempo en Mérida.17 No es extraño que a partir de 1620 la educación de los criollos de Yucatán, y similarmente de Guatemala, corriera con mejor suerte; pero también con la misma fatalidad de la distancia en un sistema burocrático eminentemente centralista: “Este año visité ¾escribe en 1627 el padre provincial de los jesuitas¾ todos estos colegios y casas, exceptas las misiones y los colegios de Guatemala y Mérida, por estar tan apartados”.18

Una hambruna en 1622 puso a prueba la continuidad de la escuela en la ciudad: “este año fue el más falto de bastimento que se ha visto en esta provincia, y así los indios de las poblaciones desampararon sus puestos, y se fueron a los montes, buscando frutas y raíces con qué sustentarse” (Zambrano, 1968, 359, t 8). Lo más grave fue una epidemia en 1648 que mató a casi todos los maestros, a muchos estudiantes y estuvo a punto de terminar con el floreciente Colegio. De hecho la epidemia estuvo a punto de terminar con la ciudad.

 

Libros europeos

La primera remesa importante de libros que arribó a la península de Yucatán fue desembarcada en Campeche en 1545,  está asociada con el paso por la región de fray Bartolomé de las Casas. Las cajas de libros eran parte del equipaje del obispo de Chiapa y de un grupo de frailes dominicos que con él vinieron: “nosotros muchos ¾apunta el cronista de aquel viaje¾ y mucho nuestro hato y el del señor Obispo; porque entre él y nosotros llevábamos muchos libros  con sobras de matalotaje, campanas, relojes, órganos” (Torre, 1945, 29). Después de salir de Campeche para su destino final, Ciudad Real de Chiapa, un infortunado naufragio en la Laguna de Términos acabó con la vida de varios dominicos de la expedición y esparció decenas de libros en la costa. La dramática crónica de Tomás de la Torre que relata el infausto naufragio en el que murieron 32 personas no olvida los libros, antes bien, son seña y referencia de quienes perecieron ahogados, “los que salieron a traer la canoa nos trajeron una parte del Santo Tomás, que conocimos ser de fray Miguel de Duarte” (Torre, 1945, 142).  La pena  es por las vidas  perdidas, por los compañeros religiosos muertos en el fragor de las olas y de la intensa lluvia, pero también “por no le quedar consolación de libros ni cuadernos” (Torre, 1945, 147).  En la isla de Términos, veinte frailes, entre los sobrevivientes del naufragio y los que les dieron alcance, se detuvieron a buscar los cuerpos de los ahogados y las cajas de libros y matalotaje. Ningún cuerpo hallaron, pero dieron con diez o doce cajas de libros, “estaban tales que no pensamos poderlos aprovechar, cubiertos de cieno; y era tan ralo que se metía entre las hojas y seco era peor que engrudo” (Torre, 1945, 149). De entre el lodo sacaron las cajas. Con tristeza, con calor y hambre, los dominicos limpiaron los libros y los trasportaron a granel en canoas hasta un pueblo cercano donde  los lavaron en agua dulce, “y así con trabajo de todos se aprovecharon los más, especialmente los que tenían encuadernaciones de pergamino que se les pudieron quitar; pero quedaron con pestífero olor que jamás se quito” (Torre, 1945, 153). Después “los libros que quedaban cargámoslos en las canoas y enviámoslos con Pesquera y Segovia a Xicalango, que era el pueblo donde estaba fray Domingo con otro español que envió el señor obispo para sus libros” (Torre, 1945, 149).  De los cuerpos de los difuntos y de los libros no encontrados nunca se supo más.

El mismo año en que fray Bartolomé de las Casas organizó la expedición de dominicos a Ciudad Real de Chiapa, se publicó la cédula que mandaba no llevar libros de historias profanas a las Indias. El cedulario compilado por Encinas a fines del siglo XVI contiene la disposición que describe cuáles son aquellos materiales de lectura: “libros de Romanze de materias profanas, y fábulas, así como son libros de Amadis, y otros desta calidad, de mentirosas historias”.19 Los argumentos de la disposición legal que prohibió el paso y la lectura de esta clase de libros era “porque los indios que supieren leer, dandose a ellos, dexaran los libros de sancta y buena doctrina, y leyendo los de mentirosas historias deprenderan en ellos malas costumbres y vicios” (Encinas, 1596, 229, t 1). Pero además, si los habitantes del Nuevo Mundo los leían, sin tener arraigo en la fe cristiana, podría suceder que las sagradas escrituras y los libros de los doctores de la iglesia, como santo Tomás o san Agustín,  “perdiessen el autoridad y credito” (Encinas, 1596, 229, t1). Por eso se prohibía el transporte y la venta de libros profanos en el Nuevo Mundo, “que ningun Español los tenga en su casa, ni que Indio alguno lea en ellos” (Encinas, 1596, 229, t1).

Cuando el Comisario del Santo Oficio recogió libros prohibidos en Yucatán, a fines de la década  de 1580, la Inquisición había ampliado significativamente sus prohibiciones: “Los Evangelios que estaban y están en poder de los indios de esta Provincia ¾escribe Sopuerta en Yucatán¾  se van quitando y quitarán todos como V. S. R. R. lo mandan y sólo se permitirá a los ministros que la doctrinan”.20 La prohibición de venta, impresión y transporte de libros se habían multiplicado, ya no sólo incluían los libros de caballerías o profanos, las historias de Indias sin autorización,21 los confesionarios y algunos misales; la censura creció tanto que hubo épocas en que también incluyó las gramáticas y los vocabularios de lenguas indígenas, así como los catecismos traducidos a los idiomas del Nuevo Mundo.

En Yucatán figuran como libros decomisados misales, biblias, historias eclesiásticas, libros de entretenimiento y autores considerados perniciosos como Maquiavelo y Ovidio. Los Discursos de Niculao Machiabello para la gobernación de la república y mantener los estados en paz, fue recogido a Diego de Burgos Cancino en el Valladolid de Yucatán, y una traducción en verso castellano de los Cinco libros de Ovidio de Arte Amandi fue requisado a un tal Lorenzo Borello en el pequeño poblado de Bacalar. El tratado de Maquiavelo, el de Ovidio, las biblias, confesionarios, libros de oraciones y manuales para confesar no autorizados por la Iglesia católica fueron a parar a un sitio secreto de la santa Inquisición para ser quemados en privado y no confundir a la gente que miraba quemar libros sagrados: “En los libros prohibidos, se hizo de ellos lo que V. S. R. mandan, consumiéndose como los consumí, secretamente, en presencia de un religioso de este monasterio de San Francisco de Mérida”.22 En el último momento, Hernando de Sopuerta, el comisario del Santo Oficio en Yucatán, decidió quemar la Historia pontifical de Illescas decomisado a un lector indígena del linaje de los Xiu, don Jorge Xiu: “también se consumió la Historia pontifical, porque después de haberla visto muy bien por lo que V. S. R. me advierten, hayé que su impresión era antes del año de 1579”.23

Con los conventos, los estudios de gramática y las escuelas de indios, vinieron las primeras remesas importantes de libros a Yucatán: “Fray Lorenzo de Bienvenida (...) me ha hecho relación que por ser pobres están desproveídos de algunos libros de que tienen mucha necesidad e me suplicó los mandase proveer de ellos”.24 ¿Qué libros compró con la ayuda obtenida? No lo sabemos. Aparte de  misales y breviarios, Bienvenida quizá compró el más aceptado comentario a la Biblia escrito por Nicolás de Lira y titulado Postilla Litteralis et moralis, acaso el Vocabulario de Nebrija, los Floretos de San Francisco y las Conformidades de Bartolomé de Pisa. Sabemos con certeza que Bienvenida tuvo dificultades para obtener el dinero de bienes de difuntos que le concedió el rey para compra de libros, pero ignoramos la cantidad y los títulos de los libros comprados. Por la purga de libros que la Santa Inquisición hizo en 1586 en los conventos de Yucatán podemos suponer los títulos de algunos de los libros comprados por el religioso.25 Naturalmente la cantidad de libros reportados como requisados por el Santo Oficio en Yucatán, escritos en latín, romance y aun en maya, eran la suma de títulos reunidos en varias décadas por distintas personas.

¿Cuándo comenzó el tránsito de libros europeos a la península de Yucatán?  La respuesta nos remite a Jerónimo de Aguilar, el náufrago que introdujo involuntariamente, por largo tiempo y por primera vez un libro europeo en Yucatán: el libro de Horas.

De los libros de Horas que el Comisario del Santo Oficio recogió en Yucatán en 1586, al menos en cuatro casos se trató de ediciones en Castellano. La relación de libros decomisados especifica que se trata de “Horas en Romance”, recogidos a Francisco Pecheco y Pedro de Medina, vecinos de Mérida, y a Juan de Azamar y Blas Lorenzo, vecinos de la Villa de Valladolid. Los apellidos de estos personajes, especialmente Pacheco y Medina, son de soldados que vinieron a Yucatán con la campaña del Adelantado Francisco de Montejo, de españoles fundadores de Mérida y poseedores de encomiendas en la región. Y auque la fecha en que se expurgaron estos libros es al final del siglo XVI,  hay que recordar que la edición impresa de Horas en lenguas distintas al latín, se puede documentar desde fines del siglo XV y principios del siglo XVI. Es imposible saber cuál edición de Horas cargaba Aguilar, pero por el origen, la evolución y la estructura de esos compendios, arraigados más en el mundo laico que eclesiástico (Garín Ortiz de Taranco, 1951, 15-23), es probable que el ejemplar de Aguilar haya sido una versión en castellano, aunque nada impide que su libro fuera una edición en latín, como afirma la mayoría de los estudiosos.  

Un tomo de Santo Tomás encontrado en 1545 en la  Laguna de Términos parece ser la única huella de la lectura de la filosofía tomista en Yucatán durante el siglo XVI. Sin embargo, otra cosa dice la confiscación de los tratados de Thomas de Vio Cajetan entre los frailes de Mérida: el influyente filósofo tomista que desarrolló aspectos del pensamiento de Aristóteles y Tomás de Aquino era leído o consultado por algunos frailes en la región. Con certeza se puede decir que por lo menos existieron dos ejemplares de la Summa Cayetana en Yucatán, uno “en Romance” decomisado a fray Antonio de Rojas en Mérida, y otro “en lengua portuguesa” requisado a fray Diego Correa en la misma ciudad. Más aún, una obra atribuida al mismísimo maestro de Tomás de Aquino, Albertus Magnus, circuló en la provincia, se trata De secretis mulierum libellus. Este tratado le fue vedado a fray Bartolomé de Arenas en Mérida en 1586.

En suma las primeras bibliotecas europeas de Yucatán estuvieron en los conventos (Maní, Izamal, Valladolid, Mérida, Campeche). Mayas hispanizados, como los Xiu o los Pech, tuvieran bibliotecas breves. Las colecciones de libros formadas bajo el patrocinio de los franciscanos fueron naturalmente las colecciones más extensas. El acopio de libros se hizo al estilo de fray Bartolomé de las Casas, trayendo libros de España en cada retorno (hay que considerar que Bartolomé de las Casas cruzó el océano rumbo a España muchas veces). Los provinciales franciscanos hacían lo mismo, cada vez que viajaban traían nuevos libros para la creciente escolarización de Yucatán.

© Martín Ramos Díaz


Bibliografía

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Alegre, Francisco Javier, 1958. Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, nueva edición por Ernest J. Burrus y Felix Zubillaga, Roma, Institutum Historicum, 4 t. (Biblioteca Instituti Historici).

Calero, Vicente, 1856. “Vargas”, en Apéndice al diccionario universal de historia y geografía. Colección de artículos relativos a la república mexicana, México, Imprenta de J. M. Andrade y F. Escalante, pp. 763-766, t. 3 [Rare Books Collection, Tulane University, clasificación: F1204.D528].

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Colección...

1885-1932 Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de ultramar, Madrid, Real Academia de Historia, 25 t.

Documentos...

1936 Documentos para la historia de Yucatán. Primera serie 1550-1561, editados por France V. Scholes y Carlos R. Menéndez, Mérida, Compañía Tipográfica Yucateca.

1938 Documentos para la historia de Yucatán. La iglesia en Yucatán, 1560-1610, editados por Ignacio Rubio Mañé, Eleanor B. Adams, France V. Scholes y Renato Menéndez, Mérida, Compañía Tipográfica Yucateca, tomo 2.

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Fernández del Castillo, Francisco (compilador), 1982. Libros y libreros en el siglo XVI, México, edición facsimilar, Archivo General de la Nación, FCE  (Sección de obras de historia).

Garín Ortiz de Taranco, Felipe María, 1951. Un libro de Horas del Conde-Duque de Olivares. Estudio del códice brujense del Real Colegio de Hábeas Christi, en Valencia, y de la ilustración europea de su tiempo, Valencia, Institución Alfonso El magnánimo y Diputación Provincial de Valencia.

Gómez Canedo, Lino, 1952. “Fay Lorenzo de Bienvenida. O.F.M., and the Origins of the Franciscan Order in Yucatan: A reconsideration of the Problem on the Basis of Unpublished Documents”, en The Americas. A Quarterly Review of Inter-American Cultural History, Washington, D.C., The Academy of American Franciscan History, vol. IX, núm. 1, pp. 493-513.

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Zambrano, Francisco, 1965. Diccionario Bio-Bibliográfico de la Compañía de Jesús en México, México, Editorial Jus, 16 t.


Notas

arriba

vuelve 1. Parecer de Fr. Alonso de Castro en favor de que se enseñen a los indios las artes liberales y la teología, 1543, documento publicado como apéndice dos en Gómez Canedo, 1993, 398.

vuelve 2. Avisos del muy ilustre y reverendísimo señor don Fray Francisco de Toral, primer obispo de Yucatán, Cozumel y Tabasco, del Consejo de su Majestad, para los padres curas y vicarios de este obispado y para los que en su ausencia queden en las iglesias, sin fecha. Véase documento XVIII  en Documentos, 1938, 28,  t 2.

vuelve 3. Carta de fray Lorenzo de Bienvenida al Consejo de Indias, Sevilla, España, 18 de enero de 1552 en Gómez Canedo, 1952,  511-512; 1993, 395-397. 

vuelve 4. Real cédula dando libros, etc., a los religiosos que van a Yucatán, Madrid, 9 de diciembre de 1551. Véase documento XIX  en Documentos, 1936, 52, t. 1.

vuelve 5. Carta del obispo de Yucatán, don Fray Juan Izquierdo, a Su majestad contestando a una carta  de Su Majestad de 7 de septiembre de 1596, Mérida, 1 de abril de 1598. Véase documento XXXII en Documentos, 1938, 105, t 2 .

vuelve 6. Sobre las partes que escribió Xiu en las Relaciones geográficas, véase Jakeman, 1952, 9-28.

vuelve 7. Ordenanzas, Burgos, 27 de diciembre de 1512. Véase documento 25 en Colección, 1951, 45, t 1 .

vuelve 8. Instrucción dada a los padres de la orden de San Jerónimo, Madrid, 13 de septiembre de 1516. Véase  documento 30 en Colección, 1951, 66,  t. 1.

vuelve 9. Real Cédula que a los indios se les enseñe la lengua castellana, Valladolid, 2 de mayo de 1550. Véase documento 182 en Colección, 1951, 272, t 1.

vuelve 10. Carta de Fray Hernando de Sopuerta con una memoria de los frailes franciscanos que sirven en la provincia de Yucatán, 1580. Véase documento XXVIII  en Documentos, 1938, 48,  t 2.  Los otros hablantes de maya fueron: fray Gaspar de Paz, guardián de Campeche, tenía a su cargo seis pueblos de indios con mil mayas casados; fray Pedro de Peñalvar, guardián de Maní, once pueblos de indios a su cargo con tres mil seiscientos casados; fray Alonso de Solana, guardián de Concal, once pueblos de indios a su cargo con dos mil quinientos mayas casados; fray Alonso Guetérrez, Guardián de Izamal, diez pueblos de indios con dos mil mayas casados; fray Pablo de Maldonado, guardián de Valladolid, dieciocho pueblos con dos mil seiscientos casados; fray Luis de Bustamante, guardián de Motul , nueve pueblos con dos mil casados; fray Antonio de Ciudad Real, guardián de Tekax, tres pueblos con mil casados; fray Bartolomé de Ávila, guardián de Ichmultuah, ocho pueblos con mil casados; fray Juan de Salvago, guardián de Tekanto, siete pueblos con mil ochocientos casados; fray Francisco Cuevas, guardián de Homun, cuatro pueblos con mil casados; y fray Sebastián de Ojeda, guardián de Chancenote, nueve pueblos con ochocientos casados .

vuelve 11. Carta del Obispo don Fray Gregorio de Montalvo a su Majestad con un memorial sobre el estado de la iglesia en Yucatán, Mérida, 6 de enero de 1582. Véase documento XXX en Documentos, 1938, 80, t 2.

vuelve 12. Estos son sus nombres: Francisco Torralba, Pedro Magaña, Juan de Tordesillas, Juan de Salinas, Pedro de Oñate, Pedro Samaniego, Francisco Pineros, Juan Miranda, Pedro Falcón, Diego de Castro, Diego Mejía, Blas Gutiérrez y Cristóbal Martínez. Véase Carta de Fray Hernando de Sopuerta con una memoria de los frailes franciscanos que sirven en la provincia de Yucatán, 1580, documento XXVIII en Documentos, 1938, 50, t 2. 

vuelve 13. Carta Anua de la provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España del año de 1622. Véase Zambrano, 1968, 338-371,  t 8 (la página citada es la 358).

vuelve 14. Carta Anua de la provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España del año de 1623. Véase Zambrano, 1968, 372-394, t 8 (la página citada es la 381) .

vuelve 15. Carta Anua de la provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España del año de 1616. Véase Zambrano, 1968, 353, t. 6.

vuelve 16. Memorial y descripción de los puestos, islas y tierras, así de indios como de españoles que ay en el reyno de Yucatan, o Campeche, donde se puede hacer muy gloriosas misiones, casas y colegios de la Compañía, así para bien y provecho de los españoles, como de los indios y negros. Véase documento XIV en Alegre, 1958, 556-558, t  2.

vuelve 17. Un amplio trabajo de recopilación sobre colegios y profesores jesuitas en la Nueva España es el de Osorio Romero (México, UNAM, 1979), el cual dedica un breve apartado a Mérida (309-313) y otro a Campeche (357-359).

vuelve 18. Carta Anua de la provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España del año de 1627, reproducida en Zambrano, 1968, 479,  t. 8.

vuelve 19. Cédula que manda que no consientan que se lleven a las Indias libros de historias profanas, Valladolid, España, 29 de septiembre de 1543. Véase Encinas, 1596,  228, t 1.

vuelve 20. Carta de Fray Hernando de Sopuerta, comisario del santo oficio en Mérida, 20 de enero de 1587. Véase documento XVIII en Fernández del Castillo, 1982, 516.

vuelve 21. Cédula que manda que no se pueda imprimir ni vender en estos Reynos ningunos libros que traten de cosas de Indias sin licencia expresa de su Majestad, Villa de Valladolid, 21 de septiembre de 1556;  Cédula que dispone y manda que no dexen passar a las Indias ciertas historias que hizo Diego Hernández, 17 de febrero de 1572. Ambas en Cansino, 1596, 227, 230-231, t 1.

vuelve 22. Carta de fray Hernando de Sopuerta, Comisario del Santo Oficio en Mérida, 20 de enero de 1587. Véase documento XVIII en Fernández del Castillo, 1982, 515-516.

vuelve 23. Carta de fray Hernando de Sopuerta, Comisario del Santo Oficio en Mérida, 20 de enero de 1587. Véase documento XVIII en Fernández del Castillo, 1982, 516.

vuelve 24. Real cédula mandando dar ciertos libros a los frailes de la Orden de San Francisco de la provincia de Yucatán, Toledo, 19 de diciembre de 1559. Véase documento XLII en Documentos, 1936, t76,  t1.

vuelve 25. Libros recogidos en el obispado de Yucatán, 1586. Véase documento XV en Fernández del Castillo, 1982, 317-326.


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