Róger Lindo

 

Sala Garbo

 

rslindo@yahoo.com

 

Filmografía


El Salvador

El cine salvadoreño estaba a punto de nacer en los 80 en la pequeña sala Garbo de San José, Costa Rica. Un equipo multinacional  preparaba el primer documental de larga duración sobre la guerra y aquel esfuerzo parecía revestido de un ímpetu fundacional. En realidad, al menos en materia de cine, aquel heterodoxo equipo andaba un camino previamente hollado por los nicaragüenses y la gente de INCINE (que se inspiró a su vez, al menos al principio, en el ICAIC cubano), que produjeron por primera vez en ese país desde noticieros cortos de cine hasta largo metrajes como El espectro de la guerra (1989), 70 filmes en total. Después del colapso del experimento sandinista, se acabó en Nicaragua el proyecto de un cine nacional. Este requiere de ingentes recursos y si no los aporta el Estado, es difícil que el capital privado lo haga, menos en Centroamérica, donde las élites no financian este tipo de empresas. El grupo que se juntó en la Sala Garbo con el apoyo de Istmo Film (Oscar Castillo, Antonio Iglesias, Samuel Rowinsky), cineastas y aprendices de cineastas, se proponía realizar un cine pensando en buena parte en la sensibilidad “internacional”, especialmente la estadounidense. Se buscaba contrarrestar las campañas publicitarias con que las administraciones en Washington disfrazaban como democrático un esfuerzo esencialmente contrainsurgente, y “educar” a sus embaucados ciudadanos sobre las cosas que estaban pasando en El Salvador. Igual que los escritores con sus primeras novelas, se quería contarlo todo, no dejar nada por fuera. La historia del país más pequeño y densamente poblado de Centroamérica, sus protagonistas, el problema de la tierra, las matanzas, el heroísmo, los líderes, el sacrificio, el carácter popular de la guerra, la continuidad entre el presente y el pasado, la rapacidad de sus oligarcas, la capacidad de victoria de los revolucionarios salvadoreños. El Salvador, el pueblo vencerá fue una película abordada sin libro ni guión alguno, sino que éste fue tejiéndose a partir de los objetivos, las lecturas, las investigaciones, los hallazgos, las largas horas nocturnas quemadas frente a las moviolas, las discusiones en los comederos ticos, y por supuesto, contando con los aportes de decenas de personas entusiastas que ayudaron a darle forma, ritmo y sentido al proyecto. El cine es empresa colectiva, y eso se vio reflejado en aquella obra realizada sobre todo por gente joven,  tal como lo era el movimiento que en esos años se planteaba edificar una nueva realidad social en Centroamérica. Visto retrospectivamente, el mismo conflicto salvadoreño tuvo mucho de generacional: ríos de gente joven que quemó sus navíos en esos años para incursionar en una tierra que no prometía más que peligros y sinsabores. Hoy ese movimiento podrá ser tachado de alocado, de insensato,  de suicida, pero entonces era lo único que tenía sentido. Arrancados de la atroz cotidianidad salvadoreña, con sus decapitados, su atmósfera crispada, su tufo a pólvora y muerte, los salvadoreños que nos integramos al equipo de cine en Costa Rica nos vimos de repente trasladados a un mundo que daba  la impresión de levitar por encima del pedregoso suelo centroamericano, como si se tratara de otra dimensión. No sólo era el único país centroamericano donde el miedo a ser sacado violentamente de casa y terminar degollado o decapitado en un botadero público de seres humanos era desconocido, sino que había sido la retaguardia estratégica de la Revolución Sandinista. De ahí salieron los rebeldes a atacar los cuarteles somocistas durante la guerra contra la dictadura y ahí retornaron una y otra vez las ambulancias cargadas con heridos después de esos combates. Ahí se ensambló la Junta Revolucionaria de Gobierno que asumió el poder después de la fuga de los Somoza y montones de costarricenses se enrolarían posteriormente como voluntarios en las brigadas de alfabetización que iban a recorrer Nicaragua enseñando a leer y escribir, pues en el país que según las derechas era un paraíso donde abundaba la comida y la felicidad antes de que lo estropearan los sandinistas, la mayor parte de la población era analfabeta.

En 1980, cuando inició la producción de El pueblo vencerá, seguía vivo el calor solidario en Costa Rica. Una mañana en que me dirijo a la Sala Garbo, anuncian por la radio del autobús que Somoza ha volado por los aires en Paraguay junto con todo y limosina. Juro que es cierto que ahí mismo reventó un estallido de algarabía y aplausos que todavía resuena en mis oídos. Costa Rica era la única parcela de la región en que podía echarse a andar un proyecto tal: una película sobre El Salvador. Propaganda. Palabra sucia para muchos intelectuales y artistas, sobre todo para aquellos que han renegado del ideal que entonces abrazaban fervorosa e incondicionalmente, pero necesaria, imprescindible en una realidad de guerra. Arte y propaganda. Un deslinde difícil, como el que hay entre el mar y la playa, traicionero, variable, imposible de fijar a ciencia cierta. Sin embargo, igual que en INCINE, entre los miembros del colectivo salvadoreño en Costa Rica existía el deseo de hacer cine, es decir, de ir más allá de la propaganda y crear algo delicioso, memorable. Agregar a esa composición cinematográfica los ingredientes del periodismo de guerra. La toma en que Diego de la Texera, el puertorriqueño contratado para realizar nuestro filme, se tiende con una Reflex a filmar la violenta ocupación de la universidad nacional y acaba capturando el instante, —borroso pero lo suficientemente nítido— en que un guardia asesina a un estudiante que se encuentra besando el piso (el tiro a quemarropa de su G3 alemán es tan poderoso que levanta el cuerpo por un fragmento de segundo), le pudo haber costado la vida. Gajes del oficio de un corresponsal de guerra. Todas las semanas mueren periodistas en el mundo ejecutando peripecias parecidas. Mis respetos. Diego se introduce en una conferencia del Estado Mayor del Ejército, capta una protesta de niños de la high-life frente a la embajada estadounidense (los primorosos carteles tildan a los funcionarios del gobierno de Estados Unidos de comunistas o algo así), y se monta en la cama de un camión durante un recorrido por el norte de Chalatenango en el momento en que tiene lugar la matanza del Sumpul. Cine testimonial: la cámara se introduce a una fosa común y revela al espectador un cuadro de media docena de degollados anónimos, producto de la “guerra total” lanzada por los escuadrones de la derecha a principios de los 80. Las moscas rondan las enormes heridas. Los ojos lucen abombados por la muerte. Plato crudo para que espectadores clasemedieros lejanos vivan aunque sea un instante un día cotidiano en la vida de El Salvador.

El cine es cosa rara. Jamás volví  a acercarme a una producción cinematográfica después de esa experiencia. El cine se acabó para mí. Sin embargo, en el centro de Los Ángeles paso a cada momento junto a los sets de películas. Quienes participan en ellas, desde los actores hasta el personal que atiende los vestuarios,  que manipula los generadores o las grúas o sirve la comida para los extras, se conducen como seres superiores ligados a un mundo grande y fascinante. Una chica esbelta y tenue de pelambre rubia desfila sobre una plancha de luces, custodiada por matones (en caso de que algún tunante se anime a propasarse) vestidos con el uniforme de la empresa. Experiencia netamente ajena a la de las noches de la Sala Garbo. Cuando San José duerme, contemplamos en vivo el rostro de la muerte en 35 mm. Nada de actuaciones. Ese funeral, esas lágrimas son por mi amigo Roberto, de cuya muerte me entero en este momento frente a la moviola, repasando las tomas que mandan “El Papo” y Francisco de San Salvador.

Un día glorioso hace su ingreso la música. O más bien, es un proceso. A esas alturas el guión ya tiene entrada: “El Salvador, en la América Central, país de 21,000 kilómetros cuadrados…”. Entra la música, digo. Adrián Goizueta, un simpático argentino, compone la pista musical entera y hace los respectivos arreglos. Incluye: corrido de Farabundo Martí (“Dicen que dicen que vieron pasar…”),  jazz para grupo frente a la embajada gringa, tonada elegíaca, apoteosis con timbales. Participa la Orquesta Sinfónica Juvenil de Costa Rica. Los dibujantes (además de un tico cuyo nombre no se grabó, sobresale Roberto, que llegó a San José con su mujer en busca de santuario y que años después sería acribillado por una compañía de Cazadores en las afueras de la población de Vainillas, en Chalatenango). Hay una pila de materiales. Materiales visuales, materiales sonoros, materiales históricos. Durante una batería de sesiones, el editor, Antonio Iglesias, un tipo de barba escultural con pinta de filósofo sueco, se sienta ante la moviola con Diego y con una maestría pasmosa empieza a bordar la película.  Agregamos la escena en que una mujer del pueblo entrega en su canasta a un guerrillero una Reflex, la cámara utilizada para la filmación. Al fondo ruedan los títulos.  Vino en San José para celebrar un final feliz.

Viaje a La Habana para la posproducción. Mojito, tabaco negro, largas caminatas en el Malecón azotado por el mar Caribe y premio Gran Coral en la categoría  documental.  Primera y última obra de un instituto de cine y una revolución que nunca fueron.

© Róger Lindo


Filmografía

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Lacayo, Ramiro, 1989: El espectro de la guerra. Dir. Ramiro Lacayo. Escrita por Ramiro Lacayo y Franco Reggiani. INCINE.

De la Texera, Diego, 1981: El Salvador, el pueblo vencerá. Dir. Diego de la Texera. Escrita por Diego de la Texera. Instituto Cinematográfico de El Salvador Revolucionario.


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