Francisco Rodríguez Cascante

«Hacia una Historia de las Literaturas Centroamericanas»
En la modernidad: del modernismo a la literatura contemporánea

Universidad de Costa Rica

rodriguezcascante@yahoo.com


Provisionalmente propongo como criterio de periodización el trayecto que cubre de finales del siglo XIX hasta mediados del XX (1888-1950). Es el período que va desde la publicación de Azul hasta la de La ruta de su evasión. Estos ejemplos de la literatura canónica abarcan una época que testimonia las transformaciones de varios conceptos de la literatura, todos ellos, sin embargo, deudores de una perspectiva moderna. En consecuencia, considero conveniente discutir varios aspectos:

1. La noción e implicaciones de la modernidad.

La modernidad puede concebirse como un período histórico que se inicia en Europa en el siglo XVII y que se relaciona con los orígenes y el desarrollo del capitalismo. Anthony Giddens afirma que se refiere a los modos de vida social o de organización que emergieron en Europa en el siglo XVIII y que se convirtieron en modelos mundiales1. Desde un punto de vista filosófico tiene que ver con el surgimiento de la subjetividad, la libertad y la reflexividad, que históricamente fueron posibles por la confluencia de tres acontecimientos: la Reforma Religiosa, la Ilustración y la Revolución Francesa. Estos fenómenos, afirma José Joaquín Brünner, “harían posible el arranque de los procesos en torno a los cuales se articulan los núcleos organizativos de la modernidad: capitalismo, industrialización y democracia”2. Asimismo, tales ejes tomaron como fundamento la secularización, la concepción de un progreso histórico-emancipatorio y el universalismo de la razón y la estética occidentales, legitimados mediante los procesos coloniales.

Desde el punto de vista estético, la modernidad construyó una concepción esencialista de la producción artística que no poseía fronteras territoriales y estaba determinada por su autonomía. Como afirma García Canclini “una de las utopías más enérgicas y constantes de la cultura moderna, desde Galileo a las universidades contemporáneas, de los artistas del renacimiento hasta las vanguardias: construir espacios en que el saber y la creación puedan desplegarse con autonomía”3.

2. La noción de temporalidad en los procesos estéticos modernos.

Habría que tomar en consideración el planteamiento de Hans Robert Jauss de que el proceso estético de la modernidad discurre bajo el principio de un progresivo acortamiento del tiempo de validez de las épocas artísticas, los estilos y las escuelas. Dice Jauss: “Es un proceso en el que el arte se separa de sí mismo continuamente, en el que la pretensión de la novedad sucumbe a una puja permanente, y en el que la estética de la novedad descubre lo bello transitorio frente a lo bello eterno, y, sin embargo, cada modernidad proclamada se convierte inevitablemente en antigüedad4.

Por otra parte, habría que analizar la consolidación y reformulación de las narrativas nacionales, entendidas en tanto construcciones culturales de la nacionalidad: formas de afiliación social y textual. En este sentido afirma Homi Bhabha: “intento formular (...) las estrategias complejas de identificación cultural e interpelación discursiva que funcionan en nombre ‘del pueblo’ o ‘la nación’ y hacer de ellas los sujetos inmanentes de un espectro de relatos sociales y literarios”. Este énfasis en la dimensión temporal del relato nacional intenta desplazar el historicismo como fuerza cultural y por otra parte, “la fuerza narrativa y psicológica que aporta la nacionalidad a la producción cultural y la proyección política es el efecto de la ambivalencia de la ‘nación’ como estrategia narrativa. Como un aparato de poder simbólico, produce un continuo deslizamiento de categorías, como la sexualidad, la afiliación de clase, la paranoia territorial, o la ‘diferencia cultural’ en el acto de escribir la nación. Lo que se despliega en este desplazamiento y repetición de términos es la nación como medida de la liminaridad de la modernidad cultural”5.

3. Modernismo y modernidad

La discusión sobre el modernismo debe plantearse en sus relaciones con los conflictos generados por los procesos de modernización y por el desmoronamiento de la concepción renacentista que originó la ciencia moderna experimental. Se trata, como lo afirma Iván Schulman, de una crisis del siglo XIX asociada a la aparición de la modernidad sociocultural en los centros más desarrollados de Hispanoamérica hacia la década de 18706.

Para la consideración del modernismo centroamericano el problema de la representación es clave. Los discursos modernistas concebían la autonomía estética como espacios diferenciados regidos por una noción experimental/particular del lenguaje poético. Este reclamo de una textualidad específica convierte al modernismo en una formación discursiva que asume la modernidad como espacio de enunciación y de producción enunciativa.

En este sentido habría que explorar las renovaciones modernistas como reacciones frente a las incertidumbres que generaron los procesos de modernización en la ciudad letrada centroamericana. También habría que utilizar una noción abierta y no lineal de la temporalidad, como sugiere Bhabha, para dar cuenta de los procesos de recepción y recodificación del modernismo centroamericano, textualidades que perduran incluso ya entrada la década de 1940 en Costa Rica, por ejemplo.

4. Los intelectuales de la ciudad letrada y la identidad.

Es indudable que los intelectuales centroamericanos jugaron un papel fundamental en la construcción imaginaria de las naciones y funcionaron como paradigmas difusores de la cultura generada en los centros de modernización internacional (Europa, Estados Unidos). Esto trajo como consecuencia la cristalización de un modelo cultural conceptualizado por ellos como “universal”, que no era sino la recepción de un concepto de cultura expandido por los procesos de colonización.

Los grandes debates sobre imaginarios regionales y surpra regionales como continentalismo, hispanoamericanismo, panlatinismo, panamericanismo, latinoamericanismo, nordomanía, antiimperialismo, y sus vínculos con, por ejemplo, el positivismo y el idealismo humanista, se deben analizar como procesos de construcción identitaria frente a los grandes ejes de modernización internacional. Es ante esas diferencias y afinidades que se procuraron modelar los imaginarios centroamericanos, presentes en los distintos tipos textuales que se escribían en el período.

También es clave la comprensión del mestizaje como ideologema identitario, el cual, pasa de ser considerado negativo por los criollos, a constituirse en el marcador diferencial identitario de la sociedad centroamericana.

Frente a la crisis de la modernidad, hay que considerar formas alternativas poco estudiadas como los movimientos espiritualistas tan importanes a inicios del siglo XX: teosofía, masonería, movimientos espíritas, etc., los cuales junto con las lecturas marxistas procuraron dar respuestas a dichas crisis. Así, es fundamental considerar los movimientos anarquistas y socialistas y sus publicaciones, como espacios que daban cabida a nuevas voces. Ejemplo de ellos fueron las publicaciones periódicas costarricenses Renovación y Hoja obrera.

Esta tarea debe contemplar el papel de las revistas y los periódicos, en tanto generadores de modelos culturales e identitarios. A la vez, que gracias a su periodicidad ponían en circulación concepciones sobre la literatura. Por ejemplo Juan Chapín, Revista de Guatemala, Repertorio Americano, El Imparcial, etc.

5. Los regionalismos.

En la narrativa, es de gran importancia analizar el problema de la representación y la activación de determinadas estrategias textuales que hacen ciruclar los discursos literarios criollistas, realistas y naturalistas. Esto remite a la problemática del regionalismo y su defensa de la identidad microsocial ante los avances, entendidos como homogeneizadores, de la modernidad.

El regionalismo, como lo planteó Ángel Rama7 , se ubica en los esfuerzos por independizarse del pasado ibérico, lo cual produjo una producción cuya originalidad consistió en distanciarse de sus relaciones fundacionales y enmarcarse en un afán internacionalista. Con base en esta preocupación surge la idea de la representatividad: una región que procuraba distinguirse de Europa tanto por su espacio geográfico como por su distinto grado de desarrollo. Estos fenómenos que tienen como marco histórico el período modernizador de finales del siglo XIX y principios del XX, aunque resurgió en la etapa de intensificación de los nacionalismos (1910-1940). En el ámbito literario, el criollismo, el regionalismo y el vanguardismo restauran el principio de representatividad.

También habría que considerar en esta dimensión el papel de los géneros inferiores, como el costumbrismo, la crónica histórica y el discurso academicista que circuló en los periódicos y las revistas.

El conflicto de la cultura latinoamericana con base en los marcos de la originalidad (lo particular) y su inserción en los espacios de la internacionalización mediante las apropiaciones de los modelos metropolitanos es la manera en que, según Rama, se concibe la representatividad y lo particular.

El indigenismo merece una anotación particular. Antonio Cornejo Polar señaló8 que caracteriza a las literaturas heterogéneas la pluralidad de los signos socioculturales de su proceso productivo: al menos existe un elemento que no coincide con los otros y crea zonas de ambigüedad y conflicto. En el indigenismo se destaca la fractura entre el universo indígena y su representación indigenista. Esto señala una literatura heterogénea porque las instancias de producción, realización textual y consumo pertenecen a un universo (autores no indígenas) y el referente (el mundo indígena) a otro. En consecuencia, el indigenismo es una literatura escrita en español, siguiendo las normas de la literatura occidental e inscribiéndose en los causes de la literatura culta. Además no inscribe a los indígenas en su circuito de comunicación.

Estas consideraciones permiten releer textos como Entre la piedra y la cruz (1948) de Monteforte Toledo, Hombres de maíz (1949) de Asturias y Los lares apagados (1958) de Wyld Ospina.

6. Regionalismo y vanguardia.

Siguiendo a Rama, es importante recordar la polémica que mantuvieron el vanguardismo y el regionalismo. Tanto la narrativa cosmopolita, la realista crítica y la realista social buscaban ser las fieles representantes de las identidades nacionales, aunque literariamente dependían de modelos textuales modernos: el realismo y el naturalismo europeos, por un lado, y el realismo socialista por parte de la narrativa social. Entonces el regionalismo optó por salir del enfrentamiento adaptándose a la internacionalización: se renovó para poder resguardar sus valores tradicionales. Esta renovación significó adaptar nuevas estructuras literarias: las generadas por las vanguardias. Desde el punto de vista ideológico implicó la revisión e incorporación de las aportaciones de la modernidad y con base en ellas se dio a la tarea de examinar los contenidos culturales regionales para componer un híbrido capaz de seguir trasmitiendo la herencia recibida. Es entonces una narrativa transculturadora. Habría, por lo tanto, que recuperar y discutir los procesos de plasticidad cultural inscritos en esos diálogos de las producciones textuales centroamericanas con las de los centros de modernización, plasticidad que se manifiesta, por lo menos, en tres niveles: lengua, estructuración y cosmovisión.

Además, es de fundamental importancia estudiar la inserción de la oralidad en los discursos letrados y su relación con las propuestas identitarias. Así como rastrear la oralidad en tanto textualidad diferenciada.

En estas relaciones habría que comprender los reclamos de autonomía de las vanguardias centroamericanas, inscritas en procesos de experimentación, búsqueda de autonomía y afán innovador, pero también como un esfuerzo de legitimación de una identidad textual propia, regional, recepcionando a la misma vez las propuestas de libertad europeas y norteamericanas. Es así como se podrían articular textos como la “Oda a Rubén Darío” (1927) de José Coronel Urtecho, Caos (1939) de Flavio Herrera y La ruta de su evasión (1949) de Yolanda Oreamuno.

Por último, me parece imprescindible efectuar estudios de la recepción de las diferentes textualidades a las que me refiero, que abarcaría una importante época en las culturas centroamericanas: 1888-1950.

© Francisco Rodríguez Cascante


Notas

arriba

vuelve 1. Anthony Giddens. The Consequences of Modernity. Stanford, California : Stanford University Press, 1990, 2.

vuelve 2. José Joaquín Brünner. Cartografías de la modernidad. Santiago de Chile : Dolmen Editores, 1994, 121.

vuelve 3. Néstor García Canclini. Culturas híbridas. México : Grijalbo, 1990, 32.

vuelve 4. Hans Robert Jauss. Las transformaciones de lo moderno. Trad. Ricardo Sánchez. Madrid : Visor, 1995, 12.

vuelve 5. Homi Bhabha. El lugar de la cultura. Trad. César Aira. Buenos Aires : Manantial, 2002, 176.

vuelve 6. Ivan Schulman. « Poesía modernista. Modernismo/modernidad : teoría y poiesis ». Historia de la literatura hispanoamericana. Tomo II. Ed. Luis Iñigo Madrigal. Madrid : Cátedra, 1990.

vuelve 7. Angel Rama. Transculturación narrativa en América Latina. México : Siglo Veintiuno, 1985, capìtulo 1.

vuelve 8. Antonio Cornejo Polar. “El indigenismo y las literaturas heterogéneas: su doble estatuto sociocultural” En: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. 7-8 (1978): 7-21.


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