Roberto Castillo

 

Pensador de su mundo1

Autor Hondureño

rcastilloi@dormir.com

 

Notas


Cuando se habla de las características que definen a un

determinado grupo humano, la abstracción tiene que

practicarse dentro de un contexto histórico. (p. 230.)

 

La reciente aparición del tercero y último volumen de Gente y situa­ciones,2 de Ramón Oquelí, cie­rra el ciclo compuesto por tres libros que recogen la producción del autor en diferentes periódi­cos y otras publicaciones. Se trata de una colección de artícu­los que permite más de una lectura. Por una parte es dable encontrar en ellos lo que un hombre culto ha dicho sobre la más extensa variedad de temas en situación, ya sea la moral o la política, el cine, un libro de poemas o una pieza de teatro, la vida o la obra de algún pensador, la violencia, la responsabili­dad ciudada­na o nuestro permanen­te desbarajuste institucional. Sobre qué no se ha posado el ojo atento de Oquelí, responsable de esa mirada que invita a reflexionar y a tomar participación en lo que es asunto de la comunidad nacional. Por otro lado, cualquier lector digno de este nombre descubrirá que lo que aquí se le ofrece no es una simple recopilación, sino que existe la unidad de una obra: la que procede de quien ha sido por tres décadas testigo lúcido y crítico de su tiempo y sociedad. Cuando vamos a lo que escribió hace treinta años, asombra­ la actuali­dad y frescura que mantienen aquellas observaciones y reflexio­nes, anudadas todas en torno a “esa cosa triste que es Honduras” (Guillén Zelaya), sobre la que constantemente vuelve y en cuyo sentido escarba siempre: de cara a la cruda realidad pero sin fatalis­mos, proponiendo soluciones y alternativas. Yo he leído este libro como si fuera un extenso mosaico de chispean­tes verdades, y de esta experiencia he regre­sado conven­cido de la posibilidad de múltiples lecturas que dibujan sugeren­tes espacios reflexivos.

No son sólo pensa­mientos acerca de lo aconte­ci­do, por relevante que sea, lo que nos ofrece el autor. Por supuesto que gusta de la perspectiva fresca y de ser de los primeros que se acercan para decir algo sobre lo que acaba de ocurrir; pero esto no le impide remontarse a considerable distan­cia, o recordarnos desde allí la sombra decisiva de los hechos históri­cos y las líneas trazadas por la vigencia de instituciones e ideas.

De las primeras considera especialmente tres: iglesia, partidos políticos y ejército.3 Las ha visto desenvolverse constituyendo un filón de la vida nacional, llenarse de yerros o vicisitudes y hacer malabarismos para decir con coherencia su parlamento en el teatro de nuestra historia. Ha hecho pronósti­cos acertados y ha previsto tendencias, equipado sólo con el arma legítima: la del conocimiento. En las tres ha vislumbrado posibi­lidades reales o ideales y ha deplorado su poco aprove­cha­miento por parte de nosotros, porque uno de los rasgos de su talante es no condenar nada en forma apriorística. Si una vena utopista hubiera en él, debería expresarse con pala­bras como éstas: Los seres humanos pueden realizarse con lo que les ha sido dado siempre que sean capaces de vivir con dignidad o de pelear por ella.

Ya desde los años 60 ha venido haciendo notar el papel no convencional de la iglesia en la sociedad hondureña (“el sector que más simpatía y confianza ha despertado en nuestro esquivo campesina­do”,); la califica como la más vieja institución del país y recuerda que don Medardo Mejía esperaba de ella una presencia de nuevo tipo. Subraya su cre­cien­te impor­tancia en la defensa de los derechos humanos y, en cuanto a sus relaciones con el ejército, lanza la parado­ja de que el milita­rismo de los años ochenta se ha hecho come-curas. De las perso­nalidades que transitan por el catolicismo hondu­reño del siglo veinte, llama podero­samente su atención el padre Guadalupe: “Enrolado en la guerri­lla sin fusil, es tortura­do e interrogado por oficia­les norteamericanos, no siendo público hasta el momento el lugar donde se encuentran sus restos. Posiblemente, a semejan­za de Subirana, su figura se irá mitifican­do con el transcurso del tiempo y, mientras se aclaran las cir­cunstancias de su muerte, precisemos la razón de su excesivo amor a Honduras” (“El que nunca mató”). Muy interesante es su propuesta, en 1986, de que se haga un paralelo de la labor realizada por iglesia y ejército durante los diez últimos años.

Ya por 1967 constata que los hondureños “hemos madurado políticamente un poco”, y que la manera de tomar la vida política en función de eso que en nuestro lenguaje se llamó los personalismos tiende a desaparecer, que la clientela ciega y servil retrocede ante las nuevas realidades. También deplora el mal uso de los escasos períodos de libertad que hemos conocido, aprove­chados más para alabar los propios méritos y execrar a los opositores que para construir una obra de validez permanente y general. En alguna parte se refiere a las pretensiones de uno y otro partido tradicional sobre su propio origen, empanta­nadas en el mito por elemental desconocimiento de la historia. Pero no da rodeos cuando hay que ir al grano y, al considerar ese pasado que fue llamado "calvario de un pueblo" por Luis Mejía Moreno, dice: “la esencia de nuestras contiendas políticas ha sido predominantemente homicida, casi demencial”. Leyén­dole y haciendo con él ese recorrido mental de treinta años, lo menos que uno puede captar es lo desajustada que se encuentra la máquina del Estado. De todas sus reflexiones en torno a la realidad política situada en la específi­ca condición hondu­reña, ninguna me ha resultado tan iluminadora como la que viene dicha con estas pala­bras del primer tomo: "A la concilia­ción, a la convivencia, no llegaremos por un decreto gubernativo, ni por la fuerza de un discurso o un artículo de fondo. Será obra de muchos años, a partir de la decisión de emprenderla. En un país donde han germinado y fructificado tantos odios, es imposible que todos perdonen y olviden: la mayoría seguirá esperando la ocasión propicia para vengar las verdaderas o supuestas afrentas. Para evitar esta lucha suicida, de la que se aprovechan intereses que no son los nuestros, se necesita una nueva pedagogía, la creación de comuni­dades donde se aprenda a trabajar en común y a discrepar con respeto".

Confía en las instituciones democráticas y las ve con el prisma del funcionamiento real que han de tener en sociedades donde, como es el caso de la nuestra, el Estado no ha terminado de constituirse. Constata la forma cómo son vapuleadas por los cruces de fuerzas endógenas y exóge­nas que las convierten en caricatura de ellas mismas. Cita a Dionisio de Herrera y deplora la persis­ten­te voluntad de “reducir la patria al interés propio o de los suyos, privando hasta de los más elementales derechos a quienes no estaban de acuerdo con tan egoísta y suicida proceder”. El endeble sistema político se le presenta enajenado y prisionero en “nuestra reciente historia de servidum­bre”. Encuentra raquítica la parti­cipación popular y recupera una expresión de Jacobo Cárcamo para referirse a esas movilizaciones de masas al “estilo Honduras”, donde la cantidad aniquila la calidad: “arrear el ganado electoral”. Este cuadro integra bastante bien algunos elementos básicos de la mitología política que practica­mos: “Desnutrido, desinformado, a nuestro pueblo sólo le asiste el derecho de ir a votar (cuando lo dejan), y de escuchar en las concentraciones políticas a señores que adornándose la testa con un sombrero, seguramente a guisa de pararrayos, disparan a diestro y siniestro los más sonados disparates, con los más estentóreos y desagrada­bles gritos”. Ante la chabacanería en boga durante los tempranos ochenta, consistente en manipu­lar el simbolismo religioso con fines políticos, recuerda que cincuenta años atrás el archiconservador Carías Andino se mantuvo siempre respetuoso del principio liberal (y constitucio­nal) de separación de Iglesia y Estado.

Al referirse al ejército lo conceptúa como el poder real. Los militares son “el más teatral y decisivo grupo político del país”. Reseña cómo han proclamado su actuación ante la sociedad a la que, en teoría, se deben. Así, en 1957 aspiraban a ser “la repre­sentación máxima del conglomerado nacional”, según palabras del coronel López Arellano; y en 1978: “la única y más completa estructura material y humana de la república” (general Paz García). Observa con atención el discurso castrense desde su inicio y predice los que luego llegarán a ser conocidos como “movi­mientos de barracas”, tan comunes en la década de los setenta y de los ochenta: “...los hoy capitanes sucederán a sus superiores y los sargentos esperarán su turno, el momento oportu­no”. Pero no se trata de traspasar la responsabilidad exclusiva de nuestros males a los militares, pues ellos no han actuado solos: “los civiles hemos aceptado con mayor o menor agrado las situa­ciones impues­tas”. En contras­te con una historia sembrada de terror y tejida en buena parte sobre una base de usurpación del poder, ésta es la visión ideal que Oquelí tiene de la insti­tución armada: “...debe desarrollarse como parte de la comunidad, una sola de ella, ni la única ni la principal, colabo­rando al surgi­miento de una sociedad hondureña dentro del ámbito centroamerica­no, verda­deramente democrática, no sometida a ninguna férula, ni de personas o de grupos militares”.

Cuando de ideas se trata, se pasea por un extenso territorio en un ir y venir inquieto de citas y de nombres, que no son sino recreación de unas lecturas a las que siempre saca provecho. Tiene gran respeto por los autores y su contexto, pero no se echa hacia atrás a la hora de extraer una enseñanza. Las ideas no son para él parte de un sistema ni de nada que aspire a la rigidez y a la inmovilidad; al contrario, goza con su juego vivo e inmedia­to por el inmenso poder de sugerir que contiene. Es un escritor suge­rente como el que más, invita a su lector a partici­par de la aventura de cocimiento que ha empren­dido y no se despide sin dejar un par de trazos firmes que son su inconfundible punto de vista. Leyéndole, no queda duda que siempre hay en él una posición, pero sabe mostrarla y hacerla valer de manera objetiva y documen­tada. De los muchos pensadores a quienes recurre, a estas alturas el más nombrado de todos es José del Valle. Con paciente dedicación ha contri­buido en no pequeña medida a darle su lugar como figura esencial de la ilustración americana. Ya en los primeros artícu­los del ciclo que hoy se cierra, deplo­ra­ba esa manera nuestra de alabar a “El Sabio” sin conocerlo. En estas páginas uno se encuentra con Ortega y Gasset, José Luis Aranguren, Enrique Tierno Galván y Marías, entre los españoles; Ramón Rosa, Paulino Valladares y Medardo Mejía entre los hondure­ños. Pero estos son solamente unos pocos nombres elegidos al azar, y no pretenden siquiera constituir una lista.

Entre los muchos temas y subtemas del libro que comento, me permito resaltar la visión del hondureño, a quien Oquelí halla insoli­da­rio; de nuestra actuación dice que es “incoherente, sumisa e indo­lente”, “propia de los países conquis­tados, coloni­zados”. En otras partes se refiere a la “inagotable paciencia hondureña” y a “nuestra insuficiente conciencia cívica, históri­ca”. Sobre el carácter colectivo: “Rápida es la transi­ción con que pasamos del espanto a la risa y luego al olvido, después de sucesos espeluznantes”. “...lo cierto es que las tragedias se suceden, se convierten en chistes y su recuerdo se va desvane­ciendo, hasta que nuevos escándalos vuelven a agitar las concien­cias aletargadas”. Lamenta la tendencia al maniqueísmo, que se manifiesta en el exaltar o condenar acrítica­mente a los otros y en la incapacidad de relativizar las valora­ciones. El hondureño tampoco es bueno para guardar secretos, pero sí es un maestro en el uso de tácticas dilatorias. “La mezcla de excesiva suspicacia e ingenuidad nos convierte en un hatajo de desconfia­dos dispuestos a dejarse engañar por el más sinvergüenza”. Por algo escribió en los emergentes años sesenta -y ha sostenido muy recientemente- que la principal reforma que necesitamos es la mental. (Todos asentimos con la cabeza, pero nadie se resuelve a dar el primer paso.)

En esta lectura viva donde todo se combina, uno pasa de la integración centroamericana a los intelectuales, la reflexión sobre la violencia o la preocupación y pregunta por quién hace y/o escribe la historia nuestra. Son muchos los temas y no pretendo recorrerlos uno por uno ni mucho menos. Apenas he intentado comunicar a los lectores la existencia de un instru­mento para enfocar la compleji­dad de nuestro pasado más inme­diato, cuyas nieblas todavía no termi­nan de disi­parse. Imposible resumir en dos páginas lo que ha tomado treinta años en consti­tuirse y expresar­se, pero sí quiero llamar la atención sobre la importan­cia de este tipo de lectura y el saludable y oxigenador efecto que habrá de ejercer en esta socie­dad, que sigue sin sentir la necesidad de los objetores de conciencia. Gente y situacio­nes es un libro que todo hondureño con sentido de respon­sabilidad hacia su país debe leer. Es mucho lo que halla­rán en él quienes lo aborden desde tal interés, y mucho también lo que podrán llevar a sus respectivas experien­cias: que cuanto más variadas sean, mejor, pues el autor jamás ha creído que la verdad resida en él o en capilla alguna, sino que la entiende como una empresa a edificar de la que nadie debe ser ajeno. Ramón Oquelí es un universita­rio de quien puede decirse que su pensamiento es una presencia viva y no un cuerpo de esquemas en conserva. Su ejemplo de trabajador incan­sa­ble, lector voraz y hombre de ideas abierto sin prejui­cios a los demás, dice muchísi­mo en la universidad de hoy, abrumada por una impresionante falta de claridad en todos los órdenes.

(1996)

© Roberto Castillo


Notas

arriba

vuelve 1. El título es un juego de palabras que alude a El pensador y su mundo, antología de Paulino Valladares que preparó Ramón Oquelí y fuera publicada por la Editorial Nuevo Continente de Tegucigalpa, en 1972.

vuelve 2. Ramón Oquelí, Gente y situaciones, (tomos I, II y III), Tegucigalpa, Editorial Universitaria, 1994 y 1995. El tomo IV (2001) es posterior a la publicación de este artículo..

vuelve 3. Está claro que estas tres no son las únicas instituciones sobre las que ha reflexionado Oquelí, pero sí son muy representa­tivas en su obra.


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