Michael Millar

 

Desafíos literarios a la representación histórica

Western Michigan University

michael.millar@wmich.edu

 

Notas*Bibliografía


El autor guatemalteco Arturo Arias ha publicado muchas novelas, cuentos y estudios críticos.  Mi enfoque para este Congreso sin embargo, se limita a solamente una de sus novelas y sus complejos desafíos a la mera existencia de la verdad histórica.  Jaguar en llamas, publicada en México en el año 1989, se ha descrito como una parodia de la historia guatemalteca.1 Es un discurso polifónico hecho de diversos materiales recopilados que exigen una investigación continua y activa de parte del lector.  Su complejidad de estructura y las frecuentes contradicciones en que se basa quizás explican la falta de atención crítica prestada a la novela.  Irónicamente, estas son precisamante las características que la hacen un objeto de estudio tan interesante en vista de las tensiones entre las representaciones literarias e históricas de la realidad centroamericana.

La trama central trata de las vidas de cuatro personas y sus experiencias durante cuatro siglos en Guatemala.  Amabilis y Ajoblanco son primos judíos de la Península ibérica que, juntos con el gitano Cide MontRosat y la mujer musulmana Trotaprisiones, viajan para el nuevo mundo a principios del siglo XVI.  No tengo mucho tiempo hoy para examinarlas en más detalle, pero las múltiples alusiones literarias deben quedar bastante claras a un estudiante de la literatura española.  A pesar de su diversidad, esta banda de cuatro comparte sus experiencias con la opresión, la expulsión y el exilio y al llegar al nuevo mundo encuentran una nueva solidaridad con la gente indígena frente la Conquista española.  Los múltiples discursos de la novela siguen los eventos, desde múltiples perspectivas, de cuatro siglos de opresión y resistencia en Guatemala.  El enfoque de esta ponencia, sin embargo, es tanto en la forma que el contenido de la novela y por esto tengo que quedarme con explicaciones necesariamente simplificadas de ambos aspectos.

El editor del texto, Giovanni Bouvard-Petrone, recibió la colección de manuscritos y otros documentos de Bartolo Sis y los compiló en la forma presente que tiene el libro.   Bouvard-Petrone introduce el libro y le aconseja al lector que “hay que acercarse a este libro con un espíritu de cuestionamiento”(1).  Admite que combinó las múltiples versiones históricas para ponerlas en orden cronológico, pero además de sus notas ocasionales al pie de página, el editor queda más o menos ausente del texto.  En fin, Jaguar en llamas es una recopilación de las memorias autobiográficas tomadas de los manuscritos de Ajoblanco, Cide MontRosat y Amabilis.  Además de estos tres textos, el lector tiene acceso al trabajo de un historiador militar, Fernández Avellanada, que intenta socavar las bases de la historia de la banda de cuatro a través de un estudio hermenéutico de todos los textos disponibles.  Los recursos adicionales que aparecen a lo largo de la novela incluyen:  materiales polvorientos de los archivos gubernamentales, documentos de la Inquisición, fragmentos de un texto desconocido titulado el Juego de la pelota, la poesía de Othon René Castilla y Aragón, papeles conseguidos a través de la interrogación y tortura, el trabajo de otros historiadores como Cobarde y Téllez, García y Redondo, Laugerúd y Lieucás-Garcie, el manual de educación aprobado por el ministro de educación coronel Clementino de los Castillos y las Troneras, y hasta escenas del montaje de “White Garlic”, un musical de Hammers y Rogerstein sobre la historia trágica de Guatemala en el Globe Theatre de Reagan en la ciudad de Washandwearington en que se destaca la canción de gran éxito “Don’t Cry for me Mamma Mía”.   El empleo de la risa subversiva expresada en la teoría bajtiniana debe quedar ya bien clara.2

Arias entreteje sus personajes y eventos ficticios e históricos y múltiples versiones subjetivas del pasado para desafiar la noción de una historia verdadera y objetiva.  Este desafío surge no sólo del complejo y contradictorio contenido, sino que está arraigado en la estructura del texto.  Mientras leía la novela la primera vez, me sentía atraído por el mundo discursivo y elusivo que Arias había construido.  Mi propia experiencia con la lectura se convirtió en un espejo del proceso de la formación del texto en sí, una práctica forzada por el mero acto de abrir el libro y empezar a leer.  Cada capítulo avivó mi deseo de comparar los eventos y versiones para buscar la verdad y encontrar la verdadera representación de la realidad. Por supuesto, fue imposible hacerlo.

Para explicar mejor mi análisis del texto de Arias, es necesario enfocarme brevemente en los manuscritos de tres de los personajes principales: el gitano Cide MontRosat, el protagonista Ajoblanco, y el historiador Fernández Avellaneda.

Cide MontRosat es un miembro de la banda de cuatro antes citada que documenta sus aventuras a lo largo de los siglos desde su llegada en Guatemala.  Su versión revela el fondo histórico de lucha perpetua contra la invasión y la opresión en la región centroamericana.  Hay dos impulsos detrás de su escritura, lo personal y lo universal.  Cide escribe “para que cuando muriera los hombres pudieran saber... que nunca fui ni una bestia ni una piedra, sino un hombre con carne caliente y un alma insaciable” (360), pero también considera su escritura la purificación de inefables luchas y afirma que está “...dándole forma a la verdad que... liberará a todos los miserables de esta tierra, y la humanidad entera vivirá una vida mejor” (361).  El manuscrito de Cide MontRosat no es una contrahistoria, a pesar de lo que dice el propio Arturo Arias respeto al tema.  Cide escribe su propia percepción de la verdad, una práctica afirmativa cuya meta es revelar la naturaleza histórica de la violencia y opresión que continúa en el mundo.  Una contrahistoria sería inauténtica y derivada a causa de su dependencia de otra historia que se quiere contradecir.  En vez de una lucha discursiva contra una historia oficial, el manuscrito de Cide es su propia recreación discursiva y autónoma de la realidad.

Mientras que Cide escribe un diario continuado de sus experiencias, Ajoblanco, el otro miembro de la banda de cuatro, no decide escribir sus memorias hasta muy tarde en su vida.  Empieza su manuscrito con la siguiente declaración, “Este país tiene títulos muy grandes a mi gratitud.  Mi alma está penetrada de ella.  Mi existencia particular está fundida con la de esta nación.  Por eso sentí siempre que debía hacerle todos los servicios de que era capaz.  Esos servicios incluyen la escritura.  Hoy que mi salud está quebrantada, quiero dejar constancia fiel de los hechos para evitar confusiones de futuras generaciones que finalicen con abyectas riñas sobre oscuros sofismas con tenues visos de verdad” (181).  El lector sabe desde el principio que Ajoblanco comparte el mismo deseo de producir la verdad histórica que se nota en la escritura de su compañero Cide, pero él también pasa por alto sus propios intentos subjetivos de convencer a sus lectores de su veracidad.  De esta manera, Arias expone la tensión entre el deseo de saber y de contar la verdad histórica y su dependencia en las estructuras lingüísticas y retóricas de la narrativa.

Tal vez sería más fácil navegar el laberinto de historias, memorias, luchas y discursos si el lector consultara el único autodeclarado historiador científico que aparece en el texto.  “Es fascinante ir encontrando los detalles del rompecabezas y reconstruir, pieza por pieza, las líneas de la mano del país.  Es como encontrar una a una las notas musicales que, armonizadas, integran esta pequeña sinfonía del nuevo mundo” (337).  Estas son las palabras de Fernández Avellaneda, tomadas en parte del historiador guatemalteco Luís Cardoza y Aragón, y extrañamente poéticas comparadas con su previo comentario, “Para nosotros los historiadores, para quienes la verdad científica es una fe, ...al poeta lo que es del poeta y al historiador lo que es del historiador” (196).  Estas palabras forman parte de una de sus múltiples críticas de los manuscritos de Cide y Ajoblanco.  El proyecto que asume Avellaneda es desvanecer los mitos de la banda de cuatro para exponer la historia de la subversión en su país.  Sin considerar ninguna causa sistémica de las tensiones sociales, echa la culpa de siglos de lucha indígena a la influencia en Guatemala de Ajoblanco, Amabilis, Cide MontRosat y Trotaprisiones.  Para Avellaneda, es imprescindible que sus historias sean sistemáticamente expuestas, contradichas, debilitadas y silenciadas para destruir su legado de subversión.  Debe ser ya bastante claro que el presuntohistoriador científicoestudia su referente desde una posición ideológicamente cargada que afecta no sólo su interpretación hermenéutica de los textos sino también las mismas preguntas de investigación que propone.  De esta manera, el lector es testigo de la práctica de Fernández Avellaneda mientras intenta imponer su propia cohesión subjetiva en los fragmentos y rastros del pasado que tiene a su disposición.

Estos tres escritores representan tres posiciones ideológica y temporalmente distintas: la narración de Cide de los eventos de los cuales es testigo, las memorias de Ajoblanco desde el momento presente de su escritura y la investigación hermenéutica de Fernández Avellaneda.  A pesar de estas distinciones, sin embargo, los tres comparten el deseo común de ser leídos y entendidos como los portadores de la verdad histórica.  Es importante recordar que, necesaria y tal vez un poco imprudentemente, yo he simplificado los múltiples tramas, estructuras poéticas, alusiones literarias y referencias históricas que llenan las páginas de Jaguar en llamas.  Hay que leer la novela para entenderla mejor, para experimentar el sentido de estar constantemente fuera de balance frente a los desafíos exasperantes de su búsqueda polifónica de la verdad histórica.

Tanto la estructura como el contenido de la novela someten cualquiera noción de la verdadera historia a una investigación crítica.  A través de una técnica descrita por el mismo Arias como un laberinto sin salida que carece de una trama realista y coherente, se presenta al lector el desafío de desempeñar un papel activo en los procesos por los cuales la historia es experimentada, recordada y refutada.  La estructura del texto revela la función ideológica de la narrativa histórica al estribar en una variedad de posiciones subjetivas y voces contradictorias y conflictivas.  Semejante a la desconstrucción de la objetividad que hace Roland Barthes en su ensayo “El discurso de la historia,” Jaguar en llamas muestra que la existencia de la objetividad no es más que una ilusión referencial, una falta intencional de los signos del historiador en la narrativa misma para sugerir que la historia puede hablar por si misma.3 Aunque la cuestión de la objetividad de la narrativa histórica ya era el asunto de mucho debate intelectual al momento de su publicación, Jaguar en llamas enfoca la argumentación completamente dentro del contexto de la historia guatemalteca, un contexto que sigue siendo el foco de controversia social, político e intelectual.4

En su “Tesis sobre la filosofía de la historia”, Walter Benjamin explica las maneras por las cuales la documentación de la historia de la civilización favorece, por lo general, a los que mantienen el poder sobre las fuentes de información.  Los manuscritos de Cide y Ajoblanco, al publicarse de esta manera, parecen hacer precisamente lo que sugiere Benjamin: escribir la historia contra el corriente.  Al otro lado, el manuscrito de Fernández Avellaneda responde a los discursos de ellos dos con un intento de negarlos y quitarles cualquier valor histórico para eliminar la base de la subversión en su país y restablecer la ley y el orden.  Aún sin su agenda político-ideológica, sin embargo, el texto del historiador estaría tan sometido a las trampas de interpretación y subjetividad como los de Cide y Ajoblanco debido a la dependencia de la representación histórica en las estructuras de la narrativa.  Friedrich Nietzsche señalóque los tropos en la literatura son obviamente construidos y ficcionales, mientras que los textos no literarios suponen que sus tropos equivalen a la verdad.  A fin de cuentas, es necesario reconocer sin embargo, que la diferencia entre la verdad y la ficción es imposible de distinguir.  No pretendo debilitar la práctica historiográfica ni la documentación histórica sino señalar las consecuencias peligrosas que pueden resultar si negamos la diversidad de discursos que procuran interpretar la historia y la experiencia humana para aceptar una como la verdadera y objetiva versión histórica.

Hayden White explica que la historia no consiste en hechos determinados que pueden ser descubiertos sino que están construidos por el mismo proceso de investigación histórica.  Cualquiera representación discursiva del pasado es distorsionada por una trama coherente y la necesidad tanto de llenar los espacios como de excluir ciertos elementos de la narrativa de los eventos.  El hecho de que la historiografía narrativa tiene que dramatizar o novelar los procesos históricos no es razón de negarle su significativo valor.  White también nos recuerda de que si le negamos tal valor a la historiografía narrativa, también negamos que la literatura tenga algo válido que enseñarnos de la realidad.5 La dependencia de las estructuras narrativas no elimina el valor de la historia como parte de nuestro conocimiento, pero sí elimina la posibilidad de suponer que un texto, o grupo de textos, tenga el estatus trascendental de la verdad histórica.

Escribir un discurso sobre el pasado no significa que haya ninguna correspondencia directa entre la narración y su referente, es decir, los eventos en sí.  El discurso mismo es una narrativización de los eventos que los organiza en una versión construida del pasado, una narrativa de la experiencia humana.  Siguiendo el estudio de Saussure sobre las maneras en que el lenguaje estructura y hasta determina la realidad, Jacques Derrida propuso que el lenguaje es un sistema completamente autónomo y casi totalmente independiente de la realidad y de esta manera desafió cualquiera correspondencia entre los dos.6 Roland Barthes también determinó que “en el discurso histórico de nuestra civilización, el proceso de significación siempre busca llenar el significado de la Historia.  El historiador no es coleccionista de hechos sino un coleccionista de significantes que los relaciona; es decir, los organiza con el propósito de establecer un significado positivo y llenar el vacío de series sin significación.”7 Además de la dependencia de la historia en las estructuras lingüísticas susodichas, Michel Foucault señala la inutilidad de cualquiera búsqueda teleológica de la verdad o los orígenes del conocimiento a través de sus estudios de las condiciones bajo las cuales el mismo conocimiento es construido.8  Su investigación revela que la idea de la verdad es una construcción social y que el pasado nunca será conocido porque está siempre supeditado a la posición de los que la buscan. Es decir, la distinción entre un hecho histórico y una versión narrada del pasado es imaginaria.  Hay que tener en cuenta todas estas discusiones para reexaminar el rol del esclarecimiento histórico en el proceso de paz y democratización en Guatemala, y más específicamente, los esfuerzos de la Comisión de Esclarecimiento Histórico que buscaba revelar y reconstruir la verdad del pasado. El valor prestado a ciertas representaciones narrativas viene más de nuestro deseo de imponer coherencia, continuidad y clausura a los detalles fragmentados del pasado que de una correspondencia directa a la realidad o los “verdaderos hechos históricos”.9

La Comisión de Esclarecimiento Histórico hizo un esfuerzo investigativo masivo y multifacético que eventualmente produjo un documento extremadamente significativo sobre los eventos del conflicto armado en Guatemala.  Mi análisis aquí de la distinción entre la verdad y la narración del pasado no es una crítica frívola de un documento casi sin precedente sino una manera de revelar la necesidad de un enfoque más amplio para considerar la experiencia humana.

En vista de las décadas, y hasta siglos de violencia y opresión abrumadoras en Guatemala y su énfasis en la desarticulación de cualquier discurso de reforma u oposición, no es sorprendente que la idea del esclarecimiento histórico y de la recuperación de la memoria tuvieran tanto peso durante el proceso de paz.  El coordinador de la Comisión, Christian Tomuschat, dijo que la revelación de información y el derecho de saber la verdad era la garantía mínima de todas las víctimas de la violencia.10 Este sentimiento reitera el del informe mismo cuando sugiere que ha revelado “los hechos de la historia” y el “conocimiento de la verdad” necesarios para la reconciliación y el futuro desarrollo del país.  En su discusión de varias comisiones de verdad establecidas, Priscilla Hayner muestra que las que tienen más flexibilidad para realizar su cometido, como la de Guatemala, pueden producir una visión/versión más completa de la verdad.  La idea de Hayner reconoce que siempre habrá obstáculos para la representación de la verdad como amenazas militares, oposición política y falta de cooperación de parte de los sujetos históricos.  Hay, sin embargo, limitaciones más sutiles como restricciones de tiempo, los métodos de colección de datos o el sistema empleado para organizar y manejar toda la información.  Todas estas limitaciones son prácticos y realistas, pero es imposible suponer que la verdad ha sido revelada a pesar de ellas.  Es importante reconocer las limitaciones de cualquiera representación del pasado.  La narrativa de las acciones y los eventos del pasado es necesariamente incompleta a causa de la distancia temporal de su referente, así como de la distinción entre la realidad y su representación narrativa.

Textos como el documento de la Comisión de Esclarecimiento Historico no tienen varios grados de correspondencia con los hechos del pasado, pero es posible decir que tiene un mayor grado de justificación como una recreación narrativa de los eventos para una audiencia más amplia.  Entendida así, la verdad no es una meta que una representación puede alcanzar sino un motivo para todos los discursos que buscan presentar versiones más justificables para más personas.11 La novela de Arturo Arias, publicada siete años antes que el informe “Memoria del silencio”, es un vaticinio crítico de la idea del esclarecimiento histórico.  Nos recuerda que si los proyectos oficiales y autorizados están prestadas el valor trascendental de la verdad objetiva, últimamente van a hacer que todas las otras representaciones de la experiencia humana resulten inútiles y a (re)imponer restricciones severas en el valor percibido de los discursos producidos fuera de los estratos oficiales.

A causa del caracter teleológico de cualquier discurso histórico, el camino hacia el presente frecuentemente parece ser inevitable y predeterminado.  Los esfuerzos por aclarar los hechos y producir un texto lógico y comprensible interfieren con la posibilidad de considerar las otras alternativas y senderos no explorados.  La historia, entendida como una creación discursiva, provee una explicación fija de procesos dinámicos y continuos sin la posibilidad de capturar todos los detalles en su narrativa.  Hay muchos otros tipos de discursos que producen visiones alternativas de eventos y circunstancias pasadas y de esta manera cuestionan el poder representativo no solo de la CEH, sino de todas las versiones autorizadas.  No las cuestionan en términos de su veracidad ni de su correspondencia con el pasado sino en términos de su poder representativo de las múltiples voces y tensiones que siguen buscando una mayor y más amplia transformación social en Guatemala.  En vez de buscar las relaciones causales para explicar los eventos del pasado, obras literarias como Jaguar en llamas llaman la atención a los procesos de interacción social y de la formación de valores a través de los personajes y los eventos ideados.12 Los lectores de tales textos observan las percepciones, decisiones y acciones de los personajes y tienen la posibilidad de experimentar las varias tensiones que influyen en sus vidas. De esta manera, los textos literarios también ponen a sus lectores en una posición desde la cual pueden experimentar y considerar la variedad de posibles maneras de resolverlas individual y colectivamente.  Este proceso contrasta con la escritura histórica que presenta los eventos como fenómeno completos que se dan al lector a través de una explicación supuestamente completa y coherente.  Es necesario que entendamos los textos históricos y literarios como versiones complementarias en vez de competitivas y que es nuestro trabajo animar y entender una gama de expresiones humanas cada vez más amplia.  El estudio continuo de una variedad de producciones discursivas puede proveer una lente valiosa por la cual podemos examinar las tensiones y deseos que existen en la sociedad y fomentar una nueva conciencia de las posibilidades de transformación individual y social.

© Michael Millar


Bibliografía

arriba

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Notas

arriba

vuelve 1.Arturo Arias, Jaguar en llamas,  (Guatemala : Ministerio de Cultura y Deportes, 1989).

vuelve 2. Vease Mikhail Bakhtin, Rabelais and His World. Trans. Helene Iswolsky.  (Bloomington:  Indiana University Press, 1984).

vuelve 3. Roland Barthes,  “The Discourse of History.” Trans. Stephen Bann in Comparative Criticism, 3 (1981): 7-20.

vuelve 4. Refiero aquí al debate que ha habido alrededor del testimonio de Rigoberta Menchú y el texto de David Stoll que examina la veracidad del mismo. Arturo Arias editó una colección de artículos y ensayos sobre el ensayo.  Arturo Arias, ed., The Rigoberta Menchú Controversy,  (Minneapolis : University of Minnesota Press, 2001).

vuelve 5. Hayden White, The Tropics of Discourse:  Essays in Cultural Criticism, (London:  Johns Hopkins UP, 1978) 84.

vuelve 6. Ferdinand de Saussure, Course in General Linguistics.  Eds. Charles Bally and Albert Sechehaye. Trans. Wade Baskin.  (New York:  McGraw-Hill, 1966) y Jacques Derrida,  Writing and Difference.  Trans. Alan Bass.  (Chicago:  University of Chicago Press, 1978).

vuelve 7. Barthes, 1981, 16.

vuelve 8.Michel Foucault, The Archaeology of Knowledge.  Trans. A.M. Sheridan Smith.  (New York: Pantheon Books, 1972).

vuelve 9.Prólogo de Guatemala: Memoria del silencio. (Washington, DC: Asociación Americana para el Avance de las Ciencias, 2000) 2.

vuelve 10. Tomuschat, Christian. “Lessons Learned from the historical Clarification Commission in Guatemala.”  Paper prepared for the 2000 meeting of the Latin American Studies Association, Miami, Florida: 2000.

vuelve 11. Richard Rorty, Truth and Progress:  Philosophical Papers Volume 3 (Cambridge:  Cambridge UP, 1998) 22-24, 38.

vuelve 12. Para una discusión más amplia de esta función en la narrativa de ficcion, vease David Price, History Made, History Imagined: contemporary literature, poiesis, and the past, (Urbana : University of Illinois Press, c1999).


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