Horacio Castellanos Moya

Breves palabras impúdicas


Señoras, señores:

Si la literatura es un espejo de conflictos, tal como se denomina esta mesa redonda, el conflicto esencial en mi caso como escritor ha sido la identidad: el reconocimiento de mí mismo y de mi relación con el mundo. Decía Octavio Paz que el escritor surge de una fractura interior. La escritura, entonces, puede ser vista como la búsqueda de un alivio al dolor producido por esa fractura.

Mi identidad nació desgarrada: entre dos países, dos familias, dos visiones políticas del mundo. El desgarramiento, pero también la confrontación. Nací en Honduras, viví mi infancia y juventud en El Salvador, y he pasado la mayor parte de mi vida adulta en México. Ahora resido en Guatemala. Yo podría encarnar esa abstracción llamada el centroamericano. Pero tampoco me siento completamente de ninguna de las naciones que he mencionado: persiste cierto distanciamiento, la sensación de no pertenencia, cierto sabor de extranjería.

¿Adónde pertenezco, entonces? ¿Cuál es el cimiento de mi identidad como hombre y como escritor? La única respuesta que se me ocurre es ésta: la memoria. El territorio de la memoria cruzado por varias rutas, unas visibles y otras solapadas, como pistas de aterrizaje para actos ilícitos. Distingo una ruta, la del origen, cuyo surco marca las primeras tres décadas de mi vida: es la violencia. Mi primer recuerdo, lo más atrás que puedo hurgar en mi memoria, es un bombazo que destruyó el frontispicio de la casa de mis abuelos maternos en Tegucigalpa cuando yo tenía unos tres años (mi abuelo era entonces presidente del Partido Nacional y preparaba un golpe de Estado contra el presidente liberal). Aún puedo percibir el polvillo suspendido en el aire mientras cruzaba el patio de la casa en brazos de mi abuela; aún puedo escuchar las sirenas y mi llanto. Quizá ahí me inocularon el miedo, el rencor, el sentido de la venganza. O quizá no, quizá venga de más atrás. Imagino la mueca de mi bisabuelo paterno, el general José María Rivas, fusilado por la dictadura de los Ezeta en 1890 y cuya cabeza fue empalada a la entrada de Cojutepeque como escarnio a su rebeldía; o la contorsionada emoción de mi tío Jacinto cuando se despidió del “Negro” Farabundo Martí frente al paredón de fusilamiento aquella madrugada del 1 de febrero de 1932; o el temblor de mi padre cuando supo que había sido condenado a muerte luego de participar en el fracasado golpe de Estado contra la dictadura del general Martínez aquel 2 de abril de 1944; o el gesto de espanto de mi sobrino Robertico cuando comenzó a ser destazado a punta de machete por un escuadrón de la muerte un día de marzo de 1980. Esto también forma parte del territorio de la memoria, la memoria de un sobreviviente.

Y lo que sigue es historia, historia centroamericana en la que no me voy a detener, pero que marcó profundamente a la generación a la que pertenezco. Decía Roque Dalton que no venimos de un huevo ni de una semilla, sino de una pústula. No exagero al atreverme a decir que si Dalton estuviera vivo, si hubiera sido testigo y partícipe de la guerra civil, en algún verso hubiera dicho que también somos producto de una carnicería. Por eso a veces reímos tanto o nos ponemos chistositos, para atajar la locura.

Pero soy un escritor de ficciones, no un político metido a redentor. Por eso, si la patria que me muerde es la memoria, no he encontrado otra forma de ajustar cuentas con ella más que a través de la invención. La realidad es tan grosera, imbécil y cruel que la voy a tratar sin ninguna consideración; la llamada “verdad histórica” es una chica demasiado promiscua como para creer su canto de sirena. Decía Cioran: “Para mí, escribir es vengarme. Vengarme del mundo, de mí. Más o menos todo lo que escribí fue producto de una venganza. Por consiguiente, un alivio.” Me gustaría creer que un sentimiento similar anima a mi espíritu creador, me gustaría creer que un impulso semejante es el que me mueve a enfrentar la hoja en blanco para escribir las historias que a veces escribo. Pero creo que hay otra cosa. El misterio de la creación no puede ser revelado so pena de que el escritor de ficciones se paralice; desentrañar el mecanismo de la invención puede ser fatal, al menos en mi caso. Y la purgación de la memoria puede que sea nada más la excusa para ficcionar, para crear mundos paralelos en los cuales ejercemos una libertad que en la realidad cotidiana apenas tenemos. Y es ese ejercicio de libertad el que alivia. Por eso nos rebelamos contra las recetas, los encasillamientos, las clasificaciones fáciles. No escribo literatura de la violencia, como más de algún reseñista ha señalado; escribo literatura, a secas.

Decía Elias Canetti que él entró como un huésped en la lengua alemana, y agradecía a esta lengua el haberlo acogido y la consideraba su patria. Somos la lengua en que escribimos. Mis particularidades geográficas, históricas y privadas son esenciales, pero más esencial es aún la lengua en que escribo. Soy un escritor en lengua castellana; es la definición que me gusta. Y la incorporación de mis particularidades en esta lengua universal es uno de mis retos; el otro es que la voluntad de libertad con que ficciono a partir de mi memoria corresponda a una voluntad de libertad en el manejo del lenguaje. La aspiración de un estilo, esa es la cuestión.

Terminaré estas breves palabras impúdicas diciendo que me gustaría creer que algunos escritores que procedemos del centro de América ejercemos nuestro oficio asumiendo todos los riesgos, enfrentando el miedo con rabia, a sabiendas de que debemos escribir lo mejor posible, o dejar de hacerlo, porque la obra es nuestra razón de ser.

Fin.


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