GŁnther Schmigalle

 

“¿Va a arder París, por causa de una bacanal?”

Rubén Darío y Séverine frente a los disturbios de 1893

Karlsruhe, Alemania

Schmigalle@BLB-Karlsruhe.de

Notas*Bibliografía


L’émeute! ¿Será posible que una vez más el cuerpo fatal y maravilloso, la terrible gracia femenina, cause la conmoción del mundo? ¿Y que Helena se llame ahora Mlle Manon o Sarah Brown? ¿Y que vaya á arder París, nuestro París de todos, por causa de una bacanal?

¿Quién de nosotros recuerda estas frases de Rubén Darío, escritas en julio de 1893? Ya nadie las recuerda, ni sabe a qué se refieren. Y sin embargo, estas palabras merecerían recordarse de la misma manera en que se recuerdan los versos famosos que escribiera, pocos años después, un poeta irlandés, contemporáneo de Darío: “Why, what could she have done, being what she is? / Was there another Troy for her to burn? /” (Yeats 1965: 101).

En este artículo queremos presentar tres documentos que arrojan luz sobre las frases arriba citadas y sobre un aspecto desconocido de la primera visita de Rubén Darío a París. Se trata de una crónica de Darío publicada originalmente en La Nación de Buenos Aires, rescatada por E. K. Mapes, incluida en las Obras completas, pero descuidada por los lectores y los biógrafos; una declaración del líder estudiantil francés Jean Carrère publicada en Le Journal; y un artículo de la escritora francesa Séverine publicado en Le Matin. Los dos últimos son textos desconocidos que aquí se traducen por primera vez al español.

 En 1893, como se sabe, Darío viaja de Managua a Buenos Aires, vía Nueva York y París. Parece que su primera estancia en la “capital de la cultura” abarcó unas seis semanas y media: desde el 15 ó 16 de junio hasta el 2 ó 3 de agosto de 1893. ¿Qué hizo Darío en estos 42 ó 45 días y noches decisivos? Se hospedaba en el Grand Hotel de la Bourse et des Ambassadeurs; comía en el café Larue; Enrique Gómez Carrillo y Alejandro Sawa lo iniciaron en las correrías nocturnas del barrio Latino; hizo amistad con Jean Moréas; se reunió con Charles Morice, Maurice Duplessis y Aurélien Scholl; su entrevista con Verlaine resultó trágica y grotesca; se paseaba en el bosque de Bolonia con una belleza de la época, cuyo nombre de artista era Marion Delorme: todo esto lo sabemos porque Darío lo ha contado en su autobiografía, y sus biógrafos lo han repetido de manera más o menos elegante y elocuente1. Se sabe también que nuestro poeta compró muchos libros y que en base a sus lecturas escribió las diecinueve crónicas que formaron la primera edición de Los raros, aparecida en Buenos Aires tres años más tarde, el 12 de octubre de 1896. La primera crónica, sobre Georges d’Esparbès, se redactó en París, el 10 de julio de 1893; la segunda, sobre Jean Moréas, durante la travesía atlántica; las demás se escribieron en Buenos Aires (Arellano 1996: 26-27); pero en todas – incluso en aquellas que no se refieren a autores franceses – se advierte el impulso intelectual de la capital de Francia. ¿Podemos concluir, pues, que, en este primer encuentro de Darío con París, el aspecto poético-literario, sensual-espiritual, predomina absolutamente sobre cualquier aspecto político-social? Sí y no. Nadie parece haber advertido que la primera estancia de Darío en París coincidió con uno de los movimientos populares más fuertes que estremecieron la Tercera República francesa en aquel fin de siglo, una especie de revolución abortada que estalló justo cuando nuestro poeta llevaba dos semanas en la capital francesa y que ocupa el eje cronológico de su estadía parisiense: del 1° al 7 de julio de 1893. Darío la reflejó en una crónica, y más, se entusiasmó con ella. Me refiero a un texto, no completamente desconocido, pero que anda perdido, con el título “Impresiones de París”, en el cuarto tomo de las Obras completas, sin fecha de redacción ni de publicación, y que no ha llamado la atención a nadie (OC IV/509-517). Los datos de la publicación original son: “Impresiones de París. La agitación recién pasada. Jean Carrère. Ferro non auro”, La Nación, 14 de agosto de 1893, p. 1. Reproducimos esta crónica, completa, en la sección documental de este ensayo, junto con dos textos íntimamente relacionados con ella, que facilitan su comprensión; el objeto de estas páginas es interpretarla, partiendo de la “agitación recién pasada” que menciona el título.

El miércoles, 8 de febrero de 1893, en pleno carnaval, tiene lugar, en el Moulin Rouge (n° 82 del bulevar de Clichy), un baile organizado por estudiantes de la Escuela de Bellas Artes. Su nombre, “bal des Quat’z’Arts”, alude a las “cuatro artes”: pintura, escultura, arquitectura y poesía. Es un baile de artistas y para artistas, y la entrada de los 4.000 invitados es severamente controlada. A las dos de la madrugada comienza el desfile, cuya estrella es una Cleopatra desnuda cargada por cuatro hombres y otros modelos desnudos, desfilando “en perfecto orden … como homenaje al arte, a la belleza, al amor” (Warnod 1922: 164). “Después hubo atracciones de otro tipo: exhibiciones de feria, boniments, bailes de vientre, luchas, y hasta unos ‘números’ ejecutados por profesionales del music-hall. La fiesta terminó en los cafés de los alrededores donde cada cual iba al amanecer a beber una última copita…” (ibíd.).

Una semana después, el 14 de febrero, el senador René Bérenger, presidente de la Sociedad general de protesta contra la licencia en las calles, dirige una carta al procurador de la República para denunciar “un hecho de una gravedad extrema”, a saber, que “una docena de mujeres completamente desnudas … fueron admitidas a figurar en el desfile de disfraces que precedía el baile y después se confundieron con los invitados”. Se inicia, pues, un sumario contra el señor Henri Guillemin, considerado como organizador del baile, y contra cuatro modelos: Marie-Florentine Roger, llamada Sarah Brown; Alice Lavolle, llamada Manon; Clarisse Roger, llamada Yvonne; y Emma Denne, llamada Suzanne. La principal testigo de cargo es Louise Weber, llamada La Goulue, la famosa bailarina del Moulin Rouge, aliada inesperada del severo señor Bérenger.

La audiencia tiene lugar el martes 23 de junio, junto con otros dos casos similares (Gazette des Tribunaux, 24 de junio de 1893). El interrogatorio de los acusados y de los testigos tiene un alto nivel humorístico y provoca mucha alegría en el auditorio. El viernes 30 de junio se pronuncia el fallo: cada uno de los acusados tiene que pagar una multa de cien francos; la sentencia queda en suspenso. Este veredicto se puede considerar como absolutorio, y “visiblemente muy contentos, los responsables de los Quat’Zarts anuncian inmediatamente que el baile del año próximo se celebrará en el Moulin Rouge, en la fecha habitual…” (Pessis y Crépineau 1989: 49). La reacción de los estudiantes, compañeros de Henri Guillaume, es muy diferente. No se sienten ni alegres ni contentos. Veamos la cronología de los acontecimientos que siguen (todas las citas son de La Nación, 28 de julio de 1893).

La sentencia condenatoria se dicta el viernes 30 de junio. El sábado 1° de julio a las 9 de la noche, unos 2000 estudiantes se reúnen en la plaza de la Sorbona y se ponen en marcha, dirigiéndose por la calle de Médicis al senado. Los guardias municipales intentan detenerlos en su camino, pero no pueden hacer nada a causa de la multitud enorme que los arrolla, y la columna sigue adelante. Mientras tanto, otros muchos estudiantes que han llegado a la plaza de la Sorbona, son atacados ferozmente por cincuenta agentes de la brigada central de la prefectura, que aparecen de pronto, lanzándose sobre ellos, sin intimarles ninguna orden, ni advertirlos siquiera del ataque. Los estudiantes se refugian en los cafés inmediatos, particularmente en el café d’Harcourt2, que es el más próximo. Los policías persiguen entonces a los estudiantes a través de los salones del café, golpeándolos cuando los alcanzan, y cuando no, arrojando sobre ellos sillas, vasos y fosforeras de loza, de esas que se veían en aquel tiempo sobre las mesas de los cafés de París. Hay varios heridos y un muerto, un joven empleado de comercio que bebía tranquilamente su vaso de cerveza en la terraza del café, quien, huyendo con los estudiantes, es alcanzado en la nuca por una fosforera que le arroja un policía, y herido de tal manera que muere a las tres de la madrugada, en el hospital de la Caridad.

El domingo 2 de julio, unos 1500 estudiantes se reúnen nuevamente en la plaza de la Sorbona,  profiriendo voces de ¡Abajo Lozé! (nombre del prefecto de policía) y de ¡Abajo los asesinos! Luego emprenden el camino de la prefectura y llegan al pie de las ventanas del señor Lozé, donde por espacio de más de un cuarto de hora lanzan gritos hostiles al prefecto y a sus agentes. Después, en un gran meeting al aire libre en la plaza de la Sorbona, algunos jóvenes oradores pronuncian vehementes discursos exhortando a sus compañeros a asistir al entierro de Nuger.

En la tarde y en la noche del lunes 3 de julio, los desordenes y las colisiones se repiten, tomando un carácter de extrema gravedad. Más de mil estudiantes acuden al Palacio-Borbón, donde el diputado de París, Millerand, presenta una interpelación en la cámara. La noticia de la dimisión del prefecto de policía produce satisfacción, pero se trata de una noticia falsa, y cuando se sabe que el cadáver de Nuger podría ser sacado clandestinamente del hospital de la Caridad, y dirigido a una estación de ferrocarril, los estudiantes acuden en masa a este hospital a convencerse por sus propios ojos de que aún sigue allí el cuerpo de la víctima del café de Harcourt. Hubo por la tarde varias colisiones, y desde que anochece, los estudiantes tiran al Sena una garita de los sergents de ville de la prefectura, gritan ¡Abajo Lozé! y ¡Abajo los asesinos! y queman junto a la plaza de Saint-Michel varios kioskos, uno de los pertenecientes a los guardias de la paz y otros de los destinados a la venta de periódicos. Acuden los agentes de la brigada central de la prefectura, auxiliados por la guardia municipal de a caballo, y hay varias cargas en la plaza de Saint-André des Arts, en la plaza Saint-Michel y en el boulevard Sebastopol. La agitación es enorme desde las nueve de la noche hasta la una de la madrugada, y el número de heridos asciende a 100.

El martes 4 de julio, los estudiantes, al darse cuenta de que el entierro de Nuger está suspendido, se entregan a manifestaciones delante del hospital de la Caridad. Las cargas se repiten en distintas calles del barrio Latino, tomando en ellas parte sergents de ville y guardias municipales a caballo. Hay dos cargas muy impetuosas al anochecer del día 4, y como los manifestantes rompen gran número de faroles, ciertas calles quedan a oscuras, lo que da a las colisiones mayor carácter de violencia y de gravedad. Para protegerse de las cargas de la guardia municipal a caballo, los manifestantes levantan barricadas y forman varias con kioskos de periódicos y columnas de anuncios, que arrancan de sus sitios y con varios ómnibus, coches de tranvías y carros que pasan por allí. En esta manifestación no todos son estudiantes, sino que se nota en el barrio Latino la presencia de conocidos anarquistas. La noche del 4 es muy agitada. Se escuchan repetidos disparos de revólver intercambiados entre manifestantes y agentes en la plaza del Châtelet y en las inmediaciones del puente del Cambio, y se continúa prendiendo fuego a los kioskos de la policía y a las columnas de anuncios. Los heridos del día 4 se cuentan por centenares.

El miércoles 5 de julio, el gobierno, temiendo un conflicto aún más sangriento, hace sacar al cadáver de Nuger a las 3 de la madrugada escoltado por dos escuadrones de caballería, que lo conducen fuera de París. El gobierno clausura la Bolsa del Trabajo. Ese día fallece el escritor Guy de Maupassant.

El jueves 6 de julio, según La Nación, “la ciudad fue ocupada por cincuenta mil soldados. El aparato militar impresiona vivamente a las turbas. El ministro de justicia ha pronunciado un discurso en la cámara de diputados diciendo: ‘Perseguiremos sin consideración a los sindicatos ilegales. La Bolsa del Trabajo habíase transformado en un centro de desórdenes que fomentaba insurrecciones’. Anoche a media noche en la Avenida de la República, la turba resistió las cargas de caballería. Rechazada por fin, prendió una gran hoguera en el cementerio del Père Lachaise ... Los socialistas han celebrado un meeting en la Maison du Peuple, pronunciándose numerosos discursos. Ciento setenta sindicatos obreros acordaron llevar a cabo una huelga general.” El viernes 7 de julio, según la misma fuente, “el joven poeta Carrère, caudillo de los estudiantes, fue ligeramente herido por dos individuos que lo seguían”.

A partir del 8 de julio, las noticias son más bien conciliadoras: “El prefecto del Sena ha declarado que la Bolsa de Trabajo se reabrirá pronto”; y la conducta del gobierno durante los desordenes es aprobada por un voto de confianza de la cámara de diputados. El 10, después de la noticia sobre el entierro imponente de Maupassant, se informa que el prefecto de policía, Lozé, será destituido, recompensándole, claro, con un puesto diplomático. Se piensa reformar la policía y suprimir las brigadas centrales, bajo un nuevo prefecto de policía, el señor Lépine. Los estudiantes, a su vez, hacen colectas de dinero para indemnizar a los propietarios de los kioscos quemados durante los desordenes. El 13, el presidente del consejo, Dupuy, promete un indulto a los estudiantes y artesanos que se hallan detenidos a consecuencia de los desordenes. El 14, la revista militar tiene lugar en Longchamps, sin ningún incidente, y los bailes y diversiones populares de la fiesta nacional se realizan con la acostumbrada alegría. A partir del 18 de julio, ya no se habla de los “disturbios”.

“Impresiones de París”, la crónica de Darío donde se reflejan estas conmociones, es un texto que se divide en tres partes. Cada una lleva una fecha de redacción distinta: la primera, “París, 5 de julio3 de 1893”; la segunda, “8 de julio”; la tercera, “Julio 9”. La segunda parte, la más larga, se divide a su vez en tres partes. La estructura global es la siguiente: Primera parte (5 de julio): Antecedentes de los actuales disturbios: el Baile de los Quat’z’Arts. Entrevista con un diplomático. Segunda parte (8 de julio): Los disturbios actuales. a) Impresiones del cronista en el Barrio Latino y frente al Palacio de Borbón. b) Entrevista con un amigo que critica la bohemia y la juventud actual. c) Impresiones del cronista sobre Jean Carrère. Idealismo de la juventud actual. Tercera parte (9 de julio): Reconciliación. Recordando al duque de Uzès. Heroismo de la juventud actual.

A pesar del carácter “impresionista” que indica su título, se trata, pues, de una crónica cuidadosamente equilibrada, que en el fondo no es un reportaje sobre los disturbios sino una reflexión sobre la juventud del momento, sus anhelos, esperanzas y perspectivas.

El “yo” del cronista está presente en todas las partes: I. “Un caballero del cuerpo diplomático, me ha dicho así”. II. “Yo he ido al d’Harcourt á informarme. … Un escéptico amigo que me acompaña,me toma del brazo y me dice … Señor irritado, le observé … No hace quince días venía, el que estas líneas escribe, en un coche, no lejos del Louvre … Un jóven … se acercó á nosotros. … Le pregunté sobre el reciente banquete … Hablamos rápida, agradablemente. … Nos despedimos, y hasta hoy no le he vuelto á ver.He hecho todo lo posible por ver á Carrere … pero me ha sido imposible la entrada á su departamento”. III. “No sé por qué deseo concluir estos apuntes, recordando”. Y este “yo” se encuentra en un diálogo permanente: con un caballero del cuerpo diplomático en la primera parte; con un escéptico amigo y con Jean Carrère en la segunda. Intervienen también otros personajes cuyas opiniones se mencionan o se citan: Séverine ataca a Bérenger, Coppée alaba a Séverine, Huysmans critica a los estudiantes, un diario los ataca por motivo del entierro de Maupassant, Sawa recomienda a Carrère, Séverine lo celebra, etc.

Veamos la primera parte. Darío entrevista a un caballero del cuerpo diplomático que no hemos identificado. Éste, joven, artista, seguramente latinoamericano, estuvo presente en el baile de los Quat’z’Arts, el 8 de febrero, y presenta una imagen equilibrada del famoso evento, destacando por un lado su aspecto de belleza artística, por el otro el de fiesta voluptuosa. Comprende tanto el punto de vista de los artistas y escritores, presentes y entusiasmados, como el del senador Bérenger, ausente y preocupado. Lo que no dice, pero lo da a entender, es que ningún tribunal del mundo tiene el derecho de imponer, por medio de multas, la concepción de decencia o indecencia que debe prevalecer en una fiesta de artistas. Ayuda a comprender, de manera caballeresca y diplomática, la indignación de los estudiantes que causó la presente tragedia.

La segunda parte, como decíamos, está, a su vez, dividida en tres partes: IIa, IIb, IIc. IIa recoge impresiones, emociones, comentarios diversos sobre los disturbios actuales. En IIb los estudiantes se ven bajo la luz del escepticismo, y en IIc bajo la luz del entusiasmo.

El inicio de IIa es sin duda la parte más bella de esta crónica. Ya lo hemos citado: “L’émeute! ¿Será posible que una vez más el cuerpo fatal y maravilloso, la terrible gracia femenina, cause la conmoción del mundo? ¿Y que Helena se llame ahora Mlle Manon o Sarah Brown? ¿Y que vaya a arder París, nuestro París de todos, por causa de una bacanal?” Vemos cómo el Barrio Latino, semidestruido, se transforma bajo la mirada de nuestro cronista. El heroísmo y la belleza antigua ya no se encuentran en los tiempos modernos, demasiado refinados y demasiado prosaicos; pero sí se puede hallar aún algún reflejo lejano de ellos. Las cargas de la policía a caballo contra los indefensos estudiantes recuerdan sin duda al poeta las luchas homéricas, y los pleitos sobre el cadáver de Nuger ¿no se parecen a los griegos y troyanos peleando por el cuerpo de Patroclo? La causa de tanta tragedia se encuentra en una mujer fatal, que antaño se llamaba Helena, y ahora se llama Sarah Brown o Manon. Los celos que provocaba Helena, la bacanal en que triunfaban Sarah y Manon, son expresiones de “la gloria omnipotente del sexo” (RD, “Mi tía Rosa”, Cc 409), que se manifiesta aquí en su forma más destructiva. En el bulevar Saint-Michel, donde los kioskos se queman, la imaginación del poeta ve un París que arde y que le recuerda el incendio de Troya. Sin embargo, hay que comparar la débâcle que se vislumbra en este párrafo, con las frases finales de la crónica, conciliadoras, donde la catástrofe amenazante se disuelve como una burbuja: “Todo ha sido espuma de la vida parisiense; la espuma de una simbólica é hirviente copa de champagne”.

En IIb, el “escéptico amigo” denuncia a los estudiantes, compara los del presente con los del pasado, cuestiona sus motivos. Los estudiantes, para él, han degenerado, ya no son como antes; los personajes que describieron Musset y Murger ya no existen; a los de hoy les falta idealismo, entusiasmo, energía. Es un topos literario que ya encontramos en el mismo Murger y sobre todo en Privat d’Anglemont; Darío lo ha empleado posteriormente, como también Gómez Carrillo. En el momento de los disturbios, los periodistas lo utilizan con fines de denuncia política. Y según este topos, no solamente los estudiantes, sino todo el barrio Latino, incluyendo la poesía y los poetas, han degenerado: el sucesor de Musset es Verlaine, “y ya se sabe que este ‘poeta maldito’ como él se llama, caso estudiado en los libros de criminología curiosa, es un ser infamemente ilustre. Su vida regocijaría á Sodoma; su poesía mística, mágica y venenosa, emponzoña las jóvenes almas soñadoras; y es significativo que una buena parte de la juventud literaria de París le haya mirado como á un apóstol, como á un grande y querido maestro. El gran poeta merece ciertamente la admiración, pero también el desprecio”. Darío interrumpe en este momento el discurso de su amigo, exclamando: “¡la caridad indica también la compasión!”. Hay aquí un juego ambivalente con los niveles del discurso. Darío, autor de la crónica, no es idéntico al Darío personaje de la misma; Darío-narrador deja hablar al amigo y reproduce su ataque contra Verlaine; Darío-personaje interrumpe y lo defiende, pero un poco tarde: ¿no sería esto el desquite de nuestro poeta, quien, como se sabe, fue humillado por su ídolo cuando llegó una noche a presentarle el homenaje de su admiración?

Otro amigo muy diferente es Jean Carrère, protagonista de la parte IIb. Darío lo conoce por medio de Alejandro Sawa, conversa con él en un coche, en el trayecto del Louvre hasta la Bolsa, y se queda entusiasmado con su personalidad. Carrère viene del sur de Francia, es “meridional, ardoroso como todos los que lleven un poco de sol en el cerebro, nacido en tierra de buenos vinos y de sonoras risas, tiene en sí la alegría de los hombres de su raza, pomposa y abierta”. Es “escritor, poeta buen muchacho”. Y “con el tiempo que ha pasado en París – apenas cuatro ó cinco años – es ya un parisiense conocido de los gorriones, de las mujeres y de los poetas”. Representa la fuerza, la energía, la alegría, la esperanza de esta juventud que algunos consideran como degenerada. Merece la compasión, por el trágico atentado que casi le costó la vida y que lo mantiene clavado en su lecho de hospital, donde Darío, a pesar de sus esfuerzos, no logra visitarlo. Tiene enemigos, como es natural, y algunos de los apuntes del cronista parecen defenderlo contra ciertos ataques e insinuaciones: “Lo que hay de cierto es que Carrère desde el comienzo de estas agitaciones ha estado en cada uno de los centros de acción, siempre de buena fe, procurando hacer bien. Por cierto que en su calidad de periodista tomaba apuntes, en su calidad de estudiante arengaba, y en su calidad de poeta soñaba”. Es verdad que su actuación durante los disturbios ha dejado una impresión ambivalente que todavía se refleja en su biografía en el Dictionnaire de Biographie Française. Darío lo menciona en varias crónicas posteriores, cuando ya se ha convertido en un periodista y escritor famoso.

La tercera parte de la crónica (III), corta, escrita el 9 de julio, da una impresión de tranquilidad y de alegría. Los disturbios se han calmado; la convalecencia de Carrère corresponde a la convalecencia de París; todavía hay algunos rumores sordos, pero el ambiente es festivo. La fiesta nacional del 14 de julio se celebrará, el tiempo es bello, el comercio se recupera. París sigue siendo una fiesta.

Y ¿qué viene a representar, en medio de esta fiesta, en el párrafo final del texto, la alusión al duque de Uzès quien, a los 24 años, se fue a morir a África? Me parece que se trata de otra respuesta a las sospechas que expresa, en la parte IIa, el escéptico amigo, referente a la decadencia de la juventud actual. La historia de Jean Carrère fue la primera respuesta; la alusión al duque de Uzès es la segunda. El idealismo existe en la juventud de hoy, a pesar de las apariencias. Existen los jóvenes que luchan a favor de una sociedad más justa y más humana, y asumen las responsabilidades y los riesgos de esa lucha. También existen los jóvenes que sacrifican su vida por una causa. El duque de Uzès, antes de partir a África, donde murió, fue un gran vividor4.

Pero ¿qué hacía exactamente en África el joven duque de Uzès? Los periódicos bien informados nos brindan muchos detalles sobre sus hazañas como explorador, pacificador y conquistador y sobre el heroísmo con el cual masacraba a los negros para consolidar el imperio francés en el Congo5. ¿Cuál fue la causa de esta asombrosa transformación? ¿Cómo y por qué se convirtió ese muchacho vividor en una especie de héroe nacional? La explicación se encuentra, otra vez, en el nombre de una mujer. Jacques tenía 10 años en 1878, cuando su padre murió a consecuencia de un accidente de caza, dejándole el título de duque de Uzès junto con una de las grandes fortunas de Francia. Era, en estos años, un joven simpático, “mucho más ocupado en pasar brillantemente sus exámenes y en trabajar para convertirse en ‘alguien’ por sí mismo que en enorgullecerse por su rango … lleno de espíritu, de franqueza, de sinceridad, promete perpetuar dignamente su raza” (Vasili 1896: 157). En 1889, se enamoró locamente de una bailarina, que no se llamaba en este caso ni Helena ni Sarah Brown, sino Émilienne d’Alençon. La que sería su “femme fatale” tenía 19 años y acababa de debutar en el Cirque d’Été. La instaló en la mansión materna en el n° 76 de la avenida de los Campos Elíseos, se la llevó a Londres para conocer a su primo, el duque de Orleáns, pretendiente (exiliado) al trono de Francia, y se empeñó en disipar su fortuna por ella: unos dos millones, parece, se fueron en el romance (Lanoux 1961: 189-190). Para hacerle sentar cabeza, su familia – es decir, su madre – decidió enviarlo a África; y después de su muerte, la duquesa, para superar el trauma, publicó un libro de 342 páginas que contiene las cartas dirigidas por Jacques a su “chère maman”, su diario, numerosas ilustraciones, un retrato fotográfico y una introducción en la cual se ocultan los trasfondos de la tragedia. El honor estaba a salvo. “La solicitud familiar puede asumir todas las formas” (Vasili 1896: 272).

¿Conocía Darío la historia, que en ese momento ningún periódico mencionaba? No se puede dudar de ello; su amigo Gómez Carrillo, que lo introdujo en la vida parisiense, era experto en las murmuraciones bulevarderas. En las tres líneas que concluyen la crónica, Darío alude al triste y heroico fin del joven duque, pero no menciona el trasfondo trágico y grotesco de esa muerte. Con ese elocuente silencio, el impacto de la crónica aumenta considerablemente. El arte de la prosa de Darío es un arte de aludir y de callar. La fuerza de sus crónicas aumenta con los contenidos que se callan en ellas.

Reproducimos a continuación esta crónica de Darío. Se encuentra, como decíamos, en sus Obras completas, ya se podía leer; ahora se puede, además, comprender. Sus cualidades se aprecian todavía mejor si se la compara con los otros dos escritos que reproducimos: la declaración de Jean Carrère, protestando por su inocencia y sus buenas intenciones, escrita el miércoles 5 de julio, antes de los dos atentados que trataron de acabar con su vida, o por lo menos intimidarlo para siempre: el primero en la noche del mismo 5 de julio y el segundo en la noche del viernes 7 de julio. Y la investigación de Séverine, periodista y escritora experimentada que logró lo que a Darío se le negó: penetrar al hospital, hablar con Carrère herido, analizar su caso y presentarlo como lo que fue: un atentado terrorista perpetrado por la policía, uno de tantos casos de terrorismo estatal. Séverine, en el fondo, quiere descubrir los secretos del mecanismo social que produjo los disturbios, para cambiar estas realidades. Su escritura es naturalista. El objetivo de Darío, por su parte, es interpretar la realidad de una manera nueva, buscando lo que aún puede quedar de antigua belleza en el mundo moderno. Su modernismo, como el de su contemporáneo Yeats, tiene un fondo neorromántico. Pero, frente a los disturbios y crímenes de París, este romanticismo no está tan alejado, como se podría creer, del naturalismo de una Séverine.


Documento A

Rubén Darío

Impresiones de París.

La agitación recién pasada.

Jean Carrère.

Ferro non auro6

PARIS, 5 de julio7 de 1893.

Un caballero del cuerpo diplomático, me ha dicho así, refiriéndose al baile de Quatz Arts: “Yo concurrí al baile que ha sido alegre epílogo [sic]8 de esto que va siendo ya tragedia.

El principal organizador de la fiesta, fue un jóven artista de buena familia, querido y estimado entre todos sus colegas. Se trataba de una fiesta artística, de una verdadera apoteosis del desnudo. Desfile de grupos y luego baile. El lugar escogido para la realización de la idea, fué el Moulin Rouge. Las tarjetas de entrada especiales y, hechas á un número limitado, tuvieron una inmensa demanda. La mayor parte de los concurrentes eran pintores, escultores, etc.

Habia también mucha gente del “mundo”. Las mujeres que debian representar los cuadros imaginados por conocidos maestros, eran modelos.

Hay que advertir que después del escándalo, la asociación de modelos, protestó. Es cierto que en el baile sobresalió, como siempre, la Goulue, que si es modelo, no lo es ciertamente de los talleres. Los grupos, en el desfile, eran bellos, es indudable. Pero yo, que no soy tartufo, puedo asegurarle que no dicen la verdad quienes afirman que reinaba en todo la “castidad” del arte. Era del desnudo de los cuadros y de las estatuas; pero nunca se ha podido aplicar mejor aquello de que hay mucha distancia de lo vivo á lo pintado. Fue una gran fiesta; de las antiguas fiestas voluptuosas. La muchacha llamada Manon, desnuda sobre su asno, hubiera sido aclamada en una celebración de Baco, en los tiempos del paganismo. Yo, como artista y como jóven, gocé con el brillante y deslumbrador espectáculo. Pero si fuese francés y tuviese hijas, seria del partido del buen Sr. Berenger, que ha cometido el delito de defender el pudor parisiense. Y creo que ese asendereado caballero cuenta con simpatías. Sobre todo, en muchas casas del faubourg Saint-Germain, y en la excelente burguesía; porque por más que se hable de la desorganización moral de París, no es toda ella ‘el burdel del mundo’ la espléndida y portentosa ciudad.”

 

8 de julio.

L’émeute! ¿Será posible que una vez más el cuerpo fatal y maravilloso, la terrible gracia femenina, cause la conmoción del mundo? ¿Y que Helena se llame ahora Mlle Manon o Sarah Brown? ¿Y que vaya á arder París, nuestro París de todos, por causa de una bacanal?

La farsa se ha vuelto ya trágica. “Berenger, – dice irritada Severine, envuelta en el incienso que le acaba de quemar Coppée9 – Berenger tiene ya su muerto”10. El muerto es un estudiante11. La policía ha invadido el barrio Latino, y en el café d’Harcourt, ese inocente Nuger, que no había tomado parte en ninguna de las manifestaciones, que tomaba su bock tranquilamente, ha quedado muerto al golpe de una fosforera… El barrio, el barrio por antonomasia, se estremece. Yo he ido al d’Harcourt á informarme. Por todas las calles se nota un soplo extraño y agitado. En el café se ve el estrago de la lucha pasada. Por todos los lugares no se habla sino de los estudiantes. Un grupo de ellos ha ido cerca del palacio de los diputados, y a tres que iban subiendo la gradería, les han silbado, les han arrojado monedas de cobre, gritando: Panama, Pa-na-ma. Pasan unos africanos en un coche. Detiénese el vehículo; un estudiante les enflora la solapa a los negros, que rien. Y luego les hacen gritar: “Afuera Berenger!” El coche parte. Ovación12.

Un escéptico amigo que me acompaña, me toma del brazo y me dice: “Tiene razón Huysmans! Este no es el estudiante legendario y poético; aquel ha concluido, cuando partió también para siempre la rosa del arroyo que se llamaba la griseta. Hoy ninguna de esas hembras que se hallan en las aglomeraciones estudiantiles se llaman Mimí, ni se apellida Pinson. En los centros, en los cafés, d’Harcourt, Vachette, Souflet, se experimenta la decepción más desconsoladora, en medio de una muchedumbre heteróclita y bufa que demuestra su talento, discutiendo absurdos aquí, más allá imitando al burro, al perro, al gato; haciendo grandes gestos estúpidos. El pensador y el verdadero artista, se explica que padezcan con la visión de una juventud sin savia, y cuyas pocas fuerzas se gastan rápida é inútilmente. Hay quienes canten la canción del reino de Bohemia…., pero la Bohemia antigua es ida, ida para siempre. El libro de Murger, tierno y jovial poema de un París pasado, vale hoy por un libro de fábula. Y lo que hoy se llama la Bohemia, está más cerca del presidio que de la gloria. Musset, el lamentable y amado poeta, se apellida hoy Verlaine. Y ya se sabe que este “poeta maldito” como él se llama, caso estudiado en los libros de criminología curiosa, es un ser infamemente ilustre. Su vida regocijaría á Sodoma; su poesía mística, mágica y venenosa, emponzoña las jóvenes almas soñadoras; y es significativo que una buena parte de la juventud literaria de París le haya mirado como á un apóstol, como á un grande y querido maestro. El gran poeta merece ciertamente la admiración, pero también el desprecio”. Señor irritado, le observé: ¡la caridad indica también la compasión!

De los cafés en donde, si es cierto que excepciones brillantísimas tienen su mesa y su vaso, no faltan grupos numerosos que hacen guerra continua a estas dos cosas inútiles, el órden social y el sentido común; de esos cafés ha brotado un soplo que ha empujado hasta el estado en que hoy se encuentra la ola que conmueve á París. Hay quienes afirman que no ha sido la juventud de las escuelas la que ha tenido mayor fuerza en el escándalo; que ya han metido la mano los socialistas; que los que en el barrio encendieron el fuego de la brega fueron comparsas de voyous. No obstante, es triste leer lo que un diario dice como reproche al cuerpo escolar. Se dice que Guy de Maupassant acaba de ser conducido al cementerio, después de morir en su celda de loco13; que Guy de Maupassant fue una gloria de la Francia y el encanto literario de la juventud, y que detrás de su ataúd, en el entierro, no se veía un solo estudiante, ni uno solo de los muchos que acaban de hacer una ovación… ¿A un gran político? ¿A un gran poeta? ¿A un gran vencedor? No. A la Môme Fromage!14

___________

Hoy el nombre de Jean Carrere resuena por todas partes. Es célebre, y no por sus hermosos, sus sinceros, sus armoniosos versos; no por sus artículos en la prensa parisiense, donde había figurado en segundo término. Es célebre ya, al menos por algún tiempo, á causa de que ha estado a punto de perder la vida á manos de la policía, aseguran los exaltados; “de un desconocido”, dice él, desde su lecho del hospital, donde está herido, nervioso, medio muerto.

No hace quince días venia, el que estas líneas escribe, en un coche, no lejos del Louvre, con el escritor español Sawa. De repente dice éste:

– Voy a presentarle á una excelente persona de la prensa; escritor, poeta, buen muchacho.

– ¡Carrere! ¡Carrere!

Un jóven, ojos inteligentes y expresivos, figura franca y distinguida, correctamente trajeado, se acercó á nosotros. Presentación. Luego, subió al coche.

– “¡Cochero! despacio.”

Encantaba la conversación de tan excelente conocido.

La charla amable duró hasta más allá de la Bolsa. Le pregunté sobre el reciente banquete en honor de Víctor Hugo, del cual él fue uno de los principales organizadores15. Hablamos rápida, agradablemente. Sawa que conocia la simpatia que yo experimentaba por Carrere, de quien me habían hablado ya varios amigos suyos, entre ellos el poeta Moréas, me dijo: “Hareis buenos amigos”. Nos despedimos, y hasta hoy no le he vuelto á ver. Carrere, por su carácter entusiasta y noble, tiene por todas partes quienes le profesen un leal cariño. Entre los estudiantes ha sido y es estimadísimo, como también entre sus colegas de letras.

Todos los que forman la parte vibrante y nueva de las letras francesas, quieren á Jean Carrere, y hánselo demostrado con motivo de la agresión de que acaba de ser víctima.

Meridional, ardoroso como todos los que lleven un poco de sol en el cerebro, nacido en tierra de buenos vinos y de sonoras risas, tiene en sí la alegría de los hombres de su raza, pomposa y abierta. Y con el tiempo que ha pasado en París – apenas cuatro ó cinco años – es ya un parisiense conocido de los gorriones, de las mujeres y de los poetas. Al caer herido, no ha habido un solo diario que no le haya manifestado su simpatía. Severine ha escrito un precioso y pequeño artículo, lleno de sentimiento y de bravura. He hecho todo lo posible por ver á Carrere y enviar á LA NACIÓN una verdadera reseña de lo que ha pasado al querido y pobre periodista; pero me ha sido imposible la entrada á su departamento.

Aseguran en el hospital que él no quiere recibir ninguna visita. Los diarios han publicado distintas versiones del sucedido, pero la misma víctima ha escrito á uno de ellos diciendo que no responde por la autenticidad de todos los interviews que respecto á él se publiquen, que cuando él deje el lecho y esté en aptitud de poner en órden sus ideas y de escribir largamente, él narrará lo que ha pasado, con todos sus detalles. Severine dice que él calla ahora en su cama por temor de que lo rematen… Lo que hay de cierto es que Carrere desde el comienzo de estas agitaciones ha estado en cada uno de los centros de acción, siempre de buena fé, procurando hacer bien. Por cierto que en su calidad de periodista tomaba apuntes, en su calidad de estudiante arengaba, y en su calidad de poeta soñaba. Antes, no hace muchos días, ha sido atacado por la primera vez; mas no le aconteció gran cosa. Anoche el asunto ha sido harto diferente. En la calle de Sèvres le ha asaltado un hombre, que le seguía desde hacia largas horas – le ha herido gravemente, le ha roto la cara; le ha golpeado el vientre, le ha aporreado; y ha huido su asaltante, creyendo dejar en la calle un cadáver.

Julio 9.

Carrere sigue perfectamente, convaleciendo16, y desdeñando la política desde su trono ideal de poeta lírico. París también, ha amanecido en perfecta salud. Figaro dice hoy: C’est fini!17 La revolución que llegó á verse como un espectro de Brocken, á causa de las gesticulaciones de sangriento chahut recién pasado, se deshizo en el viento. El incomparable París ríe, con muy claro sol y excelente humor. Temíase que el 14 de julio no fuese celebrado. Ya hay esperanzas de que no sea así. El único rumor que se oye en la ciudad es el que vaga alrededor de la Bolsa del Trabajo.

El comercio ha ganado con el pronto apaciguamiento de los ánimos, y mañana todo estará como en tiempos normales. Todo ha sido espuma de la vida parisiense; la espuma de una simbólica é hirviente copa de champagne. El tiempo, bello; el boulevard, bullente; y entre interesantísimas noticias, la de que la Srta Ivette Guilbert está ya curada de su catarro, y va á seguir diciendo: en Embajadores18….

No sé por qué deseo concluir estos apuntes, recordando al infortunado duque d’Uzès que acaba de morir en Africa, y sobre todo, escribiendo la leyenda de las armas de su casa:

Ferro, non auro19.


 

Documento B

Jean Carrère

Los incidentes del barrio Latino20

Pido al lector que me disculpe si voy a hablar de mi persona, pero me es imposible obrar de otra manera.

A la hora actual, a pesar del tumulto y de las emociones de tres días y tres noches en que no he dormido ni tres horas, juro que siento en mí una calma absoluta. Los que me rodean y me han rodeado todo el día pueden atestiguarlo.

Creo, sin embargo, que en presencia de las escenas horribles cuyo testigo he sido hoy, en presencia de la sangre que he visto correr, es importante que yo haga una declaración definitiva.

Por eso quiero recapitular todos los hechos.

El sábado por la noche – ya me parece que fue hace semanas – estudiantes, artistas y escritores, alegres e inofensivos, llevando en el sombrero una hoja de parra poco subversiva, se divertían gritando en la plaza de la Sorbona: “¡Abucheen a Berenguer!” Se trataba únicamente de protestar contra los ridículos pudores de ese anciano. No había mucha maldad en eso.

Unos agentes de policía del 6° distrito mantenían el orden, por lo demás, con mucha tranquilidad.

Se conoce la partida para el Senado y la calle de Anjou y la refriega en la plaza de la Sorbona.

El azar quería que en el momento de la partida para el Senado, yo estuviera, con algunos poetas amigos, en las primeras filas del cortejo. Entre ellos se encontraba Adolphe Retté, que ha sido herido esa misma noche.

Los estudiantes nos conocen, nos quieren un poco, según creo, y nos gritaron alegremente que los guiáramos. Hubiera sido extraño abandonarlos en ese momento. Se sabe el resto.

¿La manifestación era, sí o no, digna de interés? No es esa la pregunta. En todo caso, era muy inofensiva. Abuchear a un pobre retirado del amor no tiene nada que deba inquietar al gobierno.

¿Por qué, entonces, se mandaron unas brigadas centrales a la plaza de la Sorbona?

En todo caso, el día siguiente, a mediodía, cuando me trasladaba para almorzar con un literato amigo mío, sin pensar ya en las bromas de la noche pasada, me pararon en todas las terrazas de los cafés del bulevar Saint-Michel unos grupos sobreexcitados, nerviosos, arrebatados ya, gritándome: “¡Han matado a uno de los nuestros, hay que vengarse, no nos abandone!”

Desde ese momento vi que era imposible tratar de reprimir la efervescencia naciente. Sólo me quedaban dos alternativas: o retirarme, o aprovechar la poca influencia que tengo en la juventud del barrio Latino, para impedir que cometiera locuras inútiles.

¿Quién cree que yo podía vacilar?

Repito que no había organizado la manifestación del sábado por la noche: hay testigos que pueden confirmar que a las siete y media de la noche yo no sabía nada de ella.

Pero como al día siguiente se me quiso ofrecer alguna confianza, y puesto que yo sabía que podía, gracias a esa confianza, frenar las locas decisiones de amigos más jóvenes, acepté todas las responsabilidades de la tarea que se me ofrecía.

Se me unió un comité espontáneo, compuesto por compañeros cuya entrega ha sido admirable, y que no han dejado de ayudarme.

Por eso, desde el domingo por la noche hemos desempeñado, en los acontecimientos que acaban de pasar, un papel que me es importante precisar aquí.

No afirmo nada que no puedan afirmar cien testigos lo mismo que yo.

En dos palabras, ha sido este: hemos pasado el tiempo en mantener el orden, mientras que unos instigadores, que no tenían nada que ver con la juventud de las Escuelas, y cuyas relaciones no quiero sospechar en ese momento, se esforzaron en organizar el desorden.

Todo el tiempo, en todas las circunstancias, en cualquier lugar, hemos gritado: “¡Estén tranquilos!”

En algunos casos incluso tuvimos que manifestar un autoritarismo un poco brusco, que por lo demás no tomaron a mal los que conocían mi intención.

Era imposible que no hubiese manifestaciones. Nos hemos impuesto la misión de hacerlas dignas.

El domingo por la noche, se me ha visto seguir en coche a los que se trasladaban a la prefectura de policía, suplicándoles no abandonarse a los consejos de unos meodeadores sin mandato. Algunos voyous me silbaron; ¿me turbé?

El lunes a las dos, cuando los grupos impacientes pedían un meeting que, por mi parte, me parecía inútil, ¿he vacilado en participar en él? Gentes, que no se sabe de dónde venían, gritaban: “¡Plaza Beauveau! ¡Plaza Beauveau!” ¿Se acuerdan del silencio que les impuse?

Después, cuando los estudiantes, exasperados, quisieron marchar contra el hospital de la Charité, a pesar del consejo que les daba de no hacer nada; ¿no he encabezado el cortejo, y no se ha visto con qué calma imponente han desfilado frente a la casa donde reposaba el difunto?

De manera similar – y en este caso apelo aquí al testimonio de todos los diputados – he logrado, en la Cámara, un orden que no se esperaba.

La noche – el señor Émilien Chesneau, del Journal, el señor Blosseville, del Jour, el poeta Julián Leclerq, y un gran número de estudiantes podrán dar testimonio de ello – me precipité, hacia la una, entre la policía, que atacaba, y los manifestantes, que tiraban piedras. Se me ha visto tratar de apagar incendios que la policía observaba con risas burlonas. Me alcanzaron piedras. ¿Por qué azar no he sido herido gravemente?

Al fin, ayer, martes, durante ese día siniestro que contará entre los más sangrientos del siglo, ¡qué no he hecho para evitar los desórdenes! Que hablen el señor Gillet, director del hospital de la Charité; el señor doctor Deschamps, alcalde del 6° distrito; el señor Girard, comisario de policía del barrio des Saints-Pères, en cuya buena fe tengo confianza; que digan todos el esfuerzo que he hecho, siempre en nombre de los estudiantes, que me han ayudado con una entrega sin límites, para evitar colisiones.

Faltaban sólo unos pocos segundos para que el día terminase tranquilo y sin incidentes graves.

Hacia las tres y media los estudiantes iban a retirarse en buen orden, cuando llegaron las brigadas de agentes.

Pedí a mis compañeros que tuvieran paciencia, después supliqué al señor Girard ordenar la partida de los policías. El señor Girard, a pesar de sus esfuerzos de los que he sido testigo, no pudo conseguir la retirada de las brigadas. La orden venía de arriba.

El resto, ¡ay!, es demasiado conocido.

Y eso fue lo que ha pasado durante todo el tiempo. La aparición de los agentes interrumpía el orden restablecido.

No acuso a nadie. Los agentes tenían sus órdenes. ¡A lo mejor habría que compadecerse de ellos! Yo no emplearé, como algunos compañeros irritados, palabras violentas para hablar de aquel que tiene la responsabilidad del orden. Estoy convencido de que el señor Dupuy no quiere la muerte de nadie, y de que debe estar sufriendo cruelmente de todo lo que sucede.

Pero cuando uno tiene la responsabilidad de todo un país, ¿la torpeza no es tan funesta como la maldad?

Cuando uno quiere ser responsable de la vida de los otros, hay que ser capaz de afirmar que no la va poner en juego por terquedad.

Ahora, en este momento, hay unos hombres responsables: el señor Dupuy, jefe del gobierno, y nosotros que hemos organizado unas manifestaciones IMPOSIBLES DE EVITAR.

Criminal, no; pero culpable, sí: alguien lo es.

Ignoro lo que hará el señor Dupuy. Por mi parte, pido que se me traduzca ante el tribunal, y que se me condene si lo he merecido.

En todo caso, he expuesto mis actos. Tengo, por lo tanto, algún descanso en mi conciencia, soñando que no podía no hacer lo que he hecho.


Documento C

 

Séverine

Jean Carrère.

Víctima de una agresión.

En la Charité.

Visita de Madame Séverine.

Emocionante relato21

En junio de 1891 vi llegar a mi casa a un joven con un librito. El joven se llamaba Jean Carrère; el librito se titulaba: Ce qui renaît toujours! [Lo que renace siempre]. Jean Carrère tenía el acento del sur –; ¡su librito también!

El autor llegaba del Midi, de Agen, para conquistar una vez más la Galia. Veinte años pasados, una tez de maíz maduro, una pelambrera de sauce nocturno, lo anormal eran sus pupilas claras, que muchas veces revelan al mestizo de sangre gascona con sarracena.

Pero de los moros, sus antepasados, no había heredado ni la rareza del gesto ni la sobriedad de la palabra. Nada de la flema oriental. Este era un ser viviente y vibrante; ¡toda la exuberancia de los países del sol estallaba en la amplitud de su mímica y en el estruendo de su voz!

¡Pero se sentía, en esta primavera ruidosa, bajo el balanceo de las consonantes y el canto de las vocales, una bella alma de niño, ignorante, entusiasta, leal, enamorada de rayos y de laureles!

Sea lo que fuera su destino (más bien malo que bueno, ya que el éxito, ¡ay! es a menudo menos el precio del ímpetu que del cálculo), se podía jurar que éste, por lo excesivo de su temperamento expuesto a meter la pata, no cometería jamás errores; que mantendría intacta la única herencia de sus antepasados – su honor de cadete de Gascuña, ¡muy pobre, muy valiente y muy orgulloso!

… El librito, por su parte, tenía una tapa blanca, como un vestido de primera comunión. Sin nombre de editor. La madre, allá en su tierra, había vendido un pedazo de prado, para que el genio del pequeño pudiera deslumbrar a París. Y, bajo su cofia de campesina, mirando por el lado de la gran ciudad a la cual se había ido su hijo, esperaba noticias suyas…

Los versos de Jean Carrère eran realmente de un bello aliento, y su estrofa engalanaba la idea. El prefacio, aunque se burlaba de gente que yo quiero – de Barrès, entre otros – era verboso, nervioso, divertido como la cólera de un pequeño gato.

¡Y después este desconocido, este ingenuo, este provinciano, llegaba con la fe de los misioneros, predicaba el evangelio de la renunciación, del sacrificio, del heroísmo y de la abnegación!

La dedicatoria era esta:

A LA GENERACIÓN NUEVA

A MIS AMIGOS

CONOCIDOS O DESCONOCIDOS

A LOS QUE

HUMILDES Y OBSCUROS COMO YO

QUIEREN SACAR SU GRANDEZA

DE UN IDEAL DE AMOR HUMANO

DEDICO

ESTA OBRA DE FE

POR HABERME DADO

LA ESPERANZA.

Acepté el pequeño volumen y fui su madrina.

Dos años después.

Eso fue hace dos años.

Después, el terrible rectificador de los hombres había sometido a Carrère como a los otros, había echado un poco de septentrión a este meridionalismo excesivo, un poco de nieve sobre este volcán, y, sin atenuar para nada sus cualidades nativas, lo había calmado y moderado de manera singular.

Me interesaba por él, como por todo ser de valor y de sinceridad, seguía las etapas de su evolución y me daba cuenta de sus progresos. Estos se confirmaron en el momento de los últimos acontecimientos. Si Carrère se mostró enérgico, personalmente, siempre dio prueba de moderación cuando estuvo en juego la piel de los demás. Se le encuentra a la cabeza de todos los movimientos, el primero expuesto a los golpes; pero interponiéndose siempre para evitar las colisiones, para preservar a los desgraciados.

En la vía pública, en las reuniones del café de la Source, frente al hospital de la Charité, se pone ronco predicando la calma, golpeando únicamente cuando se le toca. ¡Es verdad que entonces golpea bien!

Y la policía tiene más rencor contra un agitador pacífico que contra los que derriban los kioscos o dan vuelta a los ómnibus.

– ¡Lo tendremos!

Tal es el grito de las brigadas centrales, borrachas de brutalidad o quizás de otra cosa, bien decididas a pescar a este flacucho, en una esquina, lejos del público, y a hacerle expiar de un golpe todo el alboroto de estos últimos días.

Carrère es estudiante, Carrère es periodista – ¡será un doble placer acabar con él! Ya se dieron gusto con Marolleau, del Matin; con Méry, de la Libre Parole; con Plon, de los Débats; con Barrière, de la Paix; y ya se probó a Chincholle. Los aperitivos de esta clase piden una consagración.

Y se hace el intento, el miércoles por la noche. Después de seguirlo constantemente, Carrère es atacado a garrotazos, en la calle Montpensier. Después el hombre lo agarra por la garganta y trata de estrangularlo. Carrère se libera con un supremo esfuerzo y, sintiéndose el más débil, sin armas, escapa…

Pero hoy se trata de un asunto diferente. Seguido siempre, sin haber logrado deshacerse de su escolta policíaca, Carrère, en el camino hacia el barrio, es atacado en la calle de Sèvres, y dejado por muerto. La noticia llega a un almuerzo entre amigos, y subimos rápido a un coche para ir a su casa, para saber si es cierto – y para avisar.

El hombre de las gafas azules.

Pero en la calle de Verneuil, a la vuelta de la calle des Saints-Pères, antes de llegar al n° 6 donde habita Carrère, los compañeros divisan a un hombrecito pelirrojo, de aspecto astuto, correteando en sentido contrario, la cara adornada con unas magníficas gafas azules.

– ¡Párese, cochero! ¡Goron! ¡Es el señor Goron! Vamos a tener noticias.

Pero mientras el señor Goron se quita las gafas – ¡Dios! ¡qué gafas más bellas! – e intercambia brevemente unas palabras con los amigos que me alcanzarán en un momento, yo, apurada por ver al herido, sigo mi camino, me paro a pocos pasos de allí, y me precipito como un torbellino al pasillo, a cielo abierto, del pequeño hotel amueblado, limpio y adornado de flores.

En la portería, dos mujeres, coloradas, tartamudeando, inquietas, mirando todo el tiempo hacia la calle, recitan como una lección: “que el señor Carrère está bien, que se lo han llevado a la Charité, que su vida no corre peligro, y que todo es mucho menos grave de lo que se ha dicho.”

Quizás sea cierto – ¡ojalá! – pero ¡qué raro el tono! ¡Y de repente pienso que acaba de salir de aquí el hombrecito pelirrojo de aspecto astuto que correteaba en sentido contrario, protegido por sus gafas azules!

¡Vaya, vaya!

– Cochero, ¡a la Charité!

Aquí la canción es diferente, pero la gama es la misma. Con mucha cortesía, el encargado de las recepciones nos responde “que el señor Carrère no se puede ver”.

– ¿Y por qué?

– Porque… ¡porque no quiere recibir a nadie!

– ¿Ni siquiera a nosotros?

Y sacamos nuestras tarjetas. Incómodo, confuso, el funcionario les da vueltas una y otra vez:

– Les aseguro, señora, señores, que no vale la pena…

– ¿Se encuentra el señor doctor?

– ¡No… quiero decir, sí! ¡Pero aún así no se encuentra!

Nos miramos, boquiabiertos. Decididamente, ¡algo está pasando! Un empleado se va con nuestras tarjetas y vuelve diciendo que Carrère se niega a recibirnos.

– ¿Usted le entregó las tarjetas a él mismo?

– ¡Sí… sí! contesta con aire inseguro.

Y de repente, como allá, la misma idea nos viene a la mente:

– ¡El señor Goron está aquí!

– ¡Pues sí!, dice como aliviado el pobre señor, sudando la gota gorda por nuestra insistencia y nuestras preguntas.

– Está bien. ¡Esperaremos!

Y, efectivamente, he aquí que vuelve, bajo la bóveda, el hombrecito pelirrojo de aspecto astuto – solamente ¡ya no tiene sus lentes azules! El director lo acompaña.

– ¿Usted va impedir que visitemos a Carrère?...

Y el señor Goron, con esa cordialidad un poco burlesca de la cual desconfío como del ronroneo de un gato:

– ¡Pero no!, ¡pero no! ¡Comprobarán ustedes mismos lo bien que anda!

¿Tan bien entonces? ¿Con dos cuchilladas en la espalda y en el pecho, la nariz rota, y el golpe en el bajo vientre, tan amenazante en sus consecuencias? ¡Es divertido el señor Goron!

A la cabecera del herido.

Aquí estamos en la celda adjunta a la sala Velpeau. Allí está acostado Carrère, trepidante de fiebre, pero de una fiebre puramente física, únicamente material. El espíritu, al contrario, nos parece abatido, aflojado – como preocupado. Ya no reconozco al camarada con su habla clara y su mirada directa.

Se enreda en la exposición de los hechos – mientras que la versión que había dado a los periódicos que se preparaban por la mañana para salir por la tarde estaba tan clara, tan precisa, – discute las heridas, disminuye, atenúa. Y yo leo en sus ojos, aunque él diga lo contrario, una especie de angustia como de un animal herido… ¡y que no querría que se acabe con él!

– Pero ¿qué arma le ha hecho eso? ¿Un cuchillo?

– No… no. Fue un hueso de carnero.

¡Esta mañana dijo un cuchillo! ¿Un hueso de carnero? ¿Cómo tuvo tiempo para distinguirlo? Se trata del arma de los rapazuelos de matadero por el lado de la Villette – ¡pero en la calle de Sèvres! Después, esa es la herramienta de los navajeros matones, de los clientes de la Seguridad…

– Dígame, Carrère, ¿es un hueso de carnero el que le ha hecho esto?

Un compañero ha apartado la camisa, el chaleco de franela del herido (¡no se da uno cuenta de todo!), el tejido aparece cortado como con una navaja de afeitar.

Un tono rosado cubre las mejillas tan pálidas del pobre muchacho.

– Y esta terrible equimosis, este golpe que le ha roto la nariz, ¿es seguramente, como lo contó esta mañana, un rompecabezas que se lo dio?

– ¡No, no! ¡Un puñetazo!

Me da pesar verlo a él, tan franco, tan valiente en la verdad, apartar los ojos de mi mirada. Su camisa está manchada de sangre, su cuello amoratado de surcos rojos, y sus dedos color de cera golpetean febrilmente la sábana.

Lo que pasó.

¿Para qué atormentarlo? Yo comprendo bien lo que ha pasado aquí. En el estado de debilidad en que se encuentra, era incapaz de resistir a ciertas presiones. Se le ha debido decir a este “cabecilla” lo mismo que se le dijo, o casi, a nuestro colega Plon, de los Débats, que yace, acabado, él también, en este mismo hospital: “¡Sea usted razonable, no arme más líos, y no se le perseguirá!

¡Esto es el colmo, esa gente medio asesinada, a quienes se le perdona! Se ha aprovechado la fiebre del señor Plon para hacerle firmar una deposición inofensiva; se ha aprovechado la fiebre de Carrère para hacerle creer que él iba ser el objeto de persecuciones, para hacerle entrever un futuro de problemas, de condenas – y para imponerle unas variantes. Doy para que des.

En la plenitud de su salud y de su fuerza, Carrère hubiera resistido como un desesperado, no hubiera cedido. Debilitado por la sangre perdida, por la fiebre que lo hostiga, Carrère se ha dejado intimidar.

Se lo digo muy bajo, apretándole la mano:

– ¡Diga la verdad, adelante, compañero! No exagere nada, pero no se calle nada tampoco. Eso es un mal negocio; eso no permitirá a la opinión pública defenderlo como lo merece.

No contesta, pero su cara se sombrea de reflexión.

¿Siguió mi consejo? ¿Lo ignoró? A la hora en que escribo, no puedo saber todavía qué ha dicho a los colegas que me siguieron. Pero si la versión de esta mañana es diferente de la de anoche, ¡créanme que hay que atenerse a la de anoche!

Bajo el porche se mantiene el director del hospital, el señor Gillet, cuya conducta, correcta y humana, ha estado realmente, en estos días, por encima de todo elogio.

Pero, a pesar de ello, no resisto las ganas de lanzarle una pequeña malicia.

– ¿Sabe usted, caballero, que nuestras tarjetas habían sido entregadas al señor Goron cuando se nos respondió que Carrère no quería vernos?

– ¡Ah!... ¡Ah! realmente!, dice él, confundido, y sonríe.

Después, con infinita amabilidad:

– Pero su amigo va bien, ¿no es verdad?

– ¡Por supuesto!...

© Günther Schmigalle


Bibliografía

arriba

A. Siglas de las obras de Darío

Car IV/V            La caravana pasa. Libro cuarto y quinto

Cc                       Cuentos completos

Escr. disp.          Escritos dispersos

Escr. inéd.         Escritos inéditos

OC                     Obras completas

Vida                   La vida de Rubén Darío escrita por él mismo

B. Ediciones de Darío

2004: La caravana pasa. Libros cuarto y quinto. Günther Schmigalle (ed.). Managua/Berlín: Academia Nicaragüense de la Lengua: Ed. Tranvía

1993: Cuentos completos. Ernesto Mejía Sánchez y Julio Valle-Castillo (ed.). Managua: Ed. Nueva Nicaragua

1968/1977: Escritos dispersos de Rubén Darío. Pedro Luis Barcia (ed.). 2 tomos. La Plata: Universidad Nacional de La Plata

1938: Escritos inéditos de Rubén Darío. E. K. Mapes (ed.). Nueva York: Instituto de las Españas

1950-1953: Obras completas. M. Sanmiguel Raimundez (ed.). 5 tomos. Madrid: Afrodisio Aguado

1915: La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. Barcelona: Maucci

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L’Écho de Paris (París)

Le Gaulois (París)

Gazette des Tribunaux (París)

Le Journal (París)

Le Journal des Débats (París)

Le Matin (París)

La Nación (Buenos Aires)

Nature (París)


Notas

arriba

vuelve 1. RD, Vida (1915: 147-157); y, por ejemplo, Contreras (1930: 76-77); Torres-Rioseco (1944: 76-77); Cabezas (1944: 131-135); Watland (1965: 155-158); Torres-Bodet (1966: 106-109); Torres (1980: 318-323); Fernández (1987: 53-54); Tünnermann Bernheim (1997: 109-120); Gibson (2002: 79-87).

vuelve 2. El café d’Harcourt estaba ubicado en el n° 47 del bulevar Saint-Michel, en la esquina norte que forma el bulevar con la plaza de la Sorbonne. Su nombre se deriva del Collège d’Harcourt, fundado en 1280, convertido en 1820 en liceo Saint-Louis y situado justo en frente, calle de la Harpe, y después al otro lado del bulevar construido en los años 1855-1867. Antes de Darío, lo frecuentaba Enrique Gómez Carrillo, y después de él, James Joyce. Cf. RD, Car IV/V 43-44.

vuelve 3. La indicación “5 de junio” que encontramos en La Nación y que reproduce Mapes en Escr. inéd., se debe a un error.

vuelve 4. “Era, aquel, un vividor entre los vividores; en el todo París que se divierte, su nombre sonaba como una charanga, y su bella juventud se fue por los cuatro vientos, en todas las locuras y en todas las fiestas, por las ventanas de todos los restaurantes. … Se fue a morir en medio de los negros, lo cual vale más que emplearlos aquí en unas tareas sucias. Ha tomado el buen partido, a saber, servir a su patria afuera, cuando la fuerza de las circunstancias, el apego a las tradiciones le impiden servirle adentro. Murió en el esfuerzo; pero su nombre, empequeñecido en unas lamentables aventuras políticas, se ha agrandado en cien codos, y esa gasa de duelo le va mejor que el triste trapo que le servía, un tiempo, de bandera” (Emmanuel Arène, “Les inutiles”, Le Matin, 3 de julio de 1893).

vuelve 5. “El joven explorador había partido de Marsella el 25 de abril de 1892, acompañado del lugarteniente Jullien, del doctor Hess, de los señores Portier y Rogier, y, con una escolta de 50 hombres de las tropas argelinas, libres de servicio, su plan era atravesar el continente africano en toda su anchura, desde la desembocadura del Congo hasta la costa oriental. Todo marchó bien hasta Brazzaville, donde la misión llegó el 12 de julio, a tiempo para celebrar solemnemente la fiesta nacional; pero allí circularon los rumores más nefastos sobre los desórdenes en que estaba sumergida la región de los lagos. Se afirmaba que los árabes se habían levantado contra los agentes del Estado independiente y contra las compañías comerciales; cualquier intento para penetrar allí tenía que resultar vano y además lleno de peligros. Hubo que renunciar al itinerario trazado inicialmente, y la misión, cediendo a los consejos que recibía de todas partes, se decidió, en lugar de marchar hacia el Congo Alto, a tomar la ruta del Ubanghi Alto y del M’Bomu, con la certeza, por lo demás, de poder prestar allí unos servicios importantes a Francia. Hubo en ese momento, según parece, algunas disensiones, y el mismo doctor Hess y el señor Rogier se creían obligados a separarse del duque de Uzès para trasladarse a la zona del Sangha. No obstante, la misión volvió a subir el río, dirigiéndose primero al puesto de Bangui, donde llegó a mediados de noviembre, y, sin detenerse allí, avanzó más en dirección nordeste, hacia el puesto de los Abiras, que había fundado el señor Liotard, uniéndose a la expedición de éste. El señor Liotard se preparaba para marchar contra las poblaciones que, el año anterior, habían participado, en esa zona, en el asesinato del señor de Poumayrac. El refuerzo del duque de Uzès le llegó en el momento oportuno, y las dos misiones reunidas pudieron vengarse brillantemente de estos salvajes con lo que, sin duda, el país quedará pacificado por mucho tiempo. Pero allí se trataba tan sólo de un preliminar, y el duque de Uzès pensaba nada menos que ir a afirmar en el M’Bomu nuestros derechos, impugnados por el Estado independiente del Congo. Para eso se necesitaba un material considerable. Eso era lo de menos: mientras que sus hombres se quedaban en los Abiras con el señor Liotard, volvería a Brazzaville y de allí traería el convoy necesario. Se puso en marcha hacia el 25 de marzo. Las esperanzas más grandes se fundaban en esta segunda parte de su misión, y se sabe que el comandante Monteil, que partirá de nuevo en estos días para el Ubanghi, estaba destinado a asumir el mando de toda la expedición, la más numerosa quizás que se haya enviado jamás a esas regiones. Ahora, hace tres días, llegó la información de que el duque de Uzès se había enfermado y que un ataque de disentería lo obligaba a volver precipitadamente de Brazzaville a la costa. Pocas semanas antes de él, ya su segundo, el lugarteniente Jullien, se había visto obligado a renunciar a continuar su marcha y a volver a Europa. Y, esta mañana, el subsecretario de Estado para las Colonias ha recibido un telegrama anunciándole que el joven explorador había sucumbido en Cabinda, de donde pensaba embarcarse con el correo portugués” (Le Journal des Débats, 1° de julio de 1893).

vuelve 6. La Nación, 14 de agosto de 1893, p. 1.

vuelve 7. “Junio” (así en La Nación) es un error de imprenta.

vuelve 8. Error o lapso por “prólogo”.

vuelve 9. Séverine había publicado, este año, con el título Pages rouges, una selección de sus artículos. François Coppée había alabado el libro y a la autora en su artículo “Séverine” (Le Journal, 22 de junio de 1893). Otro que lo alabó fue Ernesto García Ladevese, en su “Carta de París” (La Nación. Edición especial de correspondencia y noticias de Europa, 27 de junio de 1893).

vuelve 10. “Se terminó la risa, con el señor Bérenger – ¡ya tiene su muerto! En su honor, en honor de su rancio pudor, de su  mohosa castidad, de todas las malas reservas mentales que presta sistemáticamente a los demás, los policías han matado a un hombre” (Séverine, “Le vieux scorpión”, Le Journal, 4 de julio de 1893). “El señor Bérenger tiene que sentirse satisfecho. La sangre ha corrido en honor de su virtud, y su pudor ha sido vengado: un hombre ha muerto” (Marcel Pradier, “Au quartier Latin. Mort de M. Nuger”, Le Journal, 3 de julio de 1893).

vuelve 11. Antoine Nuger era, en realidad, un empleado de comercio; pero, como se verá más adelante en el artículo de Jean Carrère, los estudiantes lo consideraban como uno de ellos.

vuelve 12. Estos dos episodios ocurrieron el 3 de julio, a las dos y media de la tarde. “Los diputados, bastante numerosos, se encuentran reunidos en las gradas del Palacio-Borbón para seguir todas las peripecias de esta manifestación, en realidad inofensiva; una lluvia de monedas de cobre cae a sus pies y se escuchan algunos gritos de: ‘¡Vendidos!’ Muy afortunadamente, se produce una diversión. Un magnífico landau, en el cual se mantienen dignamente cuatro Dahomeyanos del jardín de Aclimatación, pasa sobre el quai. Los estudiantes aclaman a los negros, y estos, como no saben por qué merecen tanto honor, responden con grandes inclinaciones de cabeza a esta simpática ovación” (“Journée sanglante. Nouveaux lauriers de M. le président du Conseil. Paris en pleine anarchie”, Le Matin, 4 de julio de 1893). El jardín de Aclimatación, inaugurado en 1860, se encuentra en el bosque de Bolonia. Salvo error, los negros no venían de Dahomey, sino de Costa de Marfil: se trata de los Paï-Pi-Bri que la Sociedad Colonial Francesa había instalado allí en el verano de 1893. Cf. Paul Raymond, “Les Paï-Pi-Bri du Jardin d’Acclimatation, à Paris”, Nature 1893, 182-186. 

vuelve 13. Algunos autores afirman que la parálisis general de la cual murió Maupassant no se puede clasificar como locura, ya que el enfermo se mantuvo lúcido hasta el final. “En plena expansión de su genio, Maupassant fue abatido por la meningo-encefalitis de origen sifilítico, que todavía no se sabía tratar por medio de la impaludación y de la stovarsolterapia” (Laignel-Lavastine, prefacio en Jean-Maurienne 14).

vuelve 14. “Los estudiantes se han manifestado hace unos días en honor de la Môme Fromage. Ya se saben las consecuencias. Ayer tuvieron lugar las exequias de Guy de Maupassant, el narrador más exquisito de nuestra época, a quien todos los estudiantes han leído y que ha sido su primer gozo literario … libre. Sin embargo, no hemos visto ninguno de ellos detrás de su ataúd, aunque hubiera sido para ellos una bella ocasión de manifestar su amor a las letras, su gusto del arte, y su gratitud hacia aquel que supo encantar su espíritu y emocionar su corazón” (“A MM. les étudiants”, Le Gaulois, 9 de julio de 1893). La “Môme Fromage” fue la bailadora más joven del Moulin Rouge. Obviamente, los estudiantes nunca se habían manifestado en su honor; el periodista alude de manera burlesca a las protestas contra Bérenger.

vuelve 15. “De postre, el señor Jean Carrère ha pronunciado un discurso de alto vuelo, exaltando y evocando al Padre” (“Le banquet de Victor Hugo”, Le Journal, 18 de junio de 1893).

vuelve 16. El 13 de julio leemos en Le Matin: “El señor Jean Carrère, completamente restablecido, ha dejado el hospital de la Charité por la tarde”.

vuelve 17. En la página 2 de la edición de ese día.

vuelve 18. Se refiere al café-concierto des Ambassadeurs, en la avenida de los Campos Eliseos.

vuelve 19. “Nec mi aurum posco nec mi pretium dederitis: / Non cauponantes bellum sed belligerantes, / Ferro non auro vitam cernamus utrique” [Para mí no pido oro ni me habréis de dar un precio: / No traficantes de guerra sino beligerantes, / decidamos ambos la vida por las armas no por el oro] (palabras del rey Pirro sobre la devolución de los cautivos, en los fragmentos de Ennius). Darío encontró la divisa de los Uzès en “Échos”, L’Écho de Paris, 9 de julio de 1893.

vuelve 20. Le Journal, 8 de julio de 1893, suplemento. El artículo se publicó con la introducción siguiente: “Publicamos hoy la comunicación del señor Jean Carrère que ya anunciamos y a la cual los nuevos incidentes de ayer dan una significación más grande. Agregamos que el artículo del señor Gustave Macé, ex jefe de la Seguridad, que se lee más arriba, comprueba una vez más nuestra imparcialidad”. Este artículo de Carrère fue escrito el miércoles 5 de julio, antes de los dos atentados que (el primero en la noche del mismo 5 de julio, y el segundo en la noche del viernes 7 de julio) trataron de acabar con su vida.

vuelve 21. Le Matin, 8 de julio de 1893, pp. 1-2.


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