Karl Kohut

Historiografía y memoria*

Universidad Católica de Eichstätt, Alemania

Karl.Kohut@ku-eichstaett.de

Notas*Bibliografía

L’Histoire est la première et comme la mére
de toutes les sciences de l’homme.

Michel Foucault: Les mots et les choses



Les historiens racontent des événements vrais
qui ont l’homme pour acteur:
l’histoire est un roman vrai.

Paul Veyne: Comment on écrit l'histoire

Supongo que muchos historiadores estarían de acuerdo en que la memoria en sus más diversas manifestaciones constituye la base de su ciencia. Así escribe el historiador alemán Johann Gustav Droysen en su Manual de Historiografía [Grundriß der Historik, 1857 o 1858] que la investigación histórica es sólo posible si reconocemos que el contenido de nuestro yo es el resultado histórico de una mediación múltiple: “El hecho reconocido de estas mediaciones es la memoria”1. Empero, la memoria constituye, de modo igual, la materia de la cual se nutre la literatura. Desde la Poética de Aristóteles, este paralelismo entre historiografía y literatura ha ocupado y preocupado tanto a filósofos como a historiadores y creadores de ficciones. Ahora bien, después del Renacimiento y del siglo XIX, es en las últimas décadas que la problemática ha obtenido un nuevo protagonismo. Las relaciones entre “realidad” y “ficción”, “ciencia” y “narración” tienen una posición central en las polémicas que dividen hoy en día a los historiadores, afirma Gérard Noiriel (1996: 5). Asimismo, las discusiones sobre la nueva novela histórica giran en torno a estas relaciones. A pesar de este paralelismo, y a pesar de un cierto número de coloquios, simposios y congresos que han reunido a historiadores y críticos literarios, llama la atención, en la nutrida bibliografía sobre la nueva novela histórica, el hecho de que muy pocos críticos literarios se interesen por los procesos en la disciplina vecina. Es esto lo que pretendo hacer en este ensayo.

Historiografía y literatura

Distanciamientos y aproximaciones

La historia de las relaciones entre historiografía y literatura está dominada por dos fuerzas antagónicas, siendo atracción la una y repulsión la otra. Desde los principios de la historiografía moderna en el humanismo renacentista, los historiadores trataron de definir su disciplina separándola de su hermana impura, la narración literaria. Según Hayden White, este proceso entró en su fase decisiva al principio del siglo XIX, cuando los historiadores trataron de establecer su disciplina como ciencia, limpiando su discurso de toda huella literaria2:

In the early nineteenth century, however, it became conventional, at least among historians, to identify truth with fact and to regard fiction as the opposite of truth, hence as a hindrance to the understanding of reality rather than as a way of apprehending it. History came to be set over against fiction, and especially the novel, as the representation of the "actual" to the representation of the "possible" or only "imaginable." And thus was born the dream of a historical discourse that would consist of nothing but factually accurate statements about a realm of events which were (or had been) observable in principle, the arrangements of which in the order of their original occurrence would permit them to figure forth their true meaning or significance. Typically, the nineteenth-century historian's aim was to expunge every hint of the fictive, or merely imaginable, from his discourse, to eschew the techniques of the poet and orator, and to forego what were regarded as the intuitive procedures of the maker of fictions in is apprehension of reality (1978: 123).

Fueron pocos los historiadores del siglo XIX, añade, que no siguieron esta línea3. Sin embargo, las fronteras entre las dos disciplinas siguieron siendo borrosas. Historiadores como Thomas Carlyle o Jules Michelet se incluían en el canon literario, y el primer autor alemán que recibió el Premio Nobel de Literatura, en 1902, fue el historiador Theodor Mommsen. Fue tan sólo en el siglo XX que las fronteras entre las dos disciplinas se hicieron más impermeables, lo que llevó a un desconocimiento que pudo convertirse, sobre todo en el seno de la historiografía, en desprecio. "If literary scholarship has seemed to move away from history in our century, much of historical scholarship has also moved away from literature", afirma Gary D. Stark (1990: 22).

El auge del marxismo favoreció la historia económica y de los movimientos de clase a costa de las grandes figuras históricas. Paradójicamente, el que mejor expresó este abandono de los grandes personajes en favor del pueblo anónimo fue un poeta, Bert Brecht, quien opuso, en un poema, los trabajadores y soldados a los emperadores, reyes y generales que la historia recuerda:

Preguntas de un trabajador mientras lee

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?

En los libros aparecen los nombres de reyes.

¿Fueron los reyes quienes trajeron arrastrando las rocas? [...]

El joven Alejandro conquistó la India.

¿El solo?

César venció a los galos.

¿No trajo consigo por lo menos a un cocinero?

Felipe de España lloró cuando su Armada

se hundió. ¿No lloró nadie más?

Federico II venció en la Guerra de los siete años.

¿Quién más venció?

Cada página una victoria.

¿Quién cocinó para el banquete?

Cada diez años un gran hombre.

¿Quién pagó las expensas?

Tantos relatos

Tantas preguntas4.

Algo menos poético, Gary D. Stark (1990: 22) se refiere al proceso mencionado constatando que la historiografía tradicional generalmente escribía la historia desde arriba, ocupándose exclusivamente de las vidas y los hechos de una pequeña élite, mientras que la nueva historiografía enfoca las vidas de la gente anónima y común. De modo general, fue la historiografía de índole social y económica, en distintas variantes, la que dominó la disciplina a partir de los años veinte del siglo XX. Muchas veces se habla de la "nueva historiografía" o de una "historiografía científica" que se distinguiría de la historiografía anterior, generalmente llamada "narrativa" (Cf. Le Goff, 1988).

Esta tendencia se concretizó por primera vez, de modo manifiesto, en el grupo de historiadores que fundó la revista Annales en Francia y que dio su nombre a una nueva concepción de la historiografía que más tarde fue llamada “la nouvelle histoire” (cf. Le Goff, 1988). El primer número de la revista apareció en enero de 1929. Sus fundadores, Lucien Febvre y Marc Bloch, sintetizaron su programa en el título completo de la revista: Annales d'histoire économique et sociale. En 1946, los editores de la revista le cambiaron el nombre por Annales. Economies. Sociétés. Civilisations. Este cambio significa, según palabras de Le Goff (1988: 42) un “ensanchamiento de sus horizontes”, lo que se manifiesta ya en el plural elegido conscientemente. Le Goff subraya el carácter interdisciplinario de la nueva historia, al abarcar otras disciplinas como la sociología, la demografía, la antropología, la economía, la etnología, la ecología, la semiología, la lingüística, la futurología etc. (1988: 35). Esta concepción pluridisciplinaria lleva a su autoafirmación como historia total:

[L’histoire nouvelle] s’affirme histoire globale, totale et revendique le renouvellement de tout le champ d’histoire (ibíd.: 37).

Los miembros del grupo (si se les puede considerar como tal) formularon sus intenciones en una serie de libros y artículos de índole teórica, siendo el editado por Le Goff (1978 y 1988) un resumen de la historia del movimiento y de sus ideas5. El grupo de historiadores que formó dicha escuela fue menos homogéneo de lo que podía parecer desde afuera; sin embargo, según palabras de Peter Burke (1994 : 11), tienen en común una serie de ideas que inspiraron su trabajo: (1) "la sustitución de la tradicional narración de los acontecimientos por una historia analítica orientada por un problema"; (2) "se propicia la historia de toda una gama de las actividades humanas en lugar de una historia primordialmente política"; (3) "la colaboración con otras disciplinas".

Las aspiraciones hegemónicas que se ocultan bajo el lema de la historia total culmina curiosamente en un pensador que no es propiamente un historiador y quien, sin embargo, según palabras de Paul Veyne, ha revolucionado el concepto de la historiografía: Michel Foucault6. Para él, la historia es “la primera y como la madre de todas las ciencias humanas” (1966: 379):

L’Histoire forme donc pour les sciences humaines un milieu d’accueil à la fois privilégié et dangereux. A chaque science de l’homme elle donne un arrière-fond qui l’établit, lui fixe un sol et comme une patrie: elle détermine la plage culturelle - l’épisode chronologique, l’insertion géographique - où on peut reconaître à ce savoir sa validité; mais elle les cerne d’une frontière qui les limite, et ruine d’entrée de jeu leur prétention à valoir dans l’élément de l’universalité (ibíd.: 382).

La Historia arruinaría, pues, la pretensión de las otras ciencias humanas a la universalidad porque sólo ella puede pretender a ésta. Desde la sociología filosófica, Foucault confirma las pretensiones a la totalidad formuladas por los historiadores de los Annales.

Estas aspiraciones suscitaron críticas en el seno de la disciplina misma. Así escribe Hans-Ulrich Wehler en un artículo de 1994 (271s):

But in France the term histoire totale was weighed down with extremely high pretensions. Further, the concept of totality remained largely undefined and was tacitly treated as a desirable, integrating and consensus-building one. There was and is no difference in that respect among enlightened Neo-Marxists and among their “bourgeois” colleagues.

Esta crítica es mucho más importante porque está formulada por un historiador que se sitúa, en su concepción historiográfica, muy cercano a la de los historiadores franceses. Sin embargo, prefiere antes que el concepto de “historia total” el de “historia de la sociedad”, planteado por el historiador inglés Erich Hobsbawm en un artículo de 1971 (ibíd.: 271). Wehler, por su parte, había formado un grupo de historiadores conocidos como “Escuela de Bielefeld", en Alemania7, y que radicaliza los presupuestos básicos de los autores de los Annales. La escuela se formó en los años setenta en torno a Hans-Ulrich Wehler quien formuló, en una serie de trabajos, las líneas directrices de una historiografía comprendida como ciencia social, económica y crítica8. Estas tendencias inherentes, tanto a los investigadores del grupo de Bielefeld como a los de los Annales, se vieron reforzadas, a partir de los años sesenta, por el auge del estructuralismo9.

Este discurso impersonal y analítico marca tal vez el punto extremo del distanciamiento de la historiografía de la literatura. Empero, fue precisamente en estos años que algunos historiadores en los Estados Unidos, pero también en distintos países europeos, redescubrieron la dimensión literaria del discurso historiográfico. El distanciamiento de las corrientes vigentes de la historiografía fue tan grande que pareció un cambio de paradigma y se empezó a hablar del “linguistic turn” de la historiografía10. En realidad, debería más bien hablarse de un “literary turn”, puesto que los fenómenos discutidos son más literarios que lingüísticos. Linda Orr (1986) incluso llega a ver en esta vuelta una “venganza de la literatura”. Sea como fuere, es innegable que un número notable de historiadores se va aproximando de nuevo a la literatura. A pesar de que la problemática sigue siendo muy controvertida, es importante notar que, después de un período de desconocimiento mutuo, se haya entablado un diálogo entre las dos disciplinas, lo que se traduce en rico caudal de libros y artículos, de congresos y de volúmenes colectivos11.

¿Es pura coincidencia, o es otra vez el efecto de vasos comunicantes que, en los mismos años en los que los historiadores redescubren la literatura, los críticos literarios redescubren la historia? Estoy hablando de la corriente del “new historicism” que surgió en los Estados Unidos en los años ochenta, y que desde entonces se ha convertido en una nueva ortodoxia12. Del mismo modo, ¿deberíamos ver la nueva novela histórica como otro fenómeno más en este sentido?

Se podría objetar que la discusión internacional que resumo en este ensayo se limita esencialmente a Francia, Alemania, los Países Bajos e Inglaterra en Europa, y los Estados Unidos en América, dejando afuera el mundo iberoamericano. Empero las apariencias engañan. En cuanto al mundo hispano, cabe señalar una discusión análoga en la historiografía española que, sin embargo, raras veces se cita fuera del país, muy probablemente debido a la barrera del idioma13. Aun menos se escuchan las voces latinoamericanas. Lo que falta es un análisis de la discusión de los procesos que se discuten en este ensayo en la historiografía latinoamericana. Una mención especial merece, en este contexto, la revista Historia y grafía, publicada por el Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana de México, cuyo primer número apareció en 1993, y cuyo número 15 (2000) está precisamente dedicado al tema de “Teoría e historia, Historia y teoría”14. Una vez más, el flujo de informaciones es unilateral: la academia internacional no toma en cuenta (o muy poco) el pensamiento latinoamericano, mientras que los escritores e intelectuales del subcontinente latinoamericano siguen muy de cerca las evoluciones internacionales. Podemos interpretar este hecho como un ejemplo más de las tantas veces discutida oposición de “centro y periferia”, si bien es cierto que podemos observar cambios en años recientes. Independientemente de esas in- y exclusiones, podemos constatar que la nueva novela histórica latinoamericana forma parte de la dialéctica entre historiografía y literatura en la cultura occidental.

Para concluir esta visión general de la problemática, me gustaría citar a Le Goff quien constató, algo irónicamente, en 1989 que en la historiografía -y sobre todo en la francesa- predomina la moda de los retornos:

retour de la narration, retour de l’événement, retour de l’histoire politique. L’un de ces retours est particulièrement prolifique, c’est celui de la biographie15.

A esta enumeración le falta un elemento: la ficción. El individuo, la narración, la ficción: son estos los aspectos que me propongo discutir con más detalle a continuación.

El individuo

El historiador neerlandés Johan Huizinga advirtió, ya en 1929, cuando la historiografía social y económica estaba apenas naciendo, de los peligros inherentes a éstas:

La historiografía se concentra cada vez más en el análisis de entidades colectivas, y el número domina cada vez más el concepto. Empero en el número se pierde la narración, y no nace ninguna imagen16.

Para Huizinga, el traslado del interés del individuo a los grupos colectivos lleva necesariamente a la eliminación de la narración y, de ahí, a un empobrecimiento radical de la disciplina. Medio siglo más tarde, las premoniciones de Huizinga se han convertido en certidumbre. Los historiadores de los Annales, la historia social de la escuela de Bielefeld y el estructuralismo favorecieron el estudio de las estructuras y los procesos sociales, dentro de los cuales no había lugar alguno para el individuo. Una formulación paradigmática de esta evolución la encontramos en un texto de Wehler de 1979, en que rechaza el "individualismo del historicismo clásico":

Los procesos históricos de desarrollo generalmente no necesitan iniciadores individuales, sino que discurren, empujados por una multitud de impulsos convergentes y opuestos, bajo condiciones abiertas al análisis17.

Del mismo modo, se distancia de una historiografía narrativa, prefiriendo una descripción directa de los cambios estructurales (ibíd.: 32).

En los mismos años del ya mencionado “linguistic turn”, algunos historiadores se dieron cuenta de que la eliminación del individuo de la historiografía implicaba un empobrecimiento y hasta una falsificación de la historia. En un artículo de 1979 considerado como paradigmático, Lawrence Stone señaló que, por estos años, probablemente muchos historiadores compartían la convicción de que "la cultura del grupo, y hasta la voluntad del individuo son -al menos potencialmente- agentes de transformación tan importantes como las fuerzas impersonales de la producción material y del crecimiento demográfico18. El mismo año, el historiador alemán Golo Mann, hijo de Thomas Mann, le reprochó a la historiografía más reciente que se ocupara tan poco -o nada- de hombres de carne y hueso, y que tuviera poca o ninguna simpatía hacia ellos19.

Dentro de este proceso de reorientación merecen particular atención las voces de las figuras de vanguardia de las escuelas arriba mencionadas. Hans-Ulrich Wehler, la figura central de la escuela de Bielefeld, admitió en una conferencia de 1996 que no había prestado suficiente atención a "los destinos individuales, la experiencia individual, el mundo individual, su percepción y asimilación"20. Del mismo modo, Marc Bloch, uno de los fundadores de los Annales, comentó una frase de Fustel de Coulanges quien había dicho que "la historia es la ciencia de las sociedades humanas", con las palabras: "esto significa, tal vez, reducir la parte del individuo, en la historia, a un mínimo".

Jacques Le Goff cuenta esta anécdota en la introducción a su biografía Saint Louis (1996, 15), la cual representa sin duda alguna uno de los indicios más significativos de esta vuelta hacia el individuo histórico21. En la introducción, el autor expone sus dudas al empezar un proyecto que lo alejaba de la historia global que había practicado hasta entonces, así como su sorpresa al constatar que estas dudas carecían de base (14s). La biografía le obligaba a convertir a su personaje en un "sujeto globalizante", alrededor del cual se organizaría el campo de la investigación. Saint Louis participó y actuó, a la vez, en el mundo económico, social, político, religioso y cultural (15s). Citando a Pierre Bourdieu, Le Goff niega la oposición entre individuo y sociedad:

L'individu n'existe que dans un réseau de relations sociales diversifiées et cette diversité lui permet aussi de développer son jeu. La connaissance de la société est nécessaire pour voir s'y constituer et y vivre un personnage individuel (21s).

En estas palabras se nota el empeño del autor por minimizar la diferencia entre la historiografía “total” que había practicado hasta entonces y la biografía, puesto que el conocimiento de los diferentes procesos sociales, políticos etc., es imprescindible para la comprensión del personaje22. Los dos tipos de historiografía se distinguen por el hecho de que, en la biografía, todos los datos se agrupan alrededor de un personaje. Empero, este lugar, que debería ser el eje de la estructura que arma el historiador, parece curiosamente vacío. Sin embargo, Le Goff es consciente de que una biografía es algo más que una colección de datos sobre el personaje que podamos acumular. El historiador debe analizar y explicar -escribe- las actuaciones y los pensamientos de su personaje, a sabiendas de que un conocimiento integral de él es una "búsqueda utópica" (16). El personaje se construye a sí mismo y construye su época en la misma medida en que ésta le construye a él. Y esta construcción está marcada por casualidades, titubeos y elecciones (18). En este último punto se intuye la libertad del personaje, a la que Le Goff alude citando a Giovanni Levi (19).

Finalmente, Le Goff destaca que reencontró en la biografía uno de los problemas esenciales de todo historiador: el tiempo. Partiendo de la hipótesis de que el tiempo de esta época era plural -al igual de que él de la nuestra- relata que quiso restituir al rey, en tanto que individuo, el tiempo biológico, en medio de los diferentes tiempos de los mundos en que se movía (25).

Le Goff quiso aproximarse a su personaje, pero éste se le esquivó, sobre todo porque las fuentes que guardan la memoria del rey son, en su gran mayoría, fuentes literarias, lo que le forzó a extremar su rigor metodológico (17). En este condicionamiento que imponen las fuentes, ve la diferencia esencial con respecto al novelista, "este viejo competidor en este campo" (15 y 16). El historiador debe someterse a la documentación, con lo que Le Goff insinúa la mayor libertad de que dispone el novelista, incluso cuando quiere informarse sobre la verdad que quiere describir (16).

La importancia de este texto reside en la reflexión sobre las dificultades y los problemas que la biografía presenta a un historiador que ha vivido y trabajado en el ámbito de la historia social, política y económica. En vista de estos problemas, parece plausible la constatación del autor de que "la biografía histórica es una de las maneras más difíciles de escribir historia" (14).

Para dar conclusión a la parte dedicada al individuo, deseo citar a Patricia Pasquali, que sintetiza, en la introducción a su ya citada biografía de San Martín, las causas que habrían llevado a la nueva popularidad de la biografía entre los historiadores:

[...] su actual puesta en valor se explica por la superación de la creencia en la rigidez determinista que permite rehabilitar la fuerza positiva, audaz y creadora de la libertad humana, capaz de mover y dirigir; y reconocer en el protagonismo individual, en interacción dialéctica con la sociedad, uno de los principales agentes del dinamismo innovador operante en la historia.

El retorno de la biografía debe interpretarse, pues, como un epifenómeno de la “vuelta al sujeto” en su forma más clásica, pero no puede limitarse ya al descriptivismo anecdótico centrado en la interioridad del personaje tomado en forma aislada. Es preciso recrear la complejidad de la trama en la que se halla inserto y en la cual interacciona, evitando simplificaciones. [...] Sólo así se podrá obtener una imagen congruente del protagonista y al mismo tiempo penetrar a través de él en la problemática de su época [...]23.

La narración

La narración está, como ya intuyó Huizinga, estrechamente ligada al individuo. "Que la biografía tiene que ser narración o no es nada, no necesita ninguna prueba", escribe Golo Mann (1991: 241). El abandono del individuo y el de la narración van de par en par; del mismo modo, el redescubrimiento del individuo conlleva el retorno a la narración. Eberhard Lämmert (1990, 15) señala que la historiografía reciente se caracteriza por un nuevo entusiasmo narrativo. Constataciones similares abundan en las más recientes teorías de la historiografía24 .

En su ensayo sobre la posmodernidad, Jean-François Lyotard, (1979, 49) había notado "la vuelta de lo narrativo en lo no-narrativo". Si los metarrelatos han perdido toda credibilidad, lo que queda es el "pequeño relato" que se instala en el centro mismo de la ciencia:

Le recours aux grands récits est exclu; on ne saurait donc recourir ni à la dialectique de l'Esprit ni même à l'émancipation de l'humanité comme validation du discours scientifique postmoderne. Mais, on vient de le voir, le "petit récit" reste la forme par excellence que prend l'invention imaginative, et tout d'abord dans la science (ibíd.: 98; cf. 51).

Lyotard no habla de la historiografía, sino de la ciencia en general. El paralelismo de las observaciones insinúa que el proceso descrito en la historiografía forma parte de un proceso más amplio. Así escribe Manuel Cruz:

La propuesta de la narración es una propuesta compleja, como la realidad misma. La narración podría ser el espacio de la reconciliación entre los diversos saberes y discursos acerca de lo humano. Se opone en este punto a la reducción, propia de la ciencia o del pensamiento filosófico tradicional, porque considera lo humano como relativo y ambiguo, móvil y cambiante (Cruz, 1993: 267).

En su artículo arriba mencionado sobre la vuelta del arte de narrar, Lawrence Stone ve el descontento con el modelo económico-determinista como primera causa del renacimiento actual de la historiografía narrativa (1981: 79s). Algo polémico, Geiss (1996: 307) le reprocha a Wehler el que su historia social se hubiera estancado en la rutina de contarles “las patitas a las moscas”. En vista de la abundancia de textos sobre la nueva narratividad, me gustaría discutir cuatro casos significativos: Paul Veyne, Golo Mann, Reinhart Koselleck y Michel de Certeau25.

Para Paul Veyne no hay duda de que "la historia es narración" (1996: 131n; cf. 15). El historiador relata intrigas, es decir, una mezcla de causas materiales, objetivos y casualidades (51), que son comparables a itinerarios a través del campo de los hechos (57). En un breve subcapítulo, opone a la historia narrativa lo que llama la "erudición", es decir el comentario de texto o documento (304). En el caso límite, la historia llegaría a ser reconstitución y terminaría por ser discursiva; y es este caso límite el que le hace ver su esencia:

Elle raconte des événements, elle fait double emploi avec eux: elle ne révèle pas des choses sur ces événements. Elle repète ce qui a eu lieu, en quoi elle est le contraire de la science qui révèle ce qui se cache derrière ce qui a lieu. L'histoire dit ce qui est vrai et la science dit ce qui est caché (307).

Dicho sea de paso, el término de “verdad” aparece a menudo en el texto de Veyne, lo que le distingue claramente de las corrientes posmodernas. El primer deber del historiador es, dice en otro lugar, establecer la verdad y el segundo, hacer comprender la intriga (281). El concepto de comprensión es vital para la teoría historiográfica de Veyne porque es el único medio de conocer al otro (cf. 236-241).

Por su parte, Golo Mann polemiza contra la sobreestimación de la teoría y el análisis estructural. Ni siquiera el mejor análisis estructural lograría presentar la plenitud de la vida de los personajes históricos en su apertura hacia el futuro. El analista lo sabe todo, pero es la superioridad barata del vivo sobre el muerto. Sólo el historiador que narra puede reunir y conciliar las dos perspectivas: la del hombre actual que se aproxima al pasado con todo su saber, y la ficticia del hombre que se sumerge en el río de la vida pasada sin saber adonde lo llevará26.

Desde otra perspectiva se aproximan los autores del volumen Historia -suceso y narración (Geschichte – Ereignis und Erzählung) a la problemática de la narración27, al relacionar la narración con el suceso. Los artículos de este volumen se distinguen de las posiciones discutidas arriba en tanto que no hacen una apología de la narración sino que cuestionan las condiciones impuestas por ella. Reinhart Koselleck postula en su primer artículo28 tres criterios temporales de los sucesos: (1) la irreversibilidad de sucesos; (2) la posibilidad de la repetición de los sucesos (o sea en una identidad postulada, ya en la repetición de una constelación, ya en una atribución tipológica o figural)29; (3) la simultaneidad de lo no simultáneo (1975: 213). La combinación de estos criterios permite explicar los fenómenos de progreso, decadencia, aceleración y retardamiento que caracterizan los diferentes procesos históricos. La temporalidad de los sucesos remite a la narración, como se explica en el segundo artículo del volumen30 , mientras que la estructura remite a la descripción (1975: 563). Sin embargo, Koselleck rebasa la oposición absoluta entre suceso y estructura, sosteniendo que cada suceso está condicionado por ciertas estructuras, tal como cada estructura se revela tan sólo en sucesos (565). Con esto, sobrepasa también la oposición de análisis estructural y narración y los coloca en una interdependencia dialéctica. La historiografía no es sólo analítica ni sólo narrativa, sino una inteligente combinación de las dos31.

Michel de Certeau se aproxima desde otra perspectiva al problema de la narración, partiendo de los conceptos de escritura y discurso, lo que lo aproxima a Foucault, del cual, sin embargo, se distancia porque éste niega toda referencia a la subjetividad del autor (67). La historiografía, escribe, relaciona dos términos antagónicos, la realidad y el discurso, mediante la escritura (5). La escritura convierte la realidad en texto. Dejando de lado los conceptos de verdad y realidad, cuya discusión nos apartaría demasiado de nuestra argumentación, me limito a las condiciones de la escritura. Esta está sometida a una serie de fuerzas exteriores que la distinguen de la práctica: el texto, como resultado de la escritura, es limitado en el sentido de que tiene un comienzo y un fin, mientras que la realidad es infinita; el texto es "lleno", mientras que la investigación de la realidad siempre tiene lagunas (102). La escritura siempre está controlada por la práctica, de la cual es, sin embargo, el resultado. La escritura prolonga el pasado en el presente presentando "lecciones" en el sentido didáctico y, por otra parte, creando "estos relatos del pasado que son el equivalente a los cementerios en las ciudades" (103).

El discurso histórico reúne la narración y el discurso lógico. Mientras que aquélla remite a una serie diacrónica de hechos, éste se define por su estatuto de la verdad:

Le discours historique, lui, prétend donner un contenu vrai (qui relève de la vérifiabilité) mais sous la forme d'une narration (110).

"La escritura habla sólo del pasado para enterrarlo", escribe Certeau en otro lugar. Pero, paradójicamente, hace muertos para que, en otro lugar, haya vivos (119). Por medio de la narración, la historiografía da a la muerte una representación que tiene el valor de un exorcismo contra la angustia. Por medio de la performativité, rellena este vacío que representa y da al lector una voluntad, un saber y una lección:

En somme, la narrativité, métaphore d'un performatif, trouve précisément appui dans ce qu'il cache: les morts dont elle parle deviennent le vocabulaire d'une tâche à entreprendre. Ambivalence de l'historiographie: elle est la condition d'un faire et la dénégation d'une absence: elle joue tour à tour comme discours d'une loi (le dire historique ouvre un présent à faire) ou comme alibi, illusion réaliste (L'effet de réel crée la fiction d'une autre histoire). Elle oscille entre "faire l'histoire" et "raconter des histoires", sans être réductible ni à l'un ni à l'autre (120).

En el libro de Certeau, la narración es el medio de insertar el pasado en el presente; ella entierra al pasado y lo revivifica al mismo tiempo como lección para los vivos. La narración se convierte de este modo en un concepto central de una filosofía de la historia. Al mismo tiempo, esta inserción del pasado en el presente forma un puente entre ciertos conceptos de la posmodernidad y la novela histórica actual.

En esta discusión de algunas de las reflexiones en torno a la narración como herramienta de la historiografía, extrañará la ausencia de Hayden White quien ha dedicado algunos artículos sustanciosos a la temática32. Empero las reflexiones de White se distinguen en un punto esencial de las de los historiadores discutidos hasta ahora: a él no le cabe duda de que la narración forma parte de la historiografía, y por ende no se preocupa de defenderla; lo que le interesa es la dimensión ficticia del discurso historiográfico, sea narrativo o no, lo que lo aproxima al discurso literario.

Ficción

En la historiografía, el problema de la “ficción” en tanto que opuesta a la “verdad” de los hechos es doble: el de la posibilidad (o imposibilidad) de su conocimiento, y el de su representación en el medio del lenguaje. El primer problema es de índole filosófica y pertenece al campo de la teoría del conocimiento33. En el pensamiento posmoderno, se había puesto de moda un escepticismo profundo hacia las posibilidades de conocer la verdad, con lo que el concepto adquirió una connotación peyorativa. En los últimos años, sin embargo, podemos observar una vuelta del concepto en el pensamiento filosófico.

Sin restar importancia al problema del conocimiento, es el segundo problema el que ha dejado una profunda impronta en la teoría historiográfica de los últimos lustros, sobre todo en el ya mencionado “linguistic turn”, cuyo representante más conocido es Hayden White34.

Hayden White ha desarrollado su pensamiento en la introducción de su libro Metahistory (1973) y en una serie de artículos publicados antes y después de esta fecha y recogidos en dos volúmenes de 1978 y 1987. Su punto de partida es la observación de que la historiografía se encuentra en una crisis, y que es hasta despreciada por los intelectuales -observación que está en curiosa oposición con la alta autoestima que encontramos en las publicaciones de los protagonistas de la disciplina. White sitúa el origen de esta crisis en el olvido por parte de los historiadores de las raíces de su disciplina en la imaginación literaria:

In my view, history as a discipline is in bad shape today because it has lost sight of its origins in the literary imagination. In the interest of appearing scientific and objective, it has repressed and denied to itself its own greatest source of strength and renewal. By drawing historiography back once more to an intimate connection with its literary basis, we should not only be putting ourselves on guard against merely ideological distorsions; we should be by way of arriving at that "theory" of history without which it cannot pass for a "discipline" at all35.

Reconocer las raíces literarias no degradaría a la historiografía, sino al contrario: al darse cuenta los historiadores del elemento ficticio de todo discurso, reconocerían sus propias concepciones ideológicas y no caerían en la trampa de considerar sus interpretaciones como percepciones "correctas" de las cosas "tal como eran en realidad" (1978: 99).

En estas citas ya asoma el gran tema de White que puede resumirse en una constatación fundamental: cada texto historiográfico es un constructo verbal y, por lo tanto, esencialmente literario:

I will consider the historical work as what it most manifestly is - that is to say, a verbal structure in the form of a narrative prose discourse that purports to be a model, or icon, of past structures and processes in the interest of explaining what they were by representing them36.

La historiografía es “una manera de producir ficciones”37. Consideradas sólo como artefactos verbales, historiografía y novela son iguales, en tanto que ambas tratan de dar una imagen verbal de la realidad. Los historiadores del siglo XIX identificaron “verdad” (truth) con “hecho” (fact), y consideraron la ficción como opuesta a la verdad (1978: 123). Esta oposición no obstante es falsa ya que incluso el texto aparentemente más “objetivo” contiene evaluaciones subjetivas por parte del autor38. White retoma la oposición tradicional entre historiografía y literatura, tal como la heredáramos de Aristóteles, postulando que en vez de “oposición” deberíamos hablar de “interpenetración”, puesto que existe un elemento histórico en cada poesía, y un elemento poético en cada discurso historiográfico:

The older distinction between fiction and history, in which fiction is conceived as the representation of the imaginable and history as the representation of the actual, must give place to the recognition that we can only know the actual by contrasting it with or likening it to the imaginable. As thus conceived, historical narratives are complex structures in which a world of experience is imagined to exist under at least two modes, one of which is encoded as "real", the other of which is "revealed" to have been illusory in the course of narrative (1978: 98).

El hecho como tal, su carácter real o imaginario, es secundario, siendo su representación lo que realmente cuenta. Y las estrategias de la representación son las mismas en la novela y en la historiografía. La pregunta no es “¿qué son los hechos?” sino "¿de qué manera deben ser descritos los hechos de forma tal que se pueda preferir un modo de explicarlos a otro?” (1978: 134).

El reconocimiento del hecho de que cada discurso historiográfico tiene un nivel figurativo de significación le permite resolver algunos problemas de la teoría histórica que resume en cuatro puntos (1978: 114-118):

1. La autoconciencia existente o no-existente del elemento ficticio en el discurso historiográfico permite distinguir la filosofía de la historia de la historiografía. Define la primera como una historiografía consciente de las implicaciones literarias del discurso historiográfico. Sólo en tanto que filosofía de la historia, la historiografía puede pretender al status de ciencia (cf. 126s).

2. La diferencia entre los modos histórico e historicista, generalmente considerados como opuestos, no radica en el interés por lo particular del uno versus el interés por lo general del otro, sino en la divergencia entre los historiadores que reconocen que no se puede elegir entre estos dos aspectos del campo histórico, y los que piensan lo contrario.

3. El análisis del nivel figurativo del discurso historiográfico permite conceptualizar el tipo de representación histórica al identificar el modo tropológico que rige el discurso.

4. El análisis del nivel figurativo del discurso historiográfico permite una nueva visión del problema del relativismo histórico. White rechaza los diferentes intentos de resolver este problema, desde el siglo XIX hasta el XX. Particularmente interesante es su rechazo de la solución por parte de la historiografía social:

So too, the more modern, social-scientifically oriented historians claimed to transcend relativism by their use of rigorous method and their avoidance of the "impressionistic" techniques of their more conventional narrativist counterparts. But if my hypothesis is correct, there can be no such thing as a nonrelativistic representation of historical reality, inasmuch as every account of the past is mediated by the language mode in which the historian casts his original description of the historical field prior to any analysis, explanation, or interpretation he may offer of it. [...]

Nor is it a matter of choosing between the new "social scientific" techniques of econometrics, psychoanalysis, or demography and the older, distended narrative techniques of the great storytellers of history. They are all equally relativistic, equally limited by the language chosen in which to delimit what it is possible to say about the subject under study (ibíd.: 117).

La hipótesis de la determinación lingüística del discurso ofrece, además, una salida del problema que conlleva el relativismo absoluto y, con ello, la comprensión del progreso en el saber historiográfico. Los modos del discurso se pueden traducir, tal como se puede traducir de un idioma a otro. Conocer el modo particular de una obra historiográfica da la posibilidad de transcenderla hacia una comprensión total del mundo. Cada nueva representación del pasado constituye un paso hacia esta meta. De este modo, cada nueva generación es heredera de más información sobre el pasado, y de un conocimiento más adecuado de nuestra capacidad de comprenderlo.

Después de la discusión de los fundamentos de la concepción historiográfica de White, basta mencionar brevemente su teoría de los distintos modelos de la formación literaria del discurso historiográfico, en la que son centrales el concepto de “emplotment” y el de los tropos. El primero obra en el nivel narrativo, el segundo en el estilo. El concepto de “emplotment” resulta difícil de traducir en una palabra, y se puede explicar como “la conversión de una visión de los hechos históricos en una acción”. Con palabras del autor:

Emplotment is the way by which a sequence of events fashioned into a story is gradually revealed to be a story of a particular kind (1973: 7).

Cada narración está estructurada según una de las cuatro formas principales: “Romance, Tragedy, Comedy, and Satire”. En cuanto a los tropos, destaca los “master tropes” de la teoría retórica: “metaphor, metonymy, synecdoche, irony” (1978: 5). Cada discurso realista trata de huir de los tropos, sin que pueda lograrlo jamás, puesto que éstos constituyen una parte esencial del proceso de representación de la realidad39.

La empresa de White puede parecer paradójica, en tanto que trata de restituir (o conferir) a la historiografía el status de ciencia, y lo hace destacando sus raíces y su dimensión literarias. Sin embargo, la paradoja es sólo aparente porque para él, la dimensión ficcional del discurso historiográfico constituye un a priori. Negar este a priori significa caer en una trampa, ya que la historiografía sigue siendo afín a la literatura; sólo reconociendo este hecho, la historiografía lograría la dignidad de una filosofía de la historia y, con ello, el status de ciencia.

Independientemente de los autores del linguistic turn en los Estados Unidos, podemos observar una reacción paralela contra las pretensiones de la historia social entre algunos historiadores y filósofos franceses. Paul Ricoeur borra las fronteras entre la narración historiográfica y la literaria. Cada narración, sea historiográfica o ficticia (y no sólo la ficción histórica) se refieren al pasado; la diferencia entre ellas consistiría en que aquélla narra hechos pasados, mientras que ésta narra hechos como si hubieran pasado:

Une voix parle qui raconte ce qui, pour elle, a eu lieu. Entrer en lecture, c'est inclure dans le pacte entre le lecteur et l'auteur la croyance que les événements rapportés par la voix narrative apartiennent au passé de cette voix. [...]

Le récit de fiction est quasi historique dans la mesure où les événements irréels qu'il rapporte sont des faits passés pour la voix narrative qui s'adresse au lecteur; c'est ainsi qu'ils ressemblent a des événements passés et que la fiction ressemble a l'histoire (1983-1985, III: 344s).

Para la ficción, es secundaria la pregunta de si los hechos relatados han ocurrido realmente, o si deben su existencia a la imaginación del autor. El punto decisivo para Paul Ricoeur es el como si: incluso los sucesos reales son ficcionalizados en el momento de entrar en una obra de ficción, y el autor considera tanto los hechos reales como los imaginarios como si hubieran pasado.

Más lejos va Paul Veyne al negarle a la historiografía el status de ciencia y considerarla arte. La empresa del historiador es comparable a la del novelista: como éste, pasa los hechos por el colador, los simplifica, organiza, resume un siglo en una página (1996: 14). La historiografía no sería una explicación científica, sino un esfuerzo por comprender lo concreto que se encuentra en un cambio continuo:

Enfin l’histoire, comme le théâtre et le roman, montre des hommes en action et exige quelque sens psychologique por les rendre vivants; or, pour des raisons du reste assez mystérieuses, il y a une liaison entre la connaissance du coeur humain et la beauté littéraire. Originalité, cohésion, souplesse, richesse, subtilité, psychologie sont les qualités nécessaires pour dire avec objectivité “ce qui s’est réellement passé”, selon le mot de Ranke (1996: 303).

La historiografía no sería un arte a pesar de sus esfuerzos de objetividad, sino por ellos, de modo que podríamos decir que cuanto más objetiva es, es más arte, bajo la condición, sin embargo, de que el historiador tenga talento (ibíd.).

Como era de esperar, el (re-)descubrimiento de la dimensión literaria por parte de la historiografía y, con ella, el de la ficción, tuvo un eco controvertido en la academia histórica. Para algunos, significó una vuelta hacia la verdadera esencia de la disciplina. La posición extrema la encontramos en Stark (1990: 29), quien considera la historia como una rama de la literatura:

the writing of history is a poetic act, and historical works are a literary form. Historical scholarship is as artistic as it is scientific, it contains creative and fictive elements, it relates both the real and the imagined. It is part memory, part imagination (Stark, 1990: 29).

Los autores del campo de las ciencias sociales, por el contrario, consideraron el linguistic turn una aberración. Pierre Bourdieu -para citar otra vez una voz extrema- polemizó en una entrevista contra Hayden White y Paul Ricoeur (1996: 72). Considera al primero como representante de “la revancha de la vieja filosofía hermenéutica bajo el nombre de `linguistic turn´ contra las ambiciones científicas de las ciencias sociales”; y al segundo, como representante de los “discursos sobre la narración” por señalar el parentesco principal entre todas las narraciones, sean históricas o ficcionales, y diluir así el carácter científico de la historia.

Entre los dos extremos hay una tercera línea de historiadores que someten las tesis de los autores del linguistic turn a un análisis crítico y, sin negar la dimensión literaria (o ficcional) del discurso historiográfico, tratan de basar el status de la historiografía como ciencia en un fundamento más sólido. Entre los autores de esta línea, cabe destacar a Franklin R. Ankersmit, Jörn Rüsen y Richard J. Evans, cuya obra pertenece a la “metahistoria” o, en otras palabras, a la filosofía de la historia.

Ankersmit separa la narración histórica (que denomina por causas de claridad narratio) y la literaria, limitándose a la novela, puesto que la diferencia entre ambas es obvia en los otros géneros literarios (1983: 19). De particular interés es la comparación de la narratio y la novela histórica (1983: 19-27). La dificultad consiste en el parentesco estrecho entre ellas: ambas dan un conocimiento general (o un cierto aspecto) de un período histórico (1983: 24). Después de discutir varias soluciones (entre ellas, el criterio de la verdad histórica), distingue tres aspectos que las diferencian: 1) El historiador trata de establecer un conocimiento histórico, mientras que el novelista lo aplica; la diferencia entre ambos es la misma que entre ciencia teórica y aplicada. 2) El historiador parte del primer nivel de verdad (los hechos) para llegar al segundo nivel, el constructo verbal; el novelista, por el contrario, parte del conocimiento general de las obras históricas, para elaborar su versión de la verdad histórica. 3) En la reconstrucción del mundo del pasado, la perspectiva del historiador no constituye el punto de partida, sino el resultado de su trabajo; en la novela, por el contrario, constituye el punto de partida, en tanto que el novelista reconstruye el mundo del pasado a través de la perspectiva de un personaje ficcional (1983: 24-26). Sin embargo, Ankersmit admite que esta oposición es teórica, y que hay que contar con una gama de casos intermedios. Si imaginamos una escala horizontal con el punto cero en el centro, la novela y la narratio se encontrarían en alas opuestas. Según el caso concreto, una novela o una narratio pueden encontrarse en los extremos, o posicionarse cerca del centro. Cuanto más cerca del punto cero se encuentren, más difícil será la distinción entre ambas.

Los ensayos del segundo libro de Ankersmit, con el título sugestivo de History and Tropology. The Rise and Fall of Metaphor giran en torno a la narratio y la metáfora. El autor reconoce explícitamente su deuda para con Hayden White, cuyas tesis utiliza como punto de partida para elaborar una filosofía de la historia que la constituye como ciencia, emparentada con la literatura, pero independiente y con derecho propio.

El pensamiento de Jörn Rüsen se sitúa en el campo conflictivo de las teorías posmodernas40. Frente a la crítica posmoderna de la racionalidad y de la ciencia, trata de conferirle un nuevo fundamento a la historiografía en tanto que ciencia:

The claim of historical studies to be scientific stands or falls on the proof that historical criteria for meaning can be theoretical and that historical description can be methodical (1993: 36).

Refiriéndose a las teorías acerca de la narración histórica, se propone dedicarse al problema tradicional de la “significación de la historia” (meaning of history), analizando la coherencia narrativa del conocimiento histórico (1993: 38s). El status científico de la historiografía depende de si y hasta qué punto su racionalidad metodológica llega a ser parte de la estructura interna de la narración (1993: 42s). Esta es la forma lingüística en la cual toma forma la consciencia histórica:

In this view, the operations by which the human mind realizes the historical synthesis of the dimensions of tiem simultaneous with those of value and experience lie in narration: the telling of a story. Once the narrative form of the procedures of historical consciousness and its function as a means of temporal orientation are clear, it is possible to characterize the specific and essential competence of historical consciousness as “narrative competence” (1993: 68).

Al final de su libro, Rüsen señala cuatro rumbos para el discurso histórico en tiempos posmodernos, hacia: 1) la micro-historia, 2) métodos hermenéuticas más suaves, 3) lo narrativo, y 4) una nueva comprensión de la historia como artefacto lingüístico, incluso como poesía (1993: 209; cf. 214s).

In Defence of History, de Richard J. Evans, es tal vez el análisis más complejo y completo de la situación de de la historiografía a finales del siglo XX. Evans retoma y discute las corrientes que dominaron la historiografía del siglo pasado poniendo particular énfasis en la posmodernidad, y las evalúa a la luz de un common sense que no necesita esconderse detrás de un nuevo ismo. La discusión de las posiciones de los pensadores posmodernos es notablemente abierta y comprensiva. Evans critica lo que considera sus errores, aunque esto no le impide reconocer sus planteamientos innovadores. El punto más criticable le parece ser la priorización de la palabra frente a la realidad:

Thus the postmodernist concentration on words diverts attention away from real suffering and oppression and towards the kinds of secondary intellectual issues that matter in the physically comfortable world of academia. It has become commonplace to argue, for instance, that words do matter as much as deeds; that, for example, reading about an execution is the same thing as attending one or even carrying it out. But while the pornography of sex and violence should not be trivialized or treated lightly, to equate it with real physical assault, bodily violation and death is to restrict one’s vision to the imaginative world of reader and writer and to give this a grossly inflated significance. For most of the time, the majority of people are neither readers nor writers. Such a restriction avoids any examination of the real world of people in history.

That is not to say that “mere words” have no effect, just that they should not be enthroned as the supreme beings of modern life and experience (185s).

El dogma posmoderno de la igualdad de todos los textos le parece particularmente nocivo para el trabajo del historiador, porque merma su base, borrando, por ejemplo, las diferencias entre las fuentes primarias y secundarias (114). La priorización de la cultura frente a las diferentes variantes de la historia social lleva, en su opinión, a una paradoja:

The new focus on culture and language undermines the priorization of causes common to Marxism, the Annales school, and neo-Weberian social history, in which economic causes work through the social and are in turn expressed by the political and the cultural. It has replaced it with cultural determination, in which culture is itself a relative concept an so lacks any universal explanatory power (159).

Entre los planteamientos innovadores del pensamiento posmoderno señala el rechazo de la fe en la razón y el progreso tan cara a los modernistas, y la abertura hacia lo irracional, lo extraordinario, lo transgresor y lo mágico. En tanto que los posmodernistas se niegan a priorizar un determinado aspecto de la historia, atraen la atención sobre materias que los historiadores habían juzgado como triviales o agotadas (244). El posmodernismo en sus corrientes más constructivas alienta a los historiadores a escrutinar más escrupulosamente los documentos y a prestar más atención a la pátina de la superficie, les abre nuevos campos de investigación y los fuerza a revisar críticamente sus métodos, haciéndoles más autocríticos que nunca (248). La última palabra, sin embargo, pertence al common sense ya mencionado. Evans confiesa que mantiene, contra todas las dudas de las más distintas proveniencias, la fe optimista en que “un conocimiento histórico objetivo es desiderable y asequible” (252).

En este breve resumen del libro de Evans pasé por alto un punto en que su pensamiento se acerca a las posiciones del linguistic turn y a la reorientación de algunos autores de los Annales. Entre los efectos positivos del pensamiento posmoderno, Evans destaca la nueva valoración de la escritura, en tanto que éste reivindica el escribir bien como una práctica historiográfica legítima (244). Para White, es la calidad literaria la que confiere interés a una obra histórica, incluso cuando ha envejecido: “When a great work of historiography or philosophy of history has become outdated, it is reborn into art” (1978: 118). Le Goff opina que los historiadores han reconquistado su posición entre los intelectuales precisamente por el redescubrimiento de su lado artístico:

Bon gré mal gré, l’historien occidental aujourd’hui retrouve en partie la fonction, l’image qu’il avait au XIXe siècle, celle d’un intellectuel, d’un écrivain, d’un personnage national ou européen. Ce prestige, celui d’un Carlyle ou d’un Michelet, il le devait en partie à la qualité de son style. Malgré une technicité croissante de la discipline historique, le style de l’historien reprend de l’importance. La biographie lui offre, mieux que d’autres genres historiques, la possibilité d’exploiter les ressources de l’écriture historique (1989a: 53).

Tal vez habrá que considerar esta reivindicación de la calidad estética de la escritura historiográfica como el efecto más importante en la reaproximación de la historiografía a la literatura.

Conclusión

Visto desde el campo de la literatura, el linguistic turn puede considerarse como una tendencia paralela al auge de la novela histórica. Mientras que los historiadores redescubren la dimensión literaria de su disciplina, los novelistas (y, con ellos, los dramaturgos y poetas) redescubren la historia. Con esto llego a un último problema. Varios historiadores, entre ellos White, Ankersmit y Rüsen, han señalado el paralelismo entre los estilos historiográfico y literario. Así, escribe White:

Most of the "scientific" historians of the age [el siglo XIX] did not see that for every identifiable kind of novel, historians produced an equivalent kind of historical discourse. Romantic historiography produced its genius in Michelet, Realistic historiography its paradigm in Ranke himself, Symbolist historiography produced Burckhardt (who had more in common with Flaubert and Baudelaire than with Ranke), and Modernist historiography its prototype in Spengler. It was no accident that the Realistic novel and Rankean historicism entered their respective crises at roughly the same time.

There were, in short, as many "styles" of historical representation as there are discernible literary styles in the nineteenth century (1978: 124).

Esto nos lleva a la pregunta de cuál sería la tendencia historiográfica correspondiente a la nueva novela histórica. O, para formular la pregunta de un modo más general: ¿cuál es la concepción histórica de la cual tanto la nueva novela histórica como la historiografía actual son la expresión? A pesar de tantos estudios sobre la nueva novela histórica, esta cuestión apenas ha sido tocada.

© Karl Kohut


Notas

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vuelve * El presente artículo es la versión revisada y actualizada del artículo publicado, bajo el mismo título, en Mémoire et culture en Amérique latine. América. Cahiers du CRICCAL No 30. Paris: Presses de la Sorbonne Nouvelle 2003, 9-18.

vuelve 1. “Das historische Forschen setzt die Einsicht voras, daß auch der Inhalt unseres Ich ein vielfach vermittelter, ein geschichtliches Resultat ist. Die erkannte Tatsache dieser Vermittlungen ist die Erinnerung” (Grundriß der Historik, § 15, cit. según la impresión en Droysen, 1977: 399).

vuelve 2. White describe este proceso en un artículo de 1976 (The Fictions of Factual Representation) que retoma en su volumen de 1978 : 121-134.

vuelve 3. White, 1978: 124. Orr (1986: 1) señala que muchos historiadores de la historiografía datarían esta ruptura epistemológica en la época de Leopold von Ranke y sus discípulos.

vuelve 4. Fragen eines lesenden Arbeiters. /Wer baute das siebentürige Theben?/In den Büchern stehen die Namen von Königen./ Haben die Könige die Felsbrocken herbeigeschleppt?/[...] Der junge Alexander eroberte Indien./ Er allein?/ Cäsar schlug die Gallier./ Hatte er nicht wenigstens einen Koch bei sich?/ Philipp von Spanien weinte, als seine Flotte/ Untergegangen war. Weinte sonst niemand?/ Friedrich der Zweite siegte im Siebenjährigen Krieg. Wer /Siegte außer ihm?// Jede Seite ein Sieg./ Wer kochte den Siegesschmaus?/ Alle zehn Jahre ein großer Mann./ Wer bezahlte die Spesen?// So viele Berichte/ So viele Fragen (Bertold Brecht: Gedichte 2. Berlin und Weimar: Aufbau-Verlag; Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag 1988: 29 y 121 (Werke. Große kommentierte Berliner und Frankfurter Ausgabe, 12).

vuelve 5. Ver, sobre todo, el ensayo del compilador que da el nombre al volumen. Cf. también los volúmenes anteriores Le Goff/Nora 1974. Le Goff sigue la línea trazada por Febvre, uno de los fundadores de los Annales, y de Fernand Braudel quien asumió la dirección de la revista después de la muerte de aquél. Desde luego hay que consultar los textos programáticos de las figuras centrales de los Annales: Febvre 1953, Le Roy Ladurie 1977, Bloch 1993 y Braudel 1997. El volumen 44 (1989) de los Annales ESC contiene una serie de artículos teóricos que definen la dirección actual de la historiografía del grupo.

vuelve 6. "Foucault révolutionne l’histoire” es el título de un escueto libro que Paul Veyne publicó en 1978; en la nueva edición de su libro Comment on écrit l’histoire (1996), este texto figura como último capítulo. Sobre Foucault y la historiografía ver, además, Major-Poetzl 1983, Poster 1984, Grumley 1989, Gans 1993 y Goldstein 1994.

vuelve 7. La universidad de Bielefeld (Westfalia) se fundó en 1973 como consecuencia de las reformas universitarias de los años 60.

vuelve 8. Ver, entre otros, 1975a, 1980 y 1988 (capítulo "Was ist Gesellschaftsgeschichte" [¿Qué es historia de la sociedad?]: 115-125, donde desarrolla su concepción partiendo de Max Weber. Retoma y reformula sus tesis en inglés en su artículo de 1994. Para el postulado de la interdisciplinaridad, ver Wehler 1975b, donde relaciona la historiografía con la sociología, la economía y el psicoanálisis. Para una visión elogiosa de la “Escuela de Bielefeld”, ver Zorn 1997; mucho más crítico es Geiss 1996.

vuelve 9. Cf. Krzysztof Pomian: L'histoire des structures. En: Le Goff, 1988 : 109-136.

vuelve 10. Sobre las relaciones entre la “historia social” y el “linguistic turn” en la academia inglesa, ver Joyce 1998.

vuelve 11. Ver, entre otros, Koselleck/Stempel 1973, Kocka/Nipperdey 1979, La Historia como ficción 1989, Eggert/Profitlich/Scherpe 1990, Gossman 1990, Literature and History 1990, Littérature et histoire 1994.

vuelve 12. Ver sobre todo Thomas 1991 y el reader editado por Veeser (1994); el resumen de Hebel 1992 resulta muy útil.

vuelve 13. Cf. Bermejo Barrera 1987 y 1990, Cruz Rodríguez 1987, 1991 y 1993; Lozano 1987 a y b, Morey 1988, Caldentey 1990, Villanueva 1991, Olabarri/Caspisteguí 1996 y el dossier “La historia como ficción” (1989) que retoma las ponencias del seminario “Historia y Novela”, organizado por Jorge Semprún en 1988 en Valencia.

vuelve 14. Habría que señalar, además, el volumen Historia y literatura, editado por Françoise Perus (1994), con textos de De Certeau, Ricoeur y otros. Es muy revelador, en este contexto, el extenso artículo de Pietschmann sobre “la historia de América Latina como subdisciplina histórica” (2000).

vuelve 15. Le Goff, 1989a: 48. Encontramos un eco casi textual de estas palabras (sin referencia a Le Goff) en la introducción que Patricia Pasquali antepusiera a su biografía de San Martín (1999: 9): “El fracaso del modelo determinista de explicación histórica, los excesos de la historia estructural en su referencia a sociedades sin sujetos conscientes de su acción y la desilusión provocada por los pobres resultados de los fríos tratamientos cuantitativos”, habrían motivado el “volver la mirada hacia las viejas tradiciones historiográficas, alentando `retornos´ tales como los de la historia narrativa, del acontecimiento, de la historia política y de la biografía”.

vuelve 16. Huizinga, 1942: 128. La primera parte de este libro es una historia de la historiografía que incluso hoy merece atención. La cita proviene del último capítulo de esta parte, que reproduce el texto de una conferencia de 1929. Cf. Lämmert (1990: 7) quien señala la clarividencia de Huizinga.

vuelve 17. Hans Ulrich Wehler: “Anwendung von Theorien in der Geschichtswissenschaft” [Aplicación de teorías en la historiografía]. En: Kocka/Nipperdey, 1979: 17-60; la cita está en 30. Muy acertadamente, Eberhard Lämmert (1990: 9) habla de un estilo impersonal que hace abstracción de los individuos como actantes en los procesos históricos..

vuelve 18. "Many historians now believe that the culture of the group, and even the will of the individual, are potentially at least as important causal agents of change than the impersonal forces of material output and demographic growth” (Stone, 1981: 80). Stone retomó su artículo de 1979 en su libro de 1981, donde figura como cap. 3.

vuelve 19. Mann, 1991: 241; el artículo apareció por primera vez en 1979..

vuelve 20. Wehler 1996. El texto publicado en el semanario Die Zeit es una versión abreviada de la conferencia que dio el autor en el marco de un acto solemne con motivo de su jubilación.

vuelve 21. Como señala Le Goff, la biografía como género historiográfico ha sido discutido ampliamente en los últimos años; cf. también sus artículos de 1989a y b. Ver, además, Gradmann 1992 y los volúmenes colectivos de Klingenstein 1979, Bertaux 1981 y Problèmes et méthodes de la Biographie 1985.

vuelve 22. Las mismas vacilaciones en cuanto al individuo como materia del historiador se nota en Paul Veyne, lo que es más significativo por el hecho de que este autor es uno de los que sostienen más decididamente la cercanía entre historiografía y literatura.

vuelve 23. Pasquali, 1999: 9s. Cabe señalar en este contexto el auge de la biografía en la Argentina en los últimos años, desde la biografía historiográfica hasta la novela biográfica, en todos los niveles, tanto en cuanto al rigor histórico como a la calidad literaria. Félix Luna, José Ignacio García Hamilton, María Esther de Miguel son sólo unos pocos nombres entre una multitud de autores.

vuelve 24. Así, por ejemplo, Le Goff 1996, 18, Yturbe 1993, 214, y otros más; cf. los comentarios de Hobsbawm en su artículo de 1980.

vuelve 25. Para reconstruir la discusión en su dimensión temporal, cabe señalar las fechas de lectura o de primera publicación de los artículos de estos autores. El artículo de Koselleck que discuto aquí data de un simposio de 1970, cuyas actas se imprimieron en 1975; en 1979, el autor recogió el texto en su libro de este año. El libro de Veyne apareció por primera vez en 1971; utilizo la edición de 1996 que contiene además el importante ensayo sobre el concepto de Foucault, aparecido antes en 1978. El artículo de Mann se publicó por primera vez en 1979; utilizo la reimpresión del mismo en su libro de 1991. Por lo demás, Mann se refiere varias veces al libro de Veyne.

vuelve 26. Mann, 1991 : 239. Cf. Yturbe, 1993 : 208s.

vuelve 27. El volumen reúne las actas de un simposio de 1970.

vuelve 28. Geschichte, Geschichten und formale Zeitstrukturen (Historia, historias y estructuras temporales formales): 211-222; también en Koselleck, 1979: 130-143).

vuelve 29. En la segunda contribución, Koselleck especifica que la irrepetibilidad de lo individual (die individuelle Einmaligkeit) constituye un axioma de la historiografía moderna, pero admite la semejanza de constelaciones estructurales (1975: 569s).

vuelve 30. Ereignis und Struktur (suceso y estructura): 560-571, también en Koselleck, 1979: 144-157.

vuelve 31. Además de los artículos de Reinhart Koselleck, hay que señalar los de Wolf-Dieter Stempel y Karlheinz Stierle que discuten la problemática desde la perspectiva literaria. Cf. además el volumen de Kocka/Nipperdey sobre "teoría y narración en la historia". En este volumen se contraponen las posiciones, discutidas anteriormente, de Hans-Ulrich Wehler, que defiende el análisis estructural, y Golo Mann, defensor la narración.

vuelve 32. Ver sobre todo los artículos “The Value of Narrativity in the Representation of Reality”, y “The Question of Narrative in Contemporary Historical Theory”, ambos en White, 1987.

vuelve 33. Cf. a este respecto el libro de Ricoeur, 1955.

vuelve 34. Sobre el “linguistic turn”, ver Noiriel 1996, 126-144. White señala a Danto, Minsk, Gallie y Brown (1973: 3n, y 1978: 45); habría que añadir los nombres de LaCapra, Kaplan y otros más.

vuelve 35. White, 1978: 99; cf. 33-39, donde habla del desprecio de la historiografía por parte de los intelectuales del siglo XX. En su libro de 1973 (xii), por el contrario, había destacado el siglo XIX como la edad de oro de la historiografía.

vuelve 36. White, 1973: 2; cf. ix-xii, donde expone las tesis de su libro.

vuelve 37. "A form of fiction-making” (White, 1978: 122). Resumo a continuación el artículo “The Fictions of Factual Representation” (1978: 121-134) que constituye un texto central del pensamiento de su autor.

vuelve 38. En el artículo “Historicism, History, and the Figurative Imagination”, White analiza un pasaje de un texto aparentemente objetivo para mostrar los elementos subjetivos (1978: 107-110).

vuelve 39. White, 1978 : 2. En su teoría de los tropos, White se inspira en Vico (cf. su artículo sobre este autor en 1978 : 205-208; cf. 1978 : 31-38, 94s). El autor repite a menudo su teoría del “emplotment” y de los tropos en varios de sus textos.

vuelve 40. Rüsen ha elaborado su teoría de la historia en una serie de libros en alemán; el libro en inglés de 1993 constituye un resumen de su pensamiento.


Bibliografía

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