Gabriela Hernández*

El Suin vivido

Notas

“Hay culturas más literarias, otras son más plásticas, otras más musicales.
En Costa Rica la gente baila. La cultura del baile está presente todos los días
en la manera de caminar de la gente, de jugar fútbol,
de marchar en un desfile, en cualquier reunión familiar o de amigos,
pero, sobre todo, en los espacios reservados para el placer puro de bailar:
los salones de baile.”

Proyecto “Se prohíbe bailar Suin

¿Por qué el swing criollo?

Por qué no, sería más bien la pregunta, viniendo de donde vengo. Les cuento: para empezar, mi papá y mi mamá se conocieron en un salón de baile. Ellos pertenecían a las barras de muchachas y muchachos que a principios de los años 60 asistían religiosamente a bailar al “Náutico”, los sábados y domingos por la noche (porque los viernes en la noche era en el Centro Social “El Tibaseño” y los domingos por la tarde en el “Sámara”, en Santo Domingo de Heredia). “El Náutico” estaba en el puro centro de San José, como a 150 metros al este de la entrada principal del Hospital San Juan de Dios, sobre la Avenida Central. Ahí se bailaba bolero (pirateado), merengue, paso doble, la música de Ray Coniff…

Muchas de mis vivencias y recuerdos de infancia -y de mi vida entera- tienen una banda sonora muy musical. Chiquiticos, a mis hermanos y a mí nos cuidaban algunas vecinas y primas por las noches porque mis papás seguían yendo a bailar.

Recuerdo claramente a mi papá cantando mientras se hacía la barba: “Río Manzanares, déjame pasar, que mi madre enferma, me mandó a llamar…”.

Recuerdo también las fiestas de matrimonio de tías y primas: después de la misa todo el mundo al salón. Los chiquillos y chiquillas bailábamos en parejas disparejas o hacíamos rueda: “Reynalda, Reynalda, quítate esa minifalda, que cuando bailas a go go, se te mira hasta la espalda...”. Yo bailaba con maxifalda, pantaloncitos calientes y botas de bastonera blancas. Eso pudo haber sido en el salón “Los Pinares“ (San Antonio de Desamparados) y en el “Versalles” (frente al parque de Sabanilla).

Mi papá jugaba fútbol los domingos con un equipo del barrio. Vivíamos en la ciudadela Las Gravillas de Desamparados y el equipo se llamaba “El Cagliari”. Arreglaban partidos amistosos con otros equipos, verdaderas excursiones con toda la familia. Recuerdo haber visitado Tierra Blanca de Cartago, Juan Viñas, Puriscal… Los encuentros eran tan amistosos que terminaban en el salón de baile del lugar. Después del partido, todo el mundo al salón.

No se me olvida tampoco el día en que me puse a llorar porque un muchacho sacó a bailar a mi mamá. Eso fue en un carnaval de Limón (mi mamá nació en Limón). Yo tendría unos siete años. No dejé de chillar hasta que mi mamá le pidió disculpas al muchacho y nos fuimos. Al fondo tocaba Paco Navarrete y me parece que era “Che che colé… ”.

En mi adolescencia seguí bailando… hasta new wave!. Improvisábamos bailonguillos en las casas de las amigas y amigos del barrio o íbamos en grupo a los bailes de los colegios. Después llegó la universidad y después me fui a Cuba, a estudiar cine, pero en el cuarto de la escuela monté un bar: “Bolero Bar”, célebre, más que por las bebidas o las “bocas”, por su repertorio musical. Se abría los viernes de moda.

De vuelta en Costa Rica, dónde más iba a conocer a Wouter, mi compañero, sino en una discoteca: “Dynasty”, en el Centro Comercial del Sur. Allí se bailaba sobre todo reggae. Conocí a Wouter, un holandés, en una discoteca de bailarines y música afrodescendientes

“En medio de dos grandes masas continentales -América del Norte y América del Sur- se ubica el puente geográfico que es América Central. Por ahí transitaron y se encontraron muchas especies y culturas. La privilegiada biodiversidad de Costa Rica es producto de esa historia de confluencias, y seguro que también lo es la versatilidad de los costarricenses a la hora de bailar: “…esa capacidad que tenemos de apropiarnos de movimientos dancísticos de otros países sin ningún problema” (Eduardo Torijano).” Proyecto “Se prohíbe bailar Suin

De distancias y pesares emergió la cumbia…

Y entonces viajé a Holanda (1998), para reunirme con Wouter. Llevaba a nuestro hijo de apenas tres meses de edad y algunos proyectos de documentales en mente, entre ellos el de los salones de baile de San José.

Durante los cuatro años siguientes lidié con los idiomas y me aferré a mis temas. Venía a Costa Rica cada año y aprovechaba para hacer entrevistas y avanzar en las investigaciones. Conocí a Eduardo Torijano (cofundador de “Merecumbé”, la academia de baile popular) quien me habló de Ligia, su hermana, la profesora de baile. También me habló de “Karymar”, el salón. Me encantó Ligia, una mujer descasada, madre de cuatro hijos, adentrándose en los salones contra todos los prejuicios y empecé a escribir:

“Porque si hay algo que hace brillar los ojos de Ligia, es el baile. Ella ha emprendido su propia búsqueda del origen y desenvolvimiento del swing criollo pero desde adentro, desde los salones y desde su facilidad para relacionarse con la gente que los frecuenta. Ella es una de ellos. En sus salidas a ‘salonear’ es la profesora tras los hallazgos que nutran su trabajo, pero también es la amiga de muchos y muchas y esta condición de penetrar, de involucrarse y distanciarse para aportar, es lo que la convierte en la clave de la película.” Proyecto “Se prohíbe bailar Suin

Siguiéndole los pasos a Ligia y a su novio Jose, bailarín y disc jockey, fui a parar al “Andaluz” (San Juan de Dios de Desamparados) y a “Los Barriles” (Guadalupe), hasta llegar a “Karymar” (también en Guadalupe). Ahí conocí a Lourdes, quien para mí era la reina del lugar (aunque de día trabajaba en una fábrica de tártaras de coco).

Ligia convocó en su casa a algunos bailarines amigos para que yo pudiera hacer una entrevista colectiva. Esa fue una noche de hallazgos: Gringo, el polivalente “hombre de negocios”; Elías, el taxista (ambos bailarines de la “vieja guardia”) y don Francisco, el profesor-odontólogo-músico. Más tarde, en la barra de “Karymar” -ya cuando Ligia y Jose habían tomado la administración del salón- ésta me presentaría a Tito, el joven travesti, talentoso bailarín y coreógrafo. Tenía siete personajes maravillosos que coincidían en un espacio -“Karymar”- y le daban una perspectiva generacional -tiempo- al tema.

Yo ya había presentado el proyecto ante algunos fondos en Holanda y Alemania sin resultados alentadores. Decidí entonces afinarlo; delimité todavía más el tema (de los salones de baile) y aposté por el swing criollo:

“Entre los bailes de salón surge una forma que es la que mejor nos muestra cómo se las ingenia la cultura popular para sobrevivir, para “reinventarse” a partir de lo propio y de lo que viene de afuera, lo ajeno. Esa forma es el “swing criollo”. No se sabe quién dio el primer paso, si fueron los obreros bananeros en algún salón perdido del Pacífico sur, o las prostitutas de los salones josefinos de “mala muerte”, la cuestión es que a quienes se les ocurrió tomar algunos pasos del swing de las grandes bandas estadounidenses para bailar la cumbia colombiana, pertenecían a las clases bajas. Esto hizo que tanto el nuevo género como las pistas donde era bailado, quedaran estigmatizados.” Proyecto “Se prohíbe bailar Suin

Envié la propuesta reajustada a la convocatoria de las Ayudas a la Creación Audiovisual de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) en España y a Aportes de la Florida Ice and Farm Co. en Costa Rica. Esto fue en el 2001. Al final del año la AECI me anunció que me concedía la Ayuda: $4200 US dólares. Con ese monto podía arrancar.

Fue un proceso difícil porque, por un lado, estaba feliz de regresar a Costa Rica y disponer de fondos para empezar a trabajar en un proyecto tan anhelado, pero por otro, volvía con mi hijo y sin mi compañero, o sea, con el corazón “partío”. Wouter debía continuar con su trabajo en Holanda. Pensamos que se trataría de tres o cuatro meses, pero la búsqueda de otros recursos consumió mucho más tiempo del previsto. Toqué muchas puertas y de todas se abrió UNA: el Programa Identidad Cultural, Arte y Tecnología (ICAT) de la Universidad Nacional. A través de un convenio con la Escuela de Arte de Utrecht (la ciudad holandesa donde había vivido) el ICAT aportó equipo de sonido e iluminación durante la grabación.

Opté entonces por aplicar la fórmula “guerrillera” de grabación (a la que estaba de por sí acostumbrada): compactar un equipo con gente calurosa y apuntada -Vania, Haymo y Jon- y asumir yo el papel de directora-camarógrafa con cámara de video liviana en mano. El dinero de la AECI debía ser suficiente. Grabamos a lo largo de tres meses (de agosto a noviembre de 2002), no continuamente. A mitad de la producción me di cuenta de que ni el dinero ni mis fuerzas iban a alcanzar y que tenía que acortar la duración del documental a media hora (había pensado originalmente en una hora).

Después vino un proceso de edición muy enriquecedor, con la participación de Juan Manuel Fernández. Replanteamos la estructura: el lugar del personaje-eje lo tomarían Gringo y su socio Elías, en su recorrido por los salones de San José. Era claro que Gringo se robaría el show.

La noche del estreno en el Centro Cultural Español (el 20 de marzo del 2003) fue muy lindo, a pesar de que la guerra contra Irak había comenzado el día anterior y yo andaba con unas ganas tremendas de llorar. Pero ahí estaban reunidos mis personajes queridos con sus familias, mis compañeros de equipo, mi hijo, mi familia, mis amigas y amigos, colegas, tanta gente con una sonrisa en la cara, tanto entusiasmo. Me faltaba Wouter... pero tuve la certeza de que todo lo que habíamos pasado valió las penas...

 

“...porque el swing criollo es un baile bandido que crece subterráneamente con el desenfado de los que no tienen nada que perder y terminan ganando.

Su brinquito característico logra sortear las barreras sociales impuestas.

Hoy muchos recurren a las academias para aprender a bailarlo, seducidos por su halo marginal o por sus pasillos osados y en los salones donde pendía un rótulo terminante: “SE PROHIBE BAILAR SUIN”, la gente hace rueda para admirarlo.”.

© Gabriela Hernández


Notas

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vuelve * Costarricense, cineasta independiente.


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* Istmo, 2004*